Contrapunto íntimo.

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Summary

Paz Balmaceda nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a Juan Ferrándiz, un hombre tan reservado como intenso. Lo que ella aún no sabe es que Juan es el mejor amigo de Alejandro Martínez, el músico al que admira desde hace años. Entre los tres comienza a tejerse una historia marcada por el deseo, los silencios y las emociones que nadie se anima a nombrar. Alejandro guarda un sentimiento que nunca se atrevió a confesar. Juan se debate entre la lealtad y lo que empieza a sentir. Y Paz intenta no perderse entre sus ilusiones y aquello que inevitablemente termina por herirla. Pero la cercanía, la música y la intimidad compartida despiertan algo imposible de ignorar: miradas que duran demasiado, roces que dicen más que las palabras y una tensión que arde en silencio. En medio de la amistad, el deseo y las decisiones que pueden cambiarlo todo, los tres quedarán atrapados en un vínculo tan profundo como peligroso: el deseo de ser amados… y el riesgo de no ser correspondidos.

Genre
Erotica
Author
irene
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

"La oportunidad perdida".

Paz iba en el asiento trasero del taxi, ansiosa por llegar al bar donde vería por primera vez a Alejandro Martínez, quien esa noche se presentaba frente a un público. Hasta entonces, solo lo había seguido en redes sociales durante más de tres años. Toda su música —tanto las canciones propias como los covers— le parecía increíble.

Tenía que llegar. Ese era su único pensamiento.

—¿Falta mucho? —preguntó, inclinándose hacia el asiento del chofer.

—Con este tráfico… unos veinte minutos, señorita.

—¡No puede ser! —murmuró, mirando el reloj con desesperación.

El taxista la observó por el espejo retrovisor.

—¿Va a un examen o a una cita importante?.

—A un show —respondió ella, sin apartar la vista de la calle—. Y no quiero perdérmelo.

Mientras el auto avanzaba a paso lento, Paz apoyó la espalda en el asiento e intentó calmarse. Había elegido ropa clara para esa noche: un pantalón beige de tiro alto y una musculosa blanca ajustada. Encima llevaba una campera de jean liviana,lo había pensado, dudado, vuelto a probar frente al espejo antes de salir.

El maquillaje era mínimo: la piel pareja, las pestañas apenas marcadas y un rosado suave en los labios. Nada exagerado, solo lo suficiente para verse prolija. El pelo negro lo llevaba recogido, aunque algunos mechones sueltos caían cerca del rostro.

Se había arreglado para ese momento como quien se prepara para una primera cita.

El taxi volvió a frenar.

Paz no lo pensó más. Sacó la billetera, dejó el dinero en el asiento y abrió la puerta.

—¡Gracias! —alcanzó a decir antes de salir corriendo.

Las calles empedradas del centro, el zapato incómodo que había elegido para estar acorde a la situación y su corazón latiendo a mil por hora parecían empujarla hacia adelante. Esa noche Alejandro se presentaba en "La Trastienda", en San Telmo. Había soñado con ese desde que lo conocio. Las entradas se habían sorteado en un vivo de YouTube y ella había sido una de las afortunadas. No podía perderse eso por ningún motivo.

En la mochila llevaba un pequeño presente para él, un gesto de agradecimiento. La sola idea de dárselo la hacía sonreír.

Finalmente, divisó la entrada del lugar. Un cartel anunciaba: Alejandro en vivo. Recuperó el aliento y se unió a la fila. Un hombre en la puerta pedía nombre y apellido de cada ganador del sorteo. Cuando por fin logró entrar, el lugar estaba lleno y el ambiente cargado de expectación.

Paz, menuda, de apenas un metro sesenta, avanzó entre la gente hasta encontrar un espacio desde donde pudiera ver el escenario. Se quedó ahí, de pie, aferrada a la mochila, esperando.

Alejandro apareció en el escenario y ella sintió un alivio inmediato. Había llegado a tiempo. Su voz profunda la envolvió durante dos horas, haciéndole olvidar el estrés de los minutos anteriores. Sin embargo, mientras el recital avanzaba, Paz no dejaba de pensar cómo podría acercarse, entregarle el obsequio y, tal vez, conseguir una foto juntos.

Cuando anunció la última canción, supo que esa era su última oportunidad. Intentó acercarse, pero otros fans ya se habían adelantado. Al apagarse las luces y verlo retirarse del escenario, una punzada de desesperación le atravesó el pecho. Se escabulló por un costado y llegó hasta el pasillo interno, donde los músicos y Alejandro se despedían del personal de la sala. Intentó alcanzarlo, pero alguien la tomó del brazo y la arrastró de nuevo hacia el pasillo.

—¿A dónde pensás que vas? —dijo una voz firme.

Era un guardia de seguridad, grande, robusto.

—Tengo que darle esto a Alejandro —respondió Paz, levantando el pequeño paquete como si fuera un salvoconducto.

—No podés pasar. Es solo para el personal y el equipo.

—Pero estuve esperando este momento durante dos años —insistió, con un hilo de voz cargado de urgencia.

El guardia la miró unos segundos, negó con la cabeza y la empujó suavemente hacia atrás.

—Te dije que no.

Paz bajó la mirada. Apretó el regalo contra el pecho.

—Está bien… ya entendí —murmuró.

Sin discutir, salió del bar en silencio.

Antes de irse, miró el cartel del recital una última vez y suspiró, aceptando que esa oportunidad se había escapado.

✶✶✶


Mientras Paz se dirigía a la parada del colectivo, el cielo se oscureció todavía más y una brisa fría anunció la llegada de la lluvia. Aceleró el paso, con la esperanza de llegar antes de que cayera con fuerza, pero las primeras gotas la alcanzaron a mitad de camino. En cuestión de segundos, la llovizna se transformó en una cortina de agua.

Intentó cubrirse la cabeza con la mochila, inútilmente. La ropa comenzó a pegarse a su cuerpo, el vestido claro se oscureció con la humedad y los zapatos resbalaban sobre el empedrado mojado. Tiritando, divisó un árbol grande a unos metros y corrió hasta refugiarse bajo su follaje. No era suficiente, pero al menos la lluvia caía con menos violencia. Se apoyó contra el tronco, abrazándose los brazos.

Entonces escuchó pasos.

Levantó la vista y vio a un chico acercarse corriendo entre la lluvia. Llevaba un buzo oscuro con capucha, empapado, que le cubría parte del rostro. Cuando llegó a su lado, se detuvo sin dudar y abrió un paraguas.

—Tomá —dijo, extendiéndoselo—. Parece que lo necesitás más que yo.

Su voz era tranquila, inesperadamente cálida para una noche así.

Paz lo miró sorprendida. Tenía el pelo oscuro, mojado, y el agua le corría por el borde del buzo. Aceptó el paraguas con las manos temblorosas.

—Gracias… de verdad —respondió, acomodándose bajo la protección.

El chico se quedó bajo el árbol, ahora completamente empapado.

—No es nada —dijo—. ¿Esperás el colectivo o un taxi?.

—Lo que llegue primero —contestó ella, mirando hacia la parada apenas visible a través de la lluvia—. Pero con este clima no sé cuándo va a pasar.

Él miró en la misma dirección y luego volvió a sonreírle.

—No está tan lejos. Al menos ahora no te vas a mojar más.

—Sí —asintió Paz, sin mirarlo del todo, concentrada en encontrar alguna luz en la calle—. Gracias, en serio.

El chico dudó un segundo.

—¿Estás bien sola?.

—Sí, sí. Son solo unos minutos —respondió rápido—. Tranquilo.

—Bueno… entonces me voy.

Esbozó una sonrisa leve, casi tímida, y se dio vuelta. Sus pasos se alejaron con apuro, resonando sobre el pavimento mojado, hasta perderse entre la lluvia.

Paz lo siguió con la mirada hasta que su figura desapareció. Se quedó quieta bajo el paraguas, con una sensación extraña en el pecho, mezcla de gratitud y curiosidad. No sabía quién era ese chico ni por qué la había ayudado, pero el gesto le había quedado grabado.

Minutos después, el colectivo apareció entre las luces reflejadas en el asfalto. Paz subió y se sentó junto a la ventana, todavía aferrada al paraguas, mientras la ciudad mojada quedaba atrás.

✶✶✶


Al día siguiente, Paz se despertó con el sol entrando a pleno por las cortinas de su habitación. Se estiró en la cama, todavía con la sensación extraña —y un poco emocionante— de la noche anterior rondándole la cabeza. Al levantarse, su mirada se detuvo en el paraguas apoyado junto a la puerta, todavía húmedo.

Caminó hasta allí y se sentó en el borde de la cama con el paraguas entre las manos. Lo giró distraída, pensando qué hacer con él. Quedárselo estaba mal. Devolverlo parecía lo correcto… pero ¿cómo?

Mientras lo observaba, descubrió una pequeña etiqueta adherida a la tela. Tenía una dirección escrita. Primero se quedó mirándola, sorprendida; después, una leve inquietud le apretó el pecho. El dilema, de pronto, había tomado forma.

—Bien… —murmuró—. Esto va a quedar acá de adorno, juntando polvo, y yo lo sé. Pero tengo la dirección. Lo lógico sería devolverlo. —Se tocó el mentón—. ¿Y si vive lejísimos?.

Se levantó de golpe y agarró el celular. Tecleó la dirección en Google Maps: cuarenta y cinco minutos de viaje.

—Ok… puedo hacerlo. Voy, lo entrego y listo. —Suspiró—. Pero… ¿qué le digo? ¿“Gracias por salvarme de la lluvia”? —frunció la boca—. Además, ni siquiera le vi la cara. ¿A quién se lo doy?.

Al mover la etiqueta notó que era doble. Del otro lado había unas iniciales escritas a mano: A. M.

—¿A. M.? —leyó en voz baja—. Si puso esto, seguro en ese lugar saben quién es… —se llevó la mano al estómago—. ¿Qué hago? Y con hambre no puedo pensar.

Como si su cuerpo quisiera opinar, la panza le rugió con fuerza.

—Perfecto —dijo—. Ni mi propio cuerpo me deja hacerme la interesante.

Fue a la cocina a prepararse el desayuno cuando el celular vibró sobre la mesa. Era Sofía.

Sofía: —¿Y? ¿Le diste el regalo a Ale?

Paz: —No 😔. Fue una noche complicada. Me estaba por escabullir para dárselo y justo me agarraron y me sacaron del lugar.

Sofía: —¡Qué mal, amis! ¿Y entonces?

Paz: —Nada… me lo traje. Quedará guardado y, cuando tenga la oportunidad, se lo doy.

Sofía: —Bueno, al menos decime que llegaste bien a tu casa. Con la lluvia de anoche…

Paz: —Ni te cuento. Salía del bar y me agarró de lleno. Tuve que correr hasta un árbol porque no pasaba ni un taxi.

Sofía: —¡A vos siempre te pasan cosas!

Paz: —¡Lo sé! Y lo más loco es que un chico apareció de la nada y me dio un paraguas.

Sofía: —¿Y estaba lindo? ¿Cómo se llama?.

Paz: —¡Sofi! Te cuento que alguien me ayudó y a vos solo te importa si era lindo.

Sofía: —Bueno, amiga… ¿qué tiene de malo preguntar? Capaz es el amor de tu vida.

Paz: —🙄 El horno no está para bollos.

Sofía: —Ay, Paz… una revolcada y ya.

Paz: —Sofiiii… todo es sexual para vos.

Sofía: —Somos jóvenes, tenemos 26 años. Hay que divertirse.

Paz: —Vos sabés cuál es mi problema 👉💔.

Sofía: —Lo sé… pero decime al menos cómo se llama.

Paz: —No sé ni su nombre ni su cara. Solo sé que el paraguas tiene las iniciales A. M. ¿Qué hago?.

Sofía: —Mmm… ¿A. M.? Ale Martínez, amiga 🫢.

Paz: —¿¡Qué!? No, no puede ser. Lo vi irse antes de que me sacaran.

Sofía: —Pero no viste su cara… capaz te vio él. ¿Cuántos A. M. hay en kilómetros a la redonda?.

Paz: —No me llenes la cabeza, Sofi.

Sofía: —Yo solo digo… Bueno, me voy a trabajar.

Paz: —Dale. Disfrutá tu día laboral en el aire.

Sofía: —🤨

Paz: —🤭

Paz dejó el celular a un costado y llevó una cucharada de cereal a la boca. Mientras masticaba, una idea empezó a tomar forma.

Hoy y mañana estoy libre, pensó. Tengo tiempo de ir a buscar mis zapatos… y de paso devolver el paraguas.

Asintió para sí misma.

—Hoy —murmuró—. Lo llevo hoy.

✶✶✶


Miró la dirección en la etiqueta una vez más para asegurarse de que estaba en el lugar correcto. El corazón le latía rápido por esa idea que Sofía le había metido en la cabeza.

¿Y si el dueño del paraguas y aquel chico eran Alejandro Martínez?

Entró en el vestíbulo y se acercó a la recepción.

—Hola, buenas tardes. Estoy buscando a una persona, pero solo tengo su dirección y sus iniciales. Quería devolver esto —dijo, mostrando el paraguas al portero.

El hombre lo tomó, lo observó apenas y pareció reconocerlo de inmediato. Sin decir nada, levantó el teléfono y marcó un número. Mientras hablaba en voz baja, Paz se sentó en una de las sillas del vestíbulo, esperando.

Unos minutos después, el portero colgó.

—Ya vienen a buscar el paraguas. ¿Podés esperar?.

Paz asintió. El nerviosismo comenzó a crecerle en el cuerpo; las piernas se le movían solas, incapaz de quedarse quieta.

Pasaron unos minutos y, de pronto, un hombre alto apareció frente a ella. Medía alrededor de un metro ochenta y seis, y su presencia era imposible de ignorar. Joven, de porte firme, con el cabello castaño oscuro y rizado enmarcándole el rostro. Tenía rasgos definidos, una nariz recta, ojos de un castaño profundo y una expresión reservada que imponía sin esfuerzo. Vestía una remera negra sencilla, que dejaba ver hombros y brazos marcados, y su piel bronceada contrastaba con la sobriedad de su ropa. Al acercarse, el ambiente pareció aquietarse.

—Hola —dijo—. ¿Vos sos la que tiene que devolver algo?.

Paz lo miró sin poder reaccionar. Se levantó del sillón, le extendió la mano y, como pudo, respondió:

—Hola… Paz Balmaceda.

Se quedaron mirándose unos segundos.Algo indefinible se tensó en el aire, una sensación eléctrica que los dejó inmóviles, hasta que él habló de nuevo.

—Soy Juan Ferrándiz —dijo, soltándole la mano despacio—. No esperaba volver a verte.

—¿Vos sos el que me dio el paraguas anoche? —preguntó ella.

—Sí, fui yo. ¿No te acordabas?.

—Entre la lluvia y buscar cómo volverme… no te presté mucha atención. Perdón.

—No pasa nada —respondió Juan, rascándose la nuca—. Te vi salir del bar y justo te agarró la lluvia. Estabas en problemas.

—Sí… mala suerte la mía —dijo ella—. Me pareció correcto devolverte el paraguas, aunque solo tenía las iniciales. Pensé que era de otra persona que vi en el bar anoche.

La decepción se le escapó sin querer. Por un instante había imaginado otra cosa.

—¿Qué? No, no —aclaró Juan enseguida, señalándose—. Yo soy el dueño. Las iniciales son solo para identificarlo.

—Ah… —Paz asintió—. Bueno, entonces ya está. Te lo devuelvo.

Juan tomó el paraguas y se quedó en silencio unos segundos. Luego, con un gesto algo tímido, dijo:

—Digo… ya que viniste hasta acá, ¿me aceptás un café? Si no tenés nada que hacer, claro.

Paz dudó. Hacía tiempo que estaba sola; su rutina se limitaba al trabajo y a su casa. Alguna cita esporádica, ninguna memorable.

—¿Aceptás? —insistió él—. No quiero que suene mal.

—No, no… —titubeó—. La idea era devolver el paraguas e ir a buscar unos zapatos que necesito.

Juan arqueó una ceja y sonrió apenas.

—Entonces lo resolvemos fácil: café rápido y después zapatos. Prometo no opinar del modelo… salvo que sean muy feos.

Paz soltó una risa nerviosa y se tapó la boca enseguida.