Prólogo
El auto avanzaba entre luces difusas y el rugido lejano de la ciudad. Mi mente no dejaba de repetir la misma idea una y otra vez: Candice lo había hecho de nuevo. Negan. Mi ex. Mi ego hecho trizas. Mi gemela, cínica y calculadora, había decidido robarme hasta lo que pensaba mío.
Apreté el volante con fuerza, dejando que la rabia y el calor subieran por mi pecho. La fiesta de esa noche sería diferente. Yo lo haría diferente. No era solo un capricho: era venganza, disfrazada de placer. Cada paso que daba hacia esa celebración, cada burbuja de alcohol que subía a mi cabeza, lo recordaba claramente: Negan siempre quiso que fuera yo quien perdiera la virginidad con él. Y yo... iba a darle justo lo contrario. Iba a darle un golpe directo a su ego.
La fiesta me recibió con música atronadora y luces que giraban como si quisieran desorientarme. La primera copa fue un cálido abrazo que me soltó la lengua y aflojó mis nervios. La segunda, un impulso. La tercera, una certeza: esta noche sería mía.
El calor del alcohol me hizo sonreír frente al espejo del baño. Mis dedos recorrieron la curva de mi mandíbula, mis labios se humedecieron lentamente, y mis ojos se encontraron con mi reflejo. La chispa estaba encendida.
—Voy a hacerlo —susurré para mí misma, lenta, calculadamente—. Voy a hacerlo con un desconocido... y le daré donde más le duele a Negan.
La idea me hizo estremecerme. La mezcla de rabia, anticipación y deseo era intoxicante. No había ingenuidad en mis planes; todo estaba perfectamente medido. Cada gesto, cada mirada, cada decisión era una flecha lanzada directo a su orgullo.
Salí del baño con pasos seguros. La música parecía susurrar mi nombre. Entre la multitud, lo vi: un desconocido. Nada más. Nada que pudiera delatar quién era, solo un cuerpo que me llamó la atención con un magnetismo inesperado. Sin pensarlo, extendí la mano y lo invité a bailar.
El roce de su piel fue un choque eléctrico que hizo vibrar cada fibra de mi cuerpo. Mis sentidos se agudizaron; mis intenciones se afirmaron. Esto no era solo un baile. Esto era el principio de algo que cambiaría la noche, mi poder, mi control... y mi venganza.
No hubo palabras. No hizo falta. Cada movimiento, cada sonrisa contenida, cada latido acelerado, decía todo lo que necesitaba decir. La tensión entre nosotros era palpable, casi física. Y mientras nos movíamos al ritmo de la música, lo supe: esta noche, el juego había comenzado.
Mi mirada se cruzó con el espejo de la pared cercana. Me vi a mí misma: confiada, peligrosa, calculadora. Y sonreí, soltando un suspiro que mezclaba anticipación y satisfacción.
El misterio del desconocido, la posibilidad de placer, y el dulce sabor de la venganza se entrelazaban en un solo pensamiento: nada volvería a ser igual, y Negan lo sentiría.
Con eso en mente, dejé que la música me guiara, que la multitud desapareciera, y que la noche comenzara a cumplir su propósito.
Porque a veces, la venganza más dulce no se grita. Se siente. Se toca. Se disfruta... en secreto.
Y esta noche, iba a ser mía.