Ser madre
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La taza de café se enfriaba, pero él seguía mirando esa mancha de moho en la pared. La que tantas veces le pedí que limpiara.
Anteayer cumplió catorce, se convirtió en todo un señor. Le regalé el buzo azul que tanto quería; lo llevaba puesto hoy. El que fregué a las dos de la mañana, antes de que llegaran los patrulleros.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Me tomé unos segundos para pensar, no sé si esa sala oscura era la definición de bienestar.
—¿Cómo estás vos?
—Mamá, no me cambies de tema.
—Tranquilo, no pasó nada.
No me respondió, ambos sabemos cómo están las cosas. Quiero decir algo. Pero él me esquiva la mirada antes de que pueda hacerlo.
—Mírame —le ordeno, agarrando su mandíbula.
—Tengo…
—No.
Creo que nos quedamos unos segundos así, hasta que noto sus ojos. Fijos en la escalera, sus pupilas dilatadas.
Lo solté.
Ni siquiera se volteó a verme; subió los escalones de dos en dos, casi corriendo.
Cuando agarré la taza, estaba helada. Incluso más que esa habitación.
La mancha en el puño del buzo no es café. Reconocería el color de esa cosa seca donde sea.
Tengo que lavarlo de nuevo.
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