CAPITULO 1. "LA ROSA AZUL"
Aquella noche era nublada y fría, ella se encontraba contemplando la hermosa luna menguante, pensando ¿Qué hubiera sido de ella si no hubiera pasado ese accidente? La chica de ojos verdes llevaba un buen rato esperando a su citado.
Eran las 10:17 de la noche, se llevó las dos manos hacia su cabello castaño lacio haciendo que se acomodara con el deslizar de sus dedos. Al ver que ya era demasiado tarde decidió bajar la guardia y marcharse.
Vivía en una pequeña casa con árboles de mandarinas, limón y rosales, Kelda se independizo a los 15 años ya que sus padres murieron en un accidente automovilístico, la casa tanto sus pertenencias se quedaron en nombre de la única hija llamada; Kelda Yeol Henderson. Al llegar a la casa apago todas las luces y se recostó en su cómoda cama envolviéndose con aquellas sabanas cafés haciendo sumergir sus pensamientos en obscuras pesadillas. Todo iba bien hasta que llego Esteban Flores, ella quedo perpleja al ver el rostro de dicho sujeto en perfecto estado, Él tenía un ramo de rosas rojas resaltando aún más el rojo carmesí de lo que parecía ser sangre…Esteban acaricio suavemente el rostro de la chica y ella cayó al suelo haciendo abrir sus ojos y sentir como palpitaba su corazón a gran velocidad, al parecer todo había sido un sueño. Reviso su celular y vio que todavía eran las dos con cuarenta y cinco minutos de la madrugada, obviamente no tuvo otra opción que volver a dormir, pero antes calmó su respiración y acto seguido comenzó a meditar hasta quedarse nuevamente dormida.
Esto no es una introducción, soy yo misma viéndome en otra perspectiva.
Si no sé por dónde empezar… empezare amándome, eligiéndome, con cada día recordando que no es ser egoísta, es priorizarme.
“martes de… ¿febrero? ¿otra vez?” Me dije para mí misma una y otra vez. Me senté en la mesa con los pies en la silla, aun lado de mi estaba la taza de café recién hecho, yo esperaba a mi vecino quien la noche anterior me dejo plantada en el parque ecológico, estaba a punto de terminar la bebida cuando escuche sonar la rejilla. Me dirigí rápidamente en la entrada de la casa y esperé a que el chico alto de ojos avellana entrara.
— ¡oh por dios! Kelda me asustaste. — dijo sobresaltado.
— ¿Por qué no fuiste? —pregunte con un tono un tanto alto.
— ¿A dónde? — el joven acomodo su cabello. — Buenos días a ti también.
— ¿Cómo que a dónde? Pues en el parque ecológico —dije alzando las cejas.
—Ah… eso —chasqueó la lengua—. Cachorra, se me olvidó. Tenía demasiada tarea. Mi cerebro estaba ocupado preparando el nuevo baile.
—Yo igual tenía mucha tarea y aun así yo si fui. Me dejaste plantada…
—Eso es porque tú eres responsable —me guiñó un ojo—. Y porque no tienes abdominales que mantener.
—Ya vámonos mejor, llegaremos tarde a la escuela. — agrego. Cargo su bulto de lado y camino a la reja color negro.
— ¿Mañana podemos ir? — eso era mi obsesión de moda, ¿Qué cosa? Pintar bardas que no son mías, es decir, Graffitear, básicamente.
—Sí, té lo prometo—rodeo los ojos ante mí, eso es un gesto algo sarcástico, pero estaba acostumbrada a eso. Era normal verlo torcer su ojo.
—Bueno, pero no te olvides llevar a tu calabaza— soltó una risa leve ante el nombre de un bulto naranja.
—Entendido señorita “Henderson”. — con su mano derecha me hizo una seña de “las damas primero”.
Pasé frente a él, negando con la cabeza.
—Eres imposible.
—Lo sé —respondió orgulloso—. Y, aun así, me adoras.
Se decía que hace muchos años atrás vivía una niña con problemas para controlar su enojo, la pequeña vivía con su madre quien la maltrataba a diario. Era huérfana de padre pues al hombre lo encontraron muerto en un rio cerca la casa de la niña, desde ese entonces Mely tenía pesadillas que la consumían noche tras noche. Una madrugada los vecinos de la cuadra escucharon un fuerte grito proveniente de la cabaña de la madre de la pequeña, al entrar su madre se encontraba llorando abrazada al cuerpo de Mely, los vecinos cayeron en cuenta que ella estaba muerta, pero sin ningún daño físico. Rápidamente los rumores se esparcieron por toda la localidad diciendo que la madre de la niña la había asesinado sin embargo esto nunca fue confirmado y llegaron a la conclusión que la pequeña Meraly había muerto de un infarto…esto la señora Teresa me contaba todas las noches antes de dormir pues me encantaba escuchar dicha leyenda de un pueblo no muy lejano.
Había una gran muchedumbre armando escándalo frente a un solo casillero del pasillo. Las voces se encimaban unas con otras, nadie dejaba terminar a nadie, y lo único claro era el tono acusador que flotaba en el aire. Me abrí paso entre los estudiantes hasta que lo vi: el casillero de mi vecino.
Por supuesto. Namil hablaba sin parar, gesticulando como si estuviera en un escenario.
—Sí, sí, ya entendí —decía intentando calmar a la bola de acosadores—. Pero Kelda ya no es así. Ella es una persona neutra. ¿Cómo se atreven a decir semejantes barbaridades?
Su dramatismo no era casual. Sabía que un paso en falso y todo se le vendría abajo.
—¡Maldito cómplice! —gritó alguien—. Todos sabemos que ella fue quien se robó el dinero de las donaciones.
—¿Y tú cómo aseguras eso? —Namil alzó la voz, retador, enderezándose—. A ver, dame tus muestras. Ah… ¿verdad?, no tienes.
—La hemos visto robar libros de la biblioteca. ¡Y hasta golpear personas, como a la maestra Rocío!
Claro, si me castigaron por eso, también me asegure de haberle bofeteado bien.
—Son unos chismo… —alcanzó a decir.
—¡Au! —se quejó al instante.
Le jalé la oreja con fuerza, sin pensarlo dos veces.
—Ya cállate, Namil. Vámonos.
Lo arrastré fuera del plantel mientras apretaba los dientes. A nuestras espaldas se escuchaban gritos:
—¡Ladrona!
—¡Devuelve el dinero!
—¡Hambreada!
No miré atrás.
Ja, a veces me encanta escuchar los chismes de la escuela y más cuando se trata de mí. En esos rumores me entero de cosas que ni yo sabía que había hecho.
Pura bola de pendejos.
Ya camino a casa, Namil se tocó la oreja, aún roja.
—Kelda… —dijo más serio de lo normal—. ¿Tú te robaste el dinero de las donaciones?
—Claro que no —respondí sin dudar—. Trabajo en una cafetería. Con mi sueldo me alcanza.
—¿No me dijiste que trabajabas en una panadería, preciosa? —sonrió de lado.
—Es lo mismo —me encogí de hombros—. También trabajo ahí, pero solo los fines de semana. Ya sabes que entre semana a veces salgo a pintar bardas por las noches… Anoche fui al cementerio.
Lo último lo dije en voz baja.
Se detuvo en seco.
—¿Fuiste y no me dijiste nada? —me miró con reproche—. Yo te habría acompañado.
—Oye, Namil —cambié de tema—, ¿quieres venir a comer hoy a mi casa?
Alcé una ceja.
—Contigo, lo que quieras —respondió sin pensarlo, acariciándome el cabello.
—Perfecto —sonreí—. Entonces trae velas blancas.
—¿Qué? —frunció el ceño—. No empieces. No otra vez…
Gruñó y siguió caminando.
Más tarde, cuando llegó a mi casa, no estaba preparado para lo que vería.
—Oh, gracias, amigo —dije tomando la bolsa de velas—. Por esto y mucho más te quiero.
Las dejé sobre una mesita de ébano.
—No me dijiste que también vendría Zaly —susurró, sin dejar de mirarme.
—Es una reunión importante —respondí—. Tengo que decirles algo urgente.
—Namil —preguntó Mateo con tono serio—, ¿tú acompañas a Kelda a pintar muros?
—Claro que no… —empezó.
—Claro que sí —lo interrumpió Quetzaly, la pelirroja—. Él le metió esas ideas a mi pequeña.
Hizo un puchero y luego sonrió con descaro.
—¡Ay, Zaly! —gruñó—. ¿Por qué tuviste que abrir el hocico?
Vi cómo Namil golpeó la mesa en broma, haciéndose el ofendido.
—Ya cállense y prueben mi limonada —intervine dejando la jarra en la mesa.
Comimos y charlamos un rato hasta que Namil, como siempre, no pudo quedarse callado.
—Yo creo que le falta azúcar —dijo removiendo su vaso con demasiada fuerza.
—Azúcar le falta a tu vida —replicó Quetzaly al instante.
—¿Hasta crees? —la mire—. A Namil lo que le hace falta es un buen ring.
Mateo, que había permanecido callado, intervino:
—¿Qué es lo importante que tenías que decirnos?
Tomé un sorbo de limonada, creando suspenso. Ya sabía el resultado, tenía tanto miedo de que me terminaran regañando. Quetzaly era como mi madre. Pero con la misma edad que la mía.
—Fui al cementerio a ver a Esteban.
El silencio cayó como una losa.
—¿Por qué fuiste? —Quetzaly me regañó. Bingo, le atine—. Bien sabes que él te hizo mucho daño psicológico.
—Tengo pesadillas constantes con él —respondí—. Anoche soñé que me trajorosas ensangrentadas.
Mateo frunció el ceño. Buscando algo entre su mente que concuerde.
—Tal vez es porque nunca le llevaste flores a su tumba.
Cuentan las personas que si no le llevas alguna ofrenda a los muertos o hacescosas que no es de su agrado ellos pueden interferir en tu vida ocasionando un estrés Por pesadillas, sueños lucidos o incluso pánico al escuchar ruidos en tu propio hogar. Cabe recalcar que dicen que una niña vivió así durante mucho tiempo, esto ocasionó su muerte…o eso es lo que cuenta la gente.
—Entonces… tal vez mañana vaya a llevarle rosas. O algo así —murmuré, intentando sonar tranquila, aunque la preocupación me apretaba el pecho.
El silencio se volvió espeso. Demasiado. Todos nos miramos sin decir palabra hasta que un estruendo seco retumbó desde el interior de mi cuarto.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. El mismo ruido de esta mañana.
—¿Escucharon eso? —preguntó Mateo, girando lentamente la cabeza hacia Namil.
Namil, muy concentrado en “ponerle azúcar a su vida”, digo, a su bebida, Levantó
la vista con total calma.
—Sí, claro —respondió, tomando la cuchara y poniéndose de pie—. Si es un espíritu, espero que al menos no se espante con mi belleza.
Rodé los ojos, pero no dije nada. Lo vi caminar hacia mi habitación, la que estaba justo al costado después de subir las escaleras. Mi estómago se encogió.
Al entrar, lo primero que vio fue la cama.
Desordenada.
—¡NAMIL! —grité desde la cocina sin poder evitarlo. Tenía miedo de algo peor.
—¡Ash! —se quejó cerrando los ojos con fuerza—. Me asustaste, Kelda. Deja de hacer eso. Como te encanta intentar matarme. —mientras bajaba las escaleras escuche que diga— lo mismo hiciste en la mañana.
Camino hacia nosotros frotándose los ojos, como si el susto hubiera sido mío.
—¿Viste algo? —preguntó Mateo, atento, analizando cada gesto.
—No —respondió Namil—. No vi ni un solo ente, espíritu, sombra misteriosa o ex traumado.
—Te lo dije —insistió Mateo—. Debiste llevarle flores o terminaras trastornada.
Lo miré de reojo.
—¿Crees? —pregunté, alzando una ceja, aunque una parte de mí ya temía la respuesta.
—Sí —asintió—. Tal vez hablar con él, cerrar ciclos… sabes, pedirle una disculpa.
—¡NO! —Quetzaly casi saltó de su asiento—. ¡Ella no va a ir a ver a ese desgraciado! Capaz su familia se entere y le digan cosas como la última vez.
—Pero él no tiene la culpa de tus insultos, amor. Deberías tenerle respeto, es un…muerto.
Sabía que iba a decir más, lo vi en su expresión dramática, pero Namil la interrumpió sin ceremonias.
—La cama está desordenada.
Sentí cómo mi corazón se aceleraba por algo justamente claro. Ellos lo sabían.
Jamás dejo las cosas desordenada.
—¿Cómo? —pregunté, fingiendo calma.
—¡QUE ESTABA DESORDENADA TU CAMA! —gritó, marcando cada palabra con pausas exageradas. —¿has hecho algo extraño esta mañana, Kelda?
Mi mente se quedó en blanco. Yo sabía que antes de irme a la preparatoria había dejado todo en perfecto orden. Siempre lo hacía. Era casi una manía.
—Ah… sí, sí —dije rápido—. Me recosté un momento antes de bajar.
Sonreí forzadamente, intentando desorientarlos… y a mí misma.
—¿entonces si hiciste algo inusual? —alzo una ceja mientras bebía del vaso.
—Ya cállense con lo de “cama y cama” —dijo Mateo haciendo comillas con los dedos—. Van a hacer que mi mujer se sienta extraña y yo voy a querer con ella.
Rodó los ojos, como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.
—Bueno, babosos —añadió—. Me adelanto a lavar los platos.
Y así, sin más, se fue.
Al final de la tarde, los enamorados se fueron de compras. Quetzaly iba feliz, tomada del brazo de Mateo, hablando sin parar. Yo me quedé con Namil acomodando la casa.
No me molestaba el silencio. De hecho, me sentía cómoda en él.
Después me bañé y me preparé para ir a la cafetería, pero mi cabeza seguía atrapada en la imagen de mi cama desordenada.
Algo no cuadraba.
En la casa Rosales 17 solo convivían dos castaños. Namil y yo. Amigos desde la secundaria. Vecinos desde siempre, en la Villa Kim.
Cada mañana, Namil cruzaba el pavimento como si fuera suyo y entraba a mi casa sin tocar, solo para pasarme a buscar y caminar juntos hasta la preparatoria universitaria.
Namil Edeir se escapó de su casa a los catorce años. Terminó rentando una vivienda en la vecindad donde vivía yo. Ahí nos conocimos. Con el tiempo, también conoció a mis padres: los Henderson.
Soy hija única de la casera del lugar.
Tal vez por eso aprendí a ser reservada. Fría, según algunos. Yo prefiero decir que observo más de lo que hablo.
Y últimamente…
Observo cosas que no deberían estar pasando.