Capítulo 1: La Gata en Celo
El sol de octubre en California pegaba fuerte esa tarde, pero dentro del Spirit Halloween de Westfield Topanga Mall, el aire acondicionado era un alivio fresco contra el calor pegajoso de Los Ángeles. Emily empujó la puerta de cristal con el hombro, cargando ya dos bolsas de Target con maquillaje barato y medias de red. Tenía 18 años desde hacía apenas tres semanas, y este Halloween iba a ser el Halloween. El primero en el que no necesitaba permiso de nadie. El primero en el que podía decidir qué —o con quién— quería hacer.
Sus amigas ya estaban adentro, revolviendo percheros como si fueran depredadoras en busca de presa. Mia, con su pelo rosa chicle y piercing en la nariz, levantó un corsé de látex negro con orejas de gato incorporadas.
—¡Mira esto, Em! —gritó, agitándolo como una bandera—. Es literalmente “gata en celo”. Te lo pones y los chicos van a caer de rodillas. Literal.
Emily se rio, pero sintió un cosquilleo en el estómago. Se acercó y tocó la tela brillante. Era suave, fría, pegajosa al tacto. El traje completo venía con un body de vinilo negro ultra ajustado, cremallera frontal que bajaba hasta el ombligo, mangas largas con cortes estratégicos en los brazos, medias hasta el muslo con ligas, cola removible y una máscara de gato que cubría solo la mitad superior de la cara, dejando la boca libre para… bueno, para lo que fuera.
—Es… muy revelador —murmuró Emily, mirando su reflejo en el espejo cercano. Sus curvas ya eran generosas: pechos llenos que siempre la hacían sentir un poco expuesta, cintura estrecha y caderas que sus jeans ajustados marcaban sin piedad.
—Exacto —dijo Sofia, la más directa del grupo, apareciendo con un par de guantes largos de látex—. Por eso lo quieres. Vas a ir a esa fiesta de los chicos de UCLA, ¿verdad? La que está en esa casa enorme en las colinas. Alcohol gratis, luces bajas, máscaras… Nadie sabe quién es quién. Perfecto para perder la virginidad con un desconocido guapo y desaparecer al amanecer.
Emily se mordió el labio inferior. El corazón le latía fuerte solo de pensarlo. Llevaba meses fantaseando con eso: un chico alto, moreno, con manos fuertes que la agarraran por la cintura, la besaran con hambre, la llevaran a una habitación oscura mientras la música retumbaba abajo. Quería sentirlo todo por primera vez. Quería que fuera intenso, prohibido, inolvidable. Quería dejar de ser “la buena chica” aunque fuera solo por una noche.
—No sé… —dijo, pero ya estaba probándose el traje en el probador improvisado detrás de una cortina barata.
Cuando salió, las tres se quedaron calladas un segundo. El látex negro se adhería a su piel como una segunda capa, apretando sus pechos hasta hacerlos desbordar un poco por el escote profundo. La abertura alta en las caderas dejaba ver la curva de sus muslos, y la cola se balanceaba juguetona cada vez que se movía. Con la máscara puesta, sus ojos color avellana brillaban con un toque felino, travieso.
—Dios mío, Em —susurró Mia—. Vas a romper cuellos. Y corazones. Y tal vez camas.
Sofia se acercó y le ajustó las orejas.
—Escucha: esta noche no pienses en nada. Bebe lo que te den, baila, coquetea. Si ves a un chico que te mire como si quisiera comerte… déjalo. Máscaras, alcohol, oscuridad. Nadie sabrá. Nadie juzgará. Y mañana vuelves a ser la Emily perfecta de siempre.
Emily se miró en el espejo grande. La gata que le devolvía la mirada no parecía virgen. Parecía hambrienta. Lista. En celo.
Compró el traje. Pagó con la tarjeta que su mamá le había dado “para emergencias”, pero esto era una emergencia del corazón. Del cuerpo. De todo.
De camino al carro, con la bolsa crujiendo contra su pierna, Mia le dio un codazo.
—¿Y tu hermano? ¿Va a estar en la fiesta? Escuché que los de su frat siempre van a las grandes.
Emily se encogió de hombros, tratando de sonar casual.
—Jake? Nah, él está en su rollo. Probablemente vaya a alguna fiesta de su universidad. No creo que nos crucemos.
Pero en el fondo, una vocecita traviesa le susurró: ¿Y si sí?
Sacudió la cabeza. No. Imposible. Máscaras. Alcohol. Anonimato.
Esa noche, cuando se probó todo de nuevo en su habitación, sola frente al espejo, se imaginó unos labios desconocidos besándola, unas manos explorando bajo el látex, un cuerpo presionándola contra la pared mientras la fiesta rugía abajo.
Se tocó el labio con los dedos, sintiendo el calor subirle por el cuello.
Mañana era Halloween.
Y ella estaba lista para cazar.