𝓛a última pincelada en la piel

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Summary

La pijamada terminó con un beso que no debió haber sido. Matthew miró a Oliver, sus ojos llenos de esperanza y miedo: "¿Seguimos siendo amigos?". Oliver asintió, porque era la verdad -no sentía nada por él como él lo sentía. Pero lo que no dijo es que Matthew era el único rostro que sabía pintar, el único fuego en sus lienzos. Mientras Matthew sufría en silencio por un amor no correspondido, Oliver llevaba su imagen en cada pincelada... hasta que la sangre se convirtió en su última tinta, y el secreto se quedó grabado en el lienzo de su propia muerte.

Genre
Lgbtq
Author
Daii
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

𝓛a última pincelada en la piel

𝓛𝗮 𝘂́𝗹𝘁𝗶𝗺𝗮 𝗽𝗶𝗻𝗰𝗲𝗹𝗮𝗱𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗽𝗶𝗲𝗹

"Colores que no se distinguen" Capítulo 1

Se levantó lentamente de la cama, los músculos rígidos como madera vieja, dudando si ese día valía la pena enfrentar las clases. La verdad era que las dudas lo consumían por completo: no quería sentir las miradas clavadas en su espalda, ni experimentar esa sensación de inseguridad que lo paralizaba con cada paso que daba por los pasillos. Pero por otro lado, había un motivo que lo tiraba hacia la salida: el taller de arte.

Finalmente, sin más opciones que decidirse, se incorporó y encaminó sus pasos hacia el baño, dispuesto a comenzar el día. Pasaron unos quince minutos antes de que saliera, envuelto en una toalla fría que no hacía más que resaltar la palidez de su piel. Se detuvo frente al espejo, y la rutina habitual comenzó: observaba cada rincón de su cuerpo, criticándolo con una severidad que nadie más habría tenido el valor de expresar.

«Qué horrible te ves. Solo mírate: flacucho, débil... Mejor muérete.»

Esa voz en su cabeza nunca lo dejaba en paz. Su rostro no ayudaba: ojeras profundas que se marcaban como sombras sobre su tez pálida -consecuencia de los pocos alimentos que ingería-, pequeñas protuberancias en la frente y mejillas, labios agrietados y lastimados por el constante mordisquear. Ese era su único ritual frente al espejo: humillarse a sí mismo hasta sentir que no quedaba nada por decir.

Después de arreglarse lo justo y necesario, se vistió con ropas sueltas que intentaban disimular su figura y salió de casa. Caminó hasta la esquina donde siempre lo esperaba, y allí estaba: Matthew, con su típica sonrisa que dejaba al descubierto sus hoyuelos. Oliver se acercó con paso lento, y el único movimiento de su amigo fue extender la mano para agarrar su mochila y cargarla sobre su hombro, como si fuera una carga menor.

-¿Cómo estás, bonito? ¿Dormiste bien? -preguntó Matthew, iniciando el camino hacia el colegio, con Oliver siguiéndole de cerca.

-Claro, dormí bien. ¿Y tú? -respondió Oliver, mintiendo sin pestañear. No había dormido bien en absoluto; solo había logrado cerrar los ojos durante dos horas, entre pesadillas y pensamientos que no le daban tregua.

Matthew dio media vuelta para mirarlo, y aunque sonreía, en sus ojos de color avellana se notaba la preocupación. Había conocido a Oliver desde el primer año de secundaria, y sabía que sus palabras rara vez coincidían con lo que pasaba en su cabeza.

-Yo mejor que nadie sé que cuando dices eso, en realidad significa que pasaste la noche dibujando hasta amanecer -bromeó, tratando de aflojar el ambiente-. O ¿acaso te volviste adicto a las telenovelas de madrugada?

Oliver rio con boca pequeña, un gesto que apenas movió sus labios: -Ni tan loco. Solo... tuve cosas en la cabeza.

No necesitaba decir más. Matthew asintió y cambió de tema, contándole sobre un proyecto que estaba preparando para su clase de música, moviendo las manos con entusiasmo mientras hablaba de acordes y ritmos que Oliver apenas entendía. Eso era bueno de Matthew: sabía cuándo presionar y cuándo dejarlo en paz.

Al llegar al colegio, el bullicio de los estudiantes los envolvió de golpe. Oliver sintió cómo se le encogía el estómago, hundiendo los hombros para pasar desapercibido. Los pasillos estaban llenos de grupos que reían a carcajadas, de parejas que se abrazaban sin cuidado, de voces altas que resonaban en las paredes. Cada mirada que sentía sobre sí mismo era como un puñalazo en la piel.

-Vamos, que si llegamos tarde, el profesor de historia nos va a hacer escribir un ensayo sobre la Revolución -murmuró Matthew, jalando su brazo suavemente para llevarlo hacia el aula-. Después de clase nos vamos directo al taller, ¿vale? Ya preparé los nuevos pinceles que te prometí.

Oliver asintió, agradecido. El taller de arte era su refugio: un pequeño cuarto en el ala trasera del colegio, con ventanas altas que dejaban entrar luz natural, estanterías llenas de pinturas en polvo y tubos de óleo, lienzos en todos los tamaños apilados en esquinas y mesas cubiertas de manchas de color que nadie conseguía quitar. Allí, los colores se mezclaban sin reglas, y él no tenía que ser nadie más que el que sostenía el pincel.

Durante la clase de historia, su mente vagaba entre las fechas que el profesor recitaba como un mantra y las formas que comenzaba a dibujar en el margen de su cuaderno: círculos que se convertían en rostros, líneas que se transformaban en árboles, manchas que parecían nubes o mares. Cuando el timbre sonó, se levantó de un salto, ansioso por llegar al taller.

Matthew ya esperaba en la puerta, con una bolsa negra en la mano. Al entrar, el olor a pintura y linaza los recibió de inmediato. En el centro de la habitación, sobre la mesa principal, había un lienzo grande, aún en blanco.

-Lo preparé para ti -dijo Matthew, colocando la bolsa sobre la mesa y sacando los pinceles nuevos-. El profesor dijo que podemos hacer un trabajo libre para la exposición del fin de mes. ¿Ya tienes alguna idea?

Oliver se acercó al lienzo, pasando la mano sobre la superficie lisa. Cerca, en un frasco, había una mezcla de colores que parecían fundirse entre sí: azul oscuro, rojo borgoña, amarillo pálido, blanco como la nieve. Justo como decía el título que había pensado para su obra: "Colores que no se distinguen".

-Sí -murmuró, cogiendo uno de los pinceles y mojándolo en la mezcla-. Ya sé exactamente qué pintar.

Mientras el pincel comenzaba a deslizarse sobre el lienzo, dejando una estela de tonos que se fundían sin límites, Oliver sintió cómo la voz en su cabeza se hacía más baja, como si los colores la estuvieran tapando poco a poco. Pero en el reflejo de la pintura húmeda, vio de nuevo su rostro: pálido, con ojeras profundas. Y la voz volvió, más fuerte esta vez.

«Inútil. Ni siquiera tus colores pueden ocultar lo que eres.»

El pincel se le cayó de la mano, golpeando el suelo con un pequeño sonido seco. Matthew lo miró, preocupado.

-Oliver... ¿estás bien?

𝓛𝗮 𝘂́𝗹𝘁𝗶𝗺𝗮 𝗽𝗶𝗻𝗰𝗲𝗹𝗮𝗱𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗽𝗶𝗲𝗹

"Colores que no se distinguen"

Capítulo 1