Capítulo 1 El último vuelo del presidente
El Congreso de la República de Cordania siempre tenía el mismo olor: madera vieja, café frío y ansiedad. Ese día, sin embargo, había algo más en el aire. Algo difícil de nombrar, como la sensación previa a una tormenta.
Amy Cárdenas estaba acostumbrada al ruido. Voces elevadas, periodistas que corrían por los pasillos, asesores que hablaban demasiado rápido. La política era eso: un lugar donde todos parecían urgidos por ser escuchados y nadie parecía dispuesto a escuchar realmente.
Desde su despacho en el segundo piso, Amy observaba por la ventana el patio interior del Congreso. Diputados cruzaban en grupos tensos. Un par de cámaras ya esperaban en la entrada principal.
La crisis llevaba semanas creciendo.
Manifestaciones en las calles. Discusiones cada vez más violentas en el Senado. Y, por encima de todo, ese rumor persistente que recorría los pasillos del poder: algo relacionado con el ejército y proyectos que nadie quería explicar demasiado.
Amy suspiró y se dejó caer en la silla.
—Hoy están particularmente nerviosos —dijo una voz detrás de ella.
Paula Figueroa estaba de pie junto a la puerta, brazos cruzados. Vestía traje oscuro, el cabello recogido con la precisión de alguien acostumbrado a no estorbar pero tampoco desaparecer.
Amy sonrió apenas.
—Si el país no estuviera al borde de explotar sería sospechoso que estuvieran tranquilos.
Paula se acercó al escritorio. Traía un pequeño grupo de sobres y documentos en la mano.
—Correspondencia del día.
Amy empezó a revisarlos sin demasiado interés. Invitaciones, informes, solicitudes de reunión. La rutina burocrática del poder.
Hasta que Paula dejó un sobre aparte.
—Este no venía con los otros.
Amy levantó la vista.
—¿Cómo que no?
—Estaba en tu escritorio cuando entré.
El sobre era común. Papel blanco barato, sin sello oficial ni dirección. Solo su nombre escrito a mano.
Amy Cárdenas
Amy sostuvo el sobre unos segundos antes de abrirlo.
No era pesado. Dentro no parecía haber más que una hoja.
—¿Lo revisaste? —preguntó sin levantar la vista.
—No —respondió Paula—. Preferí que lo vieras tú primero.
Amy deslizó el dedo por el borde del papel y lo abrió con cuidado. Sacó la hoja.
Había una sola frase escrita a mano.
Amy leyó el mensaje en silencio.
Luego lo leyó otra vez.
Su expresión no cambió, pero algo en su postura se tensó apenas.
Paula lo notó.
—¿Qué dice?
Amy le pasó el papel.
Paula lo leyó en voz baja.
—"El avión presidencial no es seguro".
Durante un momento ninguna habló.
En el pasillo alguien discutía con un periodista. Un teléfono sonó en la oficina contigua. La vida del Congreso seguía su curso normal, como si nada hubiera cambiado.
Pero dentro de la oficina el aire parecía haberse vuelto más pesado.
—¿Alguna broma? —preguntó Paula finalmente.
Amy negó con la cabeza.
—No lo creo.
La letra era irregular, escrita con rapidez. No había firma ni explicación. Solo esa advertencia.
Paula giró el papel entre los dedos.
—Papel común. Nada oficial.
—¿Cámaras en el pasillo?
—Las reviso ahora si quieres.
Amy apoyó la espalda en la silla.
—Nicolás viaja en dos días.
—Lo sé.
El presidente tenía una agenda cargada esa semana. Una reunión diplomática en un país vecino. Nada extraordinario para alguien que llevaba años moviéndose entre crisis políticas y negociaciones tensas.
Amy conocía bien ese ritmo.
Habían empezado en política casi al mismo tiempo. Universidad, debates interminables, campañas estudiantiles. Nicolás siempre había tenido una forma muy simple de ver las cosas: el deber primero, el resto después.
Amy miró otra vez la nota.
—Esto puede ser cualquier cosa —dijo finalmente—. Un intento de asustarnos.
Paula no parecía tan convencida.
—O alguien intentando advertirte.
Amy guardó silencio unos segundos.
Luego extendió la mano.
Paula le devolvió el papel.
Amy lo dobló con cuidado y lo guardó en el cajón del escritorio.
—Investiga discretamente.
—¿Qué exactamente?
—El avión presidencial. La tripulación. Mantenimiento. Cualquier cambio reciente.
Paula asintió.
—Discretamente.
—Siempre.
Cuando Paula salió de la oficina, Amy volvió a quedarse sola.
La tarde empezaba a caer sobre la capital de Cordania. Desde la plaza frente al Congreso llegaban los primeros ecos de una manifestación. Gritos, bocinas, el murmullo creciente de una ciudad irritada.
Amy miró el cajón cerrado.
Intentó concentrarse en los informes sobre su escritorio.
Pero la frase seguía repitiéndose en su cabeza.
El avión presidencial no es seguro.
Al día siguiente el Congreso estaba más agitado que de costumbre.
La noticia de nuevas protestas había llegado temprano, y varios ministros entraban y salían del edificio con la expresión cansada de quienes ya sabían que el día sería largo.
Amy apenas había terminado su primer café cuando Paula volvió a su despacho
Traía una carpeta delgada en la mano.
—Lo revisé —dijo cerrando la puerta.
Amy levantó la vista.
—¿Y?
Paula dejó la carpeta sobre el escritorio.
—El avión pasó mantenimiento hace tres semanas. No hay fallas reportadas. La tripulación es la habitual.
Amy hojeó rápidamente las páginas.
Listas técnicas. Fechas. Firmas.
Todo parecía en orden.
—¿Nada raro? —preguntó.
Paula dudó apenas.
—Solo una cosa.
Amy levantó la mirada.
—El piloto fue reemplazado ayer
—¿Reemplazado?
—Sí. Cambio administrativo. El piloto asignado originalmente pidió licencia médica.
Amy frunció el ceño.
—¿Eso es normal?
—Pasa.
Paula se encogió ligeramente de hombros.
—No es lo ideal cambiar a último minuto, pero tampoco es exactamente sospechoso.
Amy volvió a mirar el informe.
No había nada que realmente justificara una alarma.
Solo pequeñas irregularidades que, en política y en aviación, ocurrían todo el tiempo.
Cerró la carpeta.
—Entonces probablemente la nota era una broma de mal gusto.
Paula asintió
—Eso parece.
Amy abrió el cajón y sacó la hoja doblada.
La observó unos segundos más antes de volver a guardarla.
—De todas formas la conservaré.
—Por si acaso.
—Por si acaso.
Dos días después, el Palacio Presidencial estaba inusualmente tranquilo.
El presidente Nicolás Ferrer salía temprano hacia el aeropuerto.
Amy lo encontró en el pasillo que conducía a su despacho privado. Él hablaba con uno de sus asesores mientras revisaba un pequeño cuaderno con anotaciones.
Cuando la vio, cerró el cuaderno.
—Vicepresidenta —dijo con una sonrisa cansada—. Justo a tiempo.
Amy cruzó los brazos.
—Siempre tan dramático.
—Es el privilegio del cargo.
El asesor se retiró discretamente.
Nicolás apoyó una carpeta en la mesa del pasillo y empezó a hablar con rapidez.
—Necesito que supervises la reunión con el comité económico esta tarde. Si el Congreso vuelve a bloquear el proyecto, presiona al Senado.
Amy asintió.
—Ya lo esperaba.
—También quiero que hables con Defensa. No me gusta el tono que están usando últimamente.
Amy lo miró con atención.
Nicolás siempre hablaba de trabajo con una calma extraña, como si cada crisis fuera solo otra ecuación que resolver.
—¿Algo más? —preguntó ella.
—Sí.
Le pasó la carpeta.
—Si la situación en las calles empeora, convoca al gabinete completo. No quiero sorpresas cuando vuelva.
Amy sostuvo la carpeta, pero no respondió de inmediato.
Nicolás inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué pasa?
Amy dudó.
La nota volvió a cruzar su mente.
El avión presidencial no es seguro.
Podía decirlo.
Era sencillo.
Solo una frase.
Pero en ese momento le pareció ridículo. Una advertencia anónima, sin pruebas, sin contexto.
Nicolás la observaba con paciencia.
—¿Amy?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Nada.
Luego agregó, casi sin pensarlo:
—¿Estás seguro de que tienes que ir?
Nicolás sonrió.
—Es una reunión diplomática.
—Podría posponerse.
—Podría.
Se encogió de hombros.
—Pero el país ya tiene suficientes problemas como para sumar uno más con nuestros vecinos.
Amy suspiró.
—Siempre tan responsable.
—Alguien tiene que serlo.
Hubo un pequeño silencio entre los dos.
Después Nicolás le dio una palmada ligera en el hombro.
—Cuida el país mientras no estoy.
Amy lo miró alejarse por el pasillo.
No dijo nada más.