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El hijo de Apolo y las Elfas

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Summary

En un bosque ancestral donde la luz del sol y las sombras de la noche libran una eterna danza, Kael, el semidiós hijo de Apolo, dotado de una belleza divina y un poder solar ardiente, se cruza con tres hermanas elfas de linaje antiguo: Liora la oscura, Sylvara la plateada y Elara la cobriza. Cada una porta una maldición distinta que amenaza con consumirlas, y solo el calor del heredero del dios del sol puede purificarlas. Lo que comienza como una misión de salvación se transforma rápidamente en un torbellino de deseo, poder y entrega mutua, mientras las fronteras entre curación y pasión se desdibujan bajo la luna y el fulgor dorado

Status
5mo ago
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La sombra de la arquera nocturna

El bosque de Lirien estaba envuelto en una niebla plateada esa noche, como si la luna misma hubiera derramado su luz demasiado cerca de la tierra. Entre los árboles antiguos caminaba Kael, semidiós hijo de Apolo, con el arco solar aún caliente en su espalda y el olor a ozono y jazmín pegado a su piel después de cazar un ciervo espectral que había estado aterrorizando las aldeas del valle.

No esperaba compañía.

Y sin embargo, ella estaba allí.

Apoyada contra un roble milenario, con la respiración agitada y una flecha rota en la mano, se encontraba Liora. Cabello negro como ala de cuervo cayéndole en mechones desordenados sobre los hombros desnudos, piel morena brillando bajo la luna, y esos ojos color obsidiana que parecían absorber toda la luz a su alrededor. Llevaba apenas retazos de tela oscura que alguna vez fueron una túnica de caza élfica: ahora rasgada en el muslo izquierdo, dejando al descubierto la curva peligrosa de su cadera y el tatuaje rúnico que serpenteaba hasta perderse bajo la tela mínima que cubría su sexo.

Kael se detuvo a diez pasos.

Ella lo miró de arriba abajo sin disimulo. La armadura ligera de cuero negro que él llevaba apenas contenía el volumen de sus pectorales y hombros; los músculos de sus brazos se marcaban con cada respiración, y la línea de su mandíbula parecía tallada por el mismo dios que le había dado la vida.

—Eres el hijo de Apolo —dijo ella. No era pregunta. Era constatación. Su voz tenía un timbre ronco, como si hubiera estado gritando o gimiendo hacía poco.

—Y tú eres la que lleva tres noches fallando el mismo disparo —respondió él con calma, dando un paso más cerca—. El ciervo espectral sigue vivo porque tu arco tiembla.

Liora soltó una risa corta y amarga.

—No tiembla el arco. —Levantó la mano que sostenía la flecha rota—. Tiembla esto.

Mostró la palma: una quemadura negra en forma de garra le cruzaba la piel, palpitante, infectada de magia oscura. Cada vez que intentaba tensar el arco, el dolor le arrancaba un gemido que ella intentaba disfrazar de gruñido.

Kael se acercó sin pedir permiso.

Se arrodilló frente a ella. El olor de su piel —sudor, cuero, y algo dulce y peligroso— lo golpeó de lleno. Liora no retrocedió. Solo lo observó mientras él tomaba su muñeca con dedos sorprendentemente gentiles para alguien de su tamaño.

—Esto es maldición de sombra —murmuró—. Necesitas que la sangre solar la queme desde dentro… o te va a consumir.

—¿Y cómo se supone que lo haga un hijo de Apolo? —preguntó ella, sarcástica, aunque su respiración se había acelerado cuando los pulgares de Kael trazaron círculos lentos sobre su piel intacta.

Él levantó la mirada. Sus ojos azules, casi luminosos, se clavaron en los de ella.

—Con calor. Mucho calor. —Su voz bajó un tono—. Y contacto prolongado.

Liora tragó saliva. El aire entre ellos se volvió denso.

—¿Me estás diciendo que tengo que… tocarte? —preguntó, aunque la forma en que sus pupilas se dilataron decía que ya había entendido perfectamente.

—No. —Kael se puso de pie lentamente, elevándose sobre ella como una torre de músculo y luz contenida—. Te estoy diciendo que tienes que dejar que yo te toque. Mucho. Hasta que la maldición se queme.

Ella soltó el aire en un jadeo corto.

—¿Y si digo que no?

—Entonces mañana por la noche estarás muerta —respondió él sin pestañear—. O peor: convertida en una de esas cosas que estás cazando.

Silencio.

Liora lo miró fijamente un segundo más. Luego, con un movimiento deliberado, se apartó del árbol y se acercó hasta que sus pechos casi rozaron el torso desnudo de él bajo la armadura abierta.

—Entonces tócame, semidiós —susurró, alzando la barbilla—. Quémame la maldición… y hazlo bien.

Kael no sonrió. Solo deslizó una mano por la nuca de ella, enredando los dedos en su cabello negro, y la otra por su cintura, atrayéndola contra su cuerpo con una fuerza controlada que hizo que Liora soltara un gemido involuntario al sentir la dureza de sus abdominales contra su vientre.

Bajó la boca hasta la quemadura en su palma y sopló suavemente. Un hilo de luz dorada salió de sus labios y se filtró en la herida. Liora se estremeció violentamente.

—Duele… —jadeó.

—Va a doler más —advirtió él, antes de cerrar los labios sobre la marca y succionar con fuerza.

Ella arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros. Un grito ahogado escapó de su garganta mientras la luz solar se abría paso por sus venas como fuego líquido. Pero no era solo dolor. Había algo más. Algo caliente, húmedo, que se acumulaba entre sus muslos mientras el cuerpo de Kael la envolvía por completo.

Cuando levantó la cabeza, la quemadura había desaparecido. Solo quedaba piel suave y enrojecida… y los ojos de Liora completamente vidriosos de deseo.

—¿Ya…? —preguntó ella con voz temblorosa.

—No. —Kael la giró con suavidad pero con firmeza, pegándola de espaldas contra el tronco del roble. Sus manos bajaron por los costados de su cuerpo, abriendo los jirones de tela que aún la cubrían—. La maldición se extendió. Está en tu sangre… y más abajo.

Sus dedos trazaron el borde del tatuaje rúnico que desaparecía entre sus piernas.

Liora tembló, pero no se apartó. Al contrario: separó ligeramente los muslos.

—Entonces sigue —susurró, mirándolo por encima del hombro con una mezcla de desafío y súplica—. Quémamelo todo, arquero de Apolo.

Kael se inclinó. Su aliento caliente rozó la oreja puntiaguda de ella.

—Como ordenes… cazadora.

Y entonces sus manos descendieron más, decididas, expertas, mientras la luna era testigo silencioso de cómo la luz del dios del sol empezaba a devorar las sombras… y algo mucho más profundo dentro de la elfa de cabello negro.

(Continuará…)

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