Oído absoluto
El suelo de mármol siempre estaba helado, incluso en verano.
Adrien se sentó al borde de la cama y apoyó los pies descalzos sobre la piedra. No miró el reloj de agujas doradas ni el frasco de colonia alineado milimétricamente sobre la mesilla. La luz en el dormitorio era de ese azul grisáceo indefinido que precede al día.
El mundo fuera ya se movía, mientras él permanecía intacto.
Se dirigió a la cómoda y se vistió rápidamente. Pantalón oscuro, camisa blanca, jersey de lana fina. Ropa que no había elegido él, colocada sobre la cómoda por unas manos invisibles.
Cruzó el pasillo sin mirarse en el espejo del corredor. Al pasar frente a la biblioteca, el olor a papel viejo y encuadernaciones de piel le golpeó la cara. Allí dentro se acumulaban siglos de historia, política y música, estanterías que se elevaban hasta el techo como torres.
El mármol del vestíbulo crujió bajo sus pies cuando bajó al salón principal.
El piano de cola negro ocupaba el centro de la estancia, junto a los grandes ventanales franceses. Era una extremidad más. La única que nunca le fallaba.
Se sentó. Acomodó la banqueta. Las yemas sobre las teclas.
Era un Steinway & Sons, edición limitada. Un regalo por su primer premio internacional, a los catorce. Todavía recordaba la entrega. Las cámaras, las flores. El orgullo de sus padres.
Tocó un Do. Flotó en el aire hasta que el silencio volvió a doler.
El Nocturno fluyó sin resistencia. Su postura era correcta, sus silencios también.
Pero en algún punto del tercer movimiento, le sudaron las palmas sobre las teclas blancas. El mismo escalofrío que en Hamburgo, justo antes del desastre. Pensó en la cara de su padre después: sin dureza, sin decepción. Solo aquella mirada tranquila, casi clínica, que era peor que cualquier reproche porque no dejaba nada a lo que responder.
Cerró los ojos. Y por un instante —sólo uno— se permitió imaginar otra cosa. Los dedos vacilaron. Y entonces, sin buscarlo, cambió el acorde. No fue un error técnico; fue un gruñido. Una disonancia fea, grave, que rompió la armonía de cristal del salón. Por un segundo, el corazón le dio un vuelco.
La voz de su madre llegó desde la puerta. Adrien sintió su mano en los lumbares: firme, conocida. Reajustó la columna contra esa palma.
—Mejor —dijo ella, retirando la mano. Luego se quedó un momento detrás de él, y Adrien notó su sonrisa sin necesidad de girarse—. Eso no es parte del repertorio.
No fue un reproche. Fue una constatación divertida, casi tierna.
Adrien bajó las manos de inmediato.
—Lo sé. Lo siento.
—No te disculpes. —Ella le apretó el hombro con suavidad—. El desayuno en diez minutos.
Cuando se fue, Adrien se quedó mirando el reflejo del piano en el suelo. El acorde feo ya no estaba, pero él todavía lo oía.
No volvió a tocar.
El silencio se pegaba a las paredes cuando Adrien regresó al vestíbulo. La alfombra apagaba el sonido de sus pasos, pero algo en su pecho seguía retumbando, como si estuviera fuera de compás.
El móvil vibró en su bolsillo con insistencia. Etienne Vélez.
—Etienne.
—Adrien. ¿Te interrumpo?
—No. Estaba en casa. Ensayando.
—Perfecto. Tenemos que revisar la propuesta de Lucerna. Sé que crees que hay tiempo, pero cuanto antes lo dejemos listo mejor. —Una pausa. El clic del ratón—. Y tenemos que escoger la pieza de cierre que tu padre sugirió para la actuación en la galería.
Adrien se pasó la mano por el pelo frente al espejo.
—Tu padre insiste con Schumann. Dice que fue un éxito en Viena.
Viena. Frac. Fotos en blanco y negro.
—¿Otra vez? La crítica va a... necesitamos algo nuevo.
—Mmm. Déjame pensar. —Otra pausa—. También quieren que des una entrevista para Ritmo. Tu madre está encantada.
Adrien tragó saliva.
—¿Puedo no hacerla?
Etienne suspiró.
—Puedes. Pero no deberías.
Su silencio fue respuesta suficiente.
—Venga —añadió Etienne, bajando el tono—. Sonríe, haz la entrevista, y sales de eso. Es lo que hace que una marca venda.
—Está bien. ¿Cuándo es?
—Te acabo de mandar un correo con la agenda. Por dios, Adrien. Trata de ser más simpático esta vez.
La llamada se cortó sin despedida.
Adrien entró en el comedor. Su madre ya estaba allí, bañada por la luz de la mañana, con esa serenidad que siempre la envolvía. Al verlo entrar, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina de buenos días.
—¿Dormiste bien? —preguntó, sin mirarlo, removiendo el té.
—Sí.
—Te oí tocar. —Dejó la cucharilla en el platillo—. Divino, Adrien. —Una pausa cálida—. Me alegra verte más centrado. Hamburgo fue un mal trago para todos, pero ya pasó.
Adrien se sentó a su lado en la mesa, y se sirvió una taza de café.
—Etienne ha llamado —dijo él, untando mantequilla en su tostada—. Quiere cerrar el programa.
—Schumann —asintió ella—. Tu padre está convencido. Dice que nadie toca ese Finale como tú, y tiene razón. Lo que hiciste en Viena fue extraordinario.
Adrien dejó la tostada a medio morder; le sabía a cartón.
—Schumann otra vez no, mamá —soltó de golpe, sin mirarla—. La crítica va a... necesitamos algo nuevo. Algo contemporáneo… no sé.
Ella inclinó la cabeza, con esa expresión de paciencia afectuosa que reservaba para cuando él se complicaba solo la vida.
Adrien no contestó. Partió la tostada con los dedos y se llevó un trozo a la boca. Una miga cayó, solitaria, sobre el mantel blanco.
—Cariño. ¿Para qué arriesgarse cuando ya tienes algo que funciona? —Estiró la mano y cubrió la de Adrien con la suya—. La gente va a escucharte tocar a ti. Eso es lo que importa. Tú les das la música, y la música es tuya sea cual sea. Eso no te lo quita nadie.
Adrien bajó la vista hacia el cuenco de fruta. Dados de melón y kiwi cortados en cubos perfectos, sin una sola semilla, sin piel. Pinchó un trozo con el tenedor, imaginando un acorde de Ligeti rompiendo la pulpa.
Se hizo un silencio largo. Una mosca sobrevoló la fruta sin atreverse a aterrizar.
—Quiero tocar algo que esté vivo —soltó él. Su voz sonó pequeña en aquel salón tan alto.
—Todo lo que tocas tú está vivo. —Ella se levantó, se colocó detrás de él y le puso las manos en los hombros con la familiaridad de siempre—. Ese es tu don, Adrien. No todo el mundo lo tiene. Tu padre y yo solo intentamos que no lo desperdicies.
Le besó en la coronilla. Olía a rosas, igual que siempre.
—Nosotros pensamos la estrategia. Tú solo tienes que ser maravilloso. Y lo eres. ¿Cuándo te hemos fallado?
Las manos de su madre eran cálidas. Adrien intentó llenar los pulmones.
—Nunca —dijo.
Y sonrió porque era lo que tocaba: sonreír, y porque ella se lo merecía, y porque decir otra cosa habría sido hacerle daño sin motivo.
Se metió el cubo de fruta en la boca.
Estaba frío. Insípido.
Diez minutos después el aire de Madrid le cortaba la cara. Adrien se subió el cuello del abrigo. El viento no era frío, era una agresión. El frenazo de un autobús en Zurbano le golpeó los oídos. Prefería ese estrépito al silencio del desayuno con su madre.
Al cruzar hacia Malasaña, la arquitectura cambió. Los edificios señoriales dieron paso a fachadas desconchadas y balcones donde la ropa tendida se helaba al sol. Y entonces lo vio.
No era una boutique ni una galería. Era un agujero en la pared con un marco de madera negra que parecía devorar la luz.
Nix Ink.
Las letras estaban pintadas a mano sobre el vidrio, toscas, irregulares. Adrien se detuvo.
A través del escaparate, vio a un hombre inclinado sobre una camilla. Llevaba una camiseta negra sin mangas y tenía el cuerpo tenso, curvado sobre el brazo de una chica.
Adrien se acercó un paso más, hipnotizado.
Vio la máquina. Vio la aguja vibrando, entrando y saliendo de la piel a una velocidad que le revolvió el estómago. El hombre no estaba tocando; estaba agrediendo. Su mano, cubierta por un guante de látex negro manchado de tinta, se movía con una firmeza brutal. Trazaba una línea y la piel debajo se enrojecía, sangraba, se inflamaba.
Tenía que doler. Y sin embargo, la chica de la camilla tenía los ojos cerrados y la respiración lenta, rítmica, ajena a la aguja que la rompía. Adrien se tocó la muñeca izquierda, inmaculada, bajo el puño de la camisa. ¿Quién elegiría marcarse así? Él jamás lo haría. Aquella era permanente. Ese tipo estaba cambiando la realidad de alguien para siempre, manchándola, rompiéndola para hacerla suya.
El tatuador se detuvo para limpiar la zona con una gasa blanca. Fue un gesto rápido, brusco. Levantó la cabeza para cargar tinta. En el movimiento, sus ojos atravesaron el cristal y chocaron con los de Adrien.
Lo miró con la indiferencia de un animal depredador que ve a un turista tras la verja. Ojos oscuros, cansados. Y una mueca que no llegaba a ser sonrisa.
La mirada de aquel tipo duró un segundo, neutra, sin reparar realmente en él. Luego volvió a su trabajo como si él no existiera.
Adrien notó el calor subiéndole al cuello. No sabía por qué.
Adrien se quedó un momento más, pegado al cristal, sin saber muy bien qué esperaba. Luego se giró y echó a andar. Se ajustó la bufanda, buscando el tacto conocido de la lana. Caminó rápido, pero la mancha negra sobre la piel blanca seguía parpadeando detrás de sus párpados.
Esa noche no bajó a cenar. La sola idea de sentarse a la mesa, de escuchar el tintineo de los cubiertos y sentir la mirada de su madre buscando imperfecciones en su postura, le revolvía el estómago.
Se encerró en su cuarto, solo la lámpara de la mesilla encendida, un círculo amarillo que apenas mordía la penumbra.
El silencio que caía sobre ellos no era paz; era el silencio presurizado de una caja fuerte.
Adrien se sentó en la cama, todavía vestido, sintiendo la tela de su camisa pegada a la espalda. Abrió el segundo cajón de la mesilla. Metió la mano al fondo, debajo de las revistas de crítica musical alemana y las partituras aprobadas por la Fundación. Sus dedos rozaron cuero gastado.
Sacó su cuaderno negro.
No era un diario. O no exactamente.
Lo abrió. Las primeras páginas estaban arrancadas. Las siguientes estaban llenas de tachaduras, líneas negras y furiosas que intentaban ocultar lo que había debajo. Había pentagramas dibujados a mano donde las notas se agolpaban hasta convertirse en manchurrones de tinta. Había listas de palabras: Hamburgo. Temblor. Schumann.
Pasó las páginas hasta encontrar una hoja en blanco.
Destapó el bolígrafo con un ligero temblor, el mismo que había sentido frente al escaparate de Nix Ink.
Cerró los ojos y vio de nuevo la imagen. No la cara del tatuador, sino la aguja. El metal entrando en la carne. La tinta negra colándose bajo la piel para quedarse allí para siempre. Sin vuelta atrás. Sin el pulgar de su madre corrigiendo la mancha.
Abrió los ojos y escribió.
Sucio.
Se detuvo. Miró la palabra. Era insuficiente. Apretó el bolígrafo hasta casi romper el papel:
Permanente.
Se quedó mirando las letras. Permanente. Una mancha que uno elegía llevar puesta hasta la muerte. Cerró el cuaderno de golpe. El ruido sonó como un disparo en el silencio de la habitación. Lo empujó al fondo del cajón, bajo las revistas, respirando rápido, como si acabara de esconder un arma.
Apagó la lamparita.
Se tumbó encogido, rodillas al pecho. Esa noche no soñó con música. Soñó con el zumbido de una máquina eléctrica. Un ruido de avispero, monótono, acercándose a su mano derecha mientras él esperaba el primer pinchazo, con un terror que se parecía demasiado al deseo.
Se despertó varias veces. El zumbido seguía ahí, en algún lugar entre el oído y el cerebro. Una vez se levantó, fue al baño, se miró en el espejo. La mano derecha, intacta. La piel, limpia. Volvió a la cama. El zumbido no se había ido.
El día siguiente transcurrió en esa niebla que sigue a las malas noches. Ensayó. Comió sin hambre. Contestó llamadas con monosílabos. La tarde cayó sin que apenas la viera.
A las ocho menos cuarto, subió a vestirse.
Sobre la cama, el esmoquin lo esperaba. Los gemelos, los zapatos, la nota de su madre: “Recuerda sonreír. No improvises.”
Se vistió en silencio. Se miró en el espejo del vestidor. El corte perfecto, la postura recta, la máscara en su sitio.
La galería estaba llena pero no viva. Vestida de un blanco deliberado, lucía como el silencio entre dos movimientos musicales: elegante, sí, pero también implacable.
Adrien cruzó el umbral quince minutos antes de lo previsto, sintiendo la rigidez del corte perfecto obligándole a mantener la espalda recta. No sobraba un milímetro de tela, no había una sola arruga. Era una segunda piel, exquisita y carísima, que él no había elegido.
El murmullo general era suave, una alfombra de ruido blanco, risas bajas.
Adrien se movía como pez en el agua entre el decorado. Los asistentes lo saludaban con inclinaciones mínimas de cabeza o sonrisas a medias. “Delacroix”, susurraban algunos. “El pianista.” Copa de champán en la mano, Adrien aprovechó que era temprano para detenerse unos minutos a charlar con algunos conocidos, y así contentar a su mánager.
La organizadora lo localizó entre la gente y caminó hacia él sobre sus tacones como si estuviera en una pasarela invisible. Posó su mejilla contra la de Adrien en un beso sin labios ni contacto y lo dirigió hacia el centro de la sala.
Allí, el piano brillaba bajo los focos. Sobre la tapa, una pequeña tarjeta blanca, de diseño minimalista:
Adrien Delacroix.Repertorio: Selección de piezas clásicas. Inicio: 20:00 h.
Se sentó. El cuero crujió bajo su peso. Las yemas sobre las teclas frías, el cosquilleo mínimo de la estática, el temblor que siempre precedía al primer sonido.
Tocó.
Chopin, como siempre que necesitaba desaparecer. La mano izquierda ejecutaba el bajo alberti en automatismo, sin que el cerebro interviniera; la derecha construía la melodía encima, nota a nota. La música flotó sobre los asistentes como niebla decorativa y Adrien se hundió en ella, invisible detrás del piano.
Estaba en el tercer arpegio cuando algo cambió en la sala.
No fue un ruido. Fue una presión distinta en el aire, como cuando alguien abre una ventana en una habitación cerrada. Adrien levantó la vista del teclado sin perder el pulso.
Lo vio cruzar la puerta.
El tipo de la tienda de tatuajes. Sin la máquina, sin el guante de látex, pero el mismo. Una chaqueta de lana negra, ajada en los bordes, sobre una camiseta que dejaba ver el inicio de un tatuaje en el cuello: un trazo negro que desaparecía bajo la tela. Caminaba por la galería mirando las obras con el aburrimiento específico de quien no ha venido a verlas.
Se detuvo frente a un cuadro cercano al piano.
—¿Quién ha dejado entrar a ese? —susurró alguien a su espalda.
Adrien falló una nota. Fue imperceptible, una micra de segundo, pero él la oyó como un disparo.
Vio cómo el intruso saludaba a un famoso fotógrafo y dueño de una galería, Malatesta, con un abrazo breve, real. Demasiado físico para aquel lugar.
El desconocido se giró y sus miradas volvieron a encontrarse.
Esa mirada duró menos de un segundo, pero a Adrien le pareció que el tiempo se estiraba como un chicle. Los ojos de Lucas lo recorrieron de arriba abajo sin detenerse en ningún sitio, como quien mira un escaparate sin intención de comprar.
Sintió un vacío en el estómago. No era miedo. Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar.
El tipo lo miró a él, luego al piano. Soltó una risa corta, muda, y negó con la cabeza.
A Adrien le subió fuego a la cara. Atacó las teclas con rabia, convirtiendo a Satie en una marcha militar.
Los siguió con la mirada desde detrás del piano, invisible e intocable, mientras por su garganta subía un calor inexplicable que le robaba el aliento.
Y entonces lo oyó:
—¡Lucas! —gritó Malatesta, rompiendo el protocolo—. Ven, mira esto.
Lucas.
Ahora tenía nombre. Y eso, de alguna forma inexplicable, lo empeoraba todo.
Los dedos aún tocaban con la misma precisión, pero ya no había música. No en su interior.
Adrien no podía dejar de buscarlo entre la gente. Corrigió al instante un desfase en el tempo, pero las yemas de los dedos ya no le respondían. El temblor le subía por los antebrazos, y no podía pararlo.
Cuando la pieza terminó, el aplauso fue un chisporroteo educado y breve. Se bajó del estrado, bebió de golpe el champán caliente y, sin saber muy bien por qué, fue hacia ellos.
Lucas estaba de pie frente a un lienzo rojo y negro. Sostenía la copa de vino por el cáliz, manchando el cristal con los dedos. A su alrededor, se había formado un pequeño grupo: coleccionistas, críticos menores, jóvenes artistas con gafas sin aumento y opiniones prestadas.
Un hombre de barba perfectamente recortada hizo un comentario vago sobre la obra y fue agasajado con un coro de risas que a Adrien le sonaron a plástico.
Fue entonces cuando Malatesta reapareció entre el grupo, aún con la copa en la mano, y se dirigió a Lucas.
—¡Lucas! —decía Malatesta—. Mira esta técnica. ¿No es brillante?
Lucas miró el cuadro. Luego miró a Adrien, que acababa de llegar al círculo Sus ojos oscuros lo barrieron de arriba abajo. Sintió el peso de esa mirada como una caricia incómoda.
—Técnica impecable —dijo, con una voz que rascaba—. Lástima que esté hueco.
—¿Perdona? —La palabra salió sola.
Lucas sonrió. No fue una sonrisa amable.
—El cuadro. —Señaló la tela sin mirarla—. Mucho oficio, poca sangre. ¿No opinas lo mismo?
Adrien apretó la copa.
—Opino que hay que saber mucho para entender la técnica.
Lucas soltó una carcajada suave.
—Ya. Supongo que sí.
El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier acorde. Adrien apartó el rostro y dejó el vaso en la bandeja de un camarero que pasaba. Cuando volvió a mirar, Lucas ya se alejaba junto a Malatesta, perdiéndose entre la gente.
Se quedó clavado en el sitio con el sabor metálico de la adrenalina en la boca y la palabra flotando, adherida al paladar como algo que no acababa de tragarse.
Hueco.
Se quedó ahí durante todo el trayecto de vuelta.
Al llegar, la casa lo recibió en silencio.
El vestíbulo estaba en penumbra. Colgó el abrigo y se quitó los zapatos. Los dejó alineados junto a la alfombra: cuero italiano, rígido, carísimo.
La casa entera parecía contagiada de silencio. El mármol frío le mordió los pies a través de los calcetines cruzando el pasillo sin hacer ruido. Nunca hacía ruido. Pasó frente al espejo del corredor y se detuvo.
El nudo de la corbata seguía geométricamente perfecto. El peinado, intacto. Los ojos azules, limpios.
Hueco.
Se aflojó la corbata de un tirón, casi ahogándose, y en lugar de subir a su cuarto fue al gran salón. Allí estaba esperándole su piano: negro, brillante. Inmóvil.
Se acercó despacio. Apoyó una mano sobre la tapa pulida. La superficie estaba fría. No como el mármol. No como el metal. Como si el frío estuviera dentro del piano, esperándolo.
Abrió la tapa con el mismo cuidado con el que se desarma una bomba. Las bisagras cedieron sin quejas.
El salón estaba apenas iluminado por la luz del farol que se filtraba entre las cortinas, dibujando líneas largas sobre el suelo. Se sentó. Los pies en los pedales. Las yemas sobre las teclas.
Hanon. Ejercicio número 1.
Do-mi-fa-sol-la-sol-fa-mi.
Empezó despacio. Hanon no se toca con rabia: se toca con el antebrazo relajado, el peso cayendo desde el hombro, suave. Adrien lo atacaba desde la muñeca, bloqueando la articulación, obligando a los tendones a hacer lo que no debían. Era la forma más rápida de destrozarse la mano. Lo sabía.
Más rápido.
El sonido dejó de ser música. Los antebrazos le ardían. Ácido láctico. Una gota de sudor le cayó en el ojo; parpadeó, escociendo, pero no paró.
Ya no pulsaba las teclas. Las agredía. Quería romper la cuerda. Un acorde disonante se le escapó, sucio, grave, y Adrien no lo corrigió; lo repitió, lo machacó, una y otra vez, convirtiendo el error en un ritmo feo y violento.
Adrien miraba sus propias manos como si no fueran suyas.
Golpeó un Do final con el puño cerrado.
El piano soltó un gemido metálico que se quedó flotando en la oscuridad.
Adrien se quedó allí, jadeando. El corazón golpeándole las costillas. Los nudillos rojos. El pelo pegado a la frente.
Se pasó el dorso de la mano por la cara. El silencio de la casa cayó sobre él, más pesado que antes.
Bajó la tapa del piano con un golpe seco.
—Impecable. —Su voz sonó rota en el salón vacío.