ONE SHOT
El Eco del Latido
Laboratorio de Pete. El ambiente es clínico y frío, iluminado por luces de neón blanco y el parpadeo de los monitores. Tubos de ensayo y equipos de alta tecnología llenan el espacio.
El zumbido constante de los servidores es la única compañía.
Hacía una hora, Babe había sentido que el mundo se inclinaba bajo sus pies. Un mareo repentino, acompañado de una oleada de náuseas que le quemaron la garganta. Había terminado apoyado en la pared del pasillo, justo donde Chris lo encontró.
Ahora, estaba sentado en una camilla, la tela fría y áspera bajo sus manos. La camisa, un despojo de seda negra, estaba abierta, con sensores adhesivos aún pegados a su piel blanca y tensa sobre el pecho. Chris, con su característica parsimonia, tecleaba en una tableta, sus ojos recorriendo datos que para Babe eran jeroglíficos.
El silencio se hizo insoportable. El único sonido era el pitido rítmico de una máquina que monitorea su errático ritmo cardíaco.
Desde que Charlie le habló de la posibilidad de perder la memoria, Babe había aprendido a ignorar las pequeñas señales de su cuerpo, achacándolas al estrés, a la batalla constante, a la tensión de esperar el siguiente movimiento de Tony. Pero esto...esto era diferente.
Chris finalmente dejó la tableta a un lado y se acercó, su expresión tan ilegible como siempre. Sus dedos, fríos y precisos, retiraron los sensores del pecho de Babe.
—Ya está.— dijo Chris, su voz un acento meticuloso que cortaba el aire.
Babe se incorporó, pasándose una mano por el cabello sudado. La incomodidad en su estómago había cedido, dejando un vacío inquietante. Miró a Chris, que ahora se apoyaba en la encimera de metal, con los brazos cruzados.
—¿Qué salió?— preguntó Babe, su voz de Alfa, normalmente un trueno, salió como un susurro rasposo.
Chris lo miró fijamente por un largo segundo.
Luego, sin rodeos, soltó la bomba.
—Estás embarazado, Babe. Tienes cuatro semanas de embarazo.
La habitación se quedó sin aire.
Babe parpadeó. Una vez. Dos veces. Las palabras de Chris entraron en sus oídos, pero su cerebro se negaba a procesarlas. Era como si el científico hubiera hablado en otro idioma. Embarazado. Una palabra que, en el vocabulario de un Alfa, no existía. Los Alfas no se embarazaban. Los Alfas eran los protectores, los proveedores, los soldados.
Los Omegas eran los que...los que llevaban vida.
—¿Qué...?— Babe se bajó de la camilla de un salto, sus piernas lo sostuvieron a duras penas. Una oleada de feromonas, amargas y agresivas, inundaron el pequeño laboratorio.
Era un mecanismo de defensa, un instinto puro de Alfa ante una amenaza. Y esto, esto era la amenaza más grande que podía imaginar.— Eso no es posible. Soy un Alfa. El Alfa. No puede...es un error.
Chris no se inmutó por el asalto feromonal.
Simplemente levantó la tableta y se la mostró a Babe.
—No hay error. Tus niveles de gonadotropina coriónica están por las nubes. Junto con un aumento exponencial de progesterona y...— Chris hizo una pausa, deslizando el dedo por la pantalla.— Y hay una firma hormonal secundaria extraña. Débil, pero presente. No es la de un Omega gestante común.
Babe apartó la tableta de un manotazo, que cayó al suelo con un golpe seco. Su pecho subía y bajaba con violencia. Su mente, entrenada para la estrategia y el combate, era un torbellino. Charlie. La conversación. La posibilidad de perder la memoria. ¿Esto era parte de ello? ¿Su cuerpo...cambiando?
—Un Enigma.— susurró Babe, para sí mismo, como si las piezas de un rompecabezas imposible empezarán a encajar. La naturaleza de Charlie, el rango más alto, el depredador alfa de los Alfas. Su esencia, de alguna manera, había desencadenado esto en él. Su cuerpo de Alfa especial estaba reaccionando, siendo forzado a hacer algo que la naturaleza nunca había previsto.
Chris se agachó y recogió la tableta, sin mostrar reproche.
—Es la única explicación lógica. La biología de un Enigma es un territorio inexplorado. Su..."esencia" durante el vínculo ha debido sobrescribir ciertos aspectos de tu naturaleza secundaria, activando un sistema reproductivo latente que todos los humanos, sin importar su rango, poseen en estado vestigial. Estás gestando, Babe. Llevas un embrión. El embrión de Charlie.
Babe se dejó caer de nuevo en la camilla, el metal gimió bajo su peso. Sus manos, las mismas que habían noqueado a decenas de contrincantes, temblaban ligeramente apoyadas en sus muslos. Miró sus propias palmas, confundido. Ya no sentía náuseas, sino un frío mucho más profundo, que le nacía en el estómago y se extendía hasta la punta de los dedos.
No era miedo a la paternidad. No, eso vendría después. Lo que helaba su sangre era mucho más primitivo, mucho más brutal.
—Tony.— dijo Babe, la voz hueca. Levantó la mirada hacia Chris, y por primera vez, el científico vio algo que jamás había visto en los ojos del corredor: terror. Un terror puro, visceral.— Si Tony se entera de esto...
No necesitaba terminar la frase. Ambos lo sabían.
Un Enigma y un Alfa. La unión ya era una abominación para los puristas, para gente como Tony. Pero una cría, un híbrido nacido de esa unión, con un potencial desconocido e incalculable...sería el arma definitiva. El experimento supremo. Tony no lo vería como un bebé. Lo vería como un activo, una pieza de laboratorio que había que reclamar, estudiar y controlar.
Babe se llevó una mano al estómago, sobre la tela fina de la camisa. Allí, bajo sus dedos, donde antes solo había músculo y determinación, ahora había un secreto. Un latido diminuto, un eco de su vínculo con Charlie. Algo suyo. Algo de Charlie.
—No puede saberlo.— dijo Babe, su voz recuperando algo de su firmeza, pero teñida de una urgencia desesperada.— Nadie puede saberlo. Ni Charlie. Nadie. Hasta que sepamos cómo protegerlo...hasta que sepamos cómo protegerlos a ambos.
Chris asintió lentamente. Su lealtad, por complicada que fuera, estaba con ellos. Con el grupo que luchaba contra Tony.
—Tendré que ajustar tus vitaminas y tu dieta sin levantar sospechas.— dijo Chris, entrando en modo solución.— Y necesitaremos un plan. Porque en unos meses, Babe, esto no podrá ocultarse. Tu cuerpo cambiará. Tus feromonas cambiarán.
Babe asintió, sin apartar la mano de su vientre. El mareo había pasado, pero la tierra se movía bajo sus pies más que nunca. Tenía que luchar contra Tony, tenía que mantener a salvo a Charlie y a los chicos de X-Hunter...y ahora, tenía que proteger la vida más frágil e imposible que jamás había existido. La vida que crecía dentro de un Alfa.
El pitido del monitor cardíaco seguía sonando de fondo, marcando un ritmo que ya no era solo suyo.
El peso del secreto
La puerta corrediza de metal se abre con un silbido neumático, interrumpiendo el pesado silencio que había quedado entre Babe y Chris.
El sonido de pasos apresurados resonó en el pasillo antes de que el grupo irrumpiera en el laboratorio. Alan iba al frente, su expresión más tensa que una cuerda de arco. Detrás de él, Jeff, Sonic, Dean y North entraban con el ceño fruncido, la respiración agitada por haber corrido desde el otro extremo del complejo. Pete cerraba la marcha, sus ojos recorriendo rápidamente la escena: Babe sentado en la camilla, despeinado, con la camisa aún abierta, y Chris junto a la encimera con su tableta.
Babe se puso en pie de inmediato, el instinto de liderazgo activándose a pesar del torbellino en su interior. Frunció el ceño, analizando las expresiones de los chicos.
Algo muy malo había pasado.
—¿Qué pasó?— preguntó Babe, su voz de Alfa resonando con autoridad, aunque un dejo de tensión la delataba.
Alan se detuvo frente a él. No hubo rodeos, no hubo forma suave de decirlo. Su mandíbula estaba apretada, los músculos de su cuello tensos.
—Es Charlie, Babe.— dijo Alan, con una seriedad que heló la sangre del corredor.— Ya ha perdido la memoria.
El mundo se detuvo.
Babe parpadeó, sintiendo que el suelo se inclinaba de nuevo, pero esta vez no había náuseas físicas, solo un vacío frío y profundo que se abría en su pecho. Lo sabía. Charlie se lo había advertido. Pero saberlo y vivirlo eran dos abismos diferentes. Su mano, en un movimiento completamente instintivo, se deslizó hacia su abdomen, presionando suavemente la tela de la camisa sobre su vientre. Como si al tocar ese diminuto secreto pudiera anclarse a algo, aferrarse a algo que aún no había perdido.
El silencio se alargó un segundo, dos, tres.
Nadie habló. Todos vieron el gesto, aunque ninguno entendió aún su significado.
Chris intervino, rompiendo el hechizo. Dio un paso adelante, su acento extranjero cortando la tensión con precisión quirúrgica.
—Iré a verlo.— dijo, guardando su tableta en el bolsillo de la bata blanca.— Haré lo posible por desarrollar la poción para disolver los poderes de Charlie. Si vamos a enfrentarnos a Tony, lo necesitamos al completo. Con memoria y sin el riesgo de que su poder se descontrole.
Pete asintió con gravedad.
—Haz lo que puedas, Chris. Nosotros lo vigilaremos mientras tanto. Que no haga nada...impulsivo.
Chris asintió y se dirigió hacia la puerta, lanzando una última mirada a Babe antes de salir. Una mirada que decía "Cuida ese secreto".
La puerta se cerró tras él.
Babe seguía inmóvil, con la mano en el abdomen, la mirada perdida en un punto indefinido de la pared. Los chicos intercambiaron miradas incómodas. Algo no cuadraba. Las feromonas de Babe...Alan arrugó la nariz, agudizando sus sentidos de Alfa. Había algo diferente. Algo que no había estado allí antes.
Alan dio un paso más cerca, sus ojos entrecerrados. Olfateó el aire sutilmente, un gesto casi imperceptible, pero suficiente.
—Babe.— llamó Alan, su voz ahora cautelosa, como si caminara sobre huevos.— ¿Qué pasa con tus feromonas? Noto otro olor en ti.
Babe levantó la cabeza lentamente, sus ojos se encontraron con los de Alan. Por un momento, su expresión fue de pánico crudo, indomable. Luego, como un corredor que se prepara para la curva más peligrosa, sus facciones se endurecieron, aceptando lo inevitable.
Todos los ojos estaban sobre él. Jeff, Sonic, Dean y North esperaban, confundidos. Pete frunció el ceño, intentando entender.
Babe se mordió el labio inferior. El dolor agudo lo ayudó a centrarse. Su mano aún presionaba su vientre. No había forma de ocultarlo para siempre. Y si iban a luchar juntos, si iban a proteger a Charlie y a ellos mismos de Tony, necesitaban saber.
Necesitaban entender lo que estaba en juego.
—Estoy embarazado.— dijo Babe, la voz firme pero baja, como si temiera que las paredes tuvieran oídos.— De cuatro semanas.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Los ojos de Jeff se abrieron como platos.
Sonic se quedó con la boca entreabierta, sin palabras. Dean dio un paso atrás instintivamente, como si su cerebro necesitará distancia para procesar. North parpadeó repetidamente, convencido de haber oído mal.
Alan fue el primero en reaccionar. Su mandíbula se relajó, y en sus ojos, en lugar de shock o incredulidad, apareció algo más: determinación.
—¿Cómo...?— comenzó Jeff, pero Alan levantó una mano, callándolo.
—No importa cómo.— dijo Alan, su voz firme.— Lo que importa es qué hacemos ahora.
Pete dio un paso adelante, su expresión seria pero cálida. Miró a Babe a los ojos, reconociendo al líder, al amigo, al hombre que cargaba con un peso que ningún Alfa debería cargar solo.
—Estamos contigo en esto.— dijo Pete, con una convicción que resonó en cada palabra.— No estás solo.
Jeff asintió vigorosamente, recuperándose del shock inicial.
—Pete tiene razón, Babe. Somos un equipo. Esto no cambia nada. O bueno, sí cambia, pero no...no cambia que estamos contigo.
Sonic se acercó, su habitual actitud juguetona reemplazada por una seriedad poco común en él.
—Vamos a protegerte. A ti y al...—.dudó, buscando la palabra correcta.— Al pequeñín.
Dean y North asintieron al unísono, sus expresiones reflejando la misma lealtad inquebrantable que siempre habían mostrado.
Babe los miró uno por uno. Su manada. Su familia. Por un momento, la tensión en sus hombros cedió ligeramente. Asintió, un gesto pequeño pero significativo.
—Gracias.— dijo, su voz ronca.— Pero esto no puede salir de aquí. Tony no puede saberlo. Nadie puede saberlo hasta que estemos listos.
—Lo sabemos.— respondió Alan.— Tu secreto está seguro con nosotros.
Hubo un momento de silencio solemne, roto finalmente por Pete, que miró hacia la puerta por la que había salido Chris.
—Deberíamos ir con Chris.— dijo.— Para ver a Charlie. Necesita saber lo que está pasando, al menos lo básico. El resto...el resto puede esperar.
Todos asintieron. Comenzaron a moverse hacia la puerta, pero Babe permaneció inmóvil.
—¿Vienes?— preguntó North desde el umbral.
Babe negó con la cabeza lentamente.
—Vayan ustedes. Yo...entraré luego. Necesito un momento.
Alan lo entendió de inmediato. Puso una mano en el hombro de North, guiándolo hacia afuera.
—Dale su espacio. Nosotros le contamos a Charlie lo necesario.
Uno por uno, los chicos salieron del laboratorio. Pete fue el último, lanzando una última mirada a Babe antes de que la puerta se cerrara tras él.
Babe se quedó solo.
El silencio volvió a llenar la habitación, acompañado solo por el zumbido de los monitores. Lentamente, Babe levantó su mano del abdomen y la observó, como si aún pudiera sentir el calor de lo que protegía.
—Charlie.— susurró, su voz quebrada en la soledad del laboratorio.— Lo siento. Lo siento tanto. Perdiste la memoria justo cuando más te necesitaba. Cuando más te necesitamos.
Cerró los ojos, respirando hondo. Cuando los abrió de nuevo, la máscara de Alfa estaba de vuelta, firme y decidida. Pero en sus ojos, en lo más profundo, brillaba una determinación nueva. No solo lucharía por Charlie. No solo lucharía por los chicos. Lucharía por los tres.
El extraño en los ojos de Charlie
Los pasillos del complejo se extendían como venas frías de metal y concreto. Babe caminaba despacio, cada paso medido, su mano aún rozando el vientre donde un secreto del tamaño de una semilla comenzaba a redefinir su universo. Cuando llegó a la sala de observación, los chicos ya estaban allí, al otro lado del vidrio.
Alan estaba de pie, con los brazos cruzados, observando la escena. Jeff y Sonic compartían un banco junto a la pared, sus expresiones tensas. Dean y North permanecían cerca de la puerta, como guardias silenciosos. Pete estaba junto al panel de control, ajustando el audio para que pudieran escuchar lo que sucedía al otro lado.
Babe se ubicó junto a Alan, sus ojos fijos en la figura al otro lado del vidrio.
Charlie estaba sentado en una silla, no en la camilla. Su postura era relajada en apariencia, pero sus ojos...sus ojos recorrían la habitación con la cautela de un depredador en territorio desconocido. Chris estaba frente a él, moviendo un escáner portátil alrededor de su cabeza, observando los datos que aparecían en una pequeña pantalla.
—¿Puedes decirme tu nombre?— preguntó Chris, su tono profesional pero neutral.
Charlie lo miró, y Babe sintió un puñal en el pecho al ver esa mirada. Era la mirada de Charlie, sí. Los mismos ojos. La misma boca.
Pero detrás de ellos, no había nada. Ningún destello de reconocimiento. Ninguna chispa de lo que habían compartido.
—Charlie.— respondió el Enigma, su voz plana.— Me dijeron que me llamo Charlie.
—¿Y sabes quién soy yo?
Charlie lo estudió por un momento.
—Chris. El científico. El que va a ayudarme a...— hizo una pausa, frunciendo el ceño.— ¿Recuperar algo? No recuerdo qué.
Chris asintió, anotando algo en su tableta.
—¿Sientes algún dolor? ¿Presión inusual? ¿Alguna emoción fuerte qué no puedas explicar?
Charlie negó con la cabeza.
—Nada. Solo...— se llevó una mano al pecho, justo donde Babe sabía que latía su corazón.— Siento como si faltara algo. Como si hubiera un eco donde debería haber un sonido. ¿Tiene sentido?
Chris no respondió directamente. En lugar de eso, guardó el escáner y tomó un pequeño frasco de un estante.
—Voy a tomar una muestra de sangre. Necesito analizar tu composición feromonal en profundidad. El hecho de que hayas perdido la memoria pero conserves tus instintos y habilidades sugiere que el bloqueo es selectivo. No afecta tu esencia, solo tus recuerdos episódicos. Los recuerdos de personas, lugares, emociones vinculadas a experiencias.
Charlie asintió, extendiendo el brazo sin dudar. La aguja penetró su piel, y la sangre roja oscura llenó el tubo. Charlie ni siquiera parpadeó.
Al otro lado del vidrio, Babe observaba en silencio. Su mandíbula estaba apretada, los músculos de su cuello tensos. Alan lanzó una mirada de reojo, evaluando a su amigo
—Puedes entrar cuando quieras.— dijo Alan en voz baja.— Quizás verte...quizás active algo.
Babe negó con la cabeza lentamente.
—No. No aún. Si entro y no me reconoce...— dejó la frase inconclusa, pero todos entendieron.
Jeff se levantó del banco y se acercó al vidrio, junto a Babe.
—Pero tiene que verte en algún momento, Babe. Si vamos a luchar juntos, necesita saber quién eres. O al menos, quién se supone que eres para él.
—No se supone nada.— dijo Babe, su voz más cortante de lo que pretendía.— Ahora mismo, no soy nada para él. Y yo soy un extraño.
El dolor en sus palabras era tan palpable que Jeff retrocedió instintivamente.
Dentro de la sala, Chris terminó de tomar la muestra y guardó el tubo en una nevera portátil. Luego se sentó frente a Charlie, adoptando una postura más informal.
—Tus amigos están al otro lado del vidrio.— dijo Chris, señalando con un gesto.— ¿Quieres qué pasen?
Charlie giró la cabeza hacia el vidrio. Sus ojos recorrieron el grupo. Pasaron sobre Alan, Jeff, Sonic, Dean, North y Pete. Luego se detuvieron en Babe.
El tiempo se detuvo.
Babe sintió que su corazón dejaba de latir.
Por un momento, solo un momento, vio algo en los ojos de Charlie. Una chispa. Un destello de reconocimiento. Su mano apretó instintivamente su abdomen, como si ese contacto pudiera transmitirle fuerza a través del vidrio.
Pero entonces Charlie parpadeó, y la chispa se apagó.
—No.— dijo Charlie, volviéndose hacia Chris.— No los conozco. No tengo nada que decirles.
La puñalada en el pecho de Babe se retorció.
Sintió náuseas, pero no del embarazo. Eran náuseas de pérdida. De duelo por alguien que estaba vivo pero se había ido.
Alan puso una mano en su hombro.
—Lo siento, Babe.
Babe asintió, sin apartar los ojos de Charlie.
El Enigma hablaba ahora con Chris, preguntando sobre el proceso para "recuperar lo perdido". Su voz era la misma. Su rostro era el mismo. Pero la forma en que movía las manos, la inclinación de su cabeza, la ausencia de esa sonrisa que solo Babe conocía...todo era diferente.
—Tiene que haber una manera.—.dijo Sonic, rompiendo el silencio.— De que recupere la memoria. No puede ser que Tony haya ganado así de fácil.
—No ha ganado.— dijo Pete, desde el panel de control.— Charlie está vivo. Sus poderes están intactos. Y Chris está trabajando en la poción. Esto es solo un obstáculo, no una derrota.
—Pero no nos recuerda.— dijo North, con voz pequeña.— ¿Cómo vamos a luchar a su lado si no confía en nosotros? Si no recuerda quiénes somos...quién es Babe para él...
Dean asintió gravemente.
—Es una buena pregunta. La confianza en el campo de batalla no se improvisa. Si Charlie duda de nosotros en el momento crítico...
—No dudará.— dijo Babe, su voz de repente firme, cortando la especulación.— Porque nosotros no dudaremos de él. Lo protegeremos aunque él no sepa quiénes somos. Le cubriremos la espalda aunque nos mire como extraños. Y cuando recupere la memoria, estaremos allí. Todos nosotros.
Miró a cada uno de ellos, su mirada de Alfa imponiendo silencio y determinación.
—Esto no es diferente de cualquier otra batalla. Luchamos por los nuestros. Charlie sigue siendo de los nuestros. Solo que ahora...— su voz flaquea por un instante, solo un instante.— Solo que ahora tenemos que luchar también por él, hasta que pueda luchar consigo mismo.
Alan asintió lentamente, un respeto profundo brillando en sus ojos.
—Bien dicho, Babe.
Dentro de la sala, Chris se levantó y se dirigió hacia la puerta que comunicaba con la sala de observación. Charlie se quedó sentado, mirando sus propias manos, como si buscara respuestas en las líneas de sus palmas.
Chris entró en la sala de observación y cerró la puerta tras de sí. Los chicos se volvieron hacia él.
—He terminado por ahora.— dijo Chris, en voz baja para que Charlie no pudiera oír.— Necesito analizar estas muestras y comenzar a trabajar en la fórmula. Pero tengo que preguntar: ¿alguno de ustedes tiene objetos personales de Charlie? Cosas con fuerte carga emocional. A veces, los estímulos sensoriales pueden...
—Yo.— dijo Babe, interrumpiendo.— Tengo cosas. En nuestra habitación.
Todos lo miraron. La palabra "nuestra" colgó en el aire, pesada y dulce a la vez.
Chris asintió.
—Tráelas. Las usaremos cuando esté listo para intentar una terapia de exposición. Pero tengo que advertirte, Babe.— su mirada se volvió seria.— Puede que no funcione. Y puede que, incluso si funciona, no sea inmediato. Puede llevar días, semanas, meses. O puede que nunca...
—Lo sé.— lo interrumpió Babe nuevamente.— Charlie ya me lo advirtió. Y aún así elegí estar a su lado. Eso no cambia ahora.
Chris lo estudió por un momento, luego asintió.
—Muy bien. Iré al laboratorio. ¿Alguien quiere quedarse con Charlie? Preferiría que no estuviera solo. Su mente debe estar...desorientada.
—Yo me quedo.— dijo Alan.: Los demás, vayan a descansar. Mañana será un día largo.
Jeff, Sonic, Dean y North asintieron y comenzaron a salir. Pete los siguió, pero antes de cruzar la puerta, miró a Babe.
—¿Vienes?
Babe negó con la cabeza.
—En un momento.
Pete asintió comprensivo y salió.
La sala de observación quedó en silencio, solo Alan y Babe al otro lado del vidrio, observando a Charlie, que seguía sentado, inmóvil, perdido en un vacío que solo él podía habitar.
—¿Vas a entrar?— preguntó Alan.
Babe tardó en responder. Su mano encontró su abdomen nuevamente, acariciando la tela con una ternura que contrastaba con la dureza de su expresión.
—No hoy.— dijo finalmente.— Hoy solo me miraría como un extraño. Y no soportaría ver eso.
Alan asintió, entendiendo.
—Entonces ve a descansar. Yo lo vigilo.
Babe asintió y se volvió hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo y miró una última vez a Charlie a través del vidrio.
—Te amo.— susurró, tan bajo que Alan no pudo oírlo.— Y voy a traerte de vuelta. Te lo prometo, Charlie. Por nosotros. Por nuestro...— su mano apretó su vientre.— Por nuestro futuro.
Salió de la sala, dejando a Alan solo con el silencio y la figura inmóvil de Charlie al otro lado del vidrio.
La verdad entre dos extraños
La habitación de Charlie en el complejo. Una estancia sencilla, funcional, con una cama, una mesita y una ventana que deja ver el cielo gris del atardecer. Charlie está sentado en el borde de la cama, y los chicos están dispersos por la habitación, en sillas o de pie.
Días después.
El ambiente en la habitación de Charlie había cambiado. Ya no era esa tensión eléctrica de los primeros encuentros, cuando cada mirada del Enigma era evaluadora, distante, casi hostil. Ahora, después de visitas diarias de los chicos, de comidas compartidas en silencio, de conversaciones cuidadosamente construidas sobre temas neutros, Charlie comenzaba a relajarse.
No recordaba quiénes eran. Pero su cuerpo, sus instintos, comenzaban a reconocerlos.
Alan estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados, observando con una sonrisa leve cómo Jeff y Sonic intentaban enseñarle a Charlie un juego de cartas absurdamente complicado. Dean y North compartían una silla, discutiendo en voz baja sobre alguna estrategia de carreras.
Y entonces la puerta se abrió.
Babe entró.
El aire cambió instantáneamente. No era algo que Babe hiciera a propósito; era simplemente su presencia, su naturaleza de Alfa, el peso de quien era. Pero desde que Charlie había perdido la memoria, cada entrada de Babe era como una piedra arrojada a un estanque en calma.
Charlie levantó la vista del juego de cartas y sus ojos se encontraron con los de Babe. Por un momento, solo un momento, algo parpadeó en su mirada. Una duda. Una pregunta no formulada. Luego desapareció, y Charlie volvió a ser el extraño cortés que había aprendido a ser en estos días.
—Hola, Babe.— dijo Charlie, su voz neutra pero no fría.
—Charlie.— respondió Babe, asintiendo.
Se sentó en la única silla vacía, al otro lado de la habitación. No demasiado cerca. Nunca demasiado cerca. Ese era el acuerdo tácito que Babe había establecido consigo mismo: no presionar, no invadir, no exigir reconocimiento. Solo estar presente. Como un guardián silencioso.
La conversación continuó. Jeff explicaba las reglas del juego con entusiasmo, Sonic hacía comentarios sarcásticos, Dean reía de fondo.
Una escena casi normal. Casi familiar.
Y entonces North abrió la boca.
—Por cierto, Charlie.— dijo North, con esa falta total de filtro que lo caracterizaba.— ¿sabes qué vas a ser padre?
El silencio cayó como un hacha.
Las cartas se congelaron en las manos de Jeff. Sonic se quedó con la boca abierta a medio camino de un comentario. Alan se enderezó contra la pared, sus ojos abriéndose con horror. Dean miró a North como si acabara de firmar su sentencia de muerte.
Babe se quedó inmóvil. Su rostro, entrenado para el póker en las carreras, no mostró ninguna emoción. Pero su mano, esa mano que últimamente parecía vivir en su abdomen, apretó instintivamente la tela de su camisa.
North parpadeó, confundido por el repentino silencio.
—¿Qué? ¿No lo sabía?—.preguntó, mirando a los demás.— ¿Se suponía qué no lo dijera?
—¡North!— Sonic explotó en un susurro furioso, levantándose de su silla.— ¿¡En serio!? ¿¡Así, por qué así!? ¡Hablamos de esto! ¡Dijimos que esperaríamos!
—Pero yo pensé que ya se lo habían dicho.— se defendió North, claramente abrumado por las reacciones.— Llevan días viniendo, pensé que...
—¿Pensaste? ¡Ahí está el problema, que no pensaste!— Jeff dejó las cartas sobre la mesa con un golpe.— ¡Siempre igual, North!
Charlie los observaba a todos con el ceño fruncido, su mirada yendo de uno a otro mientras procesaba las palabras que acababa de escuchar.
Padre.
Ser padre.
Su mano izquierda, la que descansaba sobre su muslo, comenzó a temblar ligeramente. No lo notó. O quizás sí, porque la apretó contra su pierna para ocultarlo.
—¿Qué acabas de decir?— preguntó Charlie, su voz repentinamente cortante, cortando la discusión como un cuchillo.
Todos se congelaron.
La mirada de Charlie estaba fija en North, pero North parecía haber perdido repentinamente la capacidad de hablar. Abrió la boca, pero ningún sonido salió.
Alan fue el primero en moverse. Se separó de la pared y caminó hacia la puerta, su voz calmada pero firme.
—Vámonos.— dijo.— Todos. Ahora.
Jeff asintió rápidamente, agarrando a Sonic del brazo y tirando de él hacia la puerta. Dean siguió, lanzando una mirada de disculpa a Babe. North, aún pálido, fue empujado suavemente por Alan.
—Pero yo...— intentó North.
—Después.— dijo Alan, cortante.— Ahora, fuera.
Uno por uno, los chicos salieron de la habitación. Alan fue el último. Antes de cruzar la puerta, miró a Babe, una pregunta silenciosa en sus ojos. ¿Estarás bien?
Babe asintió casi imperceptiblemente. Alan cerró la puerta tras de sí.
El silencio que quedó fue absoluto.
Babe y Charlie estaban solos. El atardecer teñía la habitación de tonos anaranjados y rojos, pero ninguno de los dos lo notaba.
Charlie seguía sentado en la cama, su postura rígida, su mirada fija en Babe. Babe permanecía en su silla, al otro lado de la habitación, su mano aún presionando su abdomen.
Pasaron segundos. Quizás minutos.
—Babe.— dijo Charlie finalmente, su voz extrañamente controlada.— ¿Qué acaba de decir?
Babe respiró hondo. Había imaginado este momento de mil maneras diferentes. En todas ellas, Charlie lo recordaba. En todas ellas, había amor en sus ojos cuando escuchaba la noticia. En ninguna de ellas, Babe tenía que explicarle a un extraño que llevaba su hijo.
Pero la vida rara vez seguía los guiones que uno escribía.
—Lo que dijo North es verdad.— dijo Babe, su voz firme a pesar del temblor interno.— Vas a ser padre.
Charlie parpadeó. Una vez. Dos veces. Su mandíbula se tensó.
—No te recuerdo.— dijo, como si eso lo explicara todo.— No recuerdo nada de ti. De ustedes. De...— señaló vagamente.— De nada. ¿Y dices qué voy a ser padre? ¿Con quién? ¿Cómo?
Babe se levantó lentamente. No se acercó.
Solo se puso de pie, dando a Charlie el espacio que claramente necesitaba.
—Conmigo.— dijo.— Vas a ser padre conmigo.
El silencio se hizo más denso, más pesado.
Charlie lo miró como si intentara resolver un acertijo imposible.
—Tú eres...— comenzó Charlie, y Babe vio cómo sus ojos recorrían su cuerpo, evaluando, buscando pistas.— Eres un Alfa. Lo sé. Lo huelo. Los Alfas no...no pueden...
—No pueden embarazarse.— completó Babe.— Lo sé. Pero yo no soy un Alfa común. Y tú no eres común, Charlie. Eres un Enigma.
Charlie negó con la cabeza lentamente.
—Eso no tiene sentido. La biología no funciona así. Un Alfa no puede gestar. Es...es imposible.
—Y sin embargo.— dijo Babe, y por primera vez, un atisbo de dolor se coló en su voz.— aquí estoy. Cuatro semanas. Los análisis de Chris lo confirmaron.
Charlie se levantó de la cama de repente, comenzando a caminar por la habitación. Su movimiento era nervioso, errático, como un animal enjaulado.
—Pero no te recuerdo.— dijo, casi para sí mismo.— No recuerdo haberte conocido. No recuerdo haberme...— se detuvo, las palabras atorándose en su garganta.— No recuerdo haberme enamorado de ti. Porque eso es lo que implica, ¿no? Para llegar a esto.
Babe asintió lentamente.
—Sí. Eso es lo que implica.
Charlie se volvió hacia él, y por primera vez, Babe vio algo más que confusión en sus ojos.
Vio frustración. Vio enojo. Pero también, enterrado profundamente, vio una chispa de algo que podría ser deseo de creer.
—Cuéntame.— dijo Charlie, su voz más suave.— Cuéntame quién eras para mí. Antes de que perdiera...esto. Cuéntame cómo pasó.
Babe respiró hondo. Su mano abandonó su abdomen y cayó a su costado. Comenzó a hablar, su voz tejiendo una historia que era su vida, su amor, su todo.
—Nos conocimos en las carreras.— dijo.— Yo era el campeón. El Alfa. El que no perdía nunca. Y tú apareciste, para pedirme un coche y mirándome como si yo fuera un acertijo que necesitas resolver. Era totalmente arisco al principio. O eso creí. Pero yo...yo supe desde el primer momento que había algo en ti. Algo que me llamaba.
Charlie escuchaba en silencio, inmóvil.
—Tuvimos nuestras peleas. Nuestros momentos. Tú me protegiste, Charlie. Más veces de las que puedo contar. Y yo...yo aprendí a confiar en ti. A amarte. A necesitarte.— La voz de Babe se quebró ligeramente, pero continuó.— Antes de que perdieras la memoria, me advertiste que esto podía pasar. Me dijiste que existía la posibilidad de que despertaras un día sin recordarme. Y yo te dije que no me importaba. Que elegía estar a tu lado de todas formas.
—¿Por qué?— preguntó Charlie, y había una vulnerabilidad en su voz que no había mostrado antes.— ¿Por qué elegirías eso? Quedarte con alguien que puede olvidarte en cualquier momento.
Babe lo miró directamente a los ojos, y en su mirada había todo el amor del mundo.
—Porque te amo, Charlie. Porque lo que siento por ti no depende de que tú me recuerdes. Depende de lo que yo sé. Yo sé quién eres. Yo sé lo que hemos vivido. Yo sé que, en algún lugar de esa mente vacía, está el hombre que me prometió que siempre me encontraría. Y yo voy a estar aquí, esperándolo, hasta que lo haga.
Charlie parpadeó, y Babe vio algo brillar en sus ojos. ¿Lágrimas? ¿Emoción? No podía estar seguro.
—Y ahora...— continuó Babe, llevándose la mano al abdomen nuevamente.— Ahora hay más. Hay una vida que crece dentro de mí. Tuya. Nuestra. Y no sé cómo va a funcionar. No sé si vas a recuperar la memoria a tiempo para verlo nacer. No sé si algún día volverás a mirarme como solías hacerlo. Pero sé una cosa.
—¿Qué?— susurró Charlie.
—Que voy a proteger a esta criatura con mi vida. Porque es lo único que me queda de ti, ahora que no me recuerdas.— Su voz se rompió finalmente, un temblor que no pudo controlar.— Porque cuando te miro, Charlie, veo a un extraño. Y duele. Duele más que cualquier golpe, cualquier carrera perdida, cualquier batalla. Pero cuando pongo mi mano aquí.— presionó su abdomen.— siento que aún tengo una parte de ti. Una parte que nadie puede quitarme.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Charlie dio un paso hacia adelante. Luego otro. Lentamente, como si se acercara a un animal herido. Se detuvo a un metro de Babe, lo suficientemente cerca para ver las lágrimas que Babe luchaba por contener, lo suficientemente lejos para no invadir.
—¿Puedo?— preguntó Charlie, señalando el abdomen de Babe.
Babe dudó por un momento. Luego asintió.
Charlie extendió la mano lentamente, temblorosamente, y la posó sobre el abdomen de Babe. Su palma era cálida, grande, y a través de la tela de la camisa, Babe podía sentir su calor. Por un momento, solo un momento, cerró los ojos y fingió que todo estaba bien. Que Charlie lo recordaba.
Que este era su Charlie, el que amaba, el que lo abrazaba por las noches.
Charlie también cerró los ojos. Su mano no sintió nada, ningún movimiento, ninguna vida evidente. Pero algo en su pecho, en ese lugar vacío que había sentido desde que despertó sin recuerdos, se contrajo.
—No te recuerdo.— dijo Charlie en voz baja, casi un susurro.— Pero...— apretó suavemente la mano contra el abdomen.— Pero esto...esto se siente real. Tú te sientes real.
Abrió los ojos y miró a Babe. Sus rostros estaban cerca. Muy cerca.
—No puedo prometerte que voy a recordar.— dijo Charlie.— No puedo prometerte que voy a ser el hombre que amaste. Pero puedo prometerte una cosa.
—¿Qué?— preguntó Babe, su voz apenas un hilo.
—Que no voy a huir. Que voy a quedarme. Que voy a intentar conocerte. Conocerte de nuevo, desde el principio, si es necesario. Y que voy a proteger esto.— su mano presionó suavemente el abdomen.— con la misma fuerza con la que tú lo harías.
Babe sintió que las lágrimas, finalmente, ganaban la batalla. Una rodó por su mejilla, silenciosa.
—Eso es todo lo que pido.— susurró.
Charlie asintió lentamente. Su mano aún descansaba sobre el abdomen de Babe, y ninguno de los dos hizo ademán de romper el contacto.
Horas después.
Babe despertó sobresaltado. No sabía cuándo se había quedado dormido. La lámpara seguía encendida, y Charlie...Charlie estaba despierto, mirándolo.
—¿Qué pasa?— preguntó Babe, su voz pastosa por el sueño.
—Nada.— respondió Charlie en voz baja.— Solo te miraba.
—¿Por qué?
Charlie tardó en responder. Sus ojos recorrieron el rostro de Babe con una intensidad que era casi tangible.
—Porque cuando te miro.—.dijo finalmente.— siento que debería recordar algo importante. Algo que no quiero seguir olvidando. Y si no puedo recordarlo, al menos quiero grabarlo ahora. Cada detalle. Para no volver a perderlo.
Babe sintió que el corazón se le desbocaba.
—Charlie...
—Dime algo más.— pidió Charlie.— Algo de nosotros. Algo que solo yo sabía.
Babe pensó por un momento. Luego sonrió, una sonrisa suave y nostálgica.
—Tenías una manía. Cuando estabas nervioso, te mordías el interior de la mejilla. Creías que nadie lo notaba, pero yo siempre lo notaba. Y cuando te dabas cuenta de que te había visto, te sonrojabas. Un Enigma. El ser más poderoso que existe. Y te sonrojabas como un adolescente.
Charlie se sorprendió a sí mismo llevándose la mano a la mejilla. Estaba caliente.
—¿En serio?— preguntó, casi avergonzado.
Babe rió suavemente, y el sonido fue como música para los oídos de Charlie, aunque no supiera por qué.
—En serio. Era adorable.
—Los Enigmas no somos adorables.— protestó Charlie débilmente.
—Tú lo eras. Tú lo eres.
Se miraron por un largo momento. Y entonces, Charlie hizo algo que ninguno de los dos esperaba.
Se inclinó lentamente y apoyó su frente contra la de Babe. Cerró los ojos.
—No te recuerdo.— susurró, sus labios casi rozando los de Babe.— Pero no quiero alejarme de ti. Y no sé qué significa eso.
Babe contuvo el aliento. Podía sentir el calor de Charlie, su olor, su presencia abrumadora.
Cerró los ojos también, aceptando el contacto.
—Significa que en algún lado, Charlie, todavía estás ahí. Y yo voy a esperar hasta que encuentres el camino de regreso.
Así permanecieron, frentes unidas, respiraciones entrelazadas, hasta que el sueño los venció de nuevo.
Y en el vientre de Babe, una vida diminuta del tamaño de una semilla de amapola siguió creciendo, ajena al drama, ajena al dolor, ajena a la memoria perdida.
Solo sabía una cosa: era amada.
Y eso, al final, era lo único que importaba.
Estrategias y el sabor de lo prohibido
La mañana había llegado con una claridad implacable. Después de la noche anterior, después de ese momento de vulnerabilidad compartida, Babe y Charlie habían despertado aún en la misma posición: frentes unidas, la mano de Charlie sobre el abdomen de Babe.
No hablaron de ello. No hacía falta.
Ahora, la habitación estaba llena de voces.
Alan había tomado la iniciativa, desplegando un mapa mental de los territorios de Tony y las rutas de Willy.
—La situación es más grave de lo que pensábamos.— decía Alan, su tono grave.— Tony ha estado moviendo piezas en silencio. Tony, Willy y su organización han estado infiltrando sus operaciones en las nuestras. No es solo una guerra de bandas, es personal. Quiere lo que tenemos. Quiere a Charlie.
—Y quiere a Babe.— añadió Pete desde la puerta.— No olvidemos eso. Babe es su obsesión. Siempre lo fue. Un Alfa de su calibre, bajo su control...Tony no descansará hasta tenerlo de vuelta.
Charlie escuchaba en silencio, procesando cada palabra. Su expresión era impasible, pero algo en su interior se removía cada vez que mencionaban ciertos nombres.
Jeff continuó, señalando puntos en un cuaderno que había dibujado.
—Tenemos dos opciones: o esperamos a que ellos ataquen, lo que nos pone en desventaja porque no sabemos cuándo ni dónde, o tomamos la iniciativa. Vamos a por ellos primero.
—Demasiado arriesgado.— dijo Sonic, meneando la cabeza.— Si fallamos, dejamos nuestras posiciones descubiertas. Tony es un zorro viejo. Huele las trampas a kilómetros.
—Por eso necesitamos un plan sólido.— terció Dean.— Algo que no puedan anticipar. Usar su propia arrogancia contra ellos.
North, que había estado inusualmente callado desde su metida de pata del día anterior, levantó la mano tímidamente.
—¿Y si...?— comenzó, pero Alan lo interrumpió.
—Espera, North. Antes de seguir, hay algo que Charlie debe saber.
Todos miraron a Alan, luego a Charlie.
—Willy.— dijo Alan simplemente.— Necesitas saber quién es. Fue uno de los equipos rivales. Siempre fue un espía. Siempre estuvo con Tony. Y es uno de los mayores peligros que enfrentamos.
Charlie frunció el ceño. El nombre resonó en su mente como una campana desafinada. No evocaba recuerdos, no exactamente. Pero evocaba algo más primitivo.
—No me nombren a ese tal Willy.— dijo Charlie, su voz cortante, cortando el aire como un cuchillo.— No lo recuerdo...pero su mera mención me molesta.
Hubo un momento de silencio. Luego, North soltó una carcajada.
—¡Perdió la memoria, pero no la personalidad!— exclamó, y pronto todos los chicos se rieron, una risa nerviosa pero genuina que alivió la tensión.
Charlie los miró, confundido al principio, pero luego una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. No sabía por qué reían, pero el sonido era...cálido. Familiar.
—¿Qué?— preguntó, sin poder evitarlo.
—Nada, nada.— dijo Jeff, secándose una lágrima de risa.— Es que siempre odiaste a Willy. Desde el primer momento. Y ver que incluso sin memoria lo odias...es como, no sé, reconfortante.
—Como que algunas cosas nunca cambian.— añadió Sonic, sonriendo.
Charlie negó con la cabeza, pero la sonrisa no desapareció de su rostro.
La conversación continuó. Los planes fueron propuestos y descartados. Estrategias analizadas y refinadas. Los puntos fuertes y débiles de Tony y Willy fueron discutidos con la precisión de un consejo de guerra.
Y entonces Babe habló.
—Yo también ayudaré.— dijo, su voz firme, de Alfa.
El silencio cayó de inmediato.
Charlie se volvió hacia él, su expresión cambió instantáneamente. La calidez de antes desapareció, reemplazada por una seriedad que helaba la sangre.
—No, Babe.— dijo Charlie, y no era una sugerencia. Era una orden.— No lucharás.
Babe se enderezó en su taburete, sus brazos cruzados sobre el pecho. Su mandíbula se tensó.
—Lo haré.— replicó, desafiante.— Puedo luchar. Soy un Alfa. He estado en más batallas que todos ustedes juntos.
Charlie dio un paso hacia él, sus ojos fijos en los de Babe con una intensidad que hizo que los demás contuvieran el aliento.
—No teniendo a nuestro hijo dentro.— dijo Charlie, cada palabra medida, pesada, inapelable.
El ambiente se cargó de electricidad. Los chicos intercambiaron miradas incómodas.
Nadie sabía dónde mirar.
Babe se levantó del taburete, enfrentando a Charlie. A pesar de la diferencia de rango, a pesar de que Charlie era un Enigma y él un Alfa, Babe no retrocedió.
—No me importa tu opinión.— dijo Babe, su voz cortante.— Lo haré.
El desafío se colgó en el aire como un guante arrojado.
Charlie lo miró por un largo momento. Luego, sin apartar la vista de Babe, habló:
—Déjenme a solas con él.
Los chicos no necesitaron que se lo repitieran. Alan fue el primero en levantarse, haciendo un gesto a los demás para que lo siguieran. Jeff y Sonic salieron casi arrastrándose. Dean y North siguieron, North lanzando una mirada de "suerte, hermano" a Babe antes de desaparecer. Pete cerró la puerta suavemente tras de sí.
El silencio que quedó fue ensordecedor.
Babe se cruzó de brazos, desafiante.
—Haré lo que yo quiera, Charlie.— dijo, su voz firme pero con un dejo de algo más. ¿Inseguridad? ¿Necesidad de aprobación?.— No eres quién para decirme qué hacer.
Charlie se acercó lentamente. No con amenaza, sino con una determinación tranquila. Se detuvo a unos centímetros de Babe, lo suficientemente cerca para que el Alfa pudiera sentir su calor, su olor, su presencia abrumadora.
—Deja de ser tan terco, Babe.— dijo Charlie, y su voz había perdido la dureza. Ahora era suave, casi suplicante.— Es tu vida y la de nuestro hijo la que está en riesgo.
Babe sostuvo su mirada, pero algo en él flaqueó. Sus brazos, aún cruzados, apretaron ligeramente.
—Es que...— comenzó, y su voz se quebró. Bajó la mirada, incapaz de sostener los ojos de Charlie.— Quiero serles útil. Quiero serte útil.
El susurro fue tan bajo que Charlie casi no lo oyó. Pero lo oyó. Y algo en su pecho se rompió y se reconstruyó al mismo tiempo.
Charlie levantó lentamente sus manos y las posó sobre los brazos cruzados de Babe. Con suavidad, con una ternura que no sabía que poseía, comenzó a acariciarlos. Sus pulgares trazaban círculos sobre la tela de la camisa, sobre los músculos tensos de Babe.
—No se trata de ser útil, Babe.— dijo Charlie, su voz un murmullo.— Se trata del bienestar de ambos. De ti y de él. De ella. De nuestro bebé.
Babe levantó la mirada, y Charlie vio lágrimas no derramadas brillando en sus ojos.
—Si algo te pasara a ti.— continuó Charlie.— o al bebé, o a ambos...no me lo perdonaría. No podría perdonármelo. Ya perdí la memoria, Babe. No quiero perderte a ti también. No quiero perder esto. No quiero perderlos.
Hubo un momento de silencio absoluto.
Luego, Babe suspiró, todo el aire saliendo de sus pulmones en un susurro derrotado.
—Está bien.— dijo en voz baja.— Haré lo que dices.
Charlie sonrió. Una sonrisa genuina, cálida, que iluminó todo su rostro.
—Así me gusta.— dijo, y sus manos dejaron de acariciar para apretar suavemente los brazos de Babe.— De todas formas, te hubiera atado a una cama si seguías con esa idea en la cabeza.
Babe abrió los ojos con sorpresa, y luego sus mejillas se tiñeron de un rojo que no había sentido desde la adolescencia.
—¡¿Qué?!— protestó, su voz elevándose.— ¡No puedes hacer eso! ¡Soy un Alfa! ¡El Alfa!
—Exactamente.— dijo Charlie, y su sonrisa se volvió traviesa.— Por eso mismo. Domar a un Alfa requiere medidas extremas.
—¡Charlie!
Pero no pudo decir más.
Porque Charlie, sin poder evitarlo, sin querer evitarlo, se inclinó y devoró su boca.
El beso fue repentino, ardiente, devastador.
Los labios de Charlie se movieron sobre los de Babe con una urgencia que ninguno de los dos esperaba. Babe soltó un jadeo de sorpresa, un pequeño sonido que se perdió en el calor del beso, y luego sus ojos se cerraron y se dejó llevar.
Sus brazos, antes cruzados en desafío, ahora se desplegaron, una mano encontrando el pecho de Charlie, la otra enredándose en su cabello. Charlie gruñó contra sus labios, un sonido profundo y posesivo, y sus manos abandonaron los brazos de Babe para deslizarse hacia abajo, lentamente, deliberadamente, hasta encontrar sus nalgas.
Las apretó. Con firmeza. Con propiedad.
Babe gimió contra su boca, un sonido que era a la vez protesta y rendición. Charlie no se detuvo. Sus manos masajearon con posesividad, moldeando la carne firme, apretando, reclamando. Como si quisiera grabar en su memoria táctil lo que su mente había olvidado.
Charlie separó sus labios apenas lo suficiente para respirar, pero no se alejó. Sus bocas aún se rozaban, su aliento cálido mezclados con el de Babe.
—Lo siento.— murmuró Charlie, pero no sonaba arrepentido en absoluto.— Tenía ganas de besarte desde hace tiempo.
Babe parpadeó, aturdido, sus labios hinchados y brillantes.
—¿Desde hace tiempo?— repitió, sin aliento.— ¿Pero si acabas de...?
—No lo sé.— admitió Charlie, y había algo vulnerable en su mirada.— No sé explicarlo. Desde que te vi, desde la primera vez que entraste en esta habitación, sentí algo. Algo que me decía que debía besarte. Que debía tocarte. Que debía...— pasó sus manos por las caderas de Babe, trazando el camino de vuelta a sus nalgas.— Esto.
Babe lo miró, y en sus ojos había asombro, esperanza, y un deseo que no podía ocultar.
—Pero no me recuerdas.— dijo Babe, necesitando entender.
—No te recuerdo.— confirmó Charlie.— Pero mi cuerpo sí. Mis manos sí. Mis labios sí.— Se inclinó y besó el cuello de Babe, suavemente, un beso que era casi una caricia.— Eres una belleza.— murmuró contra su piel.— Me es difícil creer que seas mi novio.
Babe jadeó cuando los labios de Charlie encontraron ese punto detrás de su oreja, ese lugar que solo Charlie conocía. Cómo lo sabía, cómo lo recordaba su cuerpo, era un misterio. Pero lo sabía.
—Soy...— Babe tragó saliva, luchando por mantener la compostura.— Sé lo bello que soy.
Charlie rió contra su cuello, una risa cálida que vibró en la piel de Babe.
—Me encanta tu autoestima.—.dijo, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos.— Te hace más bello de lo que eres.
Babe sintió que su corazón daba un vuelco.
Las palabras de Charlie, dichas con esa mezcla de admiración y deseo, lo desarmaban por completo.
—Charlie...— susurró.
—Dime.— respondió Charlie, sus ojos recorriendo el rostro de Babe como si intentara memorizar cada centímetro.
—No me sueltes.— pidió Babe, y era la petición más vulnerable que había hecho en años.— No ahora. No después de esto.
Charlie lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en un abrazo que era a la vez protección y promesa. Una mano se deslizó hacia el abdomen de Babe, descansando allí con una ternura que contrastaba con la posesividad de hacía un momento.
—No voy a soltarte.— dijo Charlie contra su cabello.— No puedo. Aunque lo intentara, no podría. Algo en mí...algo en mí te pertenece, Babe. Y no necesito recordar para saberlo.
Babe cerró los ojos y se permitió, por primera vez en mucho tiempo, sentirse seguro.
Afuera, los chicos esperaban, pacientemente, sabiendo que lo que sucedía tras esa puerta era más importante que cualquier plan de batalla.
Porque estaban reconstruyendo un amor.
Un amor que ni la memoria perdida podía destruir.
Antojos y confesiones en la cocina
Una semana había pasado desde aquel beso en la habitación de Charlie. Una semana de miradas cómplices, de manos que buscaban contacto, de noches en las que Charlie se quedaba en la puerta de la habitación de Babe, sin atreverse a entrar, pero sin poder irse.
No recordaba. Pero sentía.
Y eso, por ahora, era suficiente.
La sala de reuniones estaba llena de mapas, diagramas y anotaciones. Los chicos discutían acaloradamente sobre la mejor ruta para interceptar a Tony y Willy. Alan señalaba puntos estratégicos en un plano desplegado sobre la mesa. Jeff y Sonic debatían sobre tiempos de reacción. Dean y North tomaban notas. Pete actuaba como moderador, intentando mantener el orden.
Charlie escuchaba con atención, su mente analizando cada detalle, cada posibilidad.
Pero algo lo distraía. Un vacío en la habitación. Una presencia que ya no estaba.
Babe.
Había estado allí hacía un momento, sentado en una silla cerca de la ventana, escuchando en silencio con esa expresión concentrada que Charlie había aprendido a reconocer.
Pero ahora la silla estaba vacía.
Charlie frunció el ceño, pero no dijo nada. Los chicos continuaron con la planificación.
Fue entonces cuando Chris entró en la sala, su bata blanca impecable, una tableta en la mano. Todos se volvieron hacia él.
—Tengo noticias.— dijo Chris, con ese acento extranjero que ya todos conocían.— He estado trabajando en la poción para disolver los poderes de Charlie.
El silencio cayó como un manto.
Charlie lo miró con atención, una mezcla de esperanza y aprensión en sus ojos.
—¿Y bien?— preguntó Alan, impaciente.
Chris asintió lentamente.
—Está en desarrollo. Los primeros compuestos muestran resultados prometedores. Con un poco más de tiempo, tendré una fórmula estable. Y si funciona como espero...— miró a Charlie.— Podría no solo neutralizar tus poderes, sino también ayudar a que recuperes la memoria más rápido.
El corazón de Charlie dio un vuelco.
—¿Más rápido?— repitió.
—La pérdida de memoria está vinculada a la sobrecarga de poderes en tu cerebro. Tus poderes, tu esencia de Enigma, están entrelazados con ese bloqueo. Si logramos disolver los poderes, el bloqueo podría debilitarse lo suficiente para que los recuerdos regresen. O al menos, para que el camino se despeje.
Los chicos intercambiaron miradas esperanzadas.
—Esto es genial.— dijo Jeff, sonriendo.— Si Charlie recupera la memoria, estaremos completos.
—Y podremos acabar con Tony de una vez por todas.— añadió Sonic.
Charlie asintió, pero su mente ya no estaba en la conversación. Sus ojos buscaron instintivamente la silla vacía junto a la ventana.
Babe.
¿Dónde estaba?
—¿Charlie?— la voz de Alan lo trajo de vuelta.— ¿Estás bien?
—Sí.— respondió Charlie, aunque no era del todo cierto.— Sólo...necesito un momento.
Sin esperar respuesta, se levantó y salió de la sala.
Los pasillos del complejo eran largos y silenciosos. Charlie caminó con determinación, su instinto guiándolo sin saber hacia dónde. Y entonces lo supo.
La cocina.
Aceleró el paso.
Cuando llegó a la puerta de la cocina, se detuvo en el umbral, una sonrisa brotando en sus labios sin que pudiera evitarlo.
Allí estaba Babe.
Sentado en la gran mesa de madera, rodeado de un despliegue de comida que parecía propio de un banquete. Había un plato de fruta medio vacío, restos de pan con mantequilla, un vaso grande de leche, y lo que parecían ser las sobras de un pollo asado que alguien había guardado en la nevera.
Babe tenía las mejillas ligeramente infladas mientras masticaba, sus ojos cerrados con una expresión de puro placer.
Charlie se apoyó en el marco de la puerta, los brazos cruzados, observando la escena con una ternura que no sabía que poseía.
—Se nota que tienes hambre.— dijo finalmente, su voz teñida de diversión.
Babe abrió los ojos de golpe, sorprendido. Un trozo de pollo cayó de su boca de vuelta al plato. Parpadeó dos veces, procesando la presencia de Charlie, y luego, en lugar de avergonzarse, sus mejillas se tiñeron ligeramente de rosa.
—Charlie.— dijo, con la boca aún medio llena. Tragó apresuradamente.— Pensé que estabas en la reunión.
—Lo estaba.— confirmó Charlie, entrando lentamente en la cocina.— Pero noté que faltaba alguien.— Se acercó a la mesa y se sentó frente a Babe, sus ojos recorriendo el festín.— ¿Todo esto es para ti?
Babe siguió su mirada y luego encogió un hombro con un gesto que intentaba ser casual, pero que resultaba adorable.
—Los antojos del embarazo.— dijo, como si eso lo explicara todo.
Charlie rió, una risa cálida y genuina que iluminó su rostro.
—¿Antojos? ¿A las cinco semanas?
—Cinco semanas y tres días.— corrigió Babe con dignidad.— Y sí, antojos. Chris dice que los cambios hormonales pueden provocar...esto.— Señaló vagamente el desorden sobre la mesa.— Además, no quise molestar a los chicos. Estaban tan concentrados en los planes...
Charlie negó con la cabeza, pero su sonrisa no desapareció.
—¿Y por qué ibas a molestarlos? Esto es importante. Tú eres importante.— Se inclinó ligeramente hacia adelante.— Deberías haberme dicho que tenías hambre. Te habría traído algo.
Babe lo miró con una expresión que era una mezcla de sorpresa y calidez.
—No eres mi sirviente, Charlie.
—No.— coincidió Charlie.— Soy tu novio. O al menos, eso me han dicho.
Hubo un momento de silencio, pero no incómodo. Era un silencio lleno de significado, de todo lo que no se atrevían a decir.
Babe desvió la mirada primero, tomando un trozo de fruta del plato.
—¿Cómo va la reunión?— preguntó, cambiando de tema.
Charlie lo observó por un momento, dejando que el cambio de tema pasara.
—Bien. Chris vino a decirnos que la poción para mis poderes está en desarrollo. Dice que podría ayudar también con mi memoria.
Babe levantó la vista de inmediato, sus ojos brillando con esperanza.
—¿De verdad?
Charlie asintió.
—Existe la posibilidad. No es segura, pero es algo.
Babe dejó la fruta a un lado, su expresión ahora seria.
—Charlie, si recuperas la memoria...quiero decir, cuando la recuperes...— dudó, buscando las palabras.— ¿Qué pasará con nosotros? Quiero decir, con esto.— Se señaló a sí mismo y luego a Charlie.— Con lo que estamos construyendo ahora.
Charlie lo miró fijamente. Vio la vulnerabilidad en sus ojos, el miedo apenas oculto. Vio al Alfa que había desafiado a Tony, que había liderado a los chicos, que había enfrentado innumerables batallas, reducido a una simple pregunta: ¿Me seguirás queriendo cuando me recuerdes?
Charlie se levantó lentamente y rodeó la mesa. Se sentó en la silla junto a Babe, tan cerca que sus rodillas se tocaban. Luego, con una lentitud deliberada, tomó una de las manos de Babe entre las suyas.
—Escúchame, Babe.— dijo, su voz baja pero firme.— No sé quién era antes. No sé qué sentía por ti. Pero sé lo que siento ahora.
Babe contuvo el aliento.
—Cuando te veo, mi corazón late más rápido. Cuando no estás, te busco. Cuando sonríes, quiero hacer todo lo posible por verte sonreír de nuevo.— Apretó suavemente la mano de Babe.— Eso no va a desaparecer porque recupere unos recuerdos. Si acaso...si acaso, los recuerdos solo me harán quererte más.
Babe sintió que los ojos le picaban. Parpadeó rápidamente.
—Charlie...
—No sé qué pasará mañana.— continuó Charlie.— No sé si recordaré o no. Pero sé una cosa: te elijo a ti. Hoy. Mañana. Siempre. Con memoria o sin ella.
Las lágrimas que Babe había estado conteniendo rodaron finalmente por sus mejillas. Pero sonreía. Sonreía como no lo había hecho en semanas.
—Eres un idiota.— dijo Babe, su voz ronca por la emoción.— Un idiota maravilloso.
Charlie sonrió y levantó su mano libre para secar las lágrimas de Babe con su pulgar.
—Y tú eres un Alfa terco, glotón y hermoso que está comiendo por dos.— Miró el despliegue de comida.— Hablando de eso, ¿vas a terminar todo esto?
Babe soltó una risa húmeda, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Casi. Pero ahora que estás aquí...— tomó un trozo de pan con mantequilla y se lo ofreció a Charlie.— ¿Quieres?
Charlie lo miró por un momento, luego se inclinó y tomó el pan directamente de los dedos de Babe con sus labios.
—Gracias.— murmuró contra sus dedos.
Babe sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—De...de nada.
Compartieron el resto de la comida en un silencio cómodo, intercambiando miradas y sonrisas. En algún momento, la mano de Charlie encontró el muslo de Babe bajo la mesa, y allí se quedó, un peso cálido y reconfortante.
La ira del Enigma
La guarida de Tony. Un complejo industrial abandonado en las afueras de la ciudad.
Pasillos de concreto, luces parpadeantes, y el eco de pasos apresurados. El olor a pólvora y sangre llena el aire.
Babe no estaba con ellos.
Había sido su decisión, aunque Charlie había tenido que morderse la lengua para no discutirla. Últimamente, el embarazo estaba pasando factura. Babe se cansaba con facilidad, sus pasos eran más lentos, sus reflejos no eran los mismos. Chris había sido claro: su cuerpo estaba atravesando cambios radicales, y exigirle un esfuerzo físico extremo era poner en riesgo su vida y la del bebé.
Así que Babe se había quedado en casa, en su habitación, con la orden estricta de no moverse de allí bajo ningún concepto.
Y Charlie había salido a la batalla con el corazón partido en dos.
—Por aquí.— susurró Alan, señalando un corredor lateral.— Los informes de inteligencia dicen que Tony tiene su centro de operaciones al final de este pasillo.
Charlie asintió, sus sentidos de Enigma hiperactivos. Podía olerlos. Podía sentirlos.
Decenas de hombres armados distribuidos por el complejo, esperando, acechando.
—Yo voy primero.— dijo Charlie, su voz baja pero firme.— Ustedes cubran la retaguardia.
—¿Seguro?— preguntó Pete, frunciendo el ceño.— Son muchos...
—Soy un Enigma.— lo interrumpió Charlie, y aunque no había arrogancia en sus palabras, había una certeza absoluta.— Puedo con esto.
Los chicos asintieron. Habían visto de lo que era capaz. Sabían que no era un farol.
El avance fue rápido, limpio, mortal. Charlie se movía como una sombra, como un depredador en su elemento. Los hombres de Tony caían antes de siquiera verlo venir. Los chicos lo seguían, cubriendo los flancos, asegurando las zonas ya despejadas.
Hasta que llegaron al corazón del complejo.
Tony, con su sonrisa de siempre, la misma que Babe había aprendido a odiar. Y junto a él, Willy.
—Bueno, bueno.— dijo Tony, aplaudiendo lentamente.— Qué sorpresa. El perrito faldero de Babe viene a jugar.
Charlie no respondió. Sus ojos escanearon la sala, evaluando amenazas, calculando distancias. Pero algo cambió cuando su mirada se posó en Willy.
Ese hombre. Ese nombre. Esa molestia visceral que sentía cada vez que lo mencionaban.
—Tony.— dijo Charlie, su voz helada.— Esto termina hoy.
—Oh, estoy seguro de que sí.— respondió Tony, descendiendo de la plataforma mientras varios de sus hombres rodeaban a Charlie.— Pero no de la manera que crees.
La batalla comenzó.
Fue un caos controlado. Los hombres de Tony eran muchos, estaban entrenados, pero Charlie era un Enigma. Se movía entre ellos como un vendaval, sus golpes precisos, letales. Los chicos luchaban a su lado, cubriéndose mutuamente, avanzando paso a paso.
Tony, el cobarde, aprovechó el caos para escapar por una puerta trasera. Alan lo vio, pero no pudo seguirlo; estaba ocupado con tres hombres a la vez.
Willy había bajado de la plataforma y ahora estaba frente a él.
—El famoso Charlie.— dijo Willy, con una sonrisa burlona.— El Enigma. El novio de Babe. El que le metió un hijo en ese cuerpazo de Alfa.
Charlie sintió la ira bullir en su pecho, pero la controló. No podía permitirse perder la cabeza.
—No sé quién eres.— dijo Charlie, su voz plana.— Pero no me importa.
—Oh, claro que no.— rió Willy, sacando un cuchillo.— Perdiste la memoria, ¿verdad? Qué pena.
Charlie ignoró el comentario.
—¿Sabes?— dijo Willy.— Me hubiera gustado que Babe viniera. Tenía tiempo que no lo veía.
Charlie apretó la mandíbula, pero no respondió. Su puño conectó con el costado de Willy, haciéndolo tropezar.
—Me hubiera gustado haberlo follado cuando tuve la oportunidad.— dijo Willy, y su sonrisa se ensanchó al ver la reacción de Charlie.— En la sauna, hace tiempo. Estaba solo, desprevenido. Pero tú llegaste y lo arruinaste todo.
El mundo se detuvo.
Charlie sintió una punzada en el pecho. Algo primitivo, algo oscuro, algo que no podía controlar. Las palabras de Willy perforaron su mente como cuchillos. No recordaba esa escena. No recordaba haber estado allí. Pero su cuerpo, su instinto, su esencia de Enigma, reaccionaron como si lo recordara.
Babe. Solo. En una sauna. Con este hombre.
La imagen era demasiado vívida. Demasiado dolorosa.
Pero Charlie era un guerrero. Había sido entrenado para controlar sus emociones.
Ignoró la punzada y continuó luchando.
No hizo falta mucho más.
Willy, a pesar de su habilidad, no era rival para un Enigma. Charlie lo desarmó en segundos, lo inmovilizó contra el suelo, y con un movimiento preciso, acabó con él.
Willy cayó, sus ojos abiertos, su sonrisa congelada para siempre.
Charlie se levantó, su respiración apenas alterada. Miró el cuerpo un momento, procesando lo que había hecho, lo que había dicho.
Charlie se volvió lentamente. Los chicos estaban allí, rodeándolo, sus expresiones de alivio mezcladas con preocupación. La sala estaba en silencio ahora, los hombres de Tony muertos. Tony había escapado, pero eso era un problema para otro momento.
—¿Se puede saber qué pasó entre Willy y Babe?— preguntó Charlie, su voz demasiado calmada.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Los chicos se tensaron. Jeff y Sonic intercambiaron una mirada rápida, nerviosa.
Dean y North desviaron la vista. Pete se quedó inmóvil, evaluando la situación.
Alan fue el único que mantuvo la compostura.
Dio un paso adelante, sus ojos fijos en Charlie.
—Creo que quien debería responderte eso es Babe.— dijo Alan, su voz firme pero cuidadosa.
Charlie no respondió.
Pero sus ojos cambiaron.
Fue reemplazado por un carmesí intenso, ardiente, como fuego líquido.
Los ojos de Enigma.
Pero esto no era solo una batalla. Esto era algo más. Algo más profundo. Más peligroso.
Alan se interpuso entre Charlie y la puerta por la que habían entrado.
—Lo que sea que sientas, no es el momento. Tony escapó. Tenemos que reagruparnos. Tenemos que volver con Babe.
El nombre de Babe actuó como un bálsamo y como una llama al mismo tiempo.
Charlie parpadeó, y por un momento, el carmesí en sus ojos titubeó. Pero luego volvió, más intenso.
Charlie levantó la vista hacia Alan, y el carmesí de sus ojos brilló con una intensidad que heló la sangre del Alfa.
—¿Qué pasó en esa sauna?— preguntó Charlie, su voz un susurro peligroso.— ¿Llegué a tiempo? ¿O...
—Llegaste a tiempo.— dijo Sonic, dando un paso adelante, su voz firme a pesar del miedo.— Babe estaba asustado, pero llegaste. Lo protegiste. Como siempre.
Jeff asintió.
—Desde el primer momento, Charlie. Siempre has protegido a Babe. Es lo que haces. Es lo que eres.
Charlie los miró uno por uno. Sus ojos carmesí recorrieron cada rostro, buscando algo. Mentiras. Verdades a medias. Pero solo encontró honestidad. Preocupación. Lealtad.
—Necesito verlo.— dijo Charlie finalmente.— Necesito ver a Babe.
—Lo sé.— dijo Alan.— Pero no así. No con esos ojos. Lo asustarás. Y en su estado...
Charlie cerró los ojos. Respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres.
Cuando los abrió de nuevo, el carmesí había retrocedido. No del todo; aún quedaban destellos, como brasas de una hoguera no apagada. Pero era suficiente.
—Vamos.— dijo Charlie, su voz más humana ahora.— A casa.
Los chicos asintieron, aliviados, y comenzaron a moverse hacia la salida.
Salieron juntos del complejo, dejando atrás los cuerpos y la destrucción. La noche los envolvía, fresca y silenciosa.
Pero en el pecho de Charlie, la ira aún ardía.
No contra Babe. Nunca contra Babe.
Contra Willy. Contra Tony. Contra cualquiera que osara mirar a su Alfa con malas intenciones.
Y aunque no recordaba haber amado a Babe antes, su cuerpo, su instinto, su esencia de Enigma, lo sabían.
Babe era suyo.
Y protegerlo era lo único que importaba.
La verdad entre gemidos
El vehículo se detuvo frente a la casa. Los chicos miraron a Charlie, expectantes.
—¿Quieres qué entremos contigo?— preguntó Alan, su voz cargada de preocupación.
Charlie negó con la cabeza.
—No. Necesito verlo solo.
—Charlie...— comenzó Pete.
—Estaré bien.— lo interrumpió Charlie, aunque sus ojos aún conservaban destellos carmesí.— Solo necesito...verlo. Hablar con él.
Los chicos intercambiaron miradas, pero asintieron. Alan puso una mano en el hombro de Charlie.
—Si necesitas algo, estamos al lado. Literalmente.
Charlie asintió y salió del vehículo.
La noche era fresca, pero él no lo notaba. Sus pasos lo llevaron hacia la puerta de la casa, cada uno más pesado que el anterior. Frente a la entrada, se detuvo. Respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres.
Luego entró.
El silencio de la casa lo envolvió. Un silencio cálido, hogareño, tan diferente del caos de la batalla. Sus ojos recorrieron la sala, la entrada, el pasillo. Nada.
Y entonces lo vio.
En la cocina.
Babe estaba de pie junto a la mesada, de espaldas a él. Sostenía un vaso de agua, bebiendo lentamente. Y llevaba puesta una camisa.
Su camisa.
La camisa negra que Charlie había dejado en su habitación, la que Babe había tomado sin permiso. Le quedaba grande, holgada, cayendo suavemente sobre su cuerpo hasta media pierna. Dejaba al descubierto sus clavículas, el nacimiento de su cuello, y cuando Babe se movió ligeramente, Charlie pudo ver el borde de sus muslos.
Sin pantalones. Sin nada más que esa camisa.
Charlie sintió que el aire se atascaba en sus pulmones.
Orgullo. Un orgullo primitivo, animal, de ver a su Alfa— usando su ropa, marcado por su olor, reclamado sin palabras.
Deseo. Un deseo ardiente que recorrió su cuerpo de pies a cabeza, concentrándose en su bajo vientre con una intensidad que lo sorprendió.
Pero también, mezclado con todo eso, estaba la ira. La ira por lo que había descubierto. Por lo que Willy había dicho. Por lo que Babe aún no sabía que él sabía.
Babe sintió su presencia antes de verlo. Algo en el aire cambió, una electricidad que solo Charlie generaba. Se dio la vuelta lentamente, su mano aún sosteniendo el vaso, sus ojos encontrándose con los de Charlie.
Y entonces los vio. Los destellos carmesí.
—¿Qué te pasa, Charlie?— preguntó Babe, frunciendo el ceño con preocupación.— ¿Pasó algo? ¿Estás herido?
Charlie ignoró la pregunta. Dio un paso adelante, luego otro, acercándose lentamente.
—Tony escapó.— dijo, su voz controlada.— Pero lo encontraremos. Acabaremos con él.
Babe asintió, pero su expresión no cambió.
Sus ojos seguían fijos en los de Charlie, evaluando, preocupado.
—¿Me vas a decir lo qué pasa?— insistió Babe, dejando el vaso sobre la mesada.— Algo te pasa. Tus ojos...
Charlie se detuvo a un par de metros de él.
Lo suficientemente cerca para olerlo, para sentir el calor de su cuerpo, para ver el latido de su pulso en el cuello.
—Willy habló de ti.— dijo Charlie, sin rodeos.— Antes de morir.
Babe se tensó. Todo su cuerpo se puso rígido, sus manos apretándose a los costados.
—¿Qué dijo?
—Dijo que debía haberte follado cuando tuvo la oportunidad. En una sauna. Dijo que yo llegué y lo arruiné.
El silencio cayó entre ellos como un muro.
Babe desvió la mirada. Su respiración se aceleró ligeramente, y Charlie pudo ver cómo sus manos temblaban antes de que las apretara contra sus muslos.
—Willy nunca me inspiró confianza, Charlie.— dijo Babe finalmente, su voz más baja.— Además, se me insinuaba. Me coqueteaba. Prácticamente me acosaba sexualmente.
Charlie sintió que la ira crecía, pero se obligó a mantener la calma. A escuchar.
—Tú te habías puesto más celoso y territorial que nunca conmigo.— continuó Babe, y había dolor en su voz.— Pero yo, con mi estupidez, decidí hacer un plan. Buscar a Willy en la sauna. Sacarle información.
—¿Qué?— la voz de Charlie fue un susurro peligroso.
—No logré nada.— dijo Babe rápidamente.— Al final, me inmovilizó contra la pared. Sentí sus manos en mi cuerpo. Estaba a nada de abusar de mí, pero tú llegaste.
Charlie cerró los ojos. La imagen era demasiado vívida. Demasiado dolorosa.
—Me salvaste de un abuso.— continuó Babe, su voz quebrándose ligeramente.— Pero lo malinterpretaste todo. No podía decirte lo que realmente pasaba. Decidí ignorar lo que estaba por pasar y quise calmarte. Golpeaste a Willy y te fuiste. Te seguí. Discutimos. Estuvimos días así. Te fuiste a vivir a un apartamento. Pasaron cosas hasta que volvimos a estar juntos.
Babe levantó la mirada, y Charlie vio lágrimas no derramadas brillando en sus ojos.
—Jamás se lo dije al Charlie con memoria.— susurró Babe.— Recién ahora te lo digo. Y más en tu estado.
El mundo se detuvo.
Charlie sintió que algo explotaba dentro de él.
La ira, el dolor, la posesividad, todo se mezcló en un cóctel volátil que amenazaba con consumirlo.
Sus ojos se volvieron carmesí.
Completamente. Un rojo intenso, ardiente, de Enigma en su máxima expresión.
En cuestión de segundos, estaba frente a Babe.
Babe se sobresaltó, dando un paso atrás que lo pegó a la mesada. Pero no había miedo en sus ojos. Solo sorpresa. Y algo más. Algo que Charlie no pudo identificar.
—¿Por qué me ocultaste algo tan grave?— preguntó Charlie, su voz un gruñido profundo, vibrante.
Babe se mordió el labio inferior. Ese gesto.
Ese maldito gesto que siempre lo desarmaba.
—Tenía miedo a que no me creyeras en su momento.— admitió Babe.— Estabas muy enojado, Charlie. No sabía si me creerías.
Charlie negó con la cabeza, frustrado.
—Tuviste que haberlo dicho igual. No tenías que habértelo guardado.
Babe rió, pero no era una risa feliz. Era una risa dolorosa, amarga.
—Charlie, en tus ojos en ese momento yo solo era un egoísta que no le importaban tus sentimientos. Pensarías que estaba mintiendo o algo parecido.
Charlie gruñó. Literalmente gruñó. Y antes de que Babe pudiera reaccionar, su mano se enterró en su cabello, tomándolo con firmeza pero sin lastimarlo.
—Pues ese Charlie sería muy estúpido.— dijo Charlie, su voz baja, intensa.— Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta de la intención al presenciar tal escena, una vez se calmara y analizará la situación.
Babe sonrió, pero era una sonrisa triste.
—Desgraciadamente, eso no pasó contigo. Jamás lo analizaste o me preguntaste sobre ello.
Charlie lo miró por un largo momento. Luego, sus labios se curvaron en una mueca que era mitad ironía, mitad autodesprecio.
—Tu Charlie con memoria es un idiota.
Babe parpadeó, sorprendido. Luego, lentamente, una sonrisa genuina comenzó a formarse en sus labios.
—¿Te insultas a ti mismo, Cachorro?
El apodo cayó como una bomba.
Cachorro.
Charlie sintió que algo se removía en su pecho. No era un recuerdo, no exactamente.
Pero era un eco. Una vibración. Algo que resonaba en lo más profundo de su ser.
Babe jadeó cuando Charlie, sin poder contenerse, se inclinó y lo besó.
Fue un beso duro, intenso, lleno de toda la frustración y el deseo y la ira y el amor que Charlie no sabía cómo procesar. Sus labios se movieron contra los de Babe con una urgencia desesperada.
Pero entonces Charlie se separó, confundido.
—¿Por qué jadeaste así?— preguntó, frunciendo el ceño.— ¿Te lastimé?
Babe negó con la cabeza, sus mejillas arreboladas.
—Son las hormonas del embarazo.— admitió, avergonzado.— Estoy más sensible de lo normal.
Charlie lo miró. Lo miró de arriba abajo, tomando en cuenta cada detalle. La camisa suya, holgada, cayendo sobre ese cuerpo que conocía sin recordar. Las piernas largas y firmes. Los pies descalzos sobre el frío azulejo.
Y de repente, algo en él cambió.
La ira no desapareció, pero se transformó. Se convirtió en algo más primitivo. Más posesivo.
Más necesitado.
Babe, sintiendo la intensidad de su mirada, intentó alejarse.
—Charlie, quizás deberíamos...
No terminó la frase.
Charlie lo levantó como si no pesara nada y lo sentó en la mesada. La superficie fría contrastó con el calor del cuerpo de Babe, haciéndolo jadear.
—Charlie...
Charlie no respondió con palabras. En lugar de eso, colocó sus manos en los muslos de Babe y los separó, abriéndolo ante él.
Y entonces se dio cuenta.
Babe no llevaba ropa interior.
La camisa, al sentarse, se había abierto ligeramente, dejando al descubierto la piel blanca de sus muslos, la curva de sus caderas, y más arriba, la evidencia de que, efectivamente, no había nada debajo.
Charlie sintió que la sangre hervía en sus venas.
—¿Por qué no llevas nada?— preguntó, su voz ronca.
Babe se mordió el labio, sonrojándose aún más.
—Es más cómodo. Y la camisa es larga, pensé que...
—¿Pensaste mal?
—Aparentemente.
Charlie sonrió. Era una sonrisa peligrosa, depredadora, que hizo que Babe contuviera el aliento.
Sus manos comenzaron a recorrer los muslos de Babe. Lentamente. Deliberadamente.
Ascendiendo centímetro a centímetro, trazando círculos en la piel sensible, acariciando la parte interna con una lentitud que era una tortura.
—Charlie...— susurró Babe, su voz temblorosa.
—Dime.— respondió Charlie, inclinándose para morder suavemente su cuello.
Babe gimió, un sonido agudo que se escapó de sus labios sin permiso.
—Eres tan sensible.— murmuró Charlie contra su piel, chupando suavemente el punto donde acababa de morder.— Me encanta.
Sus labios se movieron por el cuello de Babe, dejando un rastro de besos, mordiscos suaves, chupetones que prometían marcar.
Cuando llegó a su boca, la devoró de nuevo, pero esta vez más lento. Más profundo. Más deliberado.
Babe se aferró a sus hombros, sus dedos clavándose en la tela de su chaqueta.
—Quítame esto.— gruñó Charlie contra sus labios, tirando de la chaqueta.
Babe obedeció, ayudándolo a deshacerse de ella. Luego de la camiseta. Charlie quedó con el torso desnudo, y Babe no pudo evitar recorrer con la mirada cada músculo, cada línea de ese cuerpo que amaba.
—Te gusta lo que ves.— dijo Charlie, y no era una pregunta.
—Siempre.— admitió Babe.
Charlie sonrió y volvió a inclinarse sobre él, pero esta vez sus besos descendieron. Dejó la boca de Babe para besar su mandíbula, su cuello, el hueco entre sus clavículas. Y luego siguió bajando, hasta llegar a su pecho.
Babe jadeó cuando los labios de Charlie encontraron uno de sus pezones.
—Charlie...
—¿Sí?— respondió Charlie, antes de chuparlo suavemente.
Babe gimió, arqueando la espalda. Charlie sonrió contra su piel y repitió la acción, esta vez más intenso. Chupó, lamió, mordisqueó con una destreza que hablaba de un conocimiento profundo del cuerpo de Babe.
—No recuerdo.— murmuró Charlie entre besos.— Pero mi cuerpo sí. Sabe exactamente cómo tocarte.
—Charlie...por favor...
—¿Por favor qué?— Charlie levantó la vista, sus ojos carmesí brillando con una mezcla de deseo y diversión.— Tienes que decirlo, Babe. Dime lo que quieres.
Babe tragó saliva.
—Tócame.
—Ya lo estoy haciendo.
—Más.— suplicó Babe, su voz apenas un susurro.— Charlie, por favor...necesito...
Charlie no necesitó oír más.
Sus manos, que aún recorrían los muslos de Babe, finalmente llegaron a su destino. Sus dedos rozaron la entrada de Babe, sintiendo el calor, la humedad.
—Mierda.— susurró Charlie, sorprendido.— Estás...estás tan húmedo.
—Las hormonas.— explicó Babe, avergonzado.— Todo me afecta más.
Charlie sonrió, una sonrisa llena de deseo.
—Me encantan tus hormonas.
Y sin más preámbulos, deslizó un dedo dentro.
Babe gimió, su cabeza cayendo hacia atrás, sus manos aferrándose al borde de la mesada. Charlie movió el dedo lentamente, explorando, sintiendo, aprendiendo de nuevo el cuerpo de Babe.
—Así, ¿te gusta así?— preguntó, curvando el dedo.
—Sí...Charlie, sí...
Charlie añadió un segundo dedo, y Babe gimió más fuerte.
—Tan apretado.— murmuró Charlie, moviendo los dedos con un ritmo que pronto se volvió hipnótico.— Y tan caliente. Todo para mí.
—Para ti.— confirmó Babe, jadeando.— Siempre para ti.
Charlie gruñó, un sonido profundo y posesivo.
Sus dedos se movían más rápido ahora, entrando y saliendo, mientras su otro brazo rodeaba la cintura de Babe para sostenerlo.
—¿Sabes lo qué quiero hacerte?— preguntó Charlie, su voz ronca.— Quiero follarte aquí mismo, en esta mesada. Quiero oír cómo gimes mi nombre mientras te lleno.
Babe gimió ante sus palabras.
—Quiero que todo el mundo sepa que eres mío.— continuó Charlie, sus dedos moviéndose implacables.— Que este culo, este cuerpo, este Alfa tan hermoso, es solo mío.
—Charlie...
—Y cuando termine, quiero limpiarte con mi lengua.— susurró Charlie, inclinándose para morder su oreja.— Quiero saborearte hasta el último rincón.
Babe estaba perdido. Sus caderas se movían al ritmo de los dedos de Charlie, buscando más, siempre más. Sus gemidos llenaban la cocina, mezclados con el sonido húmedo de los dedos de Charlie.
—Te voy a hacer venir así.— dijo Charlie.— Solo con mis dedos. Y quiero verte, Babe. Quiero ver tu cara cuando te corras.
—Charlie, estoy...estoy cerca...
—Lo sé.— Charlie aceleró el ritmo, curvando los dedos exactamente donde sabía que Babe lo necesitaba.— Lo sé, mi Alfa hermoso. Vente para mí.
El orgasmo de Babe fue devastador.
Gritó el nombre de Charlie mientras su cuerpo se arqueaba, mientras las estrellas explotaban detrás de sus ojos. Charlie lo sostuvo, sus dedos aún moviéndose, alargando el placer, robándole cada último espasmo.
Cuando finalmente Babe se calmó, cayó hacia adelante, su frente apoyada en el hombro de Charlie, jadeando.
Charlie retiró sus dedos lentamente, y luego, se los llevó a los labios. Los chupó, saboreando, sus ojos carmesí fijos en Babe.
—Eres adictivo.— dijo simplemente.
Babe rió débilmente, sin fuerzas para moverse.
—Eres un enfermo.
—Tu enfermo.— corrigió Charlie, abrazándolo.— Y voy a asegurarme de que nunca, nunca más, ocultes algo así. ¿Entendido?
Babe asintió contra su hombro.
—Entendido.
—Y si algún idiota vuelve a insinuarse, a tocarte, a mirarte siquiera, quiero que me lo digas. Para ocuparme de él personalmente.
—Charlie...
—No es negociable, Babe. Eres mío. Y voy a proteger lo mío. Con memoria o sin ella.
Babe levantó la cabeza y lo miró. Los ojos de Charlie seguían siendo carmesí, pero ahora había algo más en ellos. Algo suave. Algo tierno.
—Te amo.— susurró Babe.— Incluso cuando eres un posesivo de mierda.
Charlie sonrió, una sonrisa genuina que iluminó todo su rostro.
—Y yo a ti. Aunque no lo recuerde. Te amo, Babe.
Se besaron entonces, suavemente, sin la urgencia de antes. Un beso de promesa. De futuro.
Arriba, en la mesada, Babe seguía usando la camisa de Charlie, ahora arrugada y manchada.
Abajo, Charlie lo sostenía, sus manos protectoras sobre su abdomen, donde una vida diminuta seguía creciendo.
Y en algún lugar, Tony seguía libre.
Pero eso era un problema para otro día.
Esta noche, solo importaban ellos.
El regreso del Cachorro
La habitación de Babe y Charlie. La luz del amanecer se filtra suavemente por las cortinas, pintando la estancia en tonos dorados y rosados. El ambiente es cálido, íntimo, cargado de una electricidad que solo ellos dos generan.
Babe flotaba en ese estado difuso entre el sueño y la vigilia. Su cuerpo estaba relajado, pesado, todavía recuperándose de la noche anterior. De Charlie. De todo.
Pero algo lo estaba sacando lentamente de ese letargo.
Una presión. Un calor. Unos labios.
Sí, definitivamente unos labios.
Besos. Suaves al principio, luego más insistentes, recorriendo su cuello con una lentitud deliberada. Babe suspiró, un sonido soñoliento que escapó de sus labios sin que pudiera controlarlo. Su cuerpo respondía antes que su mente, arqueándose ligeramente hacia la fuente de ese calor.
Charlie.
Tenía que ser Charlie.
Babe intentó abrir los ojos, pero los párpados pesaban como plomo. En su lugar, sus sentidos se agudizaron. Podía sentir el peso de Charlie sobre él, no completamente, sino apoyado en sus antebrazos, enmarcando su cuerpo. Podía sentir sus piernas, separadas por las caderas de Charlie, y una mano que recorría su muslo con una lentitud que prometía pecado.
—Mmm...— Babe finalmente encontró su voz, ronca por el sueño.— Charlie...¿qué haces?
Los besos no cesaron. De hecho, se intensificaron.
—Buenos días.— susurró Charlie contra su piel, justo donde el cuello se encontraba con el hombro.
Babe sonrió, todavía medio dormido.
—Buenos días...¿Qué hora es?
—Temprano.— respondió Charlie, sus labios ascendiendo lentamente por su cuello.— Pero no podía esperar.
Babe finalmente logró abrir los ojos. La luz del amanecer bañaba la habitación, y Charlie estaba sobre él, hermoso, con el cabello revuelto y una expresión que Babe no podía descifrar del todo.
Pero había algo diferente en sus ojos.
Algo que no estaba allí ayer.
—Charlie...— comenzó Babe, frunciendo el ceño.— ¿Qué pasa?
Charlie se detuvo. Lo miró directamente a los ojos, y entonces, una sonrisa lenta, cálida, devastadoramente familiar, se dibujó en sus labios.
—Recordé todo.— dijo.
El mundo se detuvo.
Babe parpadeó. Una vez. Dos veces. Tres.
—¿Cómo?— susurró, su voz apenas un hilo.
Charlie se inclinó y besó su frente con una ternura infinita.
—Hace unas horas, mientras dormía.— explicó.— Simplemente...volvió. Como una ola. Recuerdos, imágenes, sentimientos. Todo.— Lo miró a los ojos, y en ellos había todo el amor del mundo.— Recuperé la memoria, mi amor.
Mi amor.
Esas dos palabras, dichas así, con ese tono, con esa mirada...Babe sintió que los ojos le brillaban. Parpadeó rápidamente para contener las lágrimas, pero una logró escapar, rodando por su mejilla hacia la almohada.
Charlie la atrapó con su pulgar, secándola con una ternura que contrastaba con la posición en la que estaban.
—No llores.— susurró.— Estoy aquí. Completamente.
Babe rió, un sonido húmedo y tembloroso.
—Son las hormonas.— mintió, aunque ambos sabían que no era cierto.
Charlie sonrió, pero entonces su expresión cambió. Se volvió seria. No fría, sino profunda. Importante.
—Babe.— dijo, y su voz había perdido la ligereza de antes.— ¿Por qué no me dijiste lo de Willy?
Babe se tensó inmediatamente.
La burbuja de felicidad se resquebrajó, dejando entrar el aire frío de la realidad. Bajó la mirada, incapaz de sostener los ojos de Charlie. Su mano, la que había estado descansando sobre la sábana, encontró su abdomen por instinto.
—Sentía que no me creerías.— dijo en voz baja.
Charlie negó con la cabeza lentamente. No con enfado, sino con una mezcla de frustración y dolor.
—Tendrías que habérmelo dicho.— insistió, su voz suave pero firme.— Yo merecía saberlo. Merecía saber lo que pasó, lo que ese desgraciado intentó hacerte. Merecía la oportunidad de creerte.
Babe sintió que las lágrimas amenazaban de nuevo.
—Lo siento.— susurró, y su voz se quebró.— Todo estaba mal entre nosotros, Charlie. No veía alguna manera de que me creyeras. Estabas tan enojado, tan...distante. Pensé que si te contaba la verdad, pensarías que era una excusa. Una manipulación.
Charlie lo miró por un largo momento. Luego, su mano, la que había estado acariciando su muslo, subió lentamente hasta su rostro.
Acarició su mejilla con el dorso de los dedos, una caricia tan suave que contrastaba con todo lo que eran.
—Escúchame, Babe.— dijo Charlie, y su voz era grave pero cálida.— Eres lo más importante para mí. Lo eras antes de perder la memoria, y lo eres ahora que la he recuperado. Nada de lo que pasó fue tu culpa. ¿Entiendes? Nada.
Babe lo miró, sus ojos brillantes.
—Willy era un depredador.— continuó Charlie.— Tú fuiste víctima de sus intenciones, no culpable de nada. Y yo...yo fui un idiota por no verlo. Por no preguntar. Por dejarme llevar por mis celos sin pensar.
—Charlie...
—Déjame terminar.— lo interrumpió suavemente Charlie.— Te fallé, Babe. En eso, te fallé. Y lo siento. Lo siento tanto.
Babe negó con la cabeza.
—No me fallaste. Llegaste a tiempo. Me salvaste.
—Llegué a tiempo, sí.— concedió Charlie.— Pero luego te fallé. Te dejé solo con ese miedo, con ese trauma. Y tú, mi Alfa valiente, mi amor, cargaste con eso solo. Durante todo este tiempo.
Babe ya no pudo contener las lágrimas.
Rodaron por sus mejillas, silenciosas, mientras Charlie las secaba con sus pulgares.
—No estoy enojado contigo, Babe.— dijo Charlie.— Estoy enojado conmigo. Con Willy. Con Tony. Con todo el maldito mundo que te ha hecho daño. Pero contigo...— besó sus lágrimas.— Contigo solo puedo sentir amor. Orgullo. Admiración.
Babe rió entre lágrimas.
—Eres demasiado bueno para mí.
—Al revés.— corrigió Charlie.— Tú eres demasiado bueno para mí. Pero soy egoísta, y no pienso dejarte ir.
Babe sonrió, una sonrisa temblorosa pero genuina.
—Menos mal.
Charlie sonrió también. Pero entonces, algo en su mirada cambió. La ternura no desapareció, pero se mezcló con otra cosa.
Algo más oscuro. Más primitivo.
Más posesivo.
—Y ahora.— dijo Charlie, su voz bajando un tono, volviéndose ronca.— Ahora que hemos hablado...¿me dejas demostrarte cuánto te he extrañado?
Babe sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Pero si estuviste conmigo todo este tiempo.— dijo, confundido.
—No con memoria.— Charlie negó con la cabeza.— Ese Charlie no recordaba cada detalle de tu cuerpo. No recordaba cómo gemías cuando te mordía aquí.— besó su cuello.— o cómo te arqueabas cuando te tocaba aquí.— su mano encontró su pecho, su pezón.— Ese Charlie no recordaba. Pero yo sí.
Babe jadeó cuando los dedos de Charlie pellizcaron suavemente su pezón.
—Yo recuerdo cada noche.— susurró Charlie contra su piel.— Cada gemido. Cada vez que te corrías gritando mi nombre. Y he pasado semanas sin eso. Sin ti. De verdad.
—Charlie...
—Déjame recordarte.— pidió Charlie, y su voz era una súplica y una orden al mismo tiempo.— Déjame adorarte como mereces.
Babe no respondió con palabras.
En lugar de eso, enredó sus manos en el cabello de Charlie y lo atrajo hacia sí, besándolo con una urgencia que lo decía todo.
Charlie respondió al beso con una intensidad que hizo que Babe gimiera. Sus labios se movían juntos, sus lenguas se encontraban, se separaban, se volvían a encontrar. Era un beso de reencuentro. De recuperación. De "por fin estás aquí".
Cuando finalmente se separaron para respirar, ambos jadearon.
—Te necesito.— dijo Babe, sin vergüenza.— Ahora.
Charlie sonrió, una sonrisa depredadora.
—Y vas a tenerme.
Sus labios encontraron el cuello de Babe nuevamente, pero esta vez no hubo suavidad.
Chupó, mordió, marcó con una posesividad que hablaba de días, semanas, meses de contención. Babe gimió, su cabeza cayendo hacia atrás, ofreciendo más piel, más de sí mismo.
—Charlie….— jadeó.
—Dime.— respondió Charlie entre mordiscos.— Dime lo que quieres.
—Tú. Solo tú.
Charlie gruñó, un sonido profundo y animal, y sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo de Babe con una urgencia que no había mostrado antes. Arrancó la sábana que los cubría, dejando a Babe completamente expuesto ante él.
—Mírate.— susurró Charlie, sus ojos recorriendo cada centímetro de ese cuerpo que conocía tan bien.— Tan hermoso. Tan mío.
—Soy tuyo.— confirmó Babe.— Siempre tuyo.
Charlie se inclinó y tomó uno de sus pezones en su boca. Chupó, mordisqueó, lamió con una destreza que hizo que Babe se arqueara contra él. Su otra mano encontró el otro pezón, pellizcando, estirando, torturando con deleite.
—Así.— gimió Babe.— Así, Charlie...
Charlie se movió entre sus piernas, separándolas más, acomodándose en el espacio que Babe le ofrecía. Podía sentir la erección de Charlie contra su muslo, caliente, dura, exigente.
—Mira lo que me haces.— murmuró Charlie, tomando la mano de Babe y guiándola hacia su erección.— Solo con mirarte me pones así.
Babe lo envolvió con sus dedos, sintiendo su calor, su tamaño. Charlie gimió ante el contacto.
—Babe...
—Te quiero dentro.— dijo Babe, sin rodeos.— Ahora. Fuerte. Como antes.
Charlie lo miró, y en sus ojos carmesí había un fuego que prometía devorarlo.
—¿Seguro? ¿No estás demasiado sensible por las hormonas?
—No me importa.— respondió Babe.— Te quiero. Te necesito. Toda la sensibilidad vale la pena por ti.
Charlie no necesitó oír más.
Se incorporó ligeramente, tomó su erección en la mano y la guió hacia la entrada de Babe. Ya estaba húmedo, preparado, listo.
Las hormonas del embarazo tenían eso, y Charlie lo agradeció.
—Mira.— ordenó Charlie.— Quiero que mires cómo entro en ti.
Babe obedeció, bajando la mirada justo cuando comenzaba a penetrarlo. El espectáculo era obsceno, hermoso, devastador.
—Charlie...— gimió, sintiendo cómo lo llenaba centímetro a centímetro.
Charlie entró despacio al principio, dándole tiempo a Babe para ajustarse a su tamaño.
Pero cuando estuvo completamente dentro, se detuvo. Ambos jadeaban, el sudor comenzó a brillar en sus pieles.
—Te sientes...— Charlie buscó la palabra.— Increíble. Como siempre. Como en casa.
Babe sonrió, una sonrisa húmeda y temblorosa.
—Muévete.— pidió.— Por favor.
Y Charlie lo hizo.
Comenzó con un ritmo lento, profundo, que hacía que Babe gimiera con cada embestida.
Pero pronto, muy pronto, la necesidad se impuso. El ritmo se aceleró. Las embestidas se volvieron más duras, más profundas, más brutales.
—Así.— gimió Babe, aferrándose a las sábanas.— Así, Charlie, así...
Charlie gruñó, sus caderas moviéndose con una fuerza que hacía chirriar la cama. Sus manos encontraron las caderas de Babe, apretando, guiando, marcando con sus dedos la piel pálida.
—Eres mío.— dijo Charlie entre embestidas.— ¿Lo oyes? Mío. Solo mío.
—Tuyo.— confirmó Babe, casi sin aliento.— Siempre tuyo.
Charlie se inclinó sobre él, cambiando el ángulo, buscando ese punto que sabía que volvía loco a Babe. Cuando lo encontró, Babe gritó.
—¡Ahí! Charlie, ahí...
—¿Ahí?— Charlie sonrió, una sonrisa malvada.— ¿Así?
Aumentó la intensidad, apuntando a ese lugar una y otra vez. Babe estaba perdido, un mar de gemidos y jadeos, sus uñas arañando la espalda de Charlie, dejando marcas.
—Te voy a llenar.— gruñó Charlie contra su oído.— Te voy a llenar de nuevo. Quiero que todos sepan que estás marcado. Que eres mío.
—Hazlo.— suplicó Babe.— Hazlo, Charlie, lléname...
Charlie lo besó entonces, un beso brutal, desesperado, mientras sus caderas no cesaban su movimiento. Sus lenguas luchaban, se encontraban, se separaban, en el mismo ritmo frenético de sus cuerpos.
—Estoy cerca.— advirtió Charlie, su voz un gruñido.— Dime que tú también.
—Sí.— jadeó Babe.— Sí, Charlie, contigo...siempre contigo...
—Vente conmigo.— ordenó Charlie.— Ahora.
Y Babe obedeció.
Su orgasmo fue devastador, arrancándole un grito que Charlie devoró con sus labios. Su cuerpo se tensó, se arqueó, se estremeció mientras Charlie seguía embistiendo, alargando su placer.
Charlie llegó justo después, un gruñido profundo escapando de su pecho mientras se derramaba dentro de Babe, llenándolo, reclamándolo una vez más.
Se quedaron así, entrelazados, jadeando, mientras las últimas oleadas de placer recorrían sus cuerpos.
Charlie fue el primero en moverse. Se incorporó ligeramente, lo suficiente para mirar a Babe a los ojos.
—Te amo.— dijo, y eran las palabras más sinceras que había pronunciado.— Te amo, Babe. Con memoria y sin ella. Siempre.
Babe sonrió, agotado, feliz.
—Y yo a ti, Charlie. Siempre.
Charlie se recostó a su lado, atrayéndolo hacia sí, rodeándolo con sus brazos. Una mano descansó sobre el abdomen de Babe, protectora.
—Y a este también.— murmuró contra su cabello.— Te amo a ti también, pequeño.
Babe rió suavemente.
—Todavía no puede oírte.
—No importa. Lo siente.
Babe cerró los ojos, acurrucándose contra Charlie.
—Quédate.— susurró.— No te vayas. Ni siquiera por agua.
—No pienso moverme.— prometió Charlie.— Por lo menos hasta que tengas hambre. Y entonces te traeré el desayuno a la cama.
—¿Y después?
—Después, si quieres, podemos empezar de nuevo.
Babe sonrió.
—Suena perfecto.
El sol seguía ascendiendo, bañando la habitación con su luz. Y en esa cama, dos cuerpos entrelazados, un amor recuperado, y una vida diminuta creciendo, encontraron la paz que tanto habían buscado.
Por fin, después de todo, estaban completos.
El comienzo de la paz
La casa de Babe y Charlie. Una mañana soleada, con la brisa entrando por las ventanas abiertas. El ambiente es tranquilo, hogareño, radicalmente diferente al caos de las semanas anteriores.
La noticia
La puerta de la casa se abrió de par en par y los chicos entraron como una tormenta. Alan al frente, con una sonrisa que no le veían desde hacía meses. Jeff y Sonic detrás, casi bailando. Dean y North riendo. Pete cerraba la marcha, más contenido pero con los ojos brillantes.
—¡Babe! ¡Charlie!— gritó North, sin importarle el volumen.— ¡Lo logramos!
Babe apareció desde la cocina, una manzana a medio morder en la mano. Charlie lo seguía de cerca, una mano protectora en la parte baja de su espalda.
—¿Qué pasa?— preguntó Babe, frunciendo el ceño.— ¿Por qué tanto escándalo?
Alan se detuvo frente a ellos, y por un momento, su expresión se volvió seria.
Solemne.
—Tony ya no es un problema.— dijo.— Nunca más.
El silencio cayó como un manto.
Babe parpadeó. Una vez. Dos veces. La manzana resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un golpe sordo.
—¿Qué?— susurró.
—Lo encontramos.— confirmó Jeff, dando un paso adelante.— Y nos encargamos de él. Para siempre.
—Ya no volverá a amenazarnos.— añadió Sonic.— Nadie lo hará.
Babe sintió que las piernas le flaqueaban.
Charlie lo sostuvo inmediatamente, sus brazos rodeándolo, sosteniéndolo.
—Tranquilo.— murmuró Charlie contra su oído.— Respira.
Babe respiró. Una vez. Dos veces. Y entonces, algo en él se rompió.
No de dolor. De alivio.
Lágrimas brotaron de sus ojos, silenciosas, mientras se aferraba a Charlie como si su vida dependiera de ello.
—Lo logramos.— susurró Babe.— Terminó. De verdad terminó.
—Sí, mi amor.— Charlie lo abrazó con fuerza, su propia voz temblorosa.— Terminó.
Los chicos los rodearon, un círculo de protección y amor. Manos en hombros, abrazos compartidos, lágrimas que no necesitaban ser explicadas.
Eran familia. Y por fin, después de todo, estaban a salvo.
Los antojos
Los días siguientes fueron una danza de antojos y cumplimientos.
Babe desarrollaba antojos a las horas más extrañas. A las tres de la madrugada, despertaba a Charlie.
—Charlie.— susurraba, dando golpecitos en su hombro.
—Mmm...¿qué?— Charlie gruñía, medio dormido.
—Quiero mango.
—¿Mango? ¿A las tres de la mañana?
—Sí. Pero no mango normal. Mango con chile y limón. Y quiero que sea el mango que venden en el mercado de las afueras. Ese específico.
Charlie abrió un ojo.
—¿El qué está a cuarenta minutos de aquí?
—Sí.
Silencio.
—¿Me amas?— preguntaba Babe con voz dulce.
—Con toda mi alma.— suspiraba Charlie, levantándose.— Y por eso mismo, voy a por tu maldito mango.
Volvía una hora y media después con el mango, el chile, el limón, y también con unos pastelitos que Babe había mencionado una vez hacía semanas. Babe lo recibía con una sonrisa radiante y un beso.
—Eres el mejor.
—Lo sé.
Otra vez, a media tarde:
—Charlie.
—¿Sí, amor?
—Quiero pizza.
—¿Pizza? Podemos pedir...
—No. Quiero pizza de ese lugar al que fuimos una vez. La que tenía masa gruesa y pepperoni crujiente.
—Ese lugar está al otro lado de la ciudad.
—Sí.
Charlie ya estaba poniéndose los zapatos.
—Vuelvo en una hora.
—¡Te amo!
Y así, día tras día. Charlie nunca se quejaba.
Cada vez que Babe tenía un antojo, allí estaba él, dispuesto a recorrer la distancia que fuera necesaria.
—¿No te cansas?— le preguntó Babe una noche, después de que Charlie volviera con un helado de sabores específicos que solo vendían en una tienda especializada.
Charlie se sentó a su lado en el sofá, pasando un brazo por sus hombros.
—¿Cansarme?— repitió, como si la idea fuera absurda.— Babe, estás cargando a nuestro hijo. Tu cuerpo está haciendo algo increíble. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que comas lo que necesitas.
—Pero son antojos absurdos.
—Son tus antojos. Y mientras tú cargas con el peso de crear una vida, yo cargaré con el peso de satisfacerlos. Es justo.
Babe lo miró, y en sus ojos había tanta gratitud que dolía.
—Te amo, Charlie.
—Y yo a ti, mi Alfa hermoso.— Charlie besó su frente.— Ahora come tu helado antes de que se derrita.
La poción
Chris los citó en su laboratorio una tarde.
Cuando llegaron, él ya estaba allí, con una jeringa en la mano y una expresión seria.
—Es el momento.— dijo sin rodeos.— La poción está lista. Una dosis y los poderes inducidos desaparecerán. Los que te fueron dados artificialmente.
Charlie asintió, sin dudar.
—Hagámoslo.
Babe apretó su mano.
—¿Seguro?
—Completamente.— Charlie lo miró.— Nunca quise esos poderes. Y si deshacerme de ellos significa un futuro más seguro para ti y para nuestro hijo, lo hago sin dudar.
Chris limpió la piel de Charlie con un algodón con alcohol.
—Esto puede doler un momento.— advirtió.— Los poderes están integrados en tu sistema. Extraerlos no será cómodo.
—No me importa.
La aguja penetró su piel. Charlie apretó la mandíbula, pero no hizo ningún otro sonido.
Babe sostenía su otra mano con fuerza, sintiendo cómo los dedos de Charlie se tensaban entre los suyos.
Pasaron segundos. Luego minutos.
Y entonces, Charlie exhaló.
Fue como si una presión invisible se liberara de su cuerpo. Sus hombros, siempre tensos por la carga de sus poderes, se relajaron. Su respiración se volvió más profunda, más calmada.
—¿Cómo te sientes?— preguntó Chris, monitoreando sus signos.
Charlie tardó en responder. Miró sus manos, las abrió y cerró. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Ligero.— dijo.— Me siento...ligero. Como si hubiera estado cargando algo muy pesado sin saberlo.
—Los poderes.— explicó Chris.— Ejercian presión sobre tu esencia de Enigma. Ahora que se han ido, tu verdadera naturaleza puede respirar.
Babe lo abrazó sin poder contenerse.
—¿Estás bien? ¿De verdad estás bien?
Charlie rió, abrazándolo de vuelta.
—Estoy mejor que bien, Babe. Estoy...libre.
—Pero sigues siendo un Enigma, ¿no?— preguntó Babe, preocupado.— Quiero decir, tus poderes naturales...
—Intactos.— confirmó Chris.— La poción solo afecta a los poderes. Los sentidos agudizados, la fuerza, la velocidad, la esencia de Enigma...eso es parte de él. Siempre lo será.
Charlie asintió.
—Y me alegra. Porque ser un Enigma me permite protegerte. Eso no quiero perderlo.
Babe sonrió.
—No me quejo. Mientras sigas siendo mi Cachorro.
Charlie rió.
—Siempre.
Esa noche, todos estaban reunidos en la casa. Los chicos habían traído comida, bebidas (sin alcohol para Babe), y el ambiente era de celebración.
—Por Tony, que ya no está.— levantó su vaso Alan.
—¡Por Tony, que ya no está!— corearon todos.
—Por la poción.— añadió Chris.
—¡Por la poción!
—Y por el pequeño.— dijo Pete, mirando a Babe.— Que viene en camino.
Todos los vasos se levantaron.
—¡Por el pequeño!
Babe sonrió, su mano en su abdomen.
Charlie estaba a su lado, su brazo rodeando sus hombros, su otra mano también encontrando el camino hacia esa vida diminuta.
—¿Feliz?— susurró Charlie contra su oído.
Babe lo miró. Miró a los chicos, su familia, riendo y celebrando. Miró su abdomen, donde su hijo crecía sano y fuerte. Miró a Charlie, su
Enigma, su Cachorro, su amor, finalmente libre de las cadenas.
—Sí.— respondió.— Por primera vez en mucho tiempo...completamente feliz.
Charlie lo besó, suave, tierno, un beso de promesa.
—Esto es solo el principio.— dijo.— Lo mejor está por venir.
—Lo sé.— Babe sonrió contra sus labios.— Porque estás tú.
—Y tú.
—Y él.— Babe se tocó el abdomen.
—Y ellos.— Charlie señaló a los chicos con un gesto.
Babe rió.
—Familia.
—Familia.— confirmó Charlie.
Afuera, la noche era tranquila. Las estrellas brillaban en el cielo. Y dentro, en esa casa llena de amor y caos, una nueva vida comenzaba.
No la del bebé, que aún crecía en el vientre de Babe.
Sino la de todos ellos. Una vida en paz. Una vida sin miedo. Una vida juntos.
Por fin, después de tanto, lo habían logrado.
Y era hermoso.
La llegada de Malee
El camino había sido largo. Nueve meses de antojos a medianoche, de noches sin dormir por las patadas de la pequeña, de visitas al médico, de preparativos interminables. Nueve meses de ver cómo el abdomen de Babe crecía, cómo su cuerpo cambiaba, cómo su rostro se llenaba de una luz nueva.
Y ahora, finalmente, el momento había llegado.
La cesárea había sido programada. Malee, la pequeña, había decidido que quería llegar al mundo de la manera más segura posible.
Chris, que había supervisado todo el embarazo, estaba en el quirófano con ellos, junto al mejor equipo médico que pudieron conseguir.
Charlie no se había separado de Babe ni un segundo.
—Respira, mi amor.— susurraba Charlie, sosteniendo su mano mientras los médicos trabajaban.— Ya casi termina.
Babe asintió, su frente perlada de sudor. La anestesia lo mantenía sin dolor, pero la sensación de presión, de movimiento, era extraña. Sin embargo, tener a Charlie allí, con su mano firme entre las suyas, lo mantenía tranquilo.
Y entonces, un llanto llenó la habitación.
Fuerte. Potente. Vivo.
Babe sintió que el corazón se le detenía.
Charlie apretó su mano con tanta fuerza que casi duele, pero a Babe no le importó.
—Es una niña.— anunció el médico, levantando al pequeño ser cubierto de líquido y sangre.— Una niña hermosa y saludable.
Charlie miró a Babe. Babe miró a Charlie. Y ambos rompieron a llorar.
—Malee.— susurró Babe, su voz quebrada.— Bienvenida, Malee.
La primera vez
Habían pasado unas horas desde la cesárea.
Babe estaba en su habitación, recuperándose, con Malee en sus brazos. La pequeña estaba envuelta en una manta suave, sus ojos cerrados, su diminuto pecho subiendo y bajando con cada respiración.
Charlie estaba sentado a su lado, una mano en el hombro de Babe, la otra acariciando suavemente la mejilla de Malee.
—Es perfecta.— dijo Charlie, su voz ronca por la emoción.— Absolutamente perfecta.
—Tiene tu nariz.— dijo Babe, sonriendo.— Y tu boca.
—Y tu carácter.— rió Charlie.— Ya se nota. Mira cómo duerme. Tan tranquila. Como si el mundo no pudiera tocarla.
—Porque no podrá.— Babe levantó la mirada hacia Charlie, sus ojos brillantes.— La protegeremos. Siempre.
Charlie asintió, inclinándose para besar la frente de Babe, luego la de Malee.
—Siempre.
La enfermera entró suavemente, con un biberón en la mano.
—Es hora de la primera toma.— dijo con una sonrisa.— ¿Quiere intentarlo, papá?
Babe asintió, tomando el biberón con cuidado. Charlie lo ayudó a acomodar a Malee en sus brazos, sosteniendo su cabecita diminuta.
—Vamos, pequeña.— susurró Babe, acercando el biberón a sus labios.— Hora de comer.
Malee se movió ligeramente, sus labios buscando instintivamente. Cuando encontró la tetina, comenzó a succionar con una determinación que hizo reír a sus padres.
—Mira eso.— dijo Charlie, maravillado.— Ya sabe lo que quiere.
—Como su padre.— bromeó Babe.
—¿Cuál de los dos?
—Los dos.
Charlie rió, pasando un brazo por los hombros de Babe mientras observaban a su hija comer. El momento era perfecto. Íntimo.
Suyo.
—Te amo.— dijo Charlie en voz baja.— A los dos.
—Y nosotros a ti.— respondió Babe, apoyando su cabeza en el hombro de Charlie.
Las visitas
No pasó mucho tiempo antes de que un escándalo familiar irrumpiera en la habitación.
—¡¿Ya podemos entrar?!— la voz de North se escuchó desde el pasillo.
—¡Tranquilo, animal!— respondió Sonic.— ¡Que hay bebés recién nacidos!
—¡Pero quiero verla!
Alan abrió la puerta con una sonrisa, los demás estaban apiñados detrás de él.
—¿Se puede?— preguntó, educado a pesar del caos detrás de él.
Charlie rió y les hizo un gesto para que entraran.
La habitación se llenó instantáneamente de cuerpos, voces y energía. Jeff, Sonic, Dean, North, Pete y, por supuesto, Chris, que había estado supervisando todo desde el principio.
—Dios mío.— susurró Pete, acercándose con cautela.— Es…es diminuta.
—Todas las criaturas humanas lo son al nacer.— puntualizó Chris, pero incluso él tenía una sonrisa en el rostro.
—¿Podemos verla?— preguntó Jeff, casi bailando de emoción.— ¿Podemos tocarla? ¿Podemos...
—Uno a uno.— dijo Charlie, con firmeza pero sin dejar de sonreír.— Y con cuidado.
Alan fue el primero. Se acercó lentamente, como si Malee fuera a romperse con el movimiento más brusco. Miró su carita dormida, sus diminutos puños cerrados.
—Hola, Malee.— susurró.— Soy tu tío Alan. Bueno, uno de ellos. Vas a tener muchos tíos. Pero no te preocupes, te protegeremos todos.
Malee se movió ligeramente, como si respondiera, y Alan sintió que el corazón le estallaba.
Jeff fue el siguiente, y luego Sonic. Dean y North se acercaron juntos, sus expresiones de asombro casi cómicas.
—Es tan pequeña.— dijo Dean.
—Y tan perfecta.— añadió North.
Pete se acercó con una reverencia casi ceremonial.
—Malee.— dijo en voz baja.— Bienvenida a esta familia. No es una familia normal, pero te amará con locura. Eso te lo aseguro.
Chris fue el último. Observó a la pequeña con ojo clínico, pero también con una ternura que pocos le habían visto.
—Todos los signos son excelentes.— dijo.— Es una niña fuerte y saludable. Han hecho un gran trabajo, Babe. Charlie.
Babe sonrió, agradecido.
—Gracias a ti también, Chris. No podríamos haberlo hecho sin ti.
Chris asintió, un poco avergonzado por el cumplido.
—Solo hice mi trabajo.
—Hiciste mucho más que eso.— dijo Charlie, extendiendo su mano para estrechar la de Chris.— Gracias. De verdad.
La familia reunida
Los chicos se dispersaron por la habitación, algunos sentados en las sillas, otros apoyados contra las paredes. La conversación era animada, llena de risas y comentarios sobre lo pequeña que era Malee, lo mucho que se parecía a Charlie, o lo mucho que se parecía a Babe.
—Yo creo que tiene los ojos de Babe.— decía Sonic.
—Pero la boca es de Charlie.— argumentaba Jeff.
—¿Y la nariz?— preguntó North.
—Un mix.— sentenció Dean.— La nariz es un mix.
Babe y Charlie se miraban, sonriendo, mientras su hija dormía plácidamente en los brazos de Babe.
—¿Cansado?— preguntó Charlie en voz baja.
—Un poco.— admitió Babe.— Pero feliz. Muy feliz.
Charlie besó su sien.
—Descansa si lo necesitas. Yo me encargo de las visitas.
—No, no.— protestó Babe.— Me gusta que estén aquí. Es...es nuestra familia.
Charlie asintió, mirando a los chicos. A Alan, siempre serio pero con el corazón más grande. A Jeff y Sonic, inseparables incluso en el caos. A Dean y North, los más entusiastas. A Pete, el ancla de todos. Y a Chris, el científico que se había convertido en algo más que un aliado.
Familia. Palabra extraña para todos ellos, que habían crecido sin una. Pero ahora, aquí, en esta habitación del hospital, la tenían.
Y era hermosa.
—Oye, Babe.— dijo North de repente.— ¿Podemos ser los tíos favoritos?
—¡Ey!—protestó Jeff.— ¡Eso no es justo!
—Todos son sus tíos favoritos.— dijo Babe con una sonrisa.— Siempre y cuando se porten bien.
—¿Y si no nos portamos bien?— preguntó Sonic, con una sonrisa traviesa.
—Entonces Charlie se encargará de ustedes.— respondió Babe, señalando a su Enigma con un gesto.
Todos miraron a Charlie, que levantó una ceja con una expresión que prometía dolor.
—Silencio.— dijo simplemente.
Los chicos rieron, pero se callaron.
Malee se movió en brazos de Babe, emitiendo un pequeño sonido, como si protestará por el ruido. Inmediatamente, todos bajaron la voz.
—Perdón, Malee.— susurró North.— No queríamos despertarte.
La pequeña pareció aceptar la disculpa, porque volvió a quedarse dormida.
—Ya los tiene dominados.— rió Pete.— Y solo tiene unas horas de vida.
—Es hija de Babe y Charlie.— dijo Alan con una sonrisa.— Era de esperarse.
La promesa
La tarde fue cayendo lentamente. Los chicos se fueron despidiendo uno a uno, prometiendo volver al día siguiente con más regalos y menos escándalo.
—Cuídalo.— dijo Alan, estrechando la mano de Charlie.— Cuídalos a todos.
—Siempre.— respondió Charlie.
—Y tú, Babe.— Alan se acercó a la cama.— Descansa. Nosotros nos encargamos de todo afuera.
Babe asintió, agradecido.
—Gracias, Alan. Por todo.
Alan sonrió, una sonrisa rara pero genuina, y salió.
Finalmente, la habitación quedó en silencio.
Solo Babe, Charlie y Malee.
Charlie se sentó en la cama junto a Babe, su hombro contra el de él, ambos mirando a su hija.
—¿Sabes?— dijo Charlie en voz baja.— Nunca imaginé que podría sentir algo así.
—¿Cómo qué?— preguntó Babe.
—Esto.— Charlie señaló vagamente a Malee, a ellos, a todo.— Paz. Plenitud. Amor incondicional. Pensé que mi vida sería solo lucha, solo supervivencia. Y luego te conocí a ti. Y luego ella. Y ahora...ahora no cambiaría nada.
Babe lo miró, sus ojos brillantes.
—Ni yo.— susurró.— A pesar de todo lo que pasamos, de todo el dolor...llegamos aquí. Juntos.
—Juntos.— repitió Charlie.
Malee se movió en su sueño, uno de sus diminutos puños asomando por la manta.
Charlie extendió un dedo y lo enganchó suavemente. La mano de Malee se cerró instintivamente alrededor de su dedo, aferrándose con una fuerza que sorprendió a Charlie.
—Mira.— dijo, maravillado.— Me sostiene.
—Te reconoce.— dijo Babe.— Sabe que eres su papá.
Charlie sintió que los ojos le picaban.
Parpadeó rápidamente.
—Te amo, Malee.— susurró.— Te amo más de lo que creí posible amar a alguien. Y siempre, siempre te protegeré.
Babe puso su mano sobre la de Charlie, sobre la manita de Malee.
—Y yo.— dijo.— Los dos. Siempre.
Así permanecieron, los tres, mientras la noche caía sobre el hospital. Una nueva familia. Un nuevo comienzo. Una nueva vida.
Malee. La pequeña flor que había florecido en el vientre de un Alfa, engendrada por un Enigma, amada por todos.
Su hija.
Su esperanza.
Su futuro.
El reencuentro de los cuerpos
Son las 10 de la noche. Malee duerme plácidamente en su habitación, el monitor de bebé sobre la mesada muestra su respiración tranquila. La casa está en silencio, solo roto por el suave zumbido de la nevera y los latidos acelerados de dos corazones.
La noche había caído sobre la casa como un manto de seda. Malee dormía desde hacía dos horas, agotada después de un día de juegos, risas y descubrimientos. Tenía seis meses ahora, y cada día era una nueva aventura.
Charlie y Babe habían cenado temprano, compartiendo una comida tranquila mientras vigilaban a su hija a través del monitor. Ahora, con la casa en silencio, el ambiente entre ellos había cambiado.
Babe estaba sentado en la mesada de la cocina, como le gustaba hacer cuando quería la atención de Charlie. Llevaba puesta solo una camisa, una de Charlie, por supuesto.
Desabotonada. Completamente desabotonada, dejando al descubierto su pecho, su abdomen, y más abajo, la evidencia de que no llevaba nada más.
Charlie estaba de pie entre sus piernas, sus manos recorriendo lentamente los muslos de Babe. La piel blanca de Babe —porque sí, después del embarazo algunas cosas habían cambiado, y una de ellas era que ciertas partes de su piel se habían vuelto más suaves— brillaba bajo la luz tenue de la cocina.
—Sabes.— dijo Babe, su voz un susurro ronco.— estaba pensando.
—¿En qué?— preguntó Charlie, sus dedos trazando círculos en la parte interna del muslo de Babe.
—En ese día. Cuando recuperaste la memoria.
Charlie sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa.
—¿Qué tiene?
Babe lo miró directamente a los ojos, y en los suyos había una mezcla de deseo y provocación.
—¿Recuerdas cuándo me besaste, me hiciste correrme con tus dedos, Cachorro?
Charlie sintió que la sangre hervía en sus venas. El apodo. Siempre el apodo.
—Cómo olvidarlo.— respondió, su voz bajando un tono.
—Creo.— continuó Babe, mordiéndose el labio inferior con deliberada lentitud.— que fue eso lo que te devolvió la memoria. No la poción. No el tiempo. Fue tenerme así. A tu merced. Escuchando mis gemidos.
Charlie gruñó. Literalmente gruñó.
—¿Crees qué fue eso?
—Lo sé.— Babe sonrió, desafiante.— Mi cuerpo te llamó. Y tú respondiste.
Charlie no necesitó oír más.
Sus manos dejaron los muslos de Babe y se enredaron en su cabello, atrayéndolo hacía un beso que fue todo menos suave. Sus labios se encontraron con una violencia que hablaba de deseo contenido, de noches interrumpidas por el llanto de una bebé, de meses de amor pausado por la responsabilidad.
Pero esta noche, Malee dormía. Y ellos estaban despiertos.
Babe respondió al beso con la misma intensidad. Sus manos encontraron el cuello de Charlie, tirando de él, acercándolo más.
Sus lenguas lucharon, se enredaron, se separaron y volvieron a encontrarse en un baile húmedo y desesperado.
Cuando finalmente se separaron para respirar, ambos jadeaban.
—Te necesito.— dijo Babe, sin vergüenza.— Te necesito como esa noche. Fuerte. Brutal. Sin piedad.
Charlie sonrió, y era la sonrisa de un depredador.
—Vas a tenerlo.
Sus labios abandonaron la boca de Babe para descender a su cuello. Chupó, mordió, marcó con una posesividad que hacía meses no mostraba. Babe gimió, su cabeza cayendo hacia atrás, ofreciendo más piel.
—Charlie...— jadeó.
—Dime.— respondió Charlie entre mordiscos.— Dime lo que quieres.
—Tú. Todo tú. Ahora.
Charlie gruñó y sus labios continuaron descendiendo. Dejó el cuello para besar el pecho de Babe, lamiendo, mordisqueando, hasta llegar a un pezón.
Babe jadeó cuando la boca de Charlie lo atrapó.
—Así.— susurró.— Así, Charlie...
Charlie chupó, mordió suavemente, lamió con una destreza que hacía temblar a Babe. Su otra mano encontró el otro pezón, pellizcando, estirando, torturando con deleite.
—Tus pezones.— murmuró Charlie contra su piel.— Siempre tan sensibles. Siempre tan míos.
—Tuyos.— confirmó Babe.” Todo mío es tuyo.
Charlie levantó la vista, sus ojos carmesí brillando en la penumbra.
—¿Todo?
—Todo.
Charlie sonrió y volvió a su tarea con renovado entusiasmo. Sus manos dejaron el pecho de Babe para recorrer sus costillas, su abdomen, hasta llegar a sus caderas.
—Mírate.— dijo Charlie, su voz ronca.— Tan hermoso. Mi Alfa. El padre de mi hija. Sentado en nuestra cocina, con mi camisa, esperando que me ocupe de él.
—Siempre espero que te ocupes de mí.— respondió Babe, y había un desafío en su voz.— ¿Vas a hacerlo o solo vas a hablar?
Charlie gruñó. Nadie desafiaba a un Enigma.
Nadie excepto Babe.
—Te voy a follar tan fuerte.— prometió Charlie.— que vas a olvidar tu propio nombre. Y cuando termine, te voy a llenar. Y luego, cuando te recuperes, vamos a empezar de nuevo.
Babe sonrió, triunfante.
—Eso quiero oír.
Charlie no perdió más tiempo.
Sus manos encontraron la cintura de Babe y lo atrajeron hacia el borde de la mesada.
Abrió más sus piernas, acomodándose entre ellas. Podía sentir la erección de Babe contra su abdomen, caliente, exigente.
—Mira.— ordenó Charlie, tomando su propia erección en la mano.— Quiero que observes cómo entro en ti.
Babe obedeció, bajando la mirada justo cuando la polla comenzaba a penetrarlo.
Jadeó ante la sensación, ante el espectáculo.
—Charlie...— gimió.
—Dime.— respondió Charlie, entrando lentamente, haciéndolo sentir cada centímetro.— Dime cómo te sientes.
—Lleno.— susurró Babe.— Tan lleno. Tan completo.
Charlie sonrió y continuó entrando hasta estar completamente dentro. Se detuvo allí, ambos jadeando, el sudor comenzando a brillar en sus pieles.
—Te sientes.— Charlie buscó la palabra.— Como en casa. Siempre como en casa.
Babe lo miró, y en sus ojos había tanto amor que dolía.
—Muévete.— pidió.— Por favor.
Y Charlie lo hizo.
Comenzó con un ritmo lento, profundo, que hacía gemir a Babe con cada embestida.
Pero pronto, muy pronto, la necesidad se impuso. El ritmo se aceleró. Las embestidas se volvieron más duras, más profundas, más brutales.
—Así.— gimió Babe, aferrándose a los hombros de Charlie.— Así, Charlie, así...
Charlie gruñó, sus caderas moviéndose con una fuerza que hacía temblar la mesada. Sus manos encontraron las caderas de Babe, apretando, guiando, marcando con sus dedos la piel.
—Eres mío.— dijo Charlie entre embestidas.— ¿Lo oyes? Mío. Solo mío.
—Tuyo.— confirmó Babe, casi sin aliento.— Siempre tuyo.
Charlie se inclinó sobre él, cambiando el ángulo, buscando ese punto que sabía que volvía loco a Babe. Cuando lo encontró, Babe gritó.
—¡Ahí! Charlie, ahí...
—¿Ahí? —Charlie sonrió, una sonrisa peligrosa —. ¿Así?
Aumentó la intensidad, apuntando a ese lugar una y otra vez. Babe estaba perdido, un mar de gemidos y jadeos. Pero no era un receptor pasivo. Sus manos encontraron el cabello de Charlie, tirando, atrayéndolo hacia sí para morder su mandíbula, su cuello, sus labios.
—Charlie.— murmuró Babe contra su piel.— Tan mío. Tan mi Cachorro.
Charlie gruñó ante el apodo, ante la provocación.
—¿Cachorro?— repitió, aumentando la intensidad de sus embestidas.— ¿Te parezco un cachorro ahora?
Babe rió, un sonido quebrado por los gemidos.
—Siempre serás mi Cachorro. Aunque me folles así. Aunque me rompas.
—No voy a romperte.— dijo Charlie, su voz un gruñido.— Solo voy a recordarte a quién perteneces.
Sus manos encontraron la erección de Babe, comenzando a masturbarlo al ritmo de sus embestidas. Babe gimió más fuerte, su cabeza cayendo hacia atrás.
—Charlie...Charlie, voy a...
—Vente.— ordenó Charlie.— Vente para mí. Quiero sentirte.
Babe obedeció.
Su orgasmo fue devastador, arrancándole un grito que Charlie devoró con sus labios. Su cuerpo se tensó, se arqueó, se estremeció mientras Charlie seguía embistiendo, alargando su placer.
Charlie llegó justo después, un rugido escapando de su pecho mientras se derramaba dentro de Babe, llenándolo, reclamando una vez más.
Se quedaron así, entrelazados, jadeando, mientras las últimas oleadas de placer recorrían sus cuerpos.
Charlie fue el primero en moverse. Se incorporó ligeramente, lo suficiente para mirar a Babe a los ojos.
—¿Sabes?— dijo, su voz ronca.— Creo que tenías razón.
—¿Sobre qué?— preguntó Babe, sin aliento.
—Sobre lo que me devolvió la memoria.— Charlie sonrió, besando su frente.— Fue esto. Fue tenerte así. Escucharte. Sentirte. Mi cuerpo te reconoció antes que mi mente.
Babe sonrió, agotado pero feliz.
—Te lo dije.
—Siempre tienes razón.
—Lo sé.
Charlie rió y lo abrazó, atrayéndolo hacia sí.
—Te amo.— susurró contra su cabello.—Te amo, mi amor. Más que a nada en este mundo.
—Y yo te amo a ti, Cachorro. Más que a nada.
Se quedaron así, en la mesada de la cocina, enredados el uno en el otro, mientras la noche seguía su curso.
Minutos después:
Un sonido los sacó de su burbuja.
El monitor de bebé. Un pequeño lloro. Malee.
Babe suspiró.
—Tu hija te llama.
—Nuestra hija.— corrigió Charlie, besando su hombro.— Y voy yo.
—¿Seguro?
—Seguro. Tú quédate aquí. Recupérate.— Charlie se separó lentamente, ayudando a Babe a bajar de la mesada con cuidado.— En diez minutos vuelvo.
—¿Y luego?
Charlie sonrió, una sonrisa prometedora.
—Luego, si quieres, podemos ir a la cama. Y empezar de nuevo.
Babe sonrió.
—Suena perfecto.
Charlie besó sus labios una última vez y salió de la cocina, dirigiéndose a la habitación de Malee.
Babe se quedó allí, apoyado en la mesada, escuchando cómo Charlie hablaba suavemente con su hija, calmándola con esa voz que solo usaba con ellos.
Sonrió.
Esta era su vida ahora. Caos, amor, noches de pasión y madrugadas de llantos. Y no la cambiaría por nada del mundo.
Porque tenía a Charlie. Porque tenía a Malee.
Porque tenía todo.
En la habitación de Malee, Charlie la sostenía en brazos, meciéndola suavemente.
—Shhh, pequeña.— susurraba.— Papá está aquí. Todo está bien. Vuelve a dormir.
Malee, con sus ojos aún cerrados, se acurrucó contra su pecho, buscando su calor, su olor.
—Te amo tanto.— murmuró Charlie.— Más de lo que creí posible.
Malee suspiró, dormida nuevamente.
Charlie la sostuvo un rato más, disfrutando de ese momento de paz, antes de volver a acostarla en su cuna.
Cuando regresó a la cocina, Babe lo esperaba con una sonrisa.
—¿Todo bien?
—Todo bien.— Charlie lo tomó de la mano.— Vamos a la cama.
—¿A dormir?— preguntó Babe con picardía.
Charlie sonrió.
—Eventualmente.
Babe rió y lo siguió.
La noche era joven. Y ellos tenían mucho amor que darse.
¡FIN!
Dedicado @love_storm47 la idea que me pediste….Que lo disfrutes….









Me encantó el personaje de Charlie 🥰 y ame que los chicos destruyeran a Tony jejejeje
Que linda ame a Charlie 🥰