El Noveno Círculo

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Summary

Tengo la oportunidad de volver a mi mundo, pero esa voz siempre quiere hacerme caer en la oscuridad. Perdí años de mi vida por culpa suya, pero ahora solo parece querer darme una advertencia.

Genre
Drama
Author
Naity
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO II

Muchas noches me encontré formando oraciones vacías, muchas noches me tiraba al suelo con el alma herida y el espíritu quebrantado, solo en busca de esa presencia cálida que dicen que sana cualquier pena. Siempre pedí y nunca se me dio, siempre llamé a la puerta, más nadie me abrió. Clamé por misericordia mientras ahogaba mi llanto en salmos manchados de sufrimiento, pero nunca obtuve respuesta.

Era una completa ironía rezarle al ser por cuya culpa estaba recluida en ese lugar y cuyos susurros con voz de esperanza llenaban mis sueños y terminaban confundidos con delirios. Hace once años me arrancaron del calor de mi hogar, me privaron de la paz de mi estabilidad e hicieron desaparecer mi fe poco a poco, hace once años que había estado recluida en un hospital psiquiátrico, acusada de estar delirando por lo que yo creía un milagro de fe al escuchar su voz con dulzura en mis sueños.

Liberarme de aquel blanco pabellón no se sentía como libertad, era una sensación de incertidumbre que me acorralaba poco a poco. Ya no era la misma, ya no me sentía yo, ya no sentía a mis padres y estaba segura de que no sentiría ninguna conexión con esa casa que alguna vez fue mi hogar y ahora se convertía en una jaula de oro, una nueva prisión de paredes invisibles en donde el peligro más grande era mi propia mente.


Mientras el guardia me entregaba mis pocas cosas, me permití vislumbrar algunos detalles a través de la rejilla que mantenía la recepción separada del mundo exterior. Se podía ver sol, así que posiblemente era verano, la curiosidad por las vistas, los olores y las texturas empezaron a invadirme, por lo que solo alcancé a tomar la caja de zapatos vieja donde guardaba mi antigua ropa y una bota con la suela desgastada antes de embarcar hacia la aventura de experimentar estar afuera por primera vez en años.

La reja se abrió, el guardia no se movió de su puesto, simplemente se quedó ahí viendo cómo me alejaba a través del umbral hacia un mundo que no conocía.

El sol no era como lo recordaba; no se sentía como una caricia, era más como un castigo abrasador que me obligaba a entrecerrar los ojos al tiempo que los agresivos rayos buscaban devolverle el color a mi piel amarillenta, afectada por la ictericia del cautiverio. A unos pocos metros, bajo el calor sofocante y en medio del silencio de la calle, dos figuras se alzaban una junto a la otra, observándome con lástima, con sorpresa, como si no pudieran creer que ahora estaba parada en una acera y no atada a una silla dentro de un loquero.

La figura delgada y estirada de mi madre se acercó con paso lento, temerosa. Su vestido negro y ese pañuelo de seda que llevaba en contraste, marcaba una buena diferencia contra la opulencia del traje de tres piezas que traía mi padre, y el coche de lujo en donde los esperaba el chófer para abordar y retornar a casa.


— ¡Hija mía, mi dulce niña! — las palabras femeninas calaron en mis oídos, la sensación agridulce no abandonaba mi estómago mientras ella me tomaba en un abrazo y me estrechaba contra su cuerpo — ¡Por fin te tengo de vuelta, por fin!


Mientras ella celebraba un reencuentro, mi padre se negaba a dirigirme la mirada, quizás su conciencia le gritaba que él era el culpable de cada penuria y lágrima que ese horrible lugar me provocó.

Mi madre seguía abrazándome, tan fuerte que terminó por aplastar la caja de zapatos en medio de ambas. De ninguna manera me conmoverían un par de lágrimas falsas, solo eran un método más de manipulación y no me harían olvidar que los mismos Arthur y Eleanor Sterling se habían servido de aquel infame lugar para deshacerse de mí, bajo la excusa de que estaba loca.


¿Acaso es locura querer interpretar los sueños que Dios susurra en tu oído?

Arthur no dijo una palabra. Se limitó a abrir la puerta trasera del vehículo con una caballerosidad mecánica, como quien cumple con un protocolo fúnebre. El interior del coche me recibió con un golpe de aire gélido que me erizó la piel amarillenta; el climatizador zumbaba en un tono perfecto, casi imperceptible, enterrando el ruido del mundo exterior que apenas acababa de redescubrir.

Al sentarme, el cuero negro crujió bajo mi peso, suave y costoso, un contraste insultante para mis huesos acostumbrados a la rigidez del catre. Mi madre se deslizó a mi lado, dejando que su perfume, una mezcla floral empalagosa que intentaba enmascarar el hedor a encierro que yo aún desprendía, llenara el reducido espacio.

El chófer cerró la puerta y el sonido fue seco, definitivo. Fue el clac de una cerradura.

— Estás muy delgada, Amara —murmuró Eleanor, buscando mi mano con la suya, que se sentía cálida y lánguida—. Pero no te preocupes, en casa todo volverá a ser como antes.

Miré por la ventana mientras el motor cobraba vida sin apenas vibrar. “Como antes”. La ironía de sus palabras me provocó una punzada en la sien. Nada volvería a ser como antes, porque la niña que entró en aquel hospital murió hace once años, y la mujer que salía hoy no era más que un rompecabezas de piezas rotas que ellos, por alguna oscura razón, habían decidido intentar rearmar.


Con una lentitud angustiante, el coche empezó su retorno por aquellas calles asidas de soledad. El tétrico clamor de los inocentes estaba siendo callado a medida que avanzabamos y el hospital era dejado atrás; sentí como si una cadena se hubiese roto, un grueso grillete que me mantenía unida a mi miseria.

El clima estaba soleado, ni una nube se divisaba en el firmamento, quizás porque la tormenta estaba dentro de mi cabeza.

Me atreví a mirar por la ventanilla, el vidrio me separaba del impulso de saltar fuera del coche. No era suicida, era una manera de impedir que me volvieran a encerrar.


— ¡Hijita, te encantará lo que hicimos con tu habitación! Tu padre y yo nos dimos la tarea de hacerte sentir de nuevo en casa —el tono entusiasta de mi madre seguía sintiéndose vacío. Su voz aguda y opulenta no brindaba calidez ni melodía. Era una canción extraña y desafinada que nuevamente hacía eco en mis oídos.


— Detesto que muevan mis cosas —espeté por primera vez. Sus párpados subieron suavemente, al mismo tiempo que su iris café buscaba el azabache de mi padre. No me habían oído hablar en once años, y sinceramente, yo tampoco.


— Bu-bueno, movimos un par de muebles, querida. Eran demasiado pequeños para ti, ya no eres una niña.


— Como siempre ustedes encargándose de todo, ¿No? —aquello era un insulto a mi dolor, y repliqué con la garganta teñida en ironía. Claro que no era una niña, dejé de serlo el día en el que mi pijama de algodón fue reemplazado por el blanco poliéster del uniforme de hospital, aquel lugar donde el pecaminoso hedor a nicotina fue testigo en primer plano de como apagaban un luz que no volvería a encenderse nunca.

¿Dónde estaba aquel que debía hacerme morar bajo su infinita misericordia mientras el guardia me arrebataba lo único que siempre fue mío?