El eco de nosotros

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Summary

Alicia llegó a Nueva York con una beca, un sueño y la determinación de empezar de nuevo. En una ciudad donde millones de personas intentan destacar, su vida parecía destinada a ser la de cualquier estudiante más… hasta que una noche cambia todo. Un accidente inesperado la arrastra a un mundo que jamás imaginó: fama, música, secretos y emociones demasiado intensas para ignorarlas. Ahora Alicia deberá descubrir quién quiere ser realmente… antes de que ese nuevo mundo termine por consumirla. Porque en Nueva York, algunos encuentros no son casualidad. Son el inicio de algo que puede cambiarlo todo.

Genre
Drama
Author
Renemoon
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

8 am

corro lo más rápido que mis piernas me permiten para alcanzar el tren que me llevará al campus. Llevo un año viviendo en esta jungla de asfalto y todavía no me acostumbro; ni a los trenes que parecen nunca detenerse, ni a que la gente hable tan malditamente rápido. A veces, mientras intento procesar una ráfaga de palabras en inglés, desearía tener un traductor injertado directamente en el cerebro.

El vagón va más lleno que de costumbre. El aire es pesado y huele a café amargo y metal. Cerca de mí, un grupo de adolescentes habla a gritos, emocionados por una banda de rock que tocará el fin de semana. No entiendo la mitad de lo que dicen, pero sus caras de fanatismo son universales. Me bajo deprisa antes de que las puertas me atrapen; Nueva York no perdona a los que se distraen.

—¡Ey, Ali! ¡Por aquí! —Strom me grita desde la entrada del edificio de Diseño.

Nos conocimos en una de esas fiestas salvajes entre la facultad de Artes y Diseño. Yo estaba en una esquina, criticando el pésimo gusto de la decoración en un español muy cerrado, y ella se acercó con un par de cervezas diciendo que, aunque no entendía lo que decía, "sonaba a que tenías toda la razón". Es de Nashville y tiene esa energía sureña que a veces me agota, pero es la única que tuvo paciencia con mi inglés roto desde el primer día.

—Hola, Strom. ¿Cómo te fue en tu cita de ayer? —le pregunto, tratando de recuperar el aliento.

—Olvídate de eso, nena. ¡Viene HEX! —dice dando un saltito—. Harán un concierto a beneficio junto a otras bandas este fin de semana. Es nuestra oportunidad.

—¿Quién mierda es HEX? —respondo con una mueca—. Aparte, tengo turno en la cafetería, no puedo faltar. El alquiler en esta ciudad no se paga con música, S.

—Vamos, Alicia, sabes que quieres ir. De verdad necesitas salir de ese caparazón tuyo —me lanza una mirada pícara—. ¿Desde cuándo no te acuestas con alguien? Eso debe tener telas de araña ya.

Me pongo roja totalmente, y no sé si es por el esfuerzo de la carrera o por su comentario sin filtro. Me cruzo de brazos, sosteniéndole la mirada con esa terquedad que me traje del norte.

—Ay, S... sabes que no tengo tiempo. Y tampoco es que vayamos a ir a un club de strippers, solo es un concierto de rock. No sé qué tiene que ver mi vida sexual con un grupo de tipos ruidosos.

-vamos nena te gustara intenta relajarte un poco quizas encuentres la inspiracion necesaria para terminar el cuadro que estas haciendo, dile a Jack que te cubra solo por esta vez, di que sii por favor mi horosco dice que este finde semana sera inolvidable sii di que siii

-esta bien vamos llamare a jack para que me cubra solo por esta vez, vamos a clases no quiero que el maestro de artes me odie mas de lo que ya lo hace, cada ves que me ve siento su odio brotando por sus poros es totolmet desagradable de ver

—Vamos nena, te gustará. Intenta relajarte un poco, quizás encuentres la inspiración necesaria para terminar el cuadro que estás haciendo —insiste Strom, dándome un empujoncito—. Dile a Jack que te cubra solo por esta vez. ¡Di que sí, por favor! Mi horóscopo dice que este fin de semana será inolvidable. ¡Siií, di que síii!

Suelto un suspiro largo, derrotada por su entusiasmo. La verdad es que el cuadro de mi examen final me tiene bloqueada; el lienzo parece burlarse de mí con su blancura impecable.

—Está bien, vamos. Llamaré a Jack para que me cubra solo por esta vez —cedo, y Strom suelta un grito de victoria—. Pero ahora, vamos a clases. No quiero que el maestro de artes me odie más de lo que ya lo hace. Cada vez que me ve, siento su odio brotando por sus poros. Es totalmente desagradable de ver.

Caminamos rápido hacia el taller. Mi maestro es uno de esos neoyorquinos de "vieja escuela" que cree que si no naciste en el

no tienes sensibilidad artística. Cuando entro, me pongo roja de inmediato al sentir su mirada gélida sobre mi mochila desgastada. Me ignora, pero sé que está esperando que mi pincel falle para recordarme que mi beca depende de mi rendimiento.

Me siento frente a mi caballete y, aunque trato de concentrarme, la palabra HEXse queda dando vueltas en mi cabeza. ¿Qué tan ruidosa puede ser una banda para que todo Nueva York esté hablando de ellos?

Terminando mis clases, me dirijo a la cafetería que está cerca del campus. Voy con el discurso ensayado: le pediré a Jack que me ayude con el turno del fin de semana y yo haré los suyos de la semana o cuando él necesite cambiarlos. Al final, somos compañeros de batalla en este lugar lleno de cafeína y clientes apurados.

—Hola, Jack. ¿Podemos hablar un momento? —le digo al verlo tras la barra.

Él se acerca con esa sonrisa perfecta y esos ojos tan azules como el mismo cielo; sus lentes lo hacen ver demasiado atractivo. En serio, ¿qué comen los hombres de acá para ser así de guapos? A veces me siento en una película de Hollywood en lugar de una cafetería de paso.

—Hola, Ali. No pensé verte hoy, te toca el turno del finde. ¿Pasó algo? —pregunta mientras se limpia las manos en el delantal.

—No, no... solo quería saber si me podías hacer un pequeño cambio de turno —suelto, tratando de sonar casual—. Verás, Strom quiere ir a un concierto a beneficio y, ya sabes, no pude decir que no. ¿Qué dices?

Jack se queda pensativo un segundo, acomodándose los lentes. Siento que me pongo un poquito roja bajo su mirada, esperando que no me diga que no después de haberle prometido a Strom que iría.

—¿El concierto de HEX? —pregunta Jack con una chispa de curiosidad—. He oído que va a estar increíble. Está bien, Ali, te cubro el fin de semana si tú te encargas de mis turnos de cierre los martes y jueves de la próxima semana. ¿Trato?

—¡Hecho! Me salvas la vida, Jack —le respondo con una de mis sonrisas más decididas, sintiendo un alivio enorme.

Me pongo el delantal para empezar mi jornada de hoy. El lugar está tranquilo, pero sé que es la calma antes de la tormenta de la tarde. Me pongo a limpiar la barra, pensando que quizás Strom tenía razón y necesitaba este respiro.

Durante el resto del turno, me dedico a observar el desfile. Un grupo de tres chicas se acerca al mesón, pero no miran el menú; sus ojos están clavados en Jack. Murmuran entre ellas, se ríen y finalmente una se atreve a pedirle su número en una servilleta. Sospecho que la mitad de nuestra clientela femenina viene solo por él. Jack tiene esa aura de "chico bueno" que todas quieren probar, como si estuvieran esperando descubrir que debajo de esos lentes y esa sonrisa angelical se esconde algo más oscuro... aunque yo lo dudo, el tipo es demasiado amable para su propio bien.

Cuando las chicas se alejan con una sonrisa tímida (y sin el número, porque Jack sabe cómo batear con elegancia), me acerco a él mientras limpio una bandeja.

—Jack, cada vez vienen más admiradoras tuyas —le digo, divertida—. Creo que deberíamos empezar a cobrar una membresía solo por verte la cara. Nos haríamos millonarios en un mes.

Jack suelta una carcajada limpia y me mira de reojo mientras acomoda unas tazas.

—¿Alicia, quieres prostituirme? ¿En serio? —pregunta con un tono de falsa indignación que no le sale nada bien.

—Soy latina, Jack Michelson. Corre por nuestra sangre ser narcos y cabrones, eso es lo que nos hace especiales —le respondo con un guiño cargado de ironía.

Él niega con la cabeza, riendo por lo bajo.

—Eres peligrosa, benavides Menos mal que estás del lado de los buenos... o eso creo.

—No te fíes mucho —le advierto mientras me doy la vuelta para atender a un nuevo cliente.

Me gusta trabajar con él; hace que las horas pasen rápido y que me olvide por un momento del nudo en el estómago que me dejó el profesor de artes esta mañana. Pero justo cuando la tarde empieza a caer y la luz dorada de Nueva York se filtra por los ventanales, el ambiente cambia.

Jack se va a la parte de atrás a buscar más granos de café y me quedo sola en la barra. El local se queda en silencio por un segundo.

Saco mi teléfono del bolsillo del delantal. Tengo un mensaje de mi hermano.

"Acá el viejo pregunta si ya aprendiste a hablar como gringa o si todavía te da vergüenza pedir un pan. Te extrañamos, flaca. No te olvides de nosotros entre tanto edificio alto."

Siento un tirón en el pecho. Dicen que nadie muere por un corazón roto, pero el mío se siente permanentemente agrietado desde que me bajé de ese avión. Es una sensación extraña: estar cumpliendo mi sueño en la capital del mundo y, al mismo tiempo, sentir que me falta una extremidad. Extraño la vida que dejé, pero también extraño esa versión de mí que nunca llegó a ser feliz allá, la que siempre miraba al horizonte buscando algo más.

Guardo el teléfono cuando escucho que la puerta se abre. No es el cliente rudo que esperaba, ni tampoco Jack volviendo.

Es una mujer de unos cincuenta años, vestida con un abrigo que cuesta más que mi matrícula semestral. Se acerca al mesón con una expresión de absoluto aburrimiento y me mira de arriba abajo, deteniéndose en mi nombre bordado en el delantal.

—Un macchiato con leche de almendras, que no esté muy caliente, y por favor, trata de no tardar. Tengo una reunión en diez minutos —dice en un inglés tan rápido y pulcro que me obliga a cerrar los ojos un segundo para procesarlo.

Siento que el calor empieza a subir por mi cuello. Me pongo roja, pero no de vergüenza, sino de esa irritación que me provoca la gente que asume que, por tener un nombre como el mío, no entiendo sus órdenes aristocráticas.

—Un macchiato de almendras, tibio. Entendido —le respondo en un inglés seco, esforzándome por marcar cada sílaba.

—Y que sea rápido, querida. El tiempo es dinero en esta ciudad, aunque supongo que en tu país las cosas se mueven... diferente —añade con una sonrisita condescendiente.

Aprieto el trapo que tengo en la mano. La ironía que usaba con Jack se evapora, reemplazada por ese fuego Benavides que mi padre siempre decía que me metería en problemas

justo cuando estaba por insultar a esta vieja entra jack y se hace cargo de la situación

Jack aparece justo a tiempo, como si tuviera un radar para detectar cuándo mi sangre nortina está a punto de hervir. Su presencia se interpone entre la mujer del abrigo caro y mi mano, que ya apretaba el mango de la jarra de leche con demasiada fuerza.

—Yo me encargo, Ali. Ve a revisar las mesas del fondo, por favor —dice Jack con esa voz de seda que parece capaz de calmar hasta una tormenta en el Pacífico.

Me quedo helada un segundo, con la cara ardiendo. Estoy roja de una rabia pura, de esa que te hace vibrar los oídos. Le lanzo una última mirada a la mujer, que ni siquiera se digna a mirarme mientras Jack le dedica su mejor sonrisa de "cliente estrella". Me doy la vuelta sin decir nada, tragándome los insultos en español que se me agolpaban en la garganta.

Vieja estúpida, pienso mientras limpio con saña una mesa que ya estaba impecable. Si supieras que vengo de un lugar donde el sol parte las piedras, no me mirarías así.

Me tomo unos minutos en el rincón más oscuro de la cafetería para respirar. Saco el teléfono y releo el mensaje de mi hermano. "No te olvides de nosotros". El contraste entre el cariño de mi casa y el desprecio de esta ciudad me golpea el doble. Es lo que decía antes: se pueden romper dos corazones a la vez. El mío, por estar lejos, y el de la Alicia que intenta encajar aquí y recibe estos portazos en la cara.

Cuando la mujer finalmente se va, Jack se acerca a mí. Se quita los lentes y los limpia con el delantal, observándome con una mezcla de lástima y diversión.

—Casi la quemas con la mirada, Benavides. Podía ver el humo saliendo de tu cabeza —comenta en voz baja—. No dejes que gente así te arruine el día. Nueva York está llena de ellos, son como las ratas del metro, pero con mejor ropa.

—Es que me enferma, Jack. Esa forma de mirar... como si fuera invisible o estúpida —le respondo, bajando el tono pero sintiendo todavía el calor en las mejillas—. Gracias por meterte. Si no llegas, probablemente hoy me quedo sin trabajo y ella termina con el café en el abrigo.

Jack suelta una risita y me pone una mano en el hombro, un gesto casto que me devuelve un poco a la realidad.

—Guarda esa energía para el concierto de este fin de semana. Strom dice que HEX es lo más ruidoso y salvaje que ha pasado por esta ciudad en años. Vas a necesitar esa furia para aguantar el pogo.

-cuando vas a invitar a salir a S cada vez que la nombras te salen corazones de esos ojitos tuyos deberías apresurarte o alguien mas lo hará tu sabes la calle es una selva de cemento como la canción

Jack se queda congelado un segundo, con los lentes a medio camino de su cara. Es divertido ver cómo el chico que acaba de domar a una fiera neoyorquina se desarma por completo con un simple comentario sobre Strom. Sus mejillas se tiñen de un rosa pálido que contrasta con el azul de sus ojos, y por una vez, soy yo la que tiene el control de la situación.

—¿Tan obvio es? —pregunta, bajando la voz y mirando hacia la bodega para asegurarse de que nadie escucha.

—Jack, por favor. Hasta la máquina de espresso se da cuenta cada vez que ella entra por esa puerta y tú empiezas a preparar su latte de vainilla sin que ella diga una palabra —le suelto con una sonrisa de lado—. Deberías apresurarte, en serio. Alguien más lo hará si te quedas ahí parado limpiando tazas. Tú sabes, la calle es una selva de cemento, como dice la canción. Nueva York no espera por los lentos, ni por los que tienen miedo.

Él suspira, apoyándose en la barra.

—Es que... ella es como un huracán, Ali. Y yo apenas soy un tipo que estudia literatura y sirve café. No sé si encajo en su mundo de conciertos, bandas de rock y noches sin dormir.

—A veces los huracanes necesitan un lugar tranquilo donde aterrizar —le respondo, y lo digo de corazón.

Me quito el delantal y lo guardo en mi casillero. El turno ha terminado y el cuerpo me pesa, pero la mente me va a mil por hora. Mientras salgo de la cafetería, el aire frío de la tarde me golpea la cara, refrescando el calor que aún me queda del altercado con la vieja del abrigo.

Cierro los ojos un segundo y dejo que el ruido de la ciudad me envuelva. Sirenas, frenazos, gritos de taxistas y el rumor constante de millones de personas tratando de ser alguien. Es agotador.

Me tiro en la cama sin siquiera quitarme la ropa de la calle. El techo de mi departamento tiene una mancha de humedad que parece un mapa de un país que no conozco. El mensaje de Strom parpadea en la pantalla de mi teléfono:

"¡ALICIA Sé que es lunes, pero ya estoy contando las horas. Descansa esta semana porque el viernes a las 8 PM paso por ti. Ponte algo que diga 'soy una diosa latina lista para el caos' porque los chicos de HEX no están listos para lo que les espera. ¡Besos!"

—Mañana es martes, Strom... —murmuro para nadie, dejando caer el celular sobre la colcha—. Apenas es lunes y ya siento que Nueva York me pasó por encima con un camión.

Me obligo a levantarme para lavarme la cara. El espejo del baño me devuelve la imagen de una Alicia que se ve un poco más pálida de lo que solía estar en el norte. Las ojeras empiezan a marcarse y el pelo ha perdido ese brillo del sol constante.

Me acerco a mi caballete. El cuadro sigue ahí, juzgándome. Mañana tengo clase con el profesor "odio-todo-lo-que-no-sea-neoyorquino" y sé que si no llevo un avance significativo, me va a destrozar frente a toda la clase. Tomo el pincel, pero me tiemblan un poco los dedos por el café y el cansancio.

Decido que no voy a pintar. No hoy. Necesito re-conectarme.

Busco en mi computadora y escribo en el buscador: "HEX banda" Si Strom está tan obsesionada, lo mínimo que puedo hacer es saber a qué clase de ruido me voy a exponer. Aparecen pocas fotos, la mayoría borrosas y en blanco y negro, tomadas en bares oscuros. En la mayoría se ve a un vocalista gritando al micrófono, pero hay una foto en particular que me detiene.

Es la silueta de un bajista. Es alto, exageradamente alto, y está de espaldas al público. Solo se ve el brillo de las cuerdas del bajo y la sombra de un brazo musculoso. No se le ve la cara, pero hay algo en su postura, en la forma en que parece ignorar al resto del mundo mientras toca, que me resulta extrañamente familiar. Es como si su cuerpo proyectara el mismo silencio que yo siento a veces en medio de una multitud.

—Maldita sea, Alicia. Es solo un tipo con un instrumento —me regaño a mí misma, cerrando la laptop de golpe.

Me preparo un té de canela, el que mi abuela decía que servía para calmar los nervios, y me siento en el suelo, apoyada contra la pared, mirando mis pinturas. Mañana será otro día de pelear por mi lugar en esta ciudad. Mañana volveré a ser la "extranjera" Alicia. Pero por ahora, solo quiero que el silencio de mi departamento sea suficiente.