Capítulo 1
Siendo pasado el mediodía, Mercedes se encontraba viajando por la carretera, los fuertes rayos del sol se posaban junto a la parte vacía del asiento del vehículo en el cual ella estaba sentada. Podía sentir cómo el brazo que mantenía apoyado en el reposabrazos se calentaba cada vez más, pero no quería cambiar de lugar y abandonar su posición junto a la puerta. El poder mirar aquellas hermosas vistas le ayudaba a mantener su cabeza clara, sin mayores pensamientos más que los diferentes colores los cuales luchaban por acaparar su atención; además, el leve viento que le acariciaba el rostro lo encontraba del todo agradable.
Sentada allí, un color tras otro se presentaba ante ella, las diversas tonalidades de verdes, azules y marrones chocaban entre sí, fusionándose en una hermosa danza, creando bellísimos paisajes para su deleite. El leve olor a hierbas y a pasto recién cortado inundaba la zona, este era acetoso y un tanto dulce, la joven pensó por unos instantes si acababan de podar alguna hectárea cercana. Pues frente a sus ojos, los campos se encontraban bastante descuidados; hasta que unos segundos después, pudo ver a un gran grupo de hombres trabajando en los campos. Ellos se encontraban muy lejos del camino, apenas distinguía sus siluetas las cuales no descansaban ni un momento.
De vez en cuando la joven miraba el capó el cual se encontraba extendido sobre ella y el conductor, al principio del viaje el automóvil se encontraba sin este puesto; sin embargo, a los treinta minutos de haber comenzado el recorrido el calor se hizo del todo insoportable. Por lo que el hombre se detuvo a un costado del camino y lo extendió para cubrirlos del fuerte sol. Fue gracias a ello que la joven pudo cerrar y dejar de lado su sombrilla, le dio las gracias en voz baja al conductor, pues su muñeca le dolía luego de sostener el peso del artefacto, tratando de cubrir la mayor parte de su cuerpo, no queriendo quemar su piel.
Mercedes se encontraba sentada sola en los asientos de la parte trasera de ese magnífico coche, el cual había sido enviado a recogerla a su hogar, por parte del mejor amigo de su padre. Llevándola todo el camino hasta la capital del país.
Ella se mantuvo sumergida en un gran silencio la mayor parte del largo viaje, el chofer que había sido designado para traerla sana y salva no logró mantener una conversación con Mercedes; simplemente pudo conseguir que la joven respondiera un par de frases en todo el trayecto, por lo que al cabo de un rato terminó rindiéndose a la idea de viajar en silencio, enfocando toda su atención a la carretera frente a él.
La ciudad de Santiago era un lugar que siempre llamó la atención de Mercedes, rebosante de tiendas con las ropas de última temporada, con increíbles restaurantes por doquier, también se hallaba el teatro municipal en donde fue en una ocasión a ver una función de ópera junto a sus padres y su hermano menor. Además, la ciudad contaba con varios museos llenos de nueva información, circos circenses y todo tipo de atracciones que uno pudiera imaginar, todo en una ciudad.
Pese al gran interés de la joven por aquella maravillosa ciudad, ella solamente había tenido la oportunidad de visitar el lugar en escasas ocasiones, siendo la última de estas visitas un mes antes de cumplir los dieciocho años de edad, hacía ya dos años. Antes de que Mercedes se convirtiera finalmente en profesora de historia y empezará a trabajar en una escuela cercana a su casa.
En 1891, sus padres quienes habían estado viviendo ya por algunos años en la capital desde que contrajeron nupcias, decidieron que lo mejor para la familia era mudarse cuando la guerra civil se desató en el país. Sumamente preocupados por la seguridad de su hija, ya que ella apenas tenía dos años de edad para aquel entonces y aquella idea meramente se reforzó al saber que venía otro bebé en camino. Y así la familia vendió la propiedad, luego de haber adquirido una espectacular casona en la ciudad de Valparaíso.
Por otra parte, pese a que la guerra terminó oficialmente en menos de un año el matrimonio quiso quedarse a vivir en Valparaíso, después de todo ya se encontraban completa y totalmente enamorados con la ciudad. Y como no estarlo, si con sus hermosísimas playas podían atraer a cualquiera, pues era un lugar en donde el mar era de un color azul tan potente que podía hipnotizar a quien le viera, así como también les encantaban los increíbles pescados y mariscos que traían al mercado los pescadores cada mañana. Y sin dejar de mencionar, que la casona que habían adquirido se encontraba en una muy buena área de la ciudad, cerca de excelentes escuelas para sus hijos, ¿qué más podían desear? Aquel lugar era del todo ideal para la familia.
Y así se hizo, los cuatro se asentaron a vivir allí. Su madre, Juana; su padre, Alfonso; su hermano menor, Gabriel y, por último, pero no menos importante, Mercedes.
Ella era una joven bien delgada y un tanto frágil, nunca fue una chica activa, más bien disfrutaba de su tiempo libre tocando el piano o el violín, o en caso de no querer tocar ningún instrumento se le hacía agradable el escuchar música mientras leía novelas románticas. Mercedes medía justo un metro sesenta, ni un centímetro más ni un centímetro menos. Su cabello era de un tono castaño oscuro con algunos ligeros mechones claros, los que únicamente se notaban bajo la luz del sol. Y poseía unos ojos verdes claros como el agua de manantial, tenía una piel tan clara como una hoja de papel, por la falta de exposición al sol. Aunque de vez en cuando sus mejillas solían colocarse un tanto rosadas, cuando el clima calentaba lo suficiente, como en aquel día.
Al ser proveniente de una familia aristocrática, sus padres se propusieron en que obtuviera la mejor educación posible, siendo así instruida en una escuela privada y al igual que su hermano, recibió clases particulares los fines de semana por parte de diferentes profesores, cada uno muy bien reconocidos en sus propios campos dentro del país.
Mercedes ya llevaba alrededor de dos horas de viaje desde la ciudad de Valparaíso, su postura ya no era tan perfecta como al comienzo, prácticamente se encontraba inclinada con la cabeza reposando en el respaldo del asiento, mientras miraba perezosamente el celestino cielo; no obstante, y pese a su interés por la naturaleza, sus párpados se sentían cada vez más pesados, como si en cualquier momento podría entrar a la tierra de los sueños. El chofer que condujo casi todo el camino en silencio noto que la joven se había quedado dormida y sabiendo que faltaban poco menos que un par de minutos para llegar a la ciudad, decidió bajar un poco la velocidad para no perturbarla.
Mercedes se quedaría a pasar aquella noche en la casa de Eduardo Sandoval, quien resulta ser el más viejo y querido amigo de la infancia de su padre, ambos habían emigrado al país el año 1870 desde la ciudad de Sevilla, España. Treinta y ocho años atrás. La muchacha descansaría allí, para ir al día siguiente al Internado Femenino Santa Teresa Purísima, en donde comenzaría a trabajar al empezar el nuevo año escolar.