Capítulo I: El silencio de los inocentes.
La espiral de plata aún relucía en su uniforme cuando cruzó la zona de Conteo del hospital. Era el tercer Conteo del mes. Demasiados.
El número de personas crecía sin pausa, sobre todo entre la población marginada. Más nombres, más marcas en las planillas, más noches de hogueras.
No le gustaba presenciar aquellos rituales legalizados. El corazón se le desbocaba en el pecho cada vez que atravesaban las cortinas de fibra hacia los largos pasillos grises. Pero Michelle, su esposa, no soportaba regresar sola después de aquellas noches de Trámites de Conteo.
Extraños escalofríos le recorrían la columna y, por más cerca que durmieran del radiador térmico, siempre despertaba temblando en la cama, fría como un témpano, las manos y la frente sudorosas. Entonces él la acompañaba, diciendo bromas torpes que solo ella entendía. Julius era mejor haciendo bromas. Él no.
Se detuvo en los baños frente al espejo. Examinó las ojeras bajo sus ojos castaños, el cabello café enmarañado, el uniforme desteñido. El olor del desecho humano se le incrustó en la nariz.
No vio a un hombre cansado: vio a alguien que ya estaba acostumbrado a todo.
Deslizó una de esas pastillas energizantes bajo la lengua, obligándose a permanecer despierto. Le esperaba otra larga noche de horas extras.
La Academia de Adam no se pagaría sola. Seis meses.
Solo seis meses le quedaban para reunir la cifra de al menos los dos primeros años de Academia, después solo faltarían catorce años de turnos dobles, de tragarse pastillas y fingir que el cansancio no se le estaba comiendo por dentro.
Recordó sus días de Academia, cuando tenía menos preocupaciones, cuando se escondía con sus amigos de los guardias para explorar túneles prohibidos, cuando sus padres aún vivían.
Ahora, como padre, lo entendía todo: las noches sin dormir, el agotamiento marcado en la piel, la enfermedad avanzando sin permiso, la impotencia.
Tenía que ser fuerte. Quizás ese era el destino de todos.
Se enderezó, se traqueó el cuello y los nudillos, sacudió su uniforme color bronce de las esporas que la fibrosa planta de Fuligineus había dejado adheridas y regresó a la sala de espera.
Sospechaba que algo no iba bien. La confirmación llegó cuando vio a Michelle avanzar casi corriendo hacia él, la bata blanca rozando el suelo.
—Te necesito allá atrás, Evan —susurró al oído, lanzándose a sus brazos y besándole la mejilla.
Su silencio fue el sí que ella esperaba.
Cada pasillo estaba más vacío que el anterior. Las escaleras, más frías. El olor antiséptico mezclado con humedad le calaba los huesos.
Escalones. Escalones. Escalones.
La gran puerta verde.
Las cortinas de fibra.
Había muchas más personas de las que había imaginado. Y no solo marginados. Tampoco solo ancianos.
Sus pasos se detuvieron de golpe.
Al final del círculo, separados del resto, había niños.
No gritaban. No lloraban. Se abrazaban entre ellos como si eso pudiera volverlos invisibles.
—No… —intentó decir Evan.
Michelle lo calló con un beso y lo arrastró hacia la oficina de radiografías.
El trabajo era sencillo. Un chequeo médico básico a quienes serían conducidos a los hornos humanos que calentaban la atmósfera del refugio, cada vez más gélida.
Antes, debían extraerse los órganos sanos y reutilizables. Y gran parte de la sangre, destinada a estudios científicos y desarrollo alimenticio.
Evan era en aquellos casos el secretario. El que rellenaba formularios con los datos que Michelle dictaba.
Lo había hecho demasiadas veces, ignorando súplicas, cerrando oídos.
Pero aquellos niños…
Aquellos niños no.
Se sentó frente a la pila de planillas. Papel orgánico. Piel procesada. Unas doscientas hojas.
Apretó los puños hasta que las uñas le perforaron las palmas. Tomó el bolígrafo.
—Estoy listo —masculló.
Paciente del género femenino. 48 años. Físicamente apta.
Órganos reutilizables: riñón izquierdo, pulmones.
Paciente del género masculino. 35 años.
Todos los órganos viables.
Paciente de género femenino. 15 años. Todos los órganos viables.
Paciente del género masculino. 7 años.
Sangre O+.
Todos los órganos viables.
El bolígrafo quedó suspendido en el aire.
Las manos le sudaban como manantiales —una ironía cruel en un mundo donde nunca había visto más agua que la del grifo. Cuatro planillas quedaron inservibles.
La tinta se agotó justo cuando un niño de tres años entraba al cilindro de cristal que revelaba el interior del cuerpo mediante radiaciones.
En sus ojos no había miedo aún, solo la confianza absurda de quien no sabe que va a morir.
No lo soportaba más, salió corriendo.
Los pasillos eran idénticos, irreconocibles, infinitos. Sus pies avanzaban con la seguridad de lo desconocido y el mismo valor de los pálidos insectos que corrían desbocados cuando prendía las luces de su baño. Aun así, se detuvo al ver a un hombre y una mujer recibiendo una paga de manos de unos doctores.
La ropa rota los delataba. Marginados.
Y solo podían recibir aquella paga por una razón.
Habían vendido a sus hijos.
Y el sistema lo llamaba equilibrio.