Capítulo 1: Maldito Perdedor
El hielo no lo recibió de forma amable al caer. Se sintió más frío y duro que nunca.
Ilia sintió que su cuerpo perdía su tensión y, en esa fracción exacta de segundo en que el equilibrio se rompió, supo que ya no había corrección posible y que estaba todo perdido. Los milagros no ocurrían en esta disciplina. Él en el hielo estaba solo.
El impacto contra el hielo fue seco y brutal, golpeó duramente su pierna y su cadera contra la superficie helada, el frío quemó sus manos desnudas, el aire salió expulsado de sus pulmones como si alguien le hubiese hundido un puño en el abdomen. La multitud con sus cientos de ojos posados sobre él exclamaron al unísono, conmocionados. “Oh, mierda, acabo de perder el oro otra vez” pensó, sintiendo la opresión en su pecho más dolorosa que la caída misma. El mundo entero quedó reducido a una masa oscura y uniforme mientras la luz blanca caía sobre su rostro. El murmullo distante de todas las personas que en ese momento lo estaban juzgando no se hizo esperar.
No necesitaba mirar el marcador ni esperar su puntaje. Ya sabía lo que significaba esa caída.
Era otra oportunidad que se deshacía entre sus manos como el hielo al calor del sol.
Se obligó a incorporarse. Las cuchillas temblaban bajo él. El vestuario se ceñía a su cuerpo como una segunda piel y esta vez sentía que lo asfixiaba. Le prestó atención a su ropa, estaba vestido con un elegante y ajustado traje azul marino con hilos dorados enlazados en lugares estratégicos de su vestuario, sin lentejuelas y sin detalles llamativos para lucir en sus piruetas. Todo era sobrio y ajustado, líneas limpias que alargaban su figura y destacaban su anatomía.
No era un traje suyo, no era algo que usaría Ilia Malinin, esos colores no le pertenecían. Esto se sentía como la ropa de alguien más, estaba en la piel de alguien más. Sin embargo, le gustaba esa sensación más de lo que hubiera querido admitir.
“Yo soy Laurent, nadie podrá quitarme este papel” pensó, reconociendo quien era. No obstante, si bien de eso estaba seguro, todavía tenía miedo.
Solo sabía que seguía en la pista, e intentó impulsarse otra vez, como último recurso para salvar una oportunidad que ya se había hundido. Él ya sabía como era esto, por lo mismo no había mucho que hacer, ni salto prohibido que lo salvara.
De todas manera lo intentó, porque no le quedaba más remedio que seguir hasta el final, aguantando las lágrimas. Y ocurrió de nuevo, el salto prohibido que había dominado a su antojo se desarmó en el aire. Su cuerpo rotó perdiendo el eje y el aterrizaje fue peor que el de la acrobacia anterior.
El murmullo del público se convirtió en un zumbido insoportable. Pifias. El mundo se desmoronó para él, ya no tuvo fuerzas para levantarse de inmediato, sentía el pulso latiendo en sus sienes hasta el punto de hacerle doler la cabeza.
Se sentó en la cama ahogando un grito de frustración. Dejó escapar el aire que se escuchó más como un sollozo. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Su cuerpo seguía acalambrado, sintiendo el impacto fantasma por una caída que físicamente nunca ocurrió pero que mentalmente seguía vívida.
Una pesadilla. Otra vez había tenido la misma maldita pesadilla; a veces variaba su vestuario y la pista, pero siempre era lo mismo, siempre caía con estridente fuerza sobre el hielo y su mente no dejaba de gritarle que era un perdedor. No sabía porqué últimamente la frecuencia de esa pesadilla había aumentado, hablándolo con su terapeuta llegó a la conclusión de que se debía al nuevo proyecto que había aceptado tomar.
Ilia se llevó las manos a la cara, su corazón aun latía desbocado y trató de regular su respiración desordenada. El sudor le empapaba la nuca y el cuello, tenía también la camiseta pegada a la piel. Era un desastre.
Miró la hora en el reloj digital de su mesita de noche. Faltaban quince minutos para las seis de la madrugada.
Se dejó caer de espaldas, no había hielo, estaba en su cama, en su cuarto, sintió las sábanas mojadas y frías, miró el techo blanco unos segundos, tenía el reflejo azul del ocaso. La luz gris del amanecer se filtraba por las cortinas.
La sensación de ser un perdedor seguía ahí, instalada en el estómago como una piedra.
Se pasó una mano por el rostro, notando cómo le temblaban ligeramente los dedos. La verdad es que no había dormido mucho. Le había costado mucho conciliar el sueño esa noche y cuando por fin parecía haberlo logrado su mente le había hecho la peor jugarreta posible. Al final sintió que había tenido esa clase de sueño superficial que hace que uno en realidad no se sienta descansado. Cerró los ojos un segundo, intentando regular la respiración, pero el recuerdo del traje volvió de inmediato: azul marino. Hilos dorados, pero nada de lentejuelas.
Laurent.
Su alarma estaba programada para las siete, pero dudaba que pudiera volver a dormir. Se puso a estudiar el libreto que le había enviado alguien llamado Helena a su correo electrónico.
Hoy tocaba la primera lectura de guion con el elenco. La primera vez que tendría que sostener la mirada de quien interpretaría a Damen.
Tenía que hacerlo bien, no podía fallar.
Se levantó demasiado rápido y el mareo le obligó a apoyar una mano contra la pared. Aprovecharía de entrenar una hora en casa, tal vez el ejercicio matutino le haría bien.
Y cuando encendió las luces de su cuarto tuvo la claridad absoluta de su miedo.
Temía que esta vez la caída no fuera sobre hielo. Tenía miedo de que esta vez no pudiera levantarse con elegancia, y que todos lo vieran desmoronarse por no saber llevar la piel de Laurent.