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Ecos del Abismo

Summary

Un ser ha sido condenado, el juicio ya fue dictado y su destino ha sido sellado: debe morir. Para cumplir la sentencia fueron enviados múltiples ángeles, guerreros del cielo que partieron con la misión de acabar con él, pero ninguno logró vencerlo. Algunos regresaron derrotados, otros jamás volvieron, y con cada intento fallido la certeza de su poder se volvió más inquietante. Ante la falta de opciones, se tomó una última decisión: La tarea sería encomendada al último recurso que quedaba, el más temido de todos, el verdugo del que todos hablaban en voz baja. Era conocida por ser la mejor ejecutora, la más implacable, aquella cuya espada nunca había fallado. A lo largo del tiempo innumerables condenados habían sido enviados a su encuentro, y ninguno había sobrevivido, por eso todos estaban seguros de que esta vez tampoco fallaría.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 01


Permanecía sentado sobre una banca de piedra blanca, un ángel parte del grupo supremo formado por los doce más poderosos. Su cabello rubio corto brillaba bajo la luz de la estancia, sus ojos azules penetrantes reflejaban concentración y un dejo de impaciencia. Vestido con un traje blanco adornado con filigranas doradas, su porte era majestuoso, casi imponente, a pesar de estar sentado. Gray sostenía en su mano una pequeña estrella, que observaba detenidamente, girándola ligeramente entre sus dedos mientras meditaba sobre los acontecimientos recientes.

El caos causado por aquel demonio tenía a los ángeles preocupados. El trabajo había aumentado de manera alarmante, y era molesto, porque todo recaía sobre él. Todos exigían una solución inmediata, pero el demonio los había superado con facilidad, su poder desbordaba cualquier plan. Ahora, la última alternativa era enviarla a ella.

Gray frunció ligeramente el ceño, la sola idea de tener que sacarla de su reclusión le provocaba molestia. No le agradaba la idea de dejarla salir, de romper la calma de su aislamiento, pero no tenía otra opción, cada segundo de indecisión era una ventaja para aquel ser imparable. Todo dependía de lo que Zero le dijera.

No esperó mucho ya que Zero llegó a su lado después de unos minutos más de espera. Este porta una capa, la capucha cubre parte de su rostro, pero se puede ver que su piel es blanca lechosa.

—¿Dime qué pasó ahora? —su voz era firme, cargada de autoridad.

—El demonio ha atacado —respondió Zero, con gravedad—. Aniquiló a un grupo de humanos y demonios. No dejó a ninguno con vida.

—No hay manera de detenerlo —añadió, volviendo su mirada hacia Gray.

—Eso no es del todo cierto —dijo Gray, esbozando una leve sonrisa—. ¿Acaso piensas que no podemos enfrentarlo?

—No deberías enviarla —replicó Zero, frunciendo el ceño—. Es demasiado arriesgado. Su poder es inmenso, sí, pero enviarla ahora… sería exponerse innecesariamente, es mejor mantenerla aislada hasta que el creador dé la orden.

—Lo haré de una manera u otra —dijo Gray con voz firme, sus alas extendiéndose lentamente—. Si es necesario, la decisión la tomaré yo.

—No podemos actuar antes de su voluntad.

—Si la enviamos ahora, la tarea se completará y el demonio morirá. No hay otra opción.

—Los demás no estarán de acuerdo —advirtió Zero.

—Eso jamás ha pasado —respondió Gray, con un destello de impaciencia en su mirada—. Siempre hay desacuerdos, y no entiendo por qué debemos debatir cada decisión.

—Los doce fueron elegidos por el Creador —recordó Zero—. Su autoridad no es menor.

—Yo soy el más fuerte —replicó Gray, con voz que parecía retumbar en la estancia—. Y me molesta que entre los doce haya débiles. No puedo permitir que nuestra fuerza se diluya por indecisiones o temor.

Zero lo miró con gravedad, consciente de que Gray no cedería. El aire parecía cargarse de electricidad, mientras ambos comprendían que la decisión, aunque peligrosa, estaba en manos del ángel más poderoso de todos.

—Entonces —dijo Gray, bajando sus alas lentamente—. La enviamos. Ahora.

Zero guardó silencio, comprendiendo que no había forma de detenerlo. La tensión en la sala era palpable; la misión más arriesgada estaba a punto de comenzar.

Gray continuó su camino por un sendero elevado, alejado de todo. Sus alas desaparecieron, un ritual que siempre acompañaba sus encuentros con ella. Caminó durante varios minutos hasta que percibió una entrada en la distancia: una cueva envuelta en niebla, iluminada por un resplandor azul etéreo. Sin dudarlo, entró.

Creada por el propio Dios, su existencia estaba reservada para los momentos de caos absoluto, era la más fuerte de todos, y eso enfurecía a quienes se creían invencibles. Para Gray, ella representaba un dilema silencioso: él, el más poderoso de los ángeles, encontraba que su fuerza no superaba la de ella, y eso era una humillación intolerable.

El interior era oscuro, casi opresivo. Avanzó hasta llegar a una gran cámara, y algo que siempre le resultaba insoportable lo alcanzó: el sonido de la música.

La música llegó a los oídos de Gray como un susurro etéreo que atravesaba la oscuridad de la cueva. Avanzó unos pasos más y la encontró: de pie, con los ojos cerrados, tocando una flauta, la melodía era melancólica, cargada de nostalgia, pero también extrañamente tranquila, como si calmara el caos del mundo exterior.

Su cabello negro caía en cascada sobre su espalda, contrastando con la piel blanca y luminosa de su rostro. Sus ojos verdes permanecían cerrados, y su vestido de mangas anchas, sencillo y sin adornos, se movía suavemente con la brisa interior de la cueva.

La música se detuvo de repente, Rin bajó la flauta y abrió los ojos, esbozando una sonrisa serena que iluminó la penumbra.

—¿A qué has venido aquí, Gray? —dijo, bajando la flauta—.

—Debes saberlo —respondió Gray, con voz firme—. Eres la preferida y la más cercana a Dios, Rin.

—¿Por qué debería saberlo? —preguntó ella, caminando hacia él—. Después de todo, tú eres el que tiene el mando.

—Un demonio… ese es el problema —dijo Gray, con el ceño fruncido—. No podemos detenerlo.

—¿Y qué es lo que deseas que haga? —preguntó Rin, con calma inmutable.

—Debes ir. Debes detenerlo —respondió Gray, su voz cargada de urgencia.

—¿Por qué no lo haces tú? —replicó ella, sin perder la serenidad.

—Sabes que si recurro a ti es porque es algo que yo no puedo —dijo Gray—. Además, para eso fuiste creada: para mantener el orden.

Rin cerró los ojos un instante, dejando que sus palabras calaran, luego le regaló una dulce sonrisa, la única respuesta que necesitaba.

De repente, su vestimenta cambió: Ahora llevaba un largo vestido blanco de mangas ajustadas, ceñido a sus brazos, con una cinta dorada en la cintura y otra blanca en el centro. Un adorno dorado reposaba en su frente, dejando dos mechones sueltos a cada lado del rostro. La basta del vestido era amplia, con una franja dorada que se extendía verticalmente desde la cintura hasta el suelo. Detrás de ella surgieron dos grandes alas blancas, majestuosas, y en sus muñecas aparecieron dos brazaletes dorados de unos diez centímetros, que cubrían la tela del vestido con un brillo imponente.

La miró en silencio. Rin no decía nada; su serenidad hablaba por ella. Comenzó a caminar, cada paso medido y elegante. Gray la siguió, sus propias alas desplegándose al salir al aire abierto, ambos descendieron hasta un círculo sagrado, donde Rin se colocó en el centro. A su alrededor, los doce ángeles supremos la rodeaban, incluido Gray.

La tensión era palpable, pero Rin permanecía tranquila, una calma inmutable frente al poder que estaba a punto de desatar.

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author

Que interesantexfis actualiza pronto 😊😊😊

5 months

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