Capítulo 1
Las gotas de lluvia chocaban con brusquedad contra el cristal de las ventanas, creando un sonido tintineante, una dulce melodía macabra que sellaba mi destino a una eterna esclavitud. La vida era cruel, tan maquiavélica, siempre se mofaba de mí, como si mi sufrimiento fuera el karma de alguna vida pasada. Tal vez fui miembro de la tropa de Hernán Cortes, quizás fui quien mato a Montezuma. O fui el asesino de varios indígenas que se resistieron a la evangelización cristiana.
—Logan —escuché una voz lejana, mientras que con suma precisión contemplaba como las gotas se resbalaban por el vidrio—. Logan —una cálida y arrugada mano me tomó del hombro.
Aparte la vista de la ventana y mire a la anciana a mi lado. Estudie por unos segundos sus ojos marchitos, que delatan su cansancio y malestar muscular. Hemos tenido un viaje largo, muy largo, que la muerte agonizante era más inmediata.
—¿Estás bien? —preguntó.
Sin darle respuesta, recargue mi cabeza en el asiento y contemplé mi reflejo en la ventana empañada, que mostró una pequeña cicatriz a un costado de mi frente.
No, no estaba bien, nada en mi vida parecía estar bien. Llegué a un mundo donde no fui deseado, tuve un sin fin de hogares donde nunca me sentí aceptado, y ahora al cumplir la mayoría de edad, me entregaban a un lugar para saldar mi deuda. Una que me resultó tan absurda, pero, ¿a dónde más iría?, no tenía una familia, no tenía un hogar, ni siquiera parecía merecedor de la muerte, del descanso eterno.
Cerré mis ojos, para desconectar el dolor que me causa el mundo real.
—Entonces que me digas que no, me siento triste, sentimental… —cantaban a coro en el auto, en dirección a la playa.
—Logan, pásame una botella de agua —dijo Manuel, mientras conducía.
Sin contestar, me di vuelta en mi lugar, estirando mi mando para alcanzar la hielera, tomar una botella y un bubulubu.
Me acomodé de nuevo en mi lugar y se la entregué. Observe como se la daba a Odette, su novia. La chica más alegre y loca que jamás había conocido. Abrí mi bubulubu, dándole un mordisco, deleitando mis papilas gustativas con el dulce chocolate, lleno de azúcar procesada. Esto es lo único bueno que tiene el mundo.
Mientras masticaba el chocolate, los volví a contemplar, ambos eran disfuncionales, incluso podría decir que eran la pareja más rara que conocía. Odette era bella, alta, con una perfecta figura de reloj de arena, loca y muy fiestera. En cambio, Manuel era un chico serio, con mal genio la mayoría del tiempo, que prefería quedarse en casa todos los viernes y fines de semana viendo History channel.
La sensación de ser arrebatado del amor de mi vida hizo que volteara bruscamente a Jesús, quien de un solo mordisco terminó mi bubulubu. Lo miré con rencor y me abalancé hacia él, golpeándolo.
La escandalosa risa de Odette resonó en el auto, mientras Manuel bufaba ante nuestro comportamiento infantil.
De pronto el auto derrapó y sentí un fuerte impacto.
Abrí mis ojos y descubrí que sigo en el auto, y no en aquel accidente de hace dos años. Con las únicas personas que me hicieron sentir, por un minúsculo tiempo, parte de algo.
Lleve mi mano a mi frente. Había salido ileso de aquel accidente, con solo moretones y un rasguño, pero hubiera preferido morir con ellos. Sobrevivir se sentía tan injusto.
—Qué bueno que despertaste, llegaremos pronto —avisó Rocio. Quien se ha hecho cargo de mi desde el accidente.
Me centré en el paisaje, que en realidad no es más que pinos y más pinos. En algún punto, el chofer se desvió de la carretera y se adentro a un denso camino de terracería.
Saqué mi celular de la mochila para conocer mi ubicación, por la carencia de señalamientos, pero no tenía línea.
De pronto el chofer frenó de golpe e hizo sujetar con fuerza del asiento delantero, reviviendo el recuerdo del accidente.
—Lo siento —se disculpó el chofer, mientras mantenía la mirada fija en el tapete del auto, donde yacía mi celular, y quizás mi alma.
Mi cuerpo temblaba, mi garganta ardía, sentía que mi corazón iba a explotar dentro de mi pecho, al punto que fui invadido por las náuseas. Intenté respirar, pero no podía, yo… Una sensación de calma comenzó a invadir mi cuerpo, el aire comenzó a entrar a mis pulmones y mi corazón a latir con normalidad.
Cerré los ojos por la sensación de paz tan acogedora. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí de esta manera?, ¿alguna vez fui capaz de sentirme así?
—Logan —llamó la hermana Rocio.
Levante de rostro, para enderezar y voltearla a ver, pero mi mirada quedó petrificada sobre el hombre frente al auto que conversaba con el chofer. Era demasiado alto, el chofer apenas le llegaba al hombro, su cabello es extrañamente blanco, pero no parecía albino. Sus ojos reflejaban frialdad, a pesar de portar un color miel tan brillante. Sin mencionar que su vestimenta resultaba caótica, pasada de época.
Rompió el contacto visual y miró al chofer, quien inmediatamente bajó la mirada. El hombre puso fin a la conversación y se perdió a través de las sombras de la noche.
—Que sujeto más extraño —murmuró la anciana a mi lado.
El chofer regresó al auto y condujo por otra eternidad, hasta llegar al silencioso pueblo, y adentrarse a un camino angosto decorado con arbusto a sus costados, que reveló al final del camino una casa con estilo coloquial con dos grandes árboles a sus costados.
Al detenerse el auto, Roció bajó e indicó que la siguiera, mientras el chofer sacaba mi maleta de la cajuela.
—Sé educado y responde al saludo —indicó, al subir los escalones de la entrada.
Roció tocó la aldaba en forma de un demonio con colmillos. Pero nadie abrió la puerta, lo que la obligó a ser más insistente.
—Parece que están dormidos —me dedicó una mirada.
Es lógico, suponiendo que son las 3:00 de la madrugada.
El sonido de unos pasos pesados aproximarse, hace que miremos la puerta con interés, que revela en minutos a una mujer morena y regordeta que no parece pasar de los ochenta, y viste una bata de dormir. Me miró de pies a cabeza.
—Parece que tenemos un chico nuevo —murmuró para sí misma, con tono amargo.
—Disculpa la molestia, Clara, el conde pidió traerlo aquí —informó el chofer, dejando la maleta a mi costado.
—No parece que pueda sobrevivir al campo —mencionó.
Al sentir la extraña sensación de ser observado, miré a mi costado, pero lo único que me encontré fue con arbustos y la inmensa oscuridad.
—Aquí tiene su documentación —dijo Roció, que me hizo mirarla.
Mi archivo es grueso, y eso me avergüenza, pues no deseaba que nadie conociera mi miseria.
—Así que tenemos un chico problema —masculló entre dientes y dedicó una mirada de desagrado—. Aquí tendrás que comportarte, que al conde no le gustan los rebeldes.
—No se trata de eso, pero… —Roció calló—. Es mejor que lea el expediente.
—Um, bien —dijo con amargura—. Ya puede retirarse, nosotros nos encargamos de él.
Roció se giró hacia mí y sujetó mi mano.
—Adios, Logan —sonrió con debilidad y se apresuró a regresar al auto.
Una pequeña punzada atravesó mi pecho. De nuevo soy abandonado. Nadie me quiere a su lado, no los culpo, mi presencia atrae a la tragedia. Donde pongo un pie, el caos aparece bajo el disfraz de una enfermedad, de un incendio, una crisis económica o muerte. ¿Este lugar lo sabrá?, ¿qué tragedia caerá sobre ellos por acogerme?
—Entra —ordenó Clara, al no moverme—. ¿Estás sordo o qué? —preguntó con molestia.
Tomé mi maleta y entré a la casa, con lámparas que ahuyentaban con debilidad la oscuridad que resguarda su inmensidad, e impide apreciar su belleza coloquial.
Detuve mi paso cuando Clara se detuvo frente una gran puerta de madera. Introdujo una llave y al ceder, encendió las luces y me hizo entrar. La sorpresa me invadió, las habitación es inmensa, se divide en dos pisos, y sus paredes son librero que llegan al techo, que tienen escaleras para permitir el alcance de los archivos que almacenan.
—Desnúdate —ordenó, y rompió mi admiración por el lugar.
La miré, sin creer lo que me pedía.
—Hazlo, no me obligues hacerlo —expuso.
Al ver que no obedezco, se acerca a mí con enfado y me saca la sudadera.
—El conde es muy meticuloso, pero no nos arriesgamos a que algo se le escapé de las manos —mencionó, mientras me revisaba los brazos. Me dedico una mirada al ver las cicatrices de mis muñecas—. Si querías morir, debiste ser más ingenioso —expuso—. Ahora desnúdate por completo.
Esta vez obedecí, me saqué todo, excepto la ropa interior, y dejé que evaluara mi cuerpo.
—No hay pinchazo, así que no consumes drogas, no hay golpes, por lo que no eras maltratado, no hay intervenciones quirúrgicas, pero estás desnutrido, se te ven los huesos —concluyó—. Puedes vestirte. Mañana se te hará el chequeo para comprobar que no tengas alguna enfermedad contagiosa.
Mientras me vestía, comenzó a remover cosas en su escritorio.
—Firma esto.
Me acerqué y miré el documento. Pude leerlo, pero en realidad no me importaba si no me favorecía algo ahí, siempre he tenido mala suerte. Coloqué mi dedo en la almohadilla con tinta y plasmé mi huella en la hoja.
—A partir de ahora, no puedes hablar de nada de lo que pase dentro de esta casa, o de lo que llegues a ver o escuchar del conde, o tus compañeros. No servirás en la casona, ni en el campo, tu trabajo será en el pueblo, por lo que deberás ser más cuidadoso con tus relaciones. Si llegas a cometer una imprudencia que afecte al conde, serás sancionado como él decida. Tampoco pierdas el tiempo en huir, no podrás. Y lo que respecta a tu deuda, esta no solo se salda con tus ingresos, también con tu comportamiento, así que puedes largarte en un año o quedarte el resto de tu vida aquí, por ello piensa bien las cosas antes de actuar chamaco.
A pesar de su mirada fría y amenazante sobre mí, no le di respuesta.
—Eres mudo, ¿o que? —cuestionó.
De nuevo, mi silencio fue su respuesta.
—No importa, calladito te ves mejor —restó importancia—. Ahora toma tu maleta, te guiaré a tu habitación.
NOTA DE AUTOR:
Querido y gentil lector, se presenta aquí esta cruel autora, algo dramática, oscura y retorcida. Bienvenidos sean a esta novela de romance oscuro.