Capítulo 1
La ciudad a las tres de la mañana tiene un silencio que solo los que ocultan algo saben apreciar. Rogelio estacionó el auto a una cuadra, como ya era costumbre, y subió las escaleras del edificio de Dante con la familiaridad de quien es dueño del lugar, aunque su discurso interno dijera lo contrario.
Al entrar, no hubo preámbulos. El aire en el departamento de Dante siempre olía a una mezcla de café frío y el perfume caro de Rogelio. La sesión fue, como siempre, un despliegue de fuerza. Rogelio se movía con una urgencia casi violenta, desbaratando a Dante a punta de embestidas, como si quisiera dejar claro, en cada golpe, quién tenía el control.
Tras el sudor y el jadeo, el ritual de siempre. Rogelio se separó, ignorando el cansancio, y caminó hacia el gran espejo que dominaba la habitación. Se quedó ahí, de pie, dejando que la luz tenue de la lámpara de noche resaltara cada músculo.
—¿Cómo ves mi cuerpo? Estoy más moldeado, ¿no es así? —preguntó, apretando el abdomen y girando levemente para admirar la curva de su espalda.
Le encantaba ese espejo. No por Dante, sino por la confirmación de su propia imagen. En su mente, él era una escultura; lo que hacían en esa cama era solo el mantenimiento de su ego.
Dante, aún recuperando el aliento entre las sábanas revueltas, lo observó con una mirada que Rogelio no alcanzó a descifrar. —Si dejaras tu pelo en pecho y axilas te verías mucho mejor —interrumpió Dante, rompiendo el hechizo de vanidad.
Rogelio se tensó. El halago esperado no llegó, y el silencio se volvió pesado. —¿A qué te refieres? —preguntó, girándose apenas, con la mandíbula apretada. —Solo digo que te verías mucho más masculino.
Esa palabra fue como un latigazo. Rogelio arqueó una ceja, su expresión transformándose de narcisismo en una hostilidad defensiva. Se acercó un paso a la cama, desnudo pero con una actitud que buscaba intimidar.
—Podría ser —soltó con una risa amarga—, pero no me gusta que te guste eso. Recuerda que no soy joto como tú, es solo experiencia.
Dante se incorporó sobre sus codos, manteniendo la mirada, pero Rogelio no había terminado de marcar su territorio. Necesitaba humillar para sentirse seguro en su burbuja de “heterosexualidad experimental”.
—Además... —añadió Rogelio con una sonrisa burlona y cruel—, gimes como vieja, wey. Así que no me vengas a hablar de masculinidad a mí.
Dante no respondió de inmediato. El comentario de Rogelio quedó flotando en el aire, evidenciando que, aunque sus cuerpos se conocían a la perfección, la distancia entre lo que sentían y lo que Rogelio estaba dispuesto a aceptar era un abismo que ninguna madrugada lograba cerrar.
Rogelio se puso los tenis con movimientos mecánicos, sin mirar atrás. Su mente ya estaba en el gimnasio, en las pesas y en la fachada que sostenía frente a sus padres.
—Tengo que irme —soltó, revisando su reloj con impaciencia—. Son casi las seis de la mañana y tengo que estar en el gym. Mis padres piensan que estoy ejercitándome a esta hora.
Dante asintió desde la cama, con las sábanas aún tibias por el contacto reciente. Por un segundo, el silencio se llenó con lo que Dante no se atrevía a decir. En su mente, la escena era distinta: se imaginaba a Rogelio inclinándose para darle un beso de despedida, un gesto lento y cargado de afecto. Se veía a sí mismo levantándose para preparar café y huevos revueltos, compartiendo el desayuno entre risas cómplices antes de salir juntos al trabajo, como una pareja con años de rutina compartida.
Pero el sonido de la cremallera de la chamarra de Rogelio lo trajo de vuelta.
—Nos vemos en el super. —dijo Rogelio, lanzando una mirada rápida que no llegó a ser una despedida real.
Cuando la puerta del departamento se cerró con un golpe seco, la disociación terminó. Dante se quedó solo en la penumbra, frente al mismo espejo donde minutos antes Rogelio se había glorificado. Pero el reflejo que Dante veía no era el de un modelo de revista. Sus ojos recorrieron su propio cuerpo, notando el sobrepeso que tanto le pesaba en el ánimo, las imperfecciones que la luz de la mañana empezaba a señalar sin piedad. Una mueca de profunda tristeza se dibujó en su rostro; el contraste entre la perfección física de Rogelio y su propia inseguridad era un abismo que le dolía cruzar.
Suspiró, tratando de sacudirse el sentimiento de insuficiencia. No podía cambiar su cuerpo en un segundo, pero podía controlar otros mundos. Caminó hacia su escritorio y encendió su ordenador. La luz de la pantalla fue lo único que rompió la oscuridad del cuarto.
Al abrir el documento en blanco, sus dedos parecieron cobrar vida propia. Escribir no era solo un pasatiempo; era su búnker. Mientras tecleaba, Dante dejaba de ser el “compañero de cama” ignorado para convertirse en el arquitecto de destinos.
En su mente, cada párrafo era una escena cinematográfica. Soñaba despierto con el día en que sus palabras saltaran de la página a la pantalla, imaginando los créditos de una serie de streaming donde él fuera el protagonista de su propio éxito, y no solo un espectador en la vida de alguien que se avergonzaba de él.
Esa mañana, mientras el resto del mundo despertaba para ir a trabajar, Dante escribía para sobrevivir a la realidad.
El aire acondicionado del centro comercial zumbaba con un ritmo monótono mientras Dante cruzaba el pasillo hacia su cubículo. Como un imán, sus ojos se desviaron de reojo hacia el área de carga. Ahí estaba Rogelio.
Verlo trabajar era entender por qué era tan disciplinado: levantaba cajas pesadas con una facilidad insultante, sus brazos marcados por el esfuerzo físico del gimnasio y las pocas horas de sueño. Nadie podía negar que era el mejor en lo suyo; se movía con una eficiencia brutal, sin pedir ayuda, proyectando esa imagen de hombre autosuficiente que tanto se esmeraba en proteger.
Dante entró a la cocineta y, casi por instinto, encendió la cafetera. Con movimientos mecánicos pero cuidadosos, dejó el azúcar y la leche justo al alcance de la mano. Sabía que Rogelio entraría en cualquier momento por su dosis de cafeína y no quería que tuviera que buscar nada. Era un gesto invisible, una atención silenciosa que Rogelio probablemente ni siquiera agradecería en voz alta, pero que a Dante le servía para sentirse cerca de él, incluso en la luz pública de la oficina.
—Quise llamarte por la noche para ir a un bar pero no respondiste —la voz de Yoshira rompió su concentración, haciéndolo saltar ligeramente—. Tres veces te marqué, wey.
Dante sintió una punzada de culpa, pero la ocultó rápido bajo una máscara de cansancio. Lo cierto era que había visto vibrar el celular sobre la mesita de noche mientras esperaba el mensaje de Rogelio, y no iba a permitir que nada, ni siquiera su mejor amiga, interrumpiera la posibilidad de ese encuentro.
—Estoy durmiendo temprano —mintió Dante, sin mirarla a los ojos mientras servía el café—. Ya sabes que no me gustan los lugares muy concurridos y con ruidos fuertes, me engentan.
Yoshira le entrecerró los ojos, analizando su postura. Ella lo conocía lo suficiente para saber que algo no cuadraba, pero antes de que pudiera presionar más, el sonido de las botas de Rogelio se escuchó acercándose a la cocineta.
Dante sintió cómo se le tensaba la espalda. Ahí estaba el dilema de su vida: fingir que no pasaba nada frente a los demás, mientras el olor a café y el recuerdo de las tres de la mañana lo quemaban por dentro.
El ambiente en la cocineta cambió en cuanto Rogelio cruzó el umbral. Entró con esa energía arrolladora que parecía llenar todo el espacio, ignorando el cansancio de una noche casi sin sueño.
—¡Qué onda! —saludó con una sonrisa fácil, aunque el sudor ya marcaba su camisa blanca, manchada por el polvo de las cajas y el esfuerzo del almacén.
Yoshira, que siempre tenía una respuesta lista, lo saludó con la confianza de quien lleva tiempo trabajando hombro con hombro. —Quedaste muy puntual de asistir con los de almacén al bar del centro y ni tus luces —le reclamó en tono de broma—. Sabía que no irías, por eso mejor ni te marqué ni nada. ¿Alguna vez piensas divertirte, o vas a ser un santo toda la vida?
Rogelio soltó una carcajada limpia, la clase de risa que convencía a cualquiera de su honestidad. —Tengo una rutina muy estricta, Yoshi. No puedo desvelarme. Salgo muy temprano al gym, luego ayudo a mis padres a abrir su taller y me vengo rápido para acá. El tiempo no me da para andar de vago.
Dante escuchaba desde el fregadero, apretando la taza entre sus manos. “No puedo desvelarme”, repitió mentalmente. La ironía le escocía en la garganta. Rogelio mentía con una fluidez asombrosa, borrando las horas que habían pasado juntos en la oscuridad como si nunca hubieran existido.
—Supe por Scarlet que te ascenderán a encargado de almacén —soltó Yoshira con un guiño cómplice. —Es algo que se dice —respondió él, restándole importancia, aunque el brillo de ambición en sus ojos lo delataba.
Rogelio tomó la taza de café que Dante le había dejado lista, agradeciendo en silencio la temperatura perfecta y el azúcar exacto. Mientras soplaba el humo del café, sus ojos buscaron instintivamente a Dante sobre el borde de la taza, buscando esa conexión silenciosa que compartían.
Pero el lugar junto a la cafetera estaba vacío.
Dante se había marchado aprovechando el intercambio de palabras entre ellos. Se había deslizado fuera de la cocineta como una sombra, sin que siquiera Yoshira notara su ausencia. Rogelio se quedó ahí, con el sabor del café dulce en la boca y una extraña sensación de vacío, dándose cuenta de que, aunque él controlaba los tiempos de sus encuentros, no siempre podía controlar la presencia de Dante cuando él lo deseaba.
El reloj de la oficina marcó la salida y Dante fue el primero en desaparecer. No quería ver a Rogelio cargando más cajas, ni escucharlo reír con Yoshira sobre rutinas de gimnasio que eran solo una cortina de humo.
Ya en la seguridad de su pequeño departamento, el silencio se sintió como un alivio. Dante no encendió la televisión; no necesitaba más ruido. Se preparó un té, se sentó frente a su escritorio y dejó que el brillo de la pantalla fuera la única luz en la habitación. Sus dedos, que habían estado tensos todo el día, se relajaron sobre el teclado.
Dante comenzó a escribir. No escribía sobre dragones ni naves espaciales; escribía sobre un hombre que vivía dos vidas. En su historia, el protagonista era un guerrero de mármol que, al salir el sol, olvidaba el calor de las manos que lo habían sostenido en la madrugada.
“Se mira al espejo y solo ve músculo y disciplina,” tecleó Dante, con la mirada fija en el cursor parpadeante. “Pero el mármol no siente, y él ha decidido ser de piedra para no tener que admitir que el café que bebe cada mañana tiene el sabor de una traición a sí mismo. Prefiere llamarlo ‘experiencia’ antes que llamarlo ‘amor’, porque la palabra amor le queda grande a quien vive escondido tras el peso de unas mancuernas.”
Dante se detuvo. Sus propias palabras le calaron. Estaba usando su libro para diseccionar a Rogelio, para entender por qué alguien tan fuerte podía ser, al mismo tiempo, tan cobarde.
Cerró los ojos un momento e imaginó la escena: la cámara enfocando el rostro de un actor que lograra captar esa mezcla de arrogancia y miedo que veía en Rogelio. Imaginó los créditos pasando sobre una música melancólica mientras el público de una plataforma de streaming se preguntaba si el protagonista finalmente aceptaría quién es.
—Algún día —susurró para sí mismo.
Ese libro era su venganza silenciosa y su único refugio. En el papel, él era quien tenía el control. En el papel, Dante no era el chico con sobrepeso que Rogelio ignoraba en la oficina; era el autor de una verdad que Rogelio no se atrevía a nombrar.
La vibración del celular sobre el escritorio de madera rompió el trance. Dante no tuvo que mirar la pantalla para saber quién era; el ritmo del zumbido parecía tener la misma urgencia violenta que los movimientos de Rogelio en la cama.
21:45 PM - Mensaje de Rogelio:
“No puedo dormir. El entrenamiento de hoy me dejó eléctrico. ¿Estás despierto?”
Dante observó el cursor parpadeando al final del párrafo donde acababa de llamar a Rogelio “cobarde”. El contraste entre el hombre de mármol de su novela y el hombre de carne que enviaba mensajes nocturnos cuando la soledad le apretaba el pecho era casi poético.
Dante no respondió de inmediato. Quería saborear ese pequeño gramo de poder: el poder de hacerlo esperar. Pero la resistencia le duró apenas tres minutos.
“Sí.” Escribiendo…
La respuesta fue instantánea, como si Rogelio hubiera estado sosteniendo el teléfono contra su rostro.
“Voy para allá. No te tardes en abrir.”
Quince minutos después, el sonido de la llave no llegó, pero sí el golpe rítmico en la puerta. Cuando Dante abrió, Rogelio entró sin pedir permiso, vistiendo una sudadera gris que remarcaba sus hombros y el olor a aire nocturno pegado a la piel. No traía la mirada altiva de la oficina; traía los ojos oscuros, cargados de esa ansiedad que solo saciaba de una forma.
Rogelio ni siquiera se quitó la sudadera antes de acorralar a Dante contra el borde del escritorio, desplazando peligrosamente la laptop. —¿Qué tanto escribes, he? —preguntó Rogelio, su aliento rozando la oreja de Dante—. Siempre estás en ese mundo de fantasía. Deberías salir más, meterte al gym conmigo. Te hace falta firmeza.
Dante sintió el pinchazo de la humillación habitual, pero esta vez, con el documento de su novela abierto a espaldas de Rogelio, sintió una chispa de audacia. —Escribo sobre la gente que miente —soltó Dante, manteniendo la mirada—. Sobre los que dicen que el café les gusta solo, pero se lo beben con dos de azúcar porque así se los preparan.
Rogelio se quedó helado un segundo. La referencia al gesto de la mañana en la cocineta fue un golpe directo al plexo solar de su negación. Sus ojos se entrecerraron, la mandíbula se tensó y, por un instante, Dante creyó que se marcharía indignado.
Pero Rogelio no se fue. En su lugar, soltó una risa seca y forzada. —Te pones muy intenso cuando escribes. Por eso me gustas, Dante... porque eres el único lugar donde no tengo que ser el jefe de nadie.
Lo que siguió no fue la “experiencia” mecánica de la madrugada anterior. Rogelio estaba distinto. Sus manos, aunque fuertes, buscaban la piel de Dante con una desesperación que rozaba la súplica. En la penumbra del cuarto, mientras la pantalla de la computadora entraba en modo de espera y se apagaba, Rogelio se hundió en el cuello de Dante, ocultando su rostro.
—Mañana es la junta para lo del ascenso —susurró Rogelio contra su piel, su voz apenas un hilo—. Mis padres ya le dijeron a medio barrio que voy a ser el encargado. Si no me lo dan...
Dante sintió, por primera vez, el peso real de la armadura de Rogelio. No era solo vanidad; era el terror absoluto a decepcionar una narrativa que él no había escrito, pero que estaba obligado a protagonizar.
Dante lo abrazó. Fue un gesto instintivo, el mismo que había imaginado en su libro. Por un momento, el “joto” y el “atleta” desaparecieron, dejando solo a dos hombres aterrados por la realidad que los esperaba al cruzar la puerta.
Al día siguiente, el centro comercial lucía más brillante de lo normal. Rogelio caminaba por los pasillos con la espalda más recta que nunca, saludando a los gerentes con una seguridad que rayaba en la arrogancia. Había enterrado la vulnerabilidad de la noche anterior bajo capas de gel para el cabello y una loción cítrica penetrante.
Dante lo observaba desde lejos, sentado en su cubículo. Abrió su archivo de notas y añadió una línea nueva:
“El ídolo necesita que lo adoren de día para poder llorar de noche. Y yo soy su único altar, aunque él me trate como si fuera el polvo de sus pies.”
Yoshira se acercó, dejando un expediente sobre su mesa. —Viste a Rogelio, ¿verdad? —preguntó ella, bajando la voz—. Está insoportable. Cree que ya tiene el puesto en la bolsa. Scarlet me dijo que el gerente regional está aquí para la entrevista.
Dante asintió en silencio, pero su atención se desvió cuando vio a Rogelio entrar a la oficina del gerente. Rogelio le lanzó una mirada fugaz a Dante a través del cristal. No fue una mirada de complicidad, ni de afecto. Fue una mirada de advertencia.
“No me conoces”, decían sus ojos. “Anoche no pasó“.
Dante sintió una náusea familiar, pero luego recordó el peso de su laptop en la mochila. Rogelio podía ganar el ascenso, podía tener los músculos perfectos y el respeto de sus padres, pero Dante tenía algo más peligroso: tenía la historia.