Capítulo 1: Victoria amarga
Dicen que los dioses no sangran… pero ese día, uno cayó, derramando un océano rojo que el mundo jamás olvidaría.
El Señor Oscuro, Zurthur —el brujo más poderoso de toda la historia— había muerto.
Sus restos, ennegrecidos y erosionados, quedaron esparcidos sobre la arena ardiente y radiactiva. El cadáver se desintegraba lentamente, mientras la radiación quebraba cada átomo del poder que aún brillaba en sus ojos negros.
La tecnología, siempre subestimada, fue el verdugo de aquel que en tiempos antiguos había sido el terror de su mundo.
Las pantallas se encendieron en cada hogar de los Estados Unidos, como brasas despertando en cada ciudad. Todas mostraban lo mismo: a un hombre con traje elegante, pero mirada de padre arrepentido…
Los aviones que sobrevolaban Japón solo alcanzaron a ver la nube en forma de hongo sobre Nagasaki, sin imaginar el caos que habían desencadenado en otros reinos, en otra dimensión, en Génesis.
Pasaron días antes de que los Grandes Ancianos regresaran de su batalla contra el Señor Oscuro. No traían victoria en los ojos, sino miradas decaídas, manos temblorosas y túnicas dañadas.
Las televisiones robadas del mundo humano repetían sin descanso el mismo rostro: el padre de la bomba atómica. Y sus palabras, ardientes como acero al rojo vivo, marcaron una era entera:
“Me he convertido en la muerte”.
“Destructor de mundos”.