MATERIA

All Rights Reserved ©

Summary

El cuerpo recuerda lo que la mente no supo nombrar. Este poemario explora el duelo desde la única verdad que no engaña: la del cuerpo. No hay consuelo ni abstracción aquí; hay barro que se retuerce bajo los pies, una mano que se hunde y pierde su nombre, una lealtad oscura que anida en los tendones cuando la razón ya ha soltado. Dividido en cuatro movimientos —El cuerpo que aprende, El cuerpo que retiene, El cuerpo que pierde, El cuerpo que permanece—, MATERIA traza el arco completo de una ausencia: desde el asombro del encuentro hasta la certeza de que el silencio, a veces, basta para decirlo todo. Aquí la memoria es una tiza que escribe sobre la piel y deja un polvo que no se borra. La ausencia pesa como una silla vacía que inclina la habitación. El deseo, con el tiempo, se vuelve piedra. Y el amor, ya sin forma, termina siendo música. Un libro sobre lo que queda cuando alguien se va. Sobre la materia que insiste, que anota cada pérdida en el hueso, que convierte el dolor en partitura. Porque el cuerpo no olvida. El cuerpo repite lo que la mente ya borró.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

El cuerpo que aprende

La génesis del barro

El barro

se retorcía a mis pies.

Hundí la mano

y perdí mi nombre.

La luz pasó de largo.

Y ese peso

me fue dejando

más liviana la boca,

más torpe la mano

que aún seguía dentro.

No supe

cuándo hacer

empezó a parecerse

demasiado

a deshacerse.



El anclaje

La mano quedó atrás,

presa de un adiós que no concluí.

El antebrazo se hunde

no en el descanso,

sino en la memoria de lo que rozó.

Hay una lealtad oscura en mis tendones,

la herrumbre de quien se quedó

cuando el cuerpo ya quería irse.

Lo que el barro no quiso llevarse

ahora pesa más que el resto.



Afinación

Fue un temblor de aire,

una grieta de luz entre tus labios.

Te oí antes de verte:

un pulso en la médula,

algo que despertaba

en la grieta de mis eternos inviernos.

La luz lamía distinto el mantel.

Las paredes aprendieron tu nombre

antes que yo.

Ya no sé si mi piel te roza

o te inventa.



La quietud de la cera

La cera cede.

Se abre con un crujido seco,

como si el fondo tirara

de lo que intenta sostenerse.

La sal se hace polvo,

pero insiste:

cruje casi azul en la yema,

un eco arisco que atraviesa la piel.

A veces basta el roce

para que duela

donde no esperaba.

El vaso en mi mano

tiene la forma exacta de tu ausencia,

algo que permanece

aunque me aleje.



El aire dentro del aire

Tu aliento quedó en la primera capa del vidrio.

No vuelve:

tiembla ahí,

como un calor que no encuentra sitio.

Inhalo el espacio mínimo

entre tu hombro y la pared,

la franja donde el polvo flota

y el calor se sostiene.

No es brisa.

Es tu pulso evaporado.

Mi respiración se mezcla con la tuya:

no hay orilla entre nosotros.

El aire dentro del aire

roza la boca antes del gesto:

un incendio próximo.


El eco del tacto

Tu piel es una pregunta sin costura,

sin respuesta:

un vibrato conocido

y recién nacido a la vez.

El pulso se dispersa

en la zona donde el oído

empieza a ser hueso.

Nada ancla aquí.

El momento apenas es

y ya se repliega.

El corazón pierde el ritmo,

desviándose.

Late así:

probando su voz

en mitad del silencio.



La frontera

Hay un lugar

donde la piel no responde,

solo recibe:

el punto exacto

donde el tacto no contradice.

En esa franja,

la luz se atenúa.

El silencio se tensa

bajo el labio,

un pulso leve

que no pide nada.

Tu cuerpo y el mío

se aproximan así:

sin pronunciarse,

como dos latidos

tanteando el límite

antes del contacto.



Pequeña muerte

En tu ombligo,

el secreto clamor del trueno.

Yo —con lengua de animal—

deletreé

un incendio mínimo.

Arde todavía.