Cuando la rosa soltó su espina 🥀

All Rights Reserved ©

Summary

Dicen que las rosas nacen con espinas para proteger su belleza. Pero nadie habla del día en que una rosa decide soltarlas… aun sabiendo que puede volver a ser herida.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cuando la rosa soltó su espina🥀

Continuación…

De mi historia más personal❤️‍🩹

Esa amiga que me dijo que necesitaba escribir esta segunda parte…

aquí la tienes, Antonella.

Viví cosas que no le desearía a ningún niño.

Nadie merece pasar por algo así.

Pero si lo pensamos bien… vivimos en un mundo cruel, donde han ocurrido historias aún más duras que nunca fueron contadas.

La mía es una de ellas.

Durante un tiempo, por fin conocimos algo que se parecía al calor de un hogar.

Mi madre conoció a Rubén, y él se convirtió en mi padrastro.

Al principio, parecía ser exactamente lo que nosotras necesitábamos.

El afecto de una figura paterna…

y la risa de mi madre que parecía decirme sin palabras:

—Todo va a estar bien. Ahora sí nos toca ser felices.

Rubén consiguió un pequeño terreno en una invasión.

Un lugar donde solo había monte, silencio… y soledad.

No había electricidad.

No había agua.

No había camas donde dormir.

No había nada.

Estábamos completamente solos.

Éramos los únicos allí.

Pero mi madre me miraba a los ojos y me decía:

—Todo va a estar bien.

Y yo le creía…

con todas las fuerzas de mi pequeño corazón.

Con el paso de los días, todo empezó a cambiar.

Rubén trabajaba duro, limpiaba el terreno, cortaba monte, organizaba todo.

No puedo negar que era un hombre muy trabajador.

Poco a poco construyó una pequeña casita de láminas.

Un ranchito sencillo, pero acogedor.

Para muchos no era gran cosa.

Pero para nosotras…

era oro puro.

Teníamos una cama.

Algunas ollas.

Un par de cosas más.

Cosas simples…

pero que para nosotros significaban esperanza.

Lo que nadie imaginaba era que aquel lugar pronto dejaría de estar solo.

La voz empezó a correr.

Y un día comenzaron a llegar más personas.

Familias enteras que, como nosotros, buscaban un lugar donde empezar de nuevo.

En poco tiempo empezaron a levantarse ranchitos por todas partes.

La invasión ya no era un lugar vacío.

Ahora era un pequeño barrio lleno de sueños.

Mi madre estaba feliz.

Agradecida con aquel hombre que en ese momento parecía tener un corazón enorme.

Nuestra vida empezó a mejorar.

Yo comencé a ir a la escuela.

Mi madre empezó a trabajar.

Por primera vez en mucho tiempo…

todo parecía ir bien.

Perfecto, incluso.

Eso era lo que yo pensaba.

Hasta que llegó el primer fin de semana.

Rubén comenzó a beber.

Y cuando llegaba a la casa… ya no era el mismo hombre.

La primera vez que lo vi así, sentí un miedo que nunca había sentido.

Mi madre me escondió rápidamente.

—No salgas hasta que yo te diga.

Ese día solo hubo gritos.

Gritos que atravesaban las paredes del ranchito como cuchillos.

Pero nada más.

Al día siguiente hablaron…

y todo parecía arreglarse.

Seguimos siendo la familia feliz.

Hasta el siguiente fin de semana.

Rubén volvió a llegar borracho.

Pero esta vez fue peor.

Mucho peor.

Ese día no hubo solo gritos.

Hubo golpes.

Muchos golpes.

Mi madre volvió a mandarme a aquel escondite que había preparado para mí.

Creo que ella ya sabía lo que iba a pasar.

Esta vez sentí miedo en su voz cuando me dijo:

—Escóndete.

Yo tenía apenas 7 años recién cumplidos.

Desde mi escondite había una pequeña ranura.

Y por ahí vi algo que nunca voy a olvidar.

Vi cómo mi madre era tirada al suelo.

Vi cómo él la pateaba como si fuera una pelota de fútbol.

Le gritaba.

Le lanzaba todo lo que encontraba a su alrededor.

Mi madre gritaba.

Gritaba de dolor.

De desesperación.

Y en medio de todo eso, escuché su voz romperse mientras suplicaba:

—¡Por favor… no!

¡La niña está aquí!

Yo lloraba.

Lloraba tanto que llegó un momento en que ya no me quedaban lágrimas.

Pero él no escuchó.

Cuando terminó de descargar toda su furia…

se levantó.

Fue a la pequeña cocina.

Calentó la cena.

Y se sentó a comer tranquilamente…

como si nada hubiese pasado.

Como si no destruido a alguien minutos antes.

Mientras comía dijo con total frialdad:

—No seas dramática.

Levántate y recoge ese desastre.

Pero no fue solo esa vez.

Así vivimos durante mucho tiempo.

Mi madre no podía irse.

Él la amenazaba constantemente.

Le decía que la dejaría en la calle.

Que llamaría a las autoridades para separarme de ella.

Y fue entonces…

cuando comenzó el verdadero infierno.

Para mi madre.

Y para mí.

Esta es mi historia.

Y sí…

aún hay mucho más por contar.

Esto continuará.

—Yennifer Álvarez