Capítulo 1 — La reliquia despierta
España
Febrero de 1309
Larmenius clavó la espada en la boca del hombre con un movimiento de arriba hacia abajo. Era un golpe que había aprendido muchos años antes, cuando todavía no llevaba cicatrices en las manos ni hacía su juramento como templario. Su maestro, fray Rodrigo de Alarcón, se lo había enseñado en un patio de tierra detrás de una pequeña encomienda. Le había dicho que aquel era el golpe de misericordia, una estocada que no falla cuando un enemigo grita o abre la boca para pedir ayuda. “Si entra por aquí”, había dicho señalando los dientes con la punta de su propia espada, “la muerte llega rápido”.
La hoja entró recta, rompió los dientes delanteros, atravesó el paladar y salió por la nuca con un chorro de sangre que le salpicó la cara y le cegó el ojo izquierdo un instante. El cuerpo se sacudió fuerte, una sola vez, y cayó de lado sobre la tierra mojada. Larmenius tiró de la empuñadura para sacar la espada. Un pedazo de lengua quedó pegado al filo y se desprendió cuando sacudió el arma.
Pierre hizo lo mismo con el segundo. Metió la daga por la boca abierta, sintió el crujido de la mandíbula partiéndose y empujó hasta que la punta salió por la nuca. El hombre intentó gritar, pero solo salió un gemido y sangre por las fosas nasales. Pierre giró la hoja dentro, rompió más hueso y sacó la daga de un tirón. El cuerpo se dobló hacia adelante, de rodillas primero, y luego cayó de bruces. Los ojos quedaron abiertos, mirando la tierra. Pierre limpió la hoja en la capa del muerto como pudo, porque sus manos le temblaban siempre después matar.
Arriba, entre las ramas peladas del camino, unos cuervos estaban quietos. Ninguno de ellos graznó, solo miraron con las cabezas ladeadas y alas pegadas al cuerpo los cuerpos en el suelo. Uno bajó a una piedra cercana, arrastró las garras y dejó un rastro oscuro y viscoso. Larmenius lo vio, pero no dijo nada. Cruzó la mirada con Pierre y los dos asintieron al mismo tiempo sin decir palabras. Detrás de ellos, entre los árboles, se veían antorchas. Diez, tal vez doce. Avanzaban sin hacer mucho ruido y sin pisar fuerte. Solo había un crujido leve de hojas secas y el roce de metal contra metal.
Larmenius envainó la espada y echó a correr, Pierre lo siguió. El corazón les golpeaba tan fuerte que lo sentían en los oídos. Corrieron por el sendero de tierra, las piedras pequeñas se les clavaban en las suelas, y el barro les salpicaba las piernas. El aire frío les cortaba la garganta, aunque el sudor les corría por la espalda y el pecho. Cada rama pisada sonaba demasiado, como si el bosque quisiera delatarlos. Pierre nunca había soportado matar. Después de cada muerte sentía los ojos de los muertos siguiéndolo, aunque supiera que ya no podían ver. Esa sensación le apretaba el estómago y le hacía correr más rápido.
Corrieron casi media hora sin parar. Al doblar la curva apareció el pueblo. Casas viejas de piedra y adobe apretadas alrededor de una plaza pequeña. Algunas ventanas tenían luz de vela, el resto estaba en completa oscuridad.
Larmenius fue directo a la tercera casa a la derecha de la plaza. El techo era de madera con piedras encima, la puerta vieja entreabierta, y una luz débil saliendo por debajo. Entró con la espada desenvainada, respirando por la boca para recuperar el aliento. Pierre cerró la puerta y se apoyó en la madera, intentando calmar la respiración.
Dentro había trece hombres. Algunos sentados en bancos que crujían, otros de pie contra las paredes. Todos tenían las manos cerca de las empuñaduras. Las capas de todos estaban duras por el barro, y algunos, por sangre seca. Las caras estaban llenas de cortes frescos y cicatrices viejas. En el centro estaba el padre Anselmo, sentado en una silla que parecía a punto de romperse. Hábito gris, borde sucio de tierra. Más de setenta años, espalda recta, manos cruzadas sobre el regazo. Su pelo era blanco y corto, con barba larga y desordenada. Cuando Larmenius entró, el padre giró la cabeza despacio. La luz de la vela iluminó solo la mitad de la cara, dejando la otra mitad en sombra.
—Nos siguen los hombres del rey —dijo Larmenius asomándose por una rendija—. Lo hacen desde el cruce.
Un hombre con cicatriz larga en la mejilla apretó la mandíbula.
—¿Seguro que eran del rey?
—Llevaban el sello en el pecho. Y sus ojos… estaban muy oscuros. Como si alguien más mirara por ellos.
El padre Anselmo levantó la vista. Sus ojos eran tranquilos, pero algo dentro hacía que Pierre quisiera apartar la mirada.
—Siéntense —dijo el anciano—. Cuéntenlo todo.
Larmenius se sentó a su lado. Pierre se quedó de pie, mirando la puerta como si alguien fuera a entrar en cualquier segundo.
—Estuvimos en Tarragona —empezó Larmenius—. Entré de noche en el castillo de Miravet después del saqueo. Rompieron altares, pisos, paredes, todo. No se llevaron oro ni plata. Buscaban la reliquia. Luego, vi al rey Felipe en París hace cuatro semanas. Hablaba con voz que no era suya. Se volvía gruesa, múltiple, como si varias gargantas hablaran al mismo tiempo. Reía mientras ordenaba destruir todo. No es él, algo lleva dentro. Convenció al Papa Clemente y a Jaime II de borrarnos del mapa, tomar los castillos y todas las reliquias. Pero no quieren el oro. Quieren lo que guardamos. Gisors, París, Miravet, Monzón… en cada lugar rompen y excavan. Matan a quien se cruza en su camino. Esa sombra sabe que la reliquia está en un lugar consagrado, protegido por nosotros. Temo que Ponferrada es el siguiente.
El hombre de la cicatriz apretó los puños.
—Pero Ponferrada ya está tomada Larmenius.
—No del todo, venimos de allá. Hay guardias en el castillo, pero no son los buscadores del rey.
Un templario joven habló con la voz temblando.
—¿Y si ya saben dónde está?
Larmenius negó con la cabeza.
—Imposible, nadie lo sabe más que nosotros. Tardarán semanas, o meses en encontrar la cámara. Debemos ir esta noche, entrar, tomar la reliquia y sacarla.
El padre Anselmo puso la mano abierta sobre la mesa.
—La sombra usa al rey como máscara —dijo despacio—. Lo he visto en sueños. Tres veces la misma imagen, una mano negra saliendo del pecho del rey y agarrando el aire. El objeto debe salir de Ponferrada. Pero esta vez no a otro castillo, debe ser a un lugar que ningún mapa nombre. Buscaremos una isla en el norte. La enterraremos donde nadie la encuentre jamás. Hay un barco en A Coruña. Veinte días si vamos ligeros, tal vez un poco más con la reliquia, porque pesa como el pecado de todos nosotros.
—Iremos esta noche —dijo Larmenius al fin—. No podemos esperar al amanecer ni a otro día. La sombra está moviendo al rey, y también moverá a sus hombres. Cada hora que pasa les acerca más a la reliquia.
Miró a cada uno de los hombres alrededor.
—Trece de nosotros atacarán.
Señaló con dos dedos al padre Anselmo y luego a Pierre.
—Anselmo y Pierre vienen conmigo. Nosotros bajaremos por los túneles. Conozco el pasaje que lleva directo a la cripta. Es angosto y oscuro, pero nadie lo vigila porque casi todos creen que se derrumbó hace años.
Un templario al fondo frunció el ceño.
—¿Y si los guardias del rey ya están dentro?
—Entonces moriremos allí abajo, pero la caja no se quedará en ese lugar.
Se enderezó un poco y pasó la mirada por el resto de los hombres.
—Cuando tengamos la caja saldremos por el mismo túnel. Lo mejor es que todos huyamos juntos, pero, si los hombres del rey llegan antes de que salgamos… —hizo una pausa corta— entonces algunos deberán comprar tiempo. El tiempo suficiente para que la reliquia desaparezca de Ponferrada.
Nadie protestó, pareció incluso que dejaron de respirar. Tampoco preguntaron cuánto tiempo significaba aquello. Porque todos entendieron que quizá no saldrían vivos.
El padre Anselmo asintió lento.
—Recen ahora hijos, y desde este momento, encomienden su vida al Señor, quizá en unas horas no sea posible.
Se arrodillaron donde pudieron y rezaron en silencio. Pierre sintió el nudo en el estómago apretarse más. Temía más a fallar que a morir en aquel lugar.
Luego, en la penumbra de la casa, bajo el miedo de ser escuchados, los templarios se alzaron como sombras. Uno a uno avanzaron hasta donde estaba sentado el padre. Allí se detuvieron, mirándolo fijamente a los ojos.
Entonces, con un movimiento que pareció sagrado, cada hombre retiró la manga de su túnica blanca. Sobre la piel llena de callos y cicatrices, brillaba un símbolo marcado a fuego vivo.
Anselmo se levantó, y con la misma solemnidad descubrió su brazo. El símbolo en su carne era la más vieja de todas, la última de una antigua generación que había hecho promesas al cielo, y a sus predecesores.
Todos extendieron los brazos al mismo tiempo, cruzándolos en el centro como espadas. Y entonces, con una sola voz que retumbó contra las paredes de adobe, pronunciaron el juramento:
—¡Hasta la muerte por la orden!
La noche en Ponferrada era más oscura de lo habitual. El castillo se levantaba negro contra el cielo, antorchas en las torres, con diez guardias quietos como piedras. El grupo se acercó por el norte, agachados entre rocas mojadas. Llegaron a una grieta tapada de zarzas, un túnel angosto, con agua negra en el suelo, y ratas corriendo entre las botas que pocos conocían. Avanzaron en fila y sin antorchas. El aire olía a podrido, y cada paso hacía eco. A veces el eco volvía más tarde, como si alguien los imitara a propósito.
Pierre sintió frío subiéndole por la espalda.
—¿Lo oyes? —susurró.
Larmenius lo miró, pero no contestó, solo siguió adelante. El padre Anselmo empezó a rezar en voz baja, pero la voz se perdía en la oscuridad como si el túnel se la bebiera. Pierre miró atrás, solo para encontrar oscuridad absoluta. Aun así, sentía ojos en la nuca, aunque ya no quiso girarse de nuevo.
El agua subió hasta los tobillos. Algo rozó la bota de Pierre, como dedos fríos. El túnel se curvó, y las paredes parecieron acercarse. El padre Anselmo respiraba más rápido. Pierre pensó que la reliquia ya sabía que venían, pero no los quería a ellos.
Salieron al patio sin ruido. Los diez guardias dispersos. Cuatro arriba en la muralla baja, tres en la puerta, dos en el patio, uno en la torre.
Larmenius levantó la mano abierta, palma hacia adelante, y la bajó despacio. Los trece se movieron al mismo tiempo, cada uno sabía dónde ir.
Cuatro subieron por la escalera de la muralla baja. Iban pegados a la pared, con pasos cortos para no hacer ruido. El primero llegó arriba sin que el guardia se diera cuenta. El hombre estaba de espaldas, mirando el bosque, con su lanza apoyada en el hombro. El templario le tapó la boca con la mano izquierda mientras le clavaba la espada por debajo de la axila, derecho al corazón. La hoja entró hasta la empuñadura. El guardia se arqueó, con sus ojos muy abiertos, pero no salió sonido de su boca. El templario lo sostuvo por la cintura mientras el cuerpo se sacudía dos o tres veces, y lo bajó al suelo despacio, apoyando la cabeza contra la piedra para que no golpeara.
El segundo guardia oyó el roce de la capa contra la piedra. Se giró a medias, pero ya tenía la espada de otro templario en el pecho. Entró por el esternón y salió por la espalda. El hombre abrió la boca para gritar, pero los dedos del templario en su boca le taparon el aire. Luego, giró la hoja dentro, rompió costilla y músculo, y sacó la espada de un tirón. El cuerpo cayó de rodillas primero, luego de lado.
El tercero en la muralla recibió un tajo horizontal en la garganta. La sangre salió a presión, salpicando la cara del templario. El guardia se llevó las manos al cuello, intentando tapar el agujero, pero los dedos se llenaron de sangre en un segundo y cayó hacia atrás, golpeando el parapeto con la nuca antes de rodar al vacío. El cuerpo aterrizó abajo con un golpe que resonó en el patio.
El cuarto guardia vio al compañero caer. Intentó gritar, pero una daga le entró por la nuca y salió por la boca. Se quedó quieto un segundo, como congelado, y luego cayó de bruces.
Los cuatro templarios bajaron de la muralla y se asomaron con cuidado hacia la puerta principal. Solo alcanzaron a ver cómo los tres guardias muertos eran arrastrados despacio por sus propios compañeros hacia la oscuridad del pasillo interior.
En el patio central la carnicería continuó. Dos guardias hablaban en voz baja cerca del pozo. No vieron venir a los templarios. Uno recibió una daga directa en el ojo derecho. La hoja entró por completo y se quedó ahí. Su compañero intentó desenvainar, pero no logró sacar la mitad antes de que otro templario le clavara la espada en el pecho y la girara dentro, rompiendo costillas con sonido que parecía madera seca partiéndose.
El guardia de la torre fue el único que vio todo venir. Estaba arriba, en el borde del parapeto, y miró hacia abajo cuando los guardias del patio eran asesinados. Vio los cuerpos caídos de sus compañeros, y las sombras moviéndose rápido. Soltó un grito corto y corrió hacia el campanario. Las botas resonaron en la escalera de caracol. Al girar el primer recodo del pasillo estrecho, una espada salió de la oscuridad y le cortó las dos piernas por las rodillas de un solo tajo. Cayó hacia adelante gritando, sus manos arañando la piedra. La sangre arterial salía a chorros, salpicando las paredes. Intentó arrastrarse, pero no llegó lejos.
Cuatro templarios salieron de las sombras del pasillo. Uno le pisó la cara para que no se moviera. Otro le clavó la espada en el pecho, profundo, hasta atravesar el corazón. Empujó la hoja hacia arriba y levantó el cuerpo un poco del suelo. El guardia se convulsionó fuerte, pateando el aire con sus piernas cortadas.
El patio quedó tranquilo. Solo el viento contra las piedras y el goteo lento de la sangre que bajaba por las paredes rompía aquel silencio. Los cuerpos estaban tirados en posiciones torcidas, algunos con ojos todavía abiertos mirando al cielo negro. Ninguno se movía ya. Los templarios limpiaron las hojas en las capas de los muertos, respirando fuerte por la boca. Nadie comentó nada, ni miraron a los ojos de los caídos más tiempo del necesario.
Larmenius, Pierre y el padre Anselmo seguían bajando hacia la cripta. El eco de algunos gritos había llegado hasta ellos, lejanos. Pierre sintió el estómago revolverse. Siguió caminando, su mano apretaba la empuñadura de la daga, sintiendo que el aire se volvía más insoportable a cada paso. Llegaron después de algunos minutos a la cámara. Una losa grande en el suelo, con tres rayas finas grabadas. Larmenius señaló.
—Ahí.
Cavaron con palas cortas. La tierra era dura, parecía que se resistía. Cada golpe parecía enfadar al suelo. Al fin apareció la reliquia. Era una caja, del tamaño del torso un hombre, envuelta en telas gruesas y oscuras. Pesaba como si estuviera llena de plomo. La ataron con cuerdas. El padre Anselmo la tocó con las yemas de los dedos.
—Está caliente —dijo—. Y se mueve.
—No la toque más —susurró Larmenius.
La levantaron entre los tres. El peso les jaló los hombros hacia abajo, como si la caja quisiera volver al agujero. Subieron por el túnel, que ahora parecía más estrecho. Las paredes rozaban los brazos. Pierre sintió un aliento caliente en la nuca. Salieron al patio, luego, Larmenius vio a los trece templarios formados, con sus espadas listas, todos viendo hacía un mismo punto.
—Vámonos compañeros —ordenó Larmenius.
Un templario de barba gris negó con la cabeza, espada todavía en alto.
—No va a ser posible, maestre.
Larmenius lo miró. El templario señaló el muro exterior. Larmenius se giró. Más de cincuenta antorchas ardían al otro lado. Soldados con lanzas y escudos avanzaban en filas. En el centro un capitán con armadura negra. Sonreía. La boca se abría demasiado, de oreja a oreja. Los ojos eran como agujeros negros. Cuando habló, parecieron muchas voces a la vez, superpuestas, resonando dentro del patio:
—Gracias por sacarla por mí.
La sonrisa se ensanchó más.
—Ahora… denme lo que es mío.
Sobre él, los cuervos giraban en círculos, como sombras aladas buscando a quién devorar primero. El padre Anselmo se puso al lado de Larmenius. Subió su mano hasta el pecho solo para apretar la cruz que colgaba de su cuello.
—No solo llegaron soldados Larmenius. La sombra también vino.