Chapter 1
Las vacaciones intersemestrales me parecen eternas.
Ya me ví las mismas series de Netflix una y otra vez, exploré varios mundos de los libros que tiene mi padre en su librero.
Nada. Nada nuevo. Es todo lo mismo.
Incluso las películas de terror que tanto me gustan me parecen insípidas, los mismos jump scares, tramas similares.
No hay nada nuevo.
Sentí una ligera vibración a mi lado, mi teléfono brillaba con cada notificación que llegaba.
Abrí el grupo de chat que tengo con mis amigos.
📲 [Chat grupal: Filos la mejor Fac]
Dani 💬: Carmeeeeen. Sí vas a venir?👀
Vivian💬: Chavas creo que no voy a ir, vayan ustedes.😅
Gabi💬: Ya voy para allá.
Habíamos acordado ir al museo de la Inquisición.
Carmen💬: Ya voy.
Les escribí, agarré mi mochila, apagué mi celular y me fuí rumbo al metro. Afortunadamente me queda a una hora el trayecto de mi casa al centro en metro.
Bajé en el metro Allende. Caminé entre la multitud que me llamaba.
—Señorita no quiere comprar...
—No. —respondí
—¿Qué va a llevar?, ¿que buscaba?
Seguí de largo.
Al llegar al museo las esperé.
El señor de la taquilla levantó la mirada de su celular y me miró como diciendo: "¿Qué? ¿No vas a entrar?"
Me quedé en una esquina.
Sentí a mirada del señor de la taquilla en la nuca, caminé de un lado al otro mironeando los recuerdos o souvenirs del museo.
El señor me siguió con la mirada.
—¿Quería ver algo?
—No, es que... Estoy esperando a mis amigos.
El señor asintió y volvió a mirar su celular.
Saqué el mío para encontrar los siguientes mensajes.
📲 [Chat grupal: Filos la mejor Fac]
Dani💬: Ya no voy a ir, tengo que cuidar a mi hermano.
Gabi💬: Ow bueno. Me regreso.😔
Ah. Me dejaron plantada.
Me acerqué a la taquilla, busqué y abrí mi cartera, entregué mi credencial de estudiante y pagué.
Quedé inmersa en la experiencia auditiva que proporciona el museo, cerré los ojos para apreciar más el momento, pues para la experiencia había sonidos de gritos y sentencias.
Personalmente me parece que el audio pasa rápido para ir de punto en punto y no deja apreciar cada detalle de las figuras del museo.
Cómo no tenía nada que hacer recorrí la sala dos veces. No sé si eso se pueda.
Al final noté que ya era bastante tarde y mis padres tienen la regla de que no debo llegar de noche si no es para ninguna tarea escolar.
Salí rápidamente y avancé hasta el metro Allende, una vez ya en la estación me dirigí a la sección de mujeres y esperé pacientemente a que llegara el metro a la estación, solamente estaba yo en esa sección y casi todas las demás mujeres estaban amontonadas en un solo extremo, por lo tanto, estaba sola, y eso estaba bien, el resto de la gente estaba del otro lado de la sección femenina y se veían muy lejos.
Algo que me molesta de esa estación es que es muy angosto el lugar, un pequeño empujón y caes a las vías del tren.
Estaba perdida en mis pensamientos cuando una figura femenina de un metro y aproximadamente sesenta centímetros se me acercó y con una voz muy dulce me saludó.
No sé cómo describir su voz, era suave y etérea. Sé que eso no dice mucho, pero no sabría cómo describirla, tenía una voz amable pero que denotaba elegancia, como la de una dama respetable de una época ya olvidada.
Tenía apariencia algo espectral, piel clara, acento europeo y labia anticuada, cabellos castaños y ondulados que caían por su espalda hasta la cintura, ojos color miel y llevaba un vestido algo ostentoso, parecía venir de una fiesta temática y se veía muy bonita, algo que me sorprendió es cómo se movía, con mucha fluidez y delicadeza, sin perder la elegancia claro está.
Casi sospeché que ella era un fantasma, leyendas sobre espíritus abundan en este país y que la gente cuente sobre avistamientos en lugares tan comunes como el metro no es una sorpresa.
—Dios os guarde, señorita. ¿Me permitís preguntaros adónde os dirigís, mi bien amada?
Me quedé en shock, de verdad se había tomado muy enserio su papel, en seguida se movió hacia mí como el humo cuando se abre una ventana y con elegancia y hasta con un toque teatral me tendió la mano.
—¿Os ha comido la lengua el gato? —dijo con una risita melosa que me dio algo de repulsión, más que nada porque pensé que quería venderme algo o estafarme.
—Eh… no —dije moviéndome lentamente lejos de ella.
—¿Qué hace vuestra merced por aquí a estas horas? —inquirió acercando su rostro al mío.
—Estaba en el museo de la Inquisición.—respondí dando un paso y evitando que se acercara.
Para ese momento estaba rezando que el tren llegara, esta chica era extraña y estaba invadiendo mi espacio personal.
—Intuyo que no tiene ningún compromiso académico. —dijo acercándose a mí al tiempo que el tren llegaba.
—Subid—dijo señalando con la mano el tren.
Abordamos el tren y ella se paró a mi lado, el tren estaba bastante lleno, la gente hablaba, se movía, se quejaba y ella estaba completamente quieta, como si el resto no le afectara.
—¿Qué fue lo que más os interesó del museo? —dijo sin dejar de mirarme.
—Creo… que es interesante como pensaban en esa época. —dije evitando su mirada y mirando al reflejo de la ventana, ella seguía mirándome.
—¿Y cómo pensaban en esa época? —dijo acercándose todavía más a mí.
La miré fijamente, acaso ¿se estaba haciendo la tonta?
—Como todos los de esa época, eran supersticiosos, pensaban que todo era producto de Dios y lo que no tuviera explicación era del Diablo, mentían cuando les convenía y usaban la religión como excusa para hacer barbaridades.
Se quedó en silencio, pero algo en sus ojos color miel me dio escalofríos, brillaban.
No sé si era la iluminación o tenían brillo propio, pero parecía un depredador que había hallado a su presa.
Me giré de vuelta y la observé por el reflejo de la ventana.
—Entonces le gusta lo antiguo, y sospecho que también le interesan los mitos y leyendas.
Me giré para mirarla.
Ella sonrió como diciendo “lotería”.
—¿Cuál es vuestra leyenda preferida? La que la hace estremecer, la que no os deja dormir por las incógnitas que posee.
—No sé… me gustan varias, ¿cuáles te gustan a ti?
—Oh, vamos… debe tener una preferida… —dijo en un dulce susurro, puso sus manos en mis hombros y acercó sus labios a mi oído. —¿Cuál es?
Me dio un escalofrío y me alejé casi por instinto.
¿Qué no sabe lo que es el consentimiento?
—¿Conoce la de la mulata de Córdoba? Mi pregunta es: ¿cómo escapó?
Me aparté de golpe y miré a mi alrededor, nadie nos prestaba atención, parecíamos estar solas. Ella y yo.
—Con un barquito pintado en la pared dijo riéndose.
La miré mal.
—Noooo, ¿en seriooo? —dije girando los ojos, creo que no hace falta decir que fue con sarcasmo.
Ella soltó una risita y se cubrió la boca con el dorso de la mano para ocultar su sonrisa.
—Escapó en barco con ayuda del carcelero y una buena vieja amiga —dijo con un suspiro mirando nuestro reflejo con una sonrisa, sus ojos denotaban nostalgia como si ella…
—Creo que eso es un poco obvio. —dije.
—Entonces solo lo habéis dicho para libraros de mí —dijo cambiando el tono de voz a uno más serio.
—No, es solo que no hay mucho detalle sobre eso, pero se puede deducir, seguramente lo sedujo, pero… ¿cómo sabe lo de la amiga?
Ella sonrió y me miró de reojo.
—¿Quieres que te diga lo que sé? —dijo ladeando la cabeza.
—Ahora tienes lo que querías, mi atención —le dije.
—¿Tienes tiempo mañana? Te contaré los susurros que se han dicho tras las paredes de esta ciudad, los misterios que ocultan las sombras y las penas que se han callado.
—¿A qué hora y en dónde?
—A las 7 frente al Palacio de Bellas Artes.
Dudé. Era una desconocida, pero… era de mi edad. ¿Qué mal podría hacerme una chica de mi edad?
—Lo hablaré con mis padres. ¿Me pasas tu número? —dije abriendo WhatsApp, lista para agendarla.
—No es necesario; yo te sabré encontrar. —dijo, y a continuación salió del vagón con fluidez como el agua que se desliza sobre el suelo una tarde de lluvia y antes de que me acercara a ella las puertas se cerraron.
Mañana me iba a encontrar con una desconocida, solo para saber más detalles de una leyenda que bien podría ser falsa.