La carta que nunca debía enviarse...
24 de febrero de 1830
Espero que estén bien dondequiera que se encuentren.
Si se preguntan por mí, debo decirles que mi salud parece mejorar. El médico del pabellón asegura que mi estado se ha estabilizado y que, si continúo comportándome de manera adecuada, pronto podré abandonar esta habitación.
Aunque mis ensoñaciones no han desaparecido.
Y, para ser sincera, tampoco deseo que lo hagan.
Ese mundo que he construido con tanto cuidado… ¿por qué habría de abandonarlo?
Los médicos dicen que mi mente debe permanecer en la realidad. Pero la realidad es un lugar frío, lleno de murmullos, pasos y puertas que se cierran con llave.
Aquí todo es distinto.
Cuando cierro los ojos puedo verlos a ambos.
En mis ensoñaciones ustedes siguen como siempre: conversan conmigo, bromean, se sientan a la mesa y hablan de asuntos triviales. A veces incluso discuten un poco, como solían hacerlo, pero nada grave. Nada que haga que todo termine en silencio.
Eso me tranquiliza.
Los doctores han aumentado los sedantes y las infusiones que me administran cada noche. No desean explicarme el motivo verdadero; se limitan a decir que mis ensoñaciones se han vuelto más frecuentes.
Sé que no me dicen toda la verdad.
Pero trato de obedecer.
Padre siempre decía que desobedecer a quienes intentan ayudar es un grave error. Y tú también lo decías, madre.
No cometeré el mismo error que los hizo marcharse.
Si esta carta logra llegar hasta ustedes, quiero que sepan que los extraño profundamente.
Con afecto,
Ana Lexivorand