Capítulo 1 – El parque
Me llamo Alma y escribo porque, durante mucho tiempo, nadie me preguntó cómo estaba. No lo digo como un reproche. Simplemente fue así. En mi casa las cosas funcionaban, las rutinas se cumplían y los días pasaban sin sobresaltos. Desde afuera, todo parecía normal. Pero adentro, muy adentro, había una sensación constante de estar de más, de ocupar un espacio que nadie había pedido llenar.
Aprendí temprano a no hacer ruido. A no pedir demasiado. A no decir cuando algo me dolía, porque siempre había razones más importantes para preocuparse. Así fui guardando emociones en lugares que no sabían sostenerlas, hasta que un día el pecho se me llenó tanto que necesitó una salida.
Ahí apareció la escritura. No fue algo bonito ni planeado. No hubo inspiración ni momentos mágicos. Solo una tarde en que me senté con un lápiz en la mano y escribí lo primero que sentía, sin pensar si estaba bien o mal. Me di cuenta de que, mientras escribía, el mundo se detenía un poco. Que las palabras hacían menos ruido que los pensamientos.
Escribir no solucionaba nada, pero me permitía seguir. Con el tiempo, las frases sueltas se transformaron en versos. No poesía como la que se estudia en libros, sino poesía como la que nace cuando el silencio pesa demasiado. Compré un cuaderno sencillo y empecé a llenarlo de emociones que no sabía decir en voz alta. Ese cuaderno se convirtió en mi lugar seguro, en el único espacio donde no tenía que fingir.
Había días en que sentía que, si alguien lo leía, podría entenderme mejor que las personas que me rodeaban. Y otros en que me daba miedo pensar que alguien pudiera hacerlo. El parque llegó después, cuando la casa empezó a quedarme chica.
No pasó de un día para otro. Fue una suma de tardes largas, de silencios incómodos, de sentir que el aire dentro de esas paredes se volvía cada vez más pesado. Necesitaba salir, caminar, sentir que el mundo era más grande que mis pensamientos. Elegí ese parque porque no era especial, porque no aparecía en fotos ni en recomendaciones. Porque nadie parecía fijarse en él. Ni en mí.
La primera vez que me senté en esa banca no llevaba el cuaderno. Solo observé. El ruido de la ciudad se escuchaba lejano y el movimiento de las personas tenía algo hipnótico. Volví al día siguiente, y al otro, hasta que entendí que ese lugar me daba algo que no encontraba en ningún otro: anonimato. Ahí podía existir sin explicaciones.
Siempre elegía la misma banca, bajo un árbol que perdía las hojas antes que los demás. Me gustaba mirarlo y pensar que no era el único cansado de sostener cosas. Me sentaba con el cuaderno sobre las piernas y respiraba profundo, como si recién ahí pudiera hacerlo de verdad.
Observaba a las personas pasar. No para juzgarlas, sino para entenderlas. Una pareja que discutía sin mirarse, un hombre mayor que parecía esperar algo que no llegaba, una niña que corría sin miedo a caer. Yo los miraba y les inventaba historias. Les regalaba nombres, pasados, finales posibles. Escribir sobre otros era más fácil que escribir sobre mí.
Abría el cuaderno con cuidado, como si al hacerlo despertara algo delicado. Mis poemas eran desordenados, a veces contradictorios. Hablaban del miedo, del rechazo, de la sensación constante de no ser suficiente. No buscaban rimar ni sonar bonitos. Solo necesitaban existir.
“Aprendí a callarantes de que me dijeran que sentir tanto no era normal.”
Leía mis propias palabras y sentía alivio. Y culpa. Alivio por sacar afuera lo que dolía. Culpa por pensar que tal vez exageraba, que quizás no tenía derecho a sentirme así. Aun así, seguía escribiendo. Porque escribir era lo único que me hacía sentir real.
Por eso iba al parque y no me quedaba en mi pieza. Porque ahí nadie me conocía. Porque ahí nadie esperaba una versión distinta de mí. Porque entre árboles, bancas viejas y desconocidos, mi voz se sentía menos juzgada.
A veces el viento movía las hojas del cuaderno y yo lo dejaba hacerlo. Me gustaba imaginar que incluso él quería leerme, que mis palabras no estaban tan solas como yo pensaba. Sonreía ante esa idea y volvía a escribir.
Nunca imaginé que alguien más pudiera hacerlo de verdad. Nunca pensé que mis versos, esos que nacían del miedo y la necesidad, encontrarían a otra persona. Mucho menos a alguien capaz de hacerme sentir liviana, como si la gravedad dejara de existir por un instante.
Ese día me quedé más tiempo del habitual. El cielo comenzó a oscurecerse y las luces del parque se encendieron una a una. Cerré el cuaderno despacio, como si guardara algo frágil que aún no estaba lista para mostrar.
Me levanté de la banca con la sensación de haber dejado algo atrás, aunque no supe qué. Caminé de regreso a casa con el cuaderno apretado contra el pecho, sin saber que ese parque, ese hábito y esas palabras estaban a punto de cambiarlo todo.
Todavía no lo sabía, pero ahí, entre hojas secas, silencios largos y versos torcidos, comenzaba mi historia.