Capitulo 1: El inicio
El patio estaba en silencio.
No recordaba cómo había llegado allí con él. Miré alrededor, confundido.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté.
Mi padre me observó con una ligera preocupación.
—No sé. Tú me llamaste, hijo. ¿Estás bien?
Bajé la mirada.
—Ah… bueno, pa… ¿puedo ir a la casa de una amiga?
Él levantó una ceja y sonrió apenas.
—¿Qué amiga? ¿La que te manda cartitas?
Sentí cómo la vergüenza me apretaba el pecho y no respondí de inmediato.
—Sí… ella.
Mi padre suspiró con una sonrisa suave.
—Está bien. Puedes ir. Pero no vuelvas tarde.
—Gracias.
Entonces algo cambió.
El aire se sintió extraño, como si todo hubiera dado un pequeño salto en el tiempo.
Y de pronto ya no estaba en el patio.
Ring, ring.
Parpadeé.
Ahora que lo pensaba, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que habíamos hablado. Mucho más del que me gustaría admitir.
La puerta se abrió lentamente frente a mí.
—Hola, Ale —dijo Aris, con un tono cansado.
—Hola, Aris —respondí, algo nervioso.
La casa se veía distinta a como la recordaba. Más silenciosa. Más vacía.
Me dejó pasar y entramos a su habitación. Durante unos minutos ninguno dijo nada.
Finalmente, Aris rompió el silencio.
—¿Qué quieres hacer?
—Podemos salir un rato y ver qué encontramos —propuse.
Poco después estábamos afuera. Ella se sentó mientras yo revisaba alrededor, buscando algo que hacer.
Entonces recordé algo.
—Aris… ¿todavía tienes las cartas que te di?
Ella dudó un momento antes de responder.
—No, las tiré cuando dejamos de hablarnos —admitió—. Pensé que no volveríamos a hablar… lo siento.
Me quedé callado.
—¿Y tú? —preguntó luego, mirando al suelo—. ¿Aún tienes las mías?
—Sí —respondí, sintiendo un poco de vergüenza.
Intenté cambiar de tema. Saqué una cuerda que llevaba conmigo.
—Mira esto.
Aris frunció el ceño.
—¿Una cuerda? ¿Para qué?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. Seguro podemos inventar algo.
Mientras hablábamos, me di cuenta de que ella me observaba con atención.
—¿Estás bien? —preguntó de repente.
La miré durante unos segundos.
—Sí. ¿Por qué?
—No sé… por lo de la carta, supongo.
Aparté la mirada.
—Eso ya no importa —dije finalmente—. Mejor olvidémoslo.
Intenté sonar tranquilo.
—Vamos a ver qué podemos hacer con la cuerda.
—Está bien… —respondió ella, aunque su voz sonó distante.
En ese momento sonó el timbre.
Ring, ring.
—Voy a abrir —dijo Aris.
—Yo voy a quedarme adentro un rato.
—Bueno.
Entré en la casa y esperé unos minutos.
Entonces escuché un grito.
Me asomé por el pasillo.
—¡Sal de aquí! ¡Te dije que te fueras!
Aris apareció poco después y caminó hacia mí con rapidez.
—¿Te parece si vamos a la casa de mi hermana? —propuso—. Será más divertido. Estaremos más tranquilos.
—Está bien.
Mientras caminábamos, no pude evitar preguntar:
—¿Qué pasó? Escuché un grito.
—Nada. Solo problemas familiares.
—¿Y estás bien?
—Sí —respondió, aunque parecía confundida por la pregunta.
No insistí.
Minutos después llegamos a la casa de su hermana.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
Aris miró alrededor.
—¿Quieres construir una fortaleza?
—Una fortaleza? bueno… pero ¿con qué?
—Busquemos algo.
Encontramos unas sillas y algunas sábanas. Entre risas y comentarios, empezamos a construir una pequeña fortaleza improvisada.
Después de un rato, Aris se levantó.
—Voy a subir un momento. Ya vuelvo.
—Te espero acá.
Pero pasaron varios minutos… y no regresó.
Decidí recorrer un poco la casa.
Entonces escuché un golpe en una habitación.
Me acerqué.
—¿Hay alguien ahí?
Asomé la cabeza y vi a dos niños.
—Hey, ¿quién eres? —preguntó uno.
—Ah… hola —dije entrando al cuarto.
—¿Quién eres?
—Soy amigo de Aris. ¿Y tu?
—Su primo.
De repente, el chico empezó a toser… y vi algo que me dejó helado.
Sangre.
—¿Estás bien? —pregunté alarmado.
Él se limpió la boca con naturalidad.
—Sí. Me pasa desde hace tiempo.
—Debería avisarle a Aris.
—¡No! —dijo rápidamente—. Por favor, no le digas.
—¿Por qué?
—Porque ella no sabe.
Dudé.
—Entonces… ¿alguien más lo sabe?
—Voy a llamar a mi mamá.
Asentí.
Diez minutos después, su madre llegó y se lo llevó.
Pero Aris seguía sin aparecer.
Recordé que había dicho que subiría.
Así que fui hacia las escaleras.
—¿Aris? —grité mientras subía.
Entonces escuché voces.
Gritos.
Me acerqué lo suficiente para ver a toda su familia reunida, discutiendo acaloradamente. No entendí todo, pero sí algo que me dejó inquieto.
Aris dijo que se iría.
Y que no volvería.
De pronto salió corriendo… y pasó junto a mí.
—¡Aris! ¿Qué pasó? —le pregunté mientras bajábamos las escaleras.
No respondió.
La seguí hasta afuera.
Agarró una bicicleta y se preparó para irse.
—¿A dónde vas?
Ella levantó la mirada, con lágrimas en los ojos.
—A donde nadie pueda encontrarme.
Me quedé en silencio.
Detrás de mí estaba toda su familia observando.
Cuando Aris estaba a punto de doblar en la esquina, reuní valor y grité:
—¡Quiero ir contigo!
Pensé que no me había escuchado.
Pero entonces frenó.
Se giró hacia mí.
Y, con una leve sonrisa, gritó:
—Entonces ven… y alcánzame si puedés.
No lo pensé dos veces.
Salí corriendo...