2 de 4
Ahí estaban, extendiéndome las manos mientras yo seguía tirada en el suelo como si fuera la protagonista de un drama de novela barata.
¿Qué les pasaba? ¿Acaso esto era una competencia a ver quién me ayudaba primero? ¿Estaban grabando mi reacción para subirla y hacerme viral? Porque si era así, mínimo me podrían haber avisado para hacer una pose decente.
Miré sus manos. Luego a ellos. Luego otra vez a sus manos.
Y en mi cabeza, los libros cursis que leo comenzaron a gritar:
‘La mano que elijas será la que sostendrás por el resto de tu vida’.
Ridículo.
Pero, aún así, me lo tomé en serio. Porque dramatizar es gratis.
Siempre los vi como amigos, como pilares en mi vida, como mi familia. Pero ahora, con uno de ellos frente a mí… mi corazón, el muy idiota, decidió actuar como si este fuera el momento más importante de mi existencia, listo para que un violín sonara de fondo.
Respirar se convirtió en una tarea manual.
No había nada que pensar. La decisión estaba tomada desde hace mucho.
Con una sonrisa ladina, extendí mi mano hacia él.
Ya estaba a punto de agarrarla…
Y entonces… pasó.