EL GUIÓN DE LOS AUSENTES

All Rights Reserved ©

Summary

​"Yo no le pedí que matara. Solo le enseñé a mirar el mundo como una obra de arte." ​Un maestro de las palabras, un hombre cuya elocuencia es tan afilada como un bisturí. Julián era solo un chico roto, una página en blanco buscando un autor que le diera sentido a su existencia. ​Sentado en una fría sala de interrogatorios, Belial se enfrenta a la pregunta que definirá su destino: ¿Es un mentor incomprendido o el arquitecto de un monstruo? ​A través de sus recuerdos, descubriremos cómo unos simples consejos "estéticos" se convirtieron en el guion de un crimen perfecto. Porque en el juego de la manipulación, el verdadero asesino nunca es el que aprieta el gatillo, sino el que escribe la historia. ​¿Hasta dónde llega la influencia de un maestro? ¿Dónde termina la admiración y comienza la locura?

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: El Ruido de las Luces

La luz de esta sala es un insulto. Es un blanco quirúrgico, de esos que despojan a la piel de cualquier matiz de vida y convierten las ojeras en zanjas. La inspectora Ramos —he leído su placa con esfuerzo, la tipografía es espantosa— se sienta frente a mí con la rigidez de quien cree que el silencio es una herramienta de tortura. No lo es. El silencio es, simplemente, falta de imaginación.

—¿Café? —pregunta ella. Su voz tiene la textura de la lija fina.

—Solo si es café de verdad, inspectora. Sospecho que lo que tienen en esa máquina es castigo líquido. Paso.

Ella no sonríe. Me observa como quien disecciona un espécimen que no termina de encajar en su catálogo de monstruos. Yo, por mi parte, trato de ignorar el zumbido del transformador en el techo. Es un Do sostenido constante que me está dando jaqueca.

—Hablemos de Julián —dice ella, abriendo una carpeta de cartulina gastada.

Julián. El nombre evoca en mi mente una imagen muy distinta a la que ella debe tener en sus informes. Yo veo a un muchacho de hombros caídos y mirada huidiza, un lienzo en blanco que pedía a gritos un poco de perspectiva. Ella, en cambio, ve un expediente.

—Era un diamante en bruto —digo, acomodándome en la silla de metal. Es fría y me obliga a mantener una postura que, afortunadamente, proyecta seguridad—. Aunque, siendo honestos, al principio era más bruto que diamante. Tenía esa timidez pegajosa que repele a las mujeres. Yo solo le enseñé a caminar con peso, a mirar sin pedir permiso. Le enseñé que la seducción no es un ruego, sino una oferta que nadie debería querer rechazar.

—Le enseñó "intensidad", según sus propios mensajes —Ramos saca una hoja impresa. El papel térmico brilla bajo la fluorescencia—. "No dejes que se escape el momento", le escribió usted el viernes a las diez de la noche. "Haz que te recuerde para siempre".

Cierro los ojos un segundo. Visualizo ese viernes. El aire era fresco, ideal para un abrigo de lana fina. Yo estaba en mi terraza, bebiendo un Malbec y guiando a mi discípulo por teléfono.

—Es una metáfora, inspectora. El romanticismo ha muerto porque gente como usted ha olvidado cómo usar las palabras. "Para siempre" es una aspiración estética. Significa dejar una huella en el alma, un aroma, una frase bien dicha bajo la luz de una farola.

—Esa noche, Julián salió con Elena S. —Ramos ignora mi digresión poética—. Elena no recuerda la farola. Lo que recuerda es despertarse en un descampado con el cuerpo lleno de moretones y sin saber cómo llegó allí.

Siento un pequeño tic en mi párado izquierdo. La vulgaridad de la realidad siempre intenta manchar mis recuerdos.

—Eso es... lamentable —admito, bajando la voz lo justo para parecer empático—. Pero usted no puede culpar al arquitecto porque el edificio se caiga años después. Yo le di los planos de la confianza. Si él decidió usar esos cimientos para construir un calabozo, es una decisión que escapa a mi tutela. Yo le hablé de vestidos rojos y cenas a la luz de las velas. Le hablé de la conquista como un baile.

La inspectora Ramos desliza una fotografía por la mesa de metal. No es una foto de una cena. No hay velas. Es un zapato de tacón rojo, abandonado en el barro. Está roto. Cerca, hay una tira de cinta americana con restos de cabello rubio.

—Julián dice que usted estaba al teléfono durante la "conquista" —dice ella, inclinándose hacia delante—. Dice que usted le iba marcando el ritmo. Que cuando ella intentó irse, usted le dijo: "La seguridad es no aceptar un no por respuesta". ¿Es esa su arquitectura, o es su guion?

Miro el zapato en la foto. Es un modelo precioso, una lástima que esté tan sucio. Siento el peso de su mirada, pero no me quiebro. Mi conciencia es una habitación perfectamente ordenada donde este tipo de suciedad no tiene cabida.

—Julián siempre fue un alumno demasiado literal —respondo, y por primera vez, mi voz suena tan fría como la mesa—. Pero dígame, inspectora... ¿no es la justicia, en el fondo, otra forma de querer tener siempre la última palabra?