I: Mieles
Después de aquel encuentro, sinceramente, había estado pensando en la piel del menor, una y otra vez, en su cabeza se repetía el momento dónde le suplicaba hacerlo suyo.
Y terminaba manchando sus sábanas nuevamente, por segunda vez en el día, le había prometido que no le iba a interrumpir su vida normal, ni la escuela, pero no podía simplemente dejarlo.
Rubén, por su lado, llevaba dos meses ya en la universidad y especializándose lo más que podía en fermentaciones con la fiel intención de tomar el puesto de su padre.
Sin embargo, los recuerdos de las manos de Samuel le quemaban, le ardían cada vez que lo recordaba, pero, el echo de descubrir que era así con cualquier muchacho rico que se encontraba le había herido el ego, y el corazón.
Estaba recién saliendo de su última clase, la más pesada, cuando vio la placa del coche que estaba justo fuera de el acceso a su clase, PDSDL.
«fuck» pensó.
Apresuró su pasó, tratando de ignorar totalmente el coche, Samuel en cambio, le cerró el paso.
—No
—¿No qué?
Rubén respiro pesado, y es que, no podía decirle que no a el, pero por otro lado, quería salir corriendo y olvidar lo que había pasado y tratarlo como en realidad era: un socio más.
—No tengo tiempo para detenerme con tus egocéntricas charlas .
Esquivo el cuerpo de Samuel sacandole la vuelta siguió su camino, el mayor le siguió, a pasos agigantados y le jalo del brazo, obligándolo a verle a la cara.
—Mirame — Ruben se agachó— ¡Que me mires! —sucumbido por su imponente presencia y el tono de su voz, elevó su mirada —Es la última vez que vengo por ti y te atreves a dirigirte a mi de esa manera, ¿Me entendiste?.
El menor asintió.
—Te hice una pregunta, Doblas.
—S..si.
—Sube al coche.
Dijo y lo soltó, Rubén con pasó apresurado subió al asiento del copiloto y se hizo bolita en si mismo, no es como que tuviese horarios de llegada, pero si una rutina con su piel.
—¿Cómo estás en la escuela? —le preguntó mientras emprendía el viaje.
—B-bien
—Vamos rub, no sigas así.
—Hoy aprendí el primer método de destilación.
—Ya te dije que podrías estar cómodamente en ca-
—Y yo te dije que respetaras mi tiempo.
Se creció el silencio incómodo entre los dos, y Rubén empezó a entrar en pánico cuando se dió cuenta que no estaba dirigiéndose a la casa de él, sino a la del mayor.
—¿A dónde...
—Te tengo un regalo Rub
Se quedó de nuevo en silencio, esperando que Samuel le diera algún indicio, pero no lo hubo, solo silencio y la respiración de ambos mezclándose dentro de el coche.
Cuando finalmente se acercaban a la casa, Samuel le tendió un pañuelo grisaseo.
—Confia en mí.—pidió.
Rubén asintió y se colocó el arapo sin renegar, y eso alegro un poquito a el mayor; aparco en el garage y rodeo el coche para abrirle a el menor. Le tomo de la mano y lo ayudo a bajar, guiandolo hasta llegar a uno de los jardínes de la casa; el más bonito, el más floral, el más llamativo.
Le hizo sentarse en una de las sillas y finalmente le quitó el pañuelo.
Frente a el había una cena sencilla, pero preciosa, un pequeño florero con rosas blancas y los platos colocados.
—¿Tienes algún fetiche con las mesas y la comida tío?— preguntó irónicamente el menor.
—Eres tontisimo Rubén.
Ambos rieron. Pasada la comida el mayor decidió abordarlo de nuevo, replanteandole su propuesta.
—Te lo digo en serio, ¿No te gustaría ser mimado todos los días? —lo observó directamente a los ojos— tú sabes que te encanta ser tratado como un bebé, no sé porque te resistes tanto —le sonrió— además, eres precioso, yo te adoraría todos los días— finalizó.
Rubén estaba repasando cada frase que salía de su boca, y tal cual su nana le había dicho, era el tipo de conversación que él, tenía con sus “presas” a tratar, para convencerle y después, dejarle en la calle.
Era Samuel de Luque, pero también era un bastardo, y tenía miedo, mucho miedo, de responder, de decir si, o de decir no, de si quiera levantarse de esa silla y hacer un mal movimiento; y el amor, y el corazón no se debería de sentir así.
—Ya te he dicho que no Sam...
El mayor bufó en respuesta y las piernas de Rubén temblaron; le observó como tomaba con cuidado el jugo que tenía frente a él, y trataba de encontrar algo más que decir.
—Necesito que estés aqui, Rub.... Yo, no dej..
—No, y es definitivo, ya basta, llévame a casa.
Rendido por este día, Samuel se levantó y le tendió la mano, el menor la tomo con delicadeza, y nuevamente se dejó guiar entre el «palacio» de el mayor hasta llegar al coche.
Durante el viaje, Rubén se dedicó a observar el perfil de su acompañante, como todo en el era tan perfecto, y el porque tenía que ser tan hijo de puta, quizá en otras circunstancias ya le hubiese dicho que si, entregándose a el nuevamente.
Aparcó fuera de su casa, y lo volteó a ver al menor que había caído dormido en el asiento del copiloto. Observó su cabello castaño echo un lío y su suéter gigantesco cubriendo sus delgados brazos, su piel tan blanca y sus pestañas acariciando suavemente sus mejillas; estaba volviéndose loco por besarlo, pero, con el no podía ser igual que con los demás, dentro de su propio infierno no podía manchar a ese ángel.
—Shhst Rubén—susurró — despierta, hemos llegado
—¿Hmfmm? —se removió — ¿Ya?
—Si, sí, hace unos cinco minutos, despierta.
—Y..yo me dormí —se rió mientras se incorporaba— lo siento Sam.
—Ya, no es nada...
Ambos se quedaron en silencio, esperando el siguiente movimiento del otro, una palabra, lo que sea. Rubén miro fijo al mayor y se acercó dejando un pequeño beso en su mejilla y después bajo del auto, dirigiéndose casi corriendo a la puerta de su casa.
Dentro del auto, el mayor, tocaba su mejilla, procesando que le había dado un beso, una muestra de cariño, sin pedir nada a cambio, sin exigir absolutamente nada; solo le obsequio una muestra de afecto, con la pureza de las mieles del amor floreciendo dentro de su estómago.