Capítulo 1
El sonido no fue fuerte, pero fue definitivo. Un crack seco, como una rama de invierno partiéndose bajo el peso de la nieve. Ocurrió en la última serie de hombro; un segundo de distracción, un mal apoyo, y de repente el mundo se redujo a una pulsación eléctrica que me recorrió el brazo hasta la punta de los dedos.
—Mierda —gruñí, dejando caer la mancuerna.
No fue una buena señal ese crujido, el hombro se había acalambrado mientras solo quede ahí en el medio del gimnasio deseando que solo sea una torcedura menor, nada grave, pero tenía pinta que esto iba a doler por un largo tiempo.
Tres días después, el ibuprofeno era mi mejor amigo y el dolor, un inquilino que no pensaba mudarse. Esta siendo un inquilino molesto, de los que no les gusta pagar el alquiler.
—Tienes que ir a ver a Vane—me dijo Lucas, mi compañero de entrenamiento, mientras yo intentaba (y fallaba) alcanzar mi botella de agua con el brazo derecho—. Ese tipo me reconstruyó la rodilla el año pasado, después de haberme destrozado jugando futbol ¿Te acuerdas no?. Es un genio. Joven, dedicado, directo, nada que ver con los dinosaurios que suelen estar en Traumatología.
En ese momento, el nombre de Alexander Vane no significó nada para mí. Era solo una solución a un problema mecánico.
—¿Es bueno? —pregunté, frotándome la articulación inflamada. —El mejor. Pide cita hoy mismo. Se llama Alexander Vane.
La clínica olía a esterilidad y dinero, no sabía que resaltaba más si la pulcritud y el suave sonido del difusor de aromas frutales que soplaba cada 15 minutos, o el edificio gritando “si todo es caro y no podrás pagarlo, tal vez en cuotas”, de fondo solo estaba una pequeña música ambiental, en la pantalla principal del consultorio se podía ver los números de los turnos y los consultorios, para que nadie se perdiera en donde tocaba ir. Cuando entré al consultorio 402, esperaba encontrarme con un hombre de mediana edad y trato frío, de esos que están entre jubilarse y no querer ir a su casa porque pasaron afuera de ella mínimo 30 años, esos que están entre ser tu padre y tu abuelo, de aquellos que toman vino con amigos los fin de semana en club campestre. En su lugar, cuando la puerta se abrió, me encontré con una presencia que llenaba la habitación.
—Srta. Constantini, pase por favor. Soy el Dr. Vane.
Me quedé helada un microsegundo. No era solo “joven”. Era imponente. Cuando Lucas dijo que era joven solo pensé que tal vez tenía cincuenta años, los médicos nunca son jóvenes, la mayoría sigue especializándose constantemente. La bata azul marino (nada de ese blanco genérico de hospital) le quedaba perfecta sobre unos hombros que delataban que él también pasaba tiempo en el gimnasio. Tenía una mandíbula afilada y unos ojos grises que, en esa primera consulta, me miraron con una empatía que me hizo sentir protegida al instante y serena, transmite seguridad y tranquilidad, sentía que estaba en buenas manos, se nota que es de los doctores que saben que hacer.
—Me han dicho que es usted un genio, Doctor —dije, intentando bromear para ocultar mis nervios.
Él soltó una risa corta, una vibración baja que me recorrió la columna antes de que pudiera procesarlo.
—Solo soy un hombre que sabe dónde va cada hueso, Señorita Constantini. Siéntate aquí, vamos a ver qué has roto.
Fue una consulta normal. Me hizo preguntas, revisó mis placas, y me recetó fisioterapia. Salí de allí pensando que Lucas tenía razón: era un excelente médico. Atento, simpático, incluso divertido.
Pero la “normalidad” murió el viernes siguiente, de una manera que no lo había esperado para nada, se rompió como un golpe en el cristal.
Estaba cenando con mis amigas cuando mencioné la lesión que tuve en el gimnasio y como Lucas me había recomendado un médico y mencioné su nombre. El efecto fue inmediato.
—¿El Dr. Vane? —preguntó Fiorella, dejando su copa de vino en la mesa con un golpe seco—. ¿Ese hombre que parece sacado de una campaña de perfumes? Atenea, es el soltero más cotizado de la ciudad. Dicen que es tan correcto que asusta. ¿Te tocó?
—¿Cómo que sí me tocó? —pregunté, sintiendo un calor repentino, confundida y sorprendida por el entusiasmo en sus palabras, ¿acaso vivía en un burbuja y no conocía a los hombres cotizados o que?—. Me revisó el hombro, Fiorella. Es su trabajo.
—Sí, pero ¿no sentiste esa...distancia? Es tan respetuoso que te hace sentir que eres tú la que tiene pensamientos sucios —se rió mi amiga. — Solo fui unas tres veces cuando practicaba Volleyball y tuve problemas con mi muñeca y era tan...no sé todo muy modosito —río recordando y me sentí algo incómoda por las reacciones de mis amigas, en ningún momento había visto al doctor como hombre.
Esa noche, cuando llegué a casa, la cara de Alexander ya no era la de un médico. Era la de un hombre. Busqué su nombre en Instagram. No tardé en encontrar la foto de la gala de la Cruz Roja. Él, de esmoquin, sonriendo a una mujer rubia que lo miraba como si fuera su salvador.
— Había sido que el doctor, es lindo.—murmuré para mis adentros observando las fotos, hacía deporte, hasta estuvo un tiempo en la cruz roja, ¿no había nada malo en él? ¿Qué tan perfecto parecía?
Miré mi hombro en el espejo. Todavía me dolía. Pero por primera vez, no quería que el dolor se fuera. Quería que empeorara. Quería una excusa para volver a sentarme en esa camilla de papel ruidoso, bajo la luz fluorescente, y ver si era capaz de hacer que esa máscara de respeto impecable se agrietara, aunque fuera un milímetro.
¿Era posible corromperlo?¿Qué tan cierto eran los comentarios de mis amigas diciendo que pareciera que te obligaba a pensar suciamente por su presencia tal pulcra? Era un hombre demasiado atractivo, como negarlo, no soy de piedra.
Alexander Vane era el antídoto. Pero yo ya había decidido que quería la enfermedad.