Chapter 1
Capítulo 1: El eco en la pared
La casa de la abuela olía a tiempo detenido y a cedro viejo. Para Morgan, era el lienzo perfecto para empezar de nuevo. Después de que sus hijos emprendieran sus propios vuelos y el silencio de la viudez se instalara en su rutina, aquella vieja estructura en ruinas no era una carga, sino un refugio.
Esa tarde, Morgan se sentía llena de una energía inusual. Había decidido que la habitación más amplia, la que recibía la luz dorada del atardecer, sería su nuevo taller de costura. Pero primero, había que sanar las heridas de la casa. La humedad había reclamado una de las paredes principales, inflando el friso como si la estructura intentara respirar.
Puso su música favorita a todo volumen. La melodía llenó el vacío de las habitaciones desiertas. Con una espátula en una mano y el ritmo en el cuerpo, Morgan comenzó a raspar. En un arranque de alegría, usó la herramienta como micrófono, improvisando un concierto privado entre nubes de polvo de cal. Bailó un paso de vals, giró con los ojos cerrados y, al retomar el trabajo, dio un golpe firme en el centro de la mancha de humedad.
El sonido fue distinto. No fue el golpe seco del ladrillo, sino un crujido hueco.
Un trozo grande de friso se desprendió de golpe, cayendo sobre sus pies en medio de una explosión de polvo grisáceo. Morgan retrocedió, tosiendo, esperando ver tuberías oxidadas o quizás un nido de insectos. Pero cuando la bruma de cal se asentó, lo que vio la dejó sin aliento.
Encajonada en un nicho perfecto dentro del muro, había una caja de madera oscura, tallada con flores que parecían moverse bajo la luz. Al abrirla, el corazón le dio un vuelco. No eran solo papeles viejos. Eran sobres de un papel grueso, amarillento, escritos con una caligrafía elegante y firme.
Tomó el primer sobre. En el frente, con una tinta negra que parecía brillar a pesar de los años, se leía una sola palabra:
"Para Morgan".
Sintió un escalofrío. Su abuela había muerto décadas antes de que ella naciera. Nadie en la familia sabía por qué su madre había elegido ese nombre. Morgan rompió el sello de cera roja y leyó la primera línea: "Sé que hoy has decidido arreglar el taller, Morgan. Deja la espátula. Es hora de que aprendas a coser el destino".Capítulo 2: Visitantes y PresagiosMorgan apenas tuvo tiempo de ocultar la bobina de hilo rojo en su bolsillo cuando el golpe en la madera volvió a sonar, más insistente. Con el corazón acelerado, caminó hacia la entrada. Al abrir, se encontró con una mujer pequeña, de unos setenta años, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos astutos.—¡Bienvenida al barrio, muchacha! —exclamó la mujer, extendiendo un plato con trozos de torta tapados con una servilleta—. Soy Ana, vivo justo en frente. Vi movimiento y no pude evitar acercarme. Hace años que nadie pisaba este suelo.Sin esperar invitación, Ana dio un paso hacia el recibidor. Sus ojos, rápidos como los de un pájaro, recorrieron cada rincón hasta posarse en la mesa vieja donde descansaba la caja de madera abierta.—Sí, gracias... Mi nombre es Morgan —respondió ella, tratando de bloquear la vista hacia el taller—. Hace unos días supe que heredé esto de mi abuela materna.Al escuchar el nombre, Ana se quedó rígida. El plato de torta tembló ligeramente en sus manos. Miró a Morgan de arriba abajo, como si buscara una marca o un parecido oculto."O sea que la vieja no estaba loca... tenía razón", pensó Ana, sintiendo un escalofrío.Con una familiaridad incómoda, Ana se acercó a la mesa y pasó su mano arrugada por el borde de la caja. Morgan notó que la mujer no tocaba la madera, sino que parecía sentir la energía que emanaba de ella.—Así que Morgan... —susurró Ana, recuperando la compostura con una sonrisa forzada—. Bueno, Morgan, un consejo de vecina: en esta casa, las paredes oyen y los hilos cuentan historias. No dejes que se enreden.Sin decir más, la señora Ana dio media vuelta y salió de la casa con una prisa inusual, dejando a Morgan con el plato en las manos y una sensación de frío en la nuca.Morgan cerró la puerta con llave y regresó a la caja. Pero al mirar dentro, soltó un grito ahogado. Sobre el sobre que acababa de leer, había aparecido una nueva nota que antes no estaba ahí. No era papel viejo; la tinta negra parecía fresca y todavía húmeda, como si alguien la hubiera escrito mientras ella hablaba con la vecina.Solo decía cinco palabras: "No confíes en el dulce".