Prólogo – “El origen de la maldición”.
Hace muchas generaciones, en un tiempo donde los sentimientos eran tan intensos como peligrosos, un joven llamado Gabriel conoció a una mujer de ojos morados. Sus ojos, profundos y misteriosos, brillaban como si escondieran universos enteros, y él creyó ver en ellos un amor que nunca existió.
La mujer le mostraba atención, sonreía a su lado, lo hacía soñar con un futuro juntos… pero todo era una ilusión. Por obligación de su familia, ella se casó con otro hombre, uno que podía ofrecerle riqueza y estatus. Gabriel, con el corazón hecho trizas y los sueños destrozados, desapareció de su vida para siempre, pero no antes de lanzar una maldición:
“Que ninguna hija de tu sangre tenga un final feliz en el amor. Que cada generación pague el precio de tu traición.”
Desde entonces, todas las mujeres que nacían con los ojos de aquel color intenso —ojos morados, como los de la joven que le rompió el corazón— estaban condenadas a sufrir: morir antes de casarse, perder a quien amaban o desaparecer el día de su boda. Las generaciones pasaban, pero el dolor permanecía.
Años después, una joven llamada Melody, la hermana mayor, nació con esos mismos ojos malditos. Su corazón era puro, aventurero, lleno de bondad. Todos en el pueblo la querían: ayudaba a quien lo necesitaba y cuidaba su jardín de tulipanes y lirios, su lugar favorito.
Cuando Melody cumplió 18 años, se preparaba para casarse con un hombre elegido por su familia. Ella no se opuso, porque sabía que su destino era casarse desde que nació, para aumentar la economía de sus padres. Sin embargo, sus padres buscaban formas de evitar que la maldición se cumpliera y arruinara sus planes.
Una noche antes de su boda, Melody decidió visitar su jardín por última vez. Entre las flores, el mundo se oscureció y cayó en un sueño del que no despertaría. A la mañana siguiente la encontraron: sin heridas, dormida entre tulipanes y lirios… pero muerta.
El pueblo y su familia quedaron devastados. La maldición había cobrado otra vida.
Pero Melody no se fue del todo. Su espíritu se convirtió en La Dama de las Flores, caminando por las noches, velando por el pueblo y observando a la nueva generación, especialmente a su hermana menor, María. Antes de partir, se prometió a sí misma:
“Donde quiera que estés, me aseguraré de que tengas un final feliz.”
Ahora, años después, María cumpliendo 18 años, está destinada a enfrentar el mismo peligro que su hermana, porque obtuvo los ojos mrados ,Una vez más, el destino, la maldición y el amor imposible se entrelazan, esperando a ser desafiados.