Prólogo
Prólogo
Blair Eclyre
Antes quería verla muerta, deshecha, rogando por piedad. Ahora, tenerla frente a mí, herida, reducida a algo parecido a un animal acorralado, es el peor sufrimiento que ha conocido mi alma.
Ella fue mi ruina, mi juez. Y aun así, ahora no puedo dejarla morir.
—El jardín se ve estupendo esta temporada, ¿no lo cree, mi reina? —preguntó Kayn, caminando a mi lado con su habitual tranquilidad.
—Ya lo creo —respondí sin mirarlo—. Pero no me gustan esas flores rosadas de allí. Ese color me enferma.
El color, en general, me parece un desperdicio de la naturaleza. Me detuve un instante frente al estanque del jardín, observando cómo el agua devolvía una imagen digna de la soberana de Eclyra. Mi piel, de una palidez casi irreal, contrastaba con el velo de sombras que se adhería a mis facciones, ocultándolas bajo una penumbra perpetua. Mi cabello largo y mis ojos, siempre severos, eran el reflejo exacto del aura tétrica que emanaba de mi castillo. En ese reflejo no había calidez, solo la oscuridad absoluta de mi reino; la imagen perfecta para la Reina de las Sombras, el color no me favorece.
—Las mandaremos a cambiar enseguida, mi reina.
—Tan complaciente como siempre, querido —le di una palmadita en la espalda, mi perro es el más servicial de todos—. Dime, ¿qué noticias tenemos de la patrulla que fue al Vastío?
Kayn dudó un instante antes de responder. Mentirle a su reina nunca es una opción.
—El número exacto de pérdidas aún no es seguro. No fue excesivo. El campamento fue tomado por sorpresa, tuvieron que reubicarse a última hora, antes del anochecer.
—¿Por qué? —tomé una rosa Nocten entre mis dedos. El susurro habitual de las sombras comenzó a deslizarse por mi mente.
—Según un grupo de valennitas, Elise autorizó ese lugar como su campamento. Desalojaron a nuestros soldados por la fuerza.
—Qué interesante —cerré el puño, destrozando la flor—. ¿Quién se cree esa Reina Dorada? No puedo dejar este insulto a nuestras tierras sin castigo. Detesto tanto a esa presumida.
No es la primera vez que las órdenes de la reina dorada se entrometen en mis planes. El tratado de paz existe gracias a ella y, aun así, decide ignorarlo cada vez que le conviene.
Pretenciosa niña de oro, si no te escondieras tras tu cúpula de cristal, ya te habría dado una lección.
—Mi reina —un guardia llegó corriendo hasta nosotros, sin darle tiempo a Kayn de hablar—. Algo ha ocurrido en el templo de la Diosa Lunar. Necesitamos que venga de inmediato.
Toda mi rabia se disipó al oírlo. No suelo permitir interrupciones por asuntos banales, pero si un guardia de bajo rango —no una de mis estrellas— venía hasta mí, era por una razón. Probablemente un ataque.
—Vamos enseguida —le indiqué a Kayn con un gesto para que alistara los caballos.
En la puerta lateral del castillo, nuestros corceles nos esperaban junto a una cuadrilla de soldados, con la eficiencia de siempre.
El templo estaba rodeado de personas. Nadie podía cruzar el perímetro que mis guardias habían establecido.
Desde el exterior, todo parecía tranquilo. Observé cada columna en busca de alguna anomalía, pero nada destacaba a simple vista.
Salté de mi caballo y, de inmediato, sentí las miradas clavarse en mí. Los susurros comenzaron al instante. No suelo recorrer las calles de mi reino con frecuencia; el trabajo nunca se detiene.
—¡Larga vida a la reina Blair! —gritó alguien desde la multitud.
—¡Larga vida! —respondieron otros.
Asentí apenas con la cabeza. Mi reino me teme y me adora por igual. Mi reputación siempre llega antes que yo.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —pregunté al llegar al final de las escaleras. El jefe de la guardia ciudadana me aguardaba.
—No lo sabemos con certeza. Se escuchó un estruendo y, al entrar, habían varias cosas destruidas y… eso.
Sin esperar más instrucciones, abrió las puertas del santuario.
La fachada del templo se alzó ante mí: imponente, fría, siniestra. Algunos encontrarían tétricos los vitrales plagados de criaturas o las estatuas de lobos, cuervos y murciélagos talladas en los pilares de ónix oscuro. Yo las encontraba encantadoras.
Todo allí es una declaración de poder. Cada edificio de este reino fue supervisado por mí, para preservar nuestra historia en cada muro, cada cuadro, cada rincón.
Desde la escalinata del templo, la ciudad de Eclyra se extendía como un mar de obsidiana y piedra volcánica. Las tejas de los edificios eran de tierra oscura, o en su defecto, piedra o madera de roble oscuro. Las calles estrechas, diseñadas para que las sombras siempre tuvieran un lugar donde esconderse, los puentes de piedra unían las torres más altas como dedos negros entrelazados contra el cielo oscuro. Mantenemos la esencia antigua y salvaje de Eclyra muy presente.
En el centro del santuario solía alzarse la estatua de la diosa antigua, erigida mucho antes de mi reinado, incluso antes del de mi padre. Curiosamente, siempre me dicen cuánto nos parecemos.
Ahora, la estatua estaba corrompida.
Un agujero perfecto la atravesaba de lado a lado. Un círculo preciso, calculado, del que brotaba una luz brillante.
La señal era clara. La respuesta, inevitable.
—Esto lo hicieron… —murmuró Kayn.
—Valennitas —terminé la frase.
Apreté los labios. ¿Cómo se atrevieron? ¿Cómo entraron en mis tierras sin que pudiera sentirlos? ¿Cómo permití que esto ocurriera?
Esa estúpida reina va a tener que darme explicaciones.
—Esto roza un incumplimiento del tratado —dijo Kayn, acercándose con cautela a la estatua, analizando la destrucción con atención—. Es demasiado preciso.
—Podrían haberla destruido por completo —dije con desdén—, pero prefirieron dejar su marca de luz. Pretenciosos.
—No hubo heridos. Nadie estaba rezando cuando ocurrió —informó el guardia.
Si alguien hubiera muerto, las cosas ya serían distintas.
—Esto es una vergüenza, mi reina —dijo Kayn—. No puede quedar sin consecuencias.
Sentí la piel tensarse y mis ojos oscurecerse. Las emociones intensas siempre fluyen con facilidad a través de mí.
—Créeme, no quedará así —he intentado mantener una relación pacífica con la reina Elise desde que firmamos ese tratado hace ciento sesenta años. Sé lo que está en juego si lo rompo—. Aun así, siempre encuentra la forma de entrometerse en mi reino. Pero esto… esto es distinto.
Un ataque directo.
Miles de ideas cruzaron mi mente en cuestión de segundos, cada una más severa que la anterior. Estaba a punto de comunicar mi decisión cuando un estruendo sacudió el templo.
El suelo vibró bajo mis pies.
Al principio fue apenas un murmullo, un temblor profundo que recorrió el templo como un aliento contenido. Luego, la vibración se volvió violencia. Las baldosas crujieron, las columnas gimieron, y el aire se llenó de un estruendo ensordecedor, como si el suelo estuviera gritando con violencia.
Los vitrales comenzaron a estallar uno tras otro, no como vidrio rompiéndose, sino como si algo los empujara desde dentro. Fragmentos de cristal llovieron sobre el santuario, reflejando destellos de luz y sombra al chocar contra el mármol.
—¡Salgan del edificio ahora mismo! —grité, alzando la voz por encima del caos.
Los guardias dudaron apenas un segundo antes de correr. El suelo se inclinó de forma antinatural y tuve que clavar los pies para no perder el equilibrio. Sentí cómo la magia del lugar se retorcía, furiosa, descontrolada.
La estatua de la diosa comenzó a oscilar.
Primero fue un balanceo lento, casi solemne, como si el tiempo se negara a avanzar. Luego, la piedra cedió. Grietas profundas se abrieron en su base y el sonido seco de la roca quebrándose atravesó el templo.
Era nuestra señal.
—¡Mi reina, cuidado! —gritó Kayn.
No tuve tiempo de responder.
El techo se desplomó con un rugido. Toneladas de piedra y polvo se precipitaron hacia nosotros, oscureciendo todo a su paso.
Me lancé hacia Kayn sin pensarlo. Lo sujeté con fuerza y, en el último instante, cerré los ojos y extendí los brazos frente a nosotros.
Las sombras respondieron.
Y entonces, las piedras nos alcanzaron.
Si amigos, la historia tiene una portada de canva, porque ni cagando hago la portada con ia y por el momento no hay presupuesto para una portada por comisión. Buenas noches.