El cuerpo que aprende
La génesis del barro
El barro
se retorcía a mis pies.
Hundí la mano
y perdí mi nombre.
La luz pasó de largo.
Y ese peso
me fue dejando
más liviana la boca,
más torpe la mano
que aún seguía dentro.
No supe
cuándo hacer
empezó a parecerse
demasiado
a deshacerse.
El anclaje
La mano quedó atrás,
presa de un adiós que no concluí.
El antebrazo se hunde
no en el descanso,
sino en la memoria de lo que rozó.
Hay una lealtad oscura en mis tendones,
la herrumbre de quien se quedó
cuando el cuerpo ya quería irse.
Lo que el barro no quiso llevarse
ahora pesa más que el resto.
Afinación
Fue un temblor de aire,
una grieta de luz entre tus labios.
Te oí antes de verte:
un pulso en la médula,
algo que despertaba
en la grieta de mis eternos inviernos.
La luz lamía distinto el mantel.
Las paredes aprendieron tu nombre
antes que yo.
Ya no sé si mi piel te roza
o te inventa.
La quietud de la cera
La cera cede.
Se abre con un crujido seco,
como si el fondo tirara
de lo que intenta sostenerse.
La sal se hace polvo,
pero insiste:
cruje casi azul en la yema,
un eco arisco que atraviesa la piel.
A veces basta el roce
para que duela
donde no esperaba.
El vaso en mi mano
tiene la forma exacta de tu ausencia,
algo que permanece
aunque me aleje.
El aire dentro del aire
Tu aliento quedó en la primera capa del vidrio.
No vuelve:
tiembla ahí,
como un calor que no encuentra sitio.
Inhalo el espacio mínimo
entre tu hombro y la pared,
la franja donde el polvo flota
y el calor se sostiene.
No es brisa.
Es tu pulso evaporado.
Mi respiración se mezcla con la tuya:
no hay orilla entre nosotros.
El aire dentro del aire
roza la boca antes del gesto:
un incendio próximo.
El eco del tacto
Tu piel es una pregunta sin costura,
sin respuesta:
un vibrato conocido
y recién nacido a la vez.
El pulso se dispersa
en la zona donde el oído
empieza a ser hueso.
Nada ancla aquí.
El momento apenas es
y ya se repliega.
El corazón pierde el ritmo,
desviándose.
Late así:
probando su voz
en mitad del silencio.
La frontera
Hay un lugar
donde la piel no responde,
solo recibe:
el punto exacto
donde el tacto no contradice.
En esa franja,
la luz se atenúa.
El silencio se tensa
bajo el labio,
un pulso leve
que no pide nada.
Tu cuerpo y el mío
se aproximan así:
sin pronunciarse,
como dos latidos
tanteando el límite
antes del contacto.
Pequeña muerte
En tu ombligo,
el secreto clamor del trueno.
Yo —con lengua de animal—
deletreé
un incendio mínimo.
Arde todavía.