DONDE LA MAGIA CALLA ©

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Summary

Él fue criado para ser arma. Ella nació como un silencio que mata la magia. Drystan sirve al ejército bajo la sombra de su padre, el general Darién Valcor, y al dogma que sostiene todo: «El orden se impone». Marcha, obedece, arrasa... hasta que en un valle cubierto de ceniza, los hechizos fallan. Iría emerge del humo y la magia muere al tocarla. Valcor la quiere viva. Drystan recibe la orden de llevarla encadenada. Pero cuando la toca, algo en él se quiebra. La deja correr. Y esa elección lo condena. Porque el peligro no es solo la persecución: es lo que Iria despierta en su pecho, esa necesidad que lo vuelve inestable, traidor... humano. Si ella apaga la magia, también podría apagar el monstruo que hicieron de él. Pero en un reino que castiga la ternura, redimirse significa destruirse. Su romance no promete salvación. Solo la certeza de que algunos fuegos solo pueden arder un instante.

Genre
Fantasy
Author
DFGete
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

I. LA MARCHA


El aire olía a humedad y a metal, aunque el cielo permanecía limpio. Drystan avanzaba con el paso medido de quienes no se permiten el cansancio. El cuero de su coraza crujió al respirar, pegado por sudor viejo, y una correa le raspó la clavícula cuando giró apenas el torso para revisar la formación. Las lanzas iban alineadas como dientes; los estandartes, lacios, no ondeaban. A un lado del camino, la tierra se extendía negra y dura, calcinada por incendios pasados; al otro, el pasto crecía ralo, temeroso de alzarse.

Los soldados caminaban en silencio. Aquel mutismo era parte del uniforme. Drystan lo había aprendido antes de saber escribir: la boca cerrada otorgaba el espacio necesario para el mando. Cada diez pasos, un casco golpeaba una hebilla, una cadena respondía y la fila recuperaba su ritmo. El olor a cuero mojado y hierro sudado se mezclaba con el vaho de muchas bocas.

Drystan llevaba la mano izquierda cubierta por un guante oscuro. Bajo el cuero, la piel se le tensaba con un pulso leve: un cosquilleo ajeno al dolor. Miró de reojo su muñeca. La marca asomaba donde el guante cedía: una espiral tenue, una quemadura antigua. No necesitó tocarla; reaccionó sola, como una brasa pegada a la piel ante el murmullo de los hechiceros que avanzaban por el camino.

La marca era su condena y su herramienta. Los hechiceros del Imperio la llamaban «el Vínculo»: una cicatriz mágica que brotaba en la piel cuando un niño manifestaba poder. Sin ella, la magia era inaccesible; con ella, el cuerpo se convertía en canal. Algunos la portaban con orgullo, a modo de medalla. Otros, como Drystan, la sentían como grilletes permanentes. Cuanto más usaba la magia, más se extendía la espiral, trepando por el antebrazo como enredadera hambrienta. Había visto hechiceros cuyas marcas cubrían medio cuerpo: bestias de poder que ya no recordaban la vida sin el zumbido constante en los huesos.

Sobre él, tres figuras flotaban a la altura de los árboles, sin esfuerzo visible. Sus túnicas apenas se movían y el polvo se apartaba de ellas por vergüenza. Uno de ellos dejó caer una chispa azul que no llegó al suelo; se deshizo antes, tragada por el vacío. Los soldados no miraban hacia arriba. Los ojos al frente eran señal de obediencia y autoprotección: mirar demasiado equivalía a invocar algo, y no siempre era bueno.

Bajó la barbilla. El roce de sus botas sobre grava húmeda marcó el compás, mientras el sabor metálico le subía al estómago cada vez que la magia se acumulaba. Conocía ese aviso: saliva espesa, lengua seca y un hilo de presión en el pecho, algo que pugnaba por salirle por la garganta. Un tambor sonó atrás, grave y lento; había aprendido a pensar a ese ritmo. Se permitió una respiración larga y notó que el aire entraba con dificultad, apretándole las costillas desde adentro.

—Señor —murmuró un capitán a su lado, evitando su mirada.

Drystan levantó dos dedos en señal de «continúa». El capitán se paralizó un segundo y siguió caminando, con la mano pegada a la empuñadura. El miedo era una herramienta.

La tienda de mando aún no se veía, pero la presencia del general sí. Drystan la percibía como un mal augurio: el cuerpo la sentía antes de encontrarla. Su padre no necesitaba estar frente a ellos para ordenar la postura de los demás; bastaba su existencia en el borde del pensamiento.

A la distancia, sobre una loma, una estructura de piedra se asomaba entre la neblina baja: una vieja torre partida, tomada por enredaderas, que miraba el camino como un ojo muerto. Los cuervos posados ahí no graznaban. Drystan siguió andando y contó sus pasos sin pensar en números; el conteo era una costumbre que lo mantenía dentro de su propia piel.

Cuando la columna dobló hacia el valle, el olor cambió. Ya no era metal húmedo sino ceniza pegada al viento. El paisaje se abrió y mostró un hilo de humo delgado. No necesitó que le dijeran el nombre del lugar; la misión no requería nombres para existir. Los hechiceros que flotaban bajaron un poco. La luz, aun siendo de día, pareció retraerse alrededor de ellos. La marca en la muñeca se calentó y el calor trepó por el antebrazo. No lo apartó. No apartaba nada. Ese era el orden: soportarlo y acabar con todo.

A la derecha, entre árboles, apareció el general Dárien Valcor. Su padre caminaba sobre el suelo como cualquiera, y eso era parte del mensaje: no necesitaba flotar para estar por encima de todos. Su capa gris no arrastraba polvo. En el pecho, la placa de metal tenía marcas finas, casi invisibles; aun así, irradiaban magia con una frialdad de hierro recién templado.

Drystan aceleró el paso y se alineó a su altura. Su padre no giró la cabeza.

—Llegamos —dijo el general, con voz carente de emoción.

Drystan asintió. Su guante se ajustó cuando cerró la mano.

—¿Resistencia?

—Ninguna que importe, general.

Valcor miró el hilo de humo más allá de los árboles. Sus ojos no se estrecharon ni brillaron; solo midieron, calcularon y despreciaron.

—Estas aldeas siempre creen que su aislamiento las protege —dijo con voz plana—. Como si ignorar el Imperio fuera lo mismo que ser libre.

Hizo una pausa y se volvió hacia Drystan con una mirada evaluadora; el escultor que examina una piedra para ver si vale la pena tallarla.

—Tú dirigirás el asalto. Sin vacilación. Quiero que vean lo que cuesta resistir, quiero escuchar silencio.

Drystan tragó saliva. Le supo a metal.

—El orden se impone —respondió, pues era la única respuesta posible.

Valcor casi sonrió. Fue un gesto mínimo, cruel.

—No se impone, hijo. Se clava. Se graba. Se quema tan hondo que el humo sigue saliendo generaciones después.

Puso una mano sobre el hombro de Drystan. El contacto fue firme, frío; no era afecto, era posesión.

—Hazme sentir orgulloso —dijo en voz baja—. O no vuelvas.

Soltó el hombro y caminó hacia su tienda. Drystan se quedó allí, con el peso de esas palabras hundiéndose en su pecho como clavos.

El pueblo estaba alojado en el valle, con su cerca de madera torcida y sus techos bajos. Desde lejos parecía quieto; desde cerca, olía a vida apretada y miedo reciente: estiércol, pan agrio, humo de fogón y el ácido de la orina mal escondida. Drystan avanzó con el brazo levantado y los soldados se abrieron como una marea obediente. El sonido de sus pasos sobre el barro se mezcló con los primeros gritos que llegaban desde el centro. Un perro corrió por la calle principal con el rabo entre las patas y se detuvo al verlos. Drystan lo miró un segundo antes de que el animal huyera hacia un callejón. Hasta el animal sabía que no había refugio seguro.

Se detuvo a la entrada, bajo un arco de madera con marcas de manos pintadas y símbolos de cosecha. Él los observó como formas sin significado. Se quitó un guante y los tocó con la mano desnuda; la madera se chamuscó al instante. La gente del pueblo salía a medias de sus casas, con los ojos abiertos, heridas expuestas. Algunos se arrodillaron en el lodo; otros intentaron correr. El primer hechicero que descendió tocó el suelo con la punta de su bastón. Un círculo pálido se dibujó en el aire y la humedad del valle se volvió densa. Drystan escuchó el chasquido del aire colapsándose.

Una mujer gritó un nombre: «¡Iría!». A su lado un niño lloró por su madre.

Drystan no apartó la vista. No le estaba permitido. Extendió la mano derecha, sin guante, y el frío le corrió entre los dedos, mordiendo hasta el hueso.

—Avancen —ordenó, y el capitán repitió la orden como un eco.