Capítulo 0
El club nocturno vibraba con una energía eléctrica. No era la típica despedida de soltero barata; Mei Mei se había encargado de que fuera el lugar más exclusivo de la ciudad. El aire estaba saturado de feromonas de Alfas dominantes y Omegas premium, una mezcla densa de licor caro, humo de cigarro y perfumes de diseñador.
En la mesa principal, Suguru Getō se mostraba genuinamente feliz por la sorpresa de sus amigos. A su lado, Nanami bebía un whisky con su elegancia habitual, Shoko compartía bromas pesadas con Mei Mei, y Yuta mantenía una sonrisa amable pero alerta. Y luego estaba Satoru.
El Alfa más codiciado de la ciudad parecía un niño pequeño al que le habían quitado su juguete favorito. Suspiraba dramáticamente, hundido en el sillón de cuero negro, mirando su teléfono cada cinco segundos con expresión de mártir.
—Es el décimo rechazo de Megumi en una semana— se lamentó Satoru, ignorando por completo el ambiente festivo de las mesas de alrededor. —Le envié flores, un collar de diamantes, incluso reservé un restaurante completo solo para nosotros... y me bloqueó. ¿Qué tendrá ese otro alfa que no tenga yo?— preguntó sin esperar respuesta, sin tener la menor idea de que el mencionado "otro alfa" estaba sentado a escasos metros de él.
—Ya, Satoru, nos estás arruinando la noche— espetó Nanami con fastidio.
—La noche ya está arruinada, Nanami—expresó el oji-azul con un tono infantil.
—Desde que Mei Mei no pudo conseguir el área VIP solo para nosotros. Es más, ¿por qué no pudiste reservar el lugar completo, MeiMei?—
La alfa peliplateada, que estaba bromeando con Shoko, volteó a ver a Gojō con una mirada de arrogancia y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Bueno, mi querido Satoru, la razón es simple: el bailarín principal solo se presenta los días sábado y solo hace una actuación. El dueño no cerraría el club ni por todo tu oro.—
Todos se quedaron sorprendidos, pero Satoru solo rodó los ojos, volviendo su atención a la pantalla de su celular.
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Mientras tanto, en los camerinos, un omega pelirosa de ojos color miel luchaba con las sedas del vestuario. A su lado, su hermano gemelo, Sukuna, observaba con gracia la pelea de Yuuji con los adornos.
—Ahora explícame de nuevo por qué yo debo reemplazar a Choso, si fuiste tú el que se ofreció para cubrirlo— gruñó Yuuji, ajustándose una cadena de oro.
—Mira, mocoso, la razón es simple: yo nunca imaginé que Choso trabajara de bailarín, pensé que era mesero. Además, él y tú son omegas; si yo salgo a ese escenario, todos notarán que soy un alfa en el primer segundo.
Yuuji soltó un suspiro cansado. Solo lo hacía porque Choso se había fracturado la pierna mientras ensayaba y no quería que perdiera su empleo. Después de varios intentos, por fin estaba listo.
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—¡Atención a todos!— la voz del presentador retumbó, cargada de misterio.
—Esta noche, recibamos directamente desde los desiertos del alma a: ¡El Amanecer de Ámbar!—
Un silencio espectante e íntimo cayó sobre la sala. Satoru ni siquiera levantó la vista; estaba redactando un mensaje de disculpa para Megumi. Pero entonces, la música cambió. El ritmo de los darbukas y los laúdes árabes llenó el lugar, rápido y sensual.
Yuuji salió al escenario. El disfraz de Choso le quedaba ajustado, resaltando sus músculos definidos y ágiles. Llevaba el torso casi al descubierto, adornado con cadenas de oro que tintineaban con cada movimiento de cadera. Su rostro estaba oculto por una paleta de seda y una mascarilla que solo dejaba ver sus ojos: grandes, dorados y brillantes.
—Vaya...— murmuró Nanami, enderezándose. Su instinto de alfa reaccionó de inmediato ante el aroma de ese omega: algo parecido al sol y a la canela.
Yuuji comenzó a moverse con un control absoluto, hechizando a todos. Yuta, sin embargo, notó la diferencia de inmediato. Ese no era Choso. Una chispa de preocupación cruzó su mente, pero decidió esperar para investigar.
Satoru, fastidiado por el tintineo de las monedas, finalmente levantó la vista. Al principio iba a quejarse, pero cuando sus ojos azules chocaron con la mirada dorada sobre el escenario, sintió algo familiar que lo dejó mudo.
Ignorando la intensidad de esa mirada, Yuuji bajó del escenario y se acercó a la mesa VIP como parte de la coreografía. Se detuvo justo frente a Satoru, haciendo vibrar sus hombros con una destreza que dejó al peliblanco conteniendo la respiración. Satoru estaba hipnotizado por la curva de su cintura y el brillo del sudor sobre su piel canela, olvidando por un instante lo que estaba haciendo.
Tras la presentación, un suspiro colectivo llenó el club. Los Alfas liberaron sus feromonas sin control, embriagados por el rastro de sol y canela que el bailarín había dejado en el aire. Ese omega era el deseo de todos, pero el misterio era su mayor protección: nadie sabía su nombre real ni cómo era su rostro bajo la seda. Solo les quedaba la opción de volver el próximo sábado con la esperanza de ser elegidos por su mirada dorada.
En la mesa principal, Getō disfrutaba cada segundo de su soltería, pero Satoru, siempre observador, notó algo extraño.
Cuando el bailarín se había acercado, la sonrisa amable de Yuta se había desvanecido, siendo reemplazada por una seriedad gélida. Mientras las mesas aledañas lloraban por no haber tenido al "Amanecer de Ámbar" cerca, Okkotsu parecía estar librando una batalla interna.
La fiesta continuó en un área privada, aunque se les negó la compañía del bailarín principal bajo la excusa de que él no hacía servicios exclusivos. Entre tragos y chistes pesados de Shoko y Mei Mei, la noche llegó a su fin.
Shoko, la conductora designada, se llevó a los más ebrios. Yuta se despidió rápidamente diciendo que se iría por su cuenta, y Satoru, que apenas había probado el alcohol, mintió diciendo que tomaría un taxi. En realidad, el peliblanco tenía un presentimiento. Siguió con sigilo a su primo hacia la parte trasera del recinto, ocultándose en las sombras para escuchar la conversación.
—Okkotsu, ¿qué haces aquí? ¿No te dijo mi hermano que te alejaras de él?— la voz de Sukuna sonó cargada de molestia.
—Qué gracioso, Sukuna. Sé perfectamente quién bailó hoy— respondió Yuta, con una preocupación evidente en su voz.
—Solo vine a preguntar por qué no está aquí. ¿Le pasó algo?—
—¿Qué no escuchaste? Déjalo en paz. Tú estás con Fushiguro— escupió el alfa pelirosa con desprecio.
Satoru se quedó estático tras la pared. La confesión le golpeó como un balde de agua fría. Ahora entendía por qué Yuta desviaba la mirada cada vez que él le hablaba de sus intentos por conquistar a Fushiguro; se estaba burlando de él a sus espaldas. Su primo, el "bueno" de Yuta, estaba engañando a Megumi con el bailarín titular del club.
Una sonrisa retorcida apareció en el rostro de Gojō. Si quería conquistar a Megumi, solo debía mostrarle que su perfecto Yuta estaba interesado en alguien más. Era el plan maestro.
Esperó unos minutos hasta que vio salir a un chico de ojos color miel. Llevaba una gorra, cubrebocas y ropa holgada que ocultaba sus curvas, pero esos ojos dorados eran inconfundibles. Yuta intentó acercarse para preguntar por Choso, pero Sukuna se interpuso como una muralla.
—Ahora entiendo todo— pensó Satoru con arrogancia. —Yuta se puso celoso porque el bailarín se me acercó y me dedicó su mejor baile.—
Miró con desprecio la figura de Yuuji mientras este se alejaba con Sukuna.
—Qué idiota es Yuta. Yo jamás me fijaría en un omega que se vende cada noche en un escenario— murmuró Satoru, sintiendo una mezcla extraña de atracción rechazada y superioridad.
Se alejó de allí con el corazón acelerado por la ambición. Ahora que sabía quién era el "obstáculo" que le robaba la atención de su querido Megumi, haría lo que fuera necesario para evidenciar la traición de Yuta. Y cuando el oji-verde se enterara y su corazón se rompiera, Satoru estaría ahí para consolarlo.
✨Satoru ha trazado la línea de batalla sin saber que el enemigo real es su propio corazón. En este tablero de engaños y celos, la pregunta ya no es quién ganará, sino quién será el primero en quedar atrapado en la red de su propia mentira. Y algo es seguro: en este juego, caerá más de uno.








