Las Almas Gemelas
31 de Enero 2000
El viento hacía que las copas de los árboles susurraran, como si se contaran secretos. Mientras estaba allí, me preguntaba sobre los momentos que podrían contarme si tan solo pudiera hablar con ellos. El sendero que tantas veces recorrimos juntos ahora empezaba a cubrirse de hierba, pues ya casi nadie caminaba por allí.
Como solía hacerlo cada año, regresé a ese lugar para verla. Sé que suena extraño decirlo de esta manera, pues ya llevaba seis años regresando con la esperanza de encontrarla allí, o de que ella me encontrara esperando a mí. Aunque cada uno de esos años regresé con el alma rota, mantenía la esperanza de verla otra vez; quería verla y, más que nada, necesitaba verla de nuevo.
Aunque solo habían pasado seis años desde la última vez que nos vimos, se sentía como si hubiesen pasado ya cien vidas. Las cosas no habían estado bien, pero no era nada anormal. Si ella decía “blanco”, yo decía “negro”; si ella decía “día”, yo decía “noche”. Ella prefería los días soleados y yo la lluvia. Yo prefería el silencio, disfrutar y soñar, y ella, bueno, ella prefería tratar hasta el cansancio de entenderlo todo.
Mila había decidido hacer las cosas de manera diferente y encontrarse a ella misma y yo, pues yo con esfuerzo sobrevivía. No puedo culparla por sus decisiones; yo no estaba bien y, de cierta manera, me parece que tampoco tenía intenciones de estarlo.
Nuestras emociones nunca se alinearon, nuestros sueños eran tan diferentes y nuestros corazones nunca latieron al mismo ritmo. Me sorprendía que, a pesar de eso, ella siempre me prefirió a mí y yo, pues yo siempre preferí algo más.
Empezaba a oscurecer y mi esperanza a desaparecer. Esperé toda la noche, pero nunca apareció. Entonces supe que la había perdido para siempre. Enterré el mechón de cabello que me había dado aquella última vez que nos vimos en el campo de girasoles que tanto amaba y me fui de allí con el alma partida y el corazón en la mano. Después de algún tiempo regresando cada año esperando verla, dejé de ir hasta que me tocó regresar con Angela a ese lugar.
2014
—Fue en abril o quizás en mayo. Ya ha pasado tanto tiempo que ni siquiera estoy seguro de si su voz es realmente como la recuerdo. Qué locura, nunca pensé que podría llegar a olvidar su voz.
—¿Realmente puedes llegar a olvidar la voz de alguien?
—A decir verdad, no lo sé, pero no estoy seguro de que la voz que recuerdo sea la de ella.
—Me parece increíble que uno pueda olvidar la voz de la persona que ama.
—Piénsalo, con el pasar del tiempo es más lo que olvidamos que lo que recordamos.
—¡Sí, lo sé! ¡Pero las cosas que dejan huella nunca se olvidan!
—¿Estás segura?
—¡Sí, segura!
—¿Cuál fue la mascota que más amaste?
—Definitivamente, tiene que ser Mateo. Ese perro me acompañó en los peores momentos de mi vida; siempre fiel, siempre listo, siempre haciendo algo que me hacía reír.
—¿Recuerdas cómo ladraba?
—¡Claro que sí! ¡Sin duda!
—¿Y estás segura de que lo recuerdas realmente, o es solo tu recuerdo general del ladrido de un perro?
—¡No me hagas dudar, aunque creo que sí lo recuerdo!
—Si escucharas a diez perros ladrar, ¿reconocerías el de... Mateo, dijiste?
—Pues, ahora que has creado toda esta confusión en mi cabeza, ¡no lo sé!
—Te sorprendería saber cuánto de lo que recordamos nunca sucedió realmente.
—¡Ya no me confundas más, por favor! Amo los recuerdos que tengo.
—A veces es mejor olvidar, aunque sea lo más importante de tu vida. Si ya no está y no va a regresar, si no vas a poder revivirlo, recordar se convierte en solo una tortura más.
—Aun así, me parece triste que olvidemos las cosas importantes.
—Entiendo que pienses de esa manera. Algunas personas tenemos recuerdos importantes, tan importantes que han definido nuestras vidas y que, aun así, preferiríamos poder olvidar. ¡Perdóname, Angela, por divagar! ¿En dónde me quedé?
—En que no estás seguro si fue en abril o mayo.
—¡Ah, cierto! Sí, no recuerdo en qué mes fue, pero volvíamos de un pequeño concierto. Mi papá me había prestado el auto para ir.
—¿De verdad te prestó el auto?
—¡Obvio no! Mis padres estaban de viaje y no vi problema en tomarlo.
—¡Qué arriesgado!
—Llevarla al concierto fue mi excusa perfecta. Sabía que sus padres no la dejarían ir, así que nos escapamos. Yo había decidido irme del pueblo, necesitaba intentarlo; no podía quedarme con la duda de si lo lograría por mi cuenta en la música. No había tenido el valor de decirle que me iría lejos, pero de todas las cosas que he olvidado, esa noche es una de las pocas que me es imposible dejar atrás. Pasó de todo: me preguntó si me gustaba otra chica, me hizo su primer desplante de celos, nos dimos nuestro primer beso y también fue nuestro primer adiós. ¡Todo en la misma noche!
Durante el concierto, nos encontramos con Martina y Noah. Disfrutamos gran parte del espectáculo con ellos a nuestro lado, pero lo mejor de toda la noche fue verla sonreír. De entre tantos “primeros” que vivimos esa noche, ese fue uno más: su primer concierto.
Yo recién había cumplido dieciocho años y estaba listo para conocer el mundo fuera de este pueblo, e intentar lograr algo con mi música, pero sabía que alejarme de ella sería difícil.
—¿Estabas enamorado de ella?
—La verdad, en ese momento no lo sabía, y aún hoy no podría decirte si estaba enamorado de ella. Así que te diré que no, no lo estaba, pero te garantizo que la amaba como a nadie más he amado en toda mi vida.
—¡No te entiendo! ¿La amabas, pero no estabas enamorado?
—Es que las personas confunden amar a alguien con estar enamorado, y son dos cosas diferentes. Amar a alguien es tener la decisión, la convicción de querer lo mejor para la otra persona; es una decisión, no solo una emoción. Y estar enamorado, pues… es solo sentir mariposas en el estómago. Es una emoción que así como llega, también puede irse, mientras que el amor… pueden pasar siglos y seguir allí, incluso aún más fuerte que cuando empezó.
—Ahora entiendo mejor a qué te refieres, Karl.
—Antes de irnos para su casa, le pedí que viniéramos aquí y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras sus ojos resplandecían con la luz de la luna. Me habría gustado que la hubieses conocido en aquel tiempo. Ella era simplemente un sueño.
—¡Puedo imaginarla! ¿Y cómo fue ese momento?
—Pues, como siempre pasaba con nosotros, las cosas nunca eran como imaginábamos que serían. Yo esperaba tener una conversación tranquila, aunque sabía que sería triste. Le confesaría mi plan y esperaría que no me matara en ese mismo lugar. Cuando llegamos al campo, me disponía a contarle, pero ella explotó primero…
1983
—¿Te gusta Martina? —me preguntó Mila con fuego en sus ojos.
—¿Por qué dices eso?
—No lo sé. Me pareció que la mirabas de manera... hmmm, ¿cómo se dice? ¡Ah, sí! Particular.
—Ni siquiera sé qué significa eso que dices.
—Pues, por momentos parecía que para ti no había nadie más en el concierto. ¡Ni siquiera yo!
—¿Estás celosa?
—Podría ser. No me gusta que andes viendo a otras mujeres mientras estás conmigo.
—¡Camila, no empieces! Ya te dije lo que pienso: ya tengo dieciocho y no es apropiado que tengamos una relación. Además, tu papá me mataría sin pensarlo dos veces. Sabes que nunca ha tenido un buen concepto de mí.
—Eso es solo porque nunca le has dado la oportunidad de que te conozca.
—¡Ni creo que vaya a tener el tiempo para dársela! Estoy enfocado en mi música. Ya no puedo esperar para salir de este mugriento pueblo.
—¡Serían solo dos años!
—¿Qué?
—¡Sí! Solo tienes que esperar dos años por mi.
—Camila, sé que no lo entiendes, pero de verdad no tengo tiempo, cabeza ni corazón para el amor.
—Tú nunca lo has tenido, Karl. ¡Ey! ¿Qué estás haciendo?
—¿No lo ves? ¡Enciendo un cigarrillo!
—¿Desde cuándo empezaste a fumar?
—Hace unas semanas. ¿Por qué, te molesta?
—¡Claro que sí! ¡Ya sabes que odio el olor a tabaco!
—¿Ahí lo tienes?
—¿Tener qué?
—¡Otra razón por la que no podremos estar juntos!
—¡Qué grosero eres! ¿Ahora quieres hacerme pensar que empezaste a fumar para no estar conmigo?
—Mila, no entiendo por qué te empeñas en que lo intentemos. Jamás funcionará algo entre nosotros, somos muy diferentes.
—¡Hemos sido buenos amigos desde siempre!
—Tú lo has dicho, ¡amigos! Y la verdad es que eres mi mejor amiga y no quiero que perdamos eso.
—¡No lo perderemos si me cuidas bien!
—Camila, en realidad no entiendes lo diferentes que somos.
—Pues yo creo que si no lo intentas, cuando me veas en los brazos de otro hombre te va a doler.
—Jajaja. ¿Ni siquiera hemos empezado y ya me estás amenazando?
—¡No! ¡Solo te lo advierto!
—¡Mila, Mila! Por eso te adoro. ¡Vamos, regresemos, que tu papá va a matarnos!
—¡Quizás lo que necesitas es que el te de una tunda para que se te acomoden las ideas!
—¡Menos charla y más caminata, Mila! —Mientras regresaba lo pensé y cambié de opinión. No podría verla triste, y como el más cobarde, decidí que dejaría que se diera cuenta por sí misma de que me había ido del pueblo.
—¿Vas a fumar otro, Karl?
—¿Lo estoy encendiendo, no?
—¡No tienes nada de fumar y ya eres adicto! —me dijo Mila molesta porque parecía chimenea.
—Llegamos al auto. Le abrí la puerta para que subiera mientras yo me quedé afuera terminando mi cigarrillo. Cuando entré, Mila me recibió de una manera que jamás habría imaginado.
—¡Toma, te hace falta! —me dijo mientras me rociaba con el espray ambientador para el auto.
—¡Qué te pasa, pitufa! —le dije bastante alterado. El espray había caído en mis lentes y no tenía con qué limpiarlo.
—¿Karl?
—¿Qué?
—¿Por qué me ocultas que te vas?
—¿Cómo lo sabes?
—¡Soy bruja! ¿Lo olvidas? Además, dejaste los recibos del tiquete de autobús y un boceto de la carta que le hiciste a tu mama en la máquina de escribir que te presté.
—¿Estabas husmeando mis cosas, Mila?
—¡Pues estaban en mi máquina! ¡Era imposible que no las viera fuese adrede o por accidente!
—¡Sí! Me voy el viernes. Ya no puedo esperar más. Te juro que lo he intentado, todo lo que he podido, pitufa, pero se acabó. Este lugar me tiene harto ya.
—¿Llévame contigo?
—¡Mila! ¡Eres solo una niña!
—Pues tú no eres precisamente un vejete, Karl.
—Prometo que te escribiré, ¿está bien?
—¡Dos años! Karl, solo tienes que esperar dos años. ¿Qué tan difícil es eso?
—Mila, sé que Romeo habría esperado mil años por Julieta, si hubiese sido necesario.
—¡Y ella lo habría esperado igual!
—Exacto, pero yo no soy tu Romeo y definitivamente tú no eres mi Julieta.
—¡Karl, eres un imbécil! —me dijo ella mientras me golpeaba el hombro lo más fuerte que podía.
Desde que la conocí, Mila siempre había sido bastante callada, una espectadora de la vida más que una participante activa, pero cuando se molestaba, su carácter cambiaba de una manera que podía asustar hasta al más valiente de los guerreros.
Me detuve a unos metros de su casa. Ella entraría por la ventana de su habitación, el mismo lugar por el que había salido para irnos al concierto. Esa es otra de las cosas que jamás podré olvidar: las botas vaqueras, el sombrero y la falda de vuelo que tenía que estar sosteniendo para que el viento no se la levantara.
—¡Si te desapareces, te voy a odiar toda la vida, Karl!
—Mila, algo puedo decirte: tengo la seguridad de que si algún día dejamos de ser amigos será porque tú lo quisiste así.
—Karl, no me olvides, ¿ok?
—Yo no podría olvidarte nunca, ¡pitufa!
—¡Y no te metas con la estúpida de Martina! ¡Sé que se va contigo!
—Somos una banda, Mila, solo eso, pero no tengo porqué darte explicaciones.
—¿Dame un beso?
—¿Qué?
—¡Lo que oíste! ¡Que me des un beso he dicho!
—¿Por qué?
—Quiero que mi primer beso sea contigo.
—Mila, entiende que...
Camila se adelantó, tomó mi cabeza con sus manos y me besó por solo unos segundos, pero se sintió como una vida entera. Fue en ese momento que supe que la amaba. Éramos tan solo unos niñetes, pero el amor de verdad puede durar toda la vida... por muchas vidas.
—¿Y por qué no esperaste por ella, Karl? —me preguntó Angela.
—¡Por una tonteria! Cuando eres joven, dos años parecen una eternidad, pero a mi edad entre dos meses o dos años realmente ya no hay mucha diferencia.
—¿Y qué hiciste después de eso?
—¡Nada! Seguí con mi plan. Suponía que era algo pasajero, no sé, emoción por la despedida.
—¿Le escribiste?
—Al principio casi todos las semanas contestaba sus cartas, después me ocupaba demasiado o estaba cansado, o lo que fuese era excusa suficiente para decirle que le escribiría después enviando solo una postal.
—¿Y cuándo la viste de nuevo? —me preguntó Angela.
—Exactamente un año después.
—¿Un año después? —dijo Angela, con un rostro de asombro.
—Sí, volví al pueblo para su cumpleaños. No podía perdérmelo por nada del mundo.
—¿Y qué te dijo?
—Me estaba esperando en la parada del autobús cuando llegué. Primero me dio una cachetada y luego el abrazo más fuerte que he recibido en mi vida.
—¿Y qué sentiste cuando la viste?
—¡Amor! pero Mila era aún una niña. Ese año que estuve en la ciudad, bueno, en las ciudades porque la banda logró montar una gira por muchos lugares, conocí el mundo de maneras diferentes.
—¿No muy buenas, me imagino?
—Pues de todo. Cosas buenas, no tan buenas y cosas que no quiero recordar.
—Bueno, después me contarás de eso. Ahora, cuéntame de Camila.
—Pues estaba feliz de verme y muy enojada. No creo que su enojo le permitiera darse cuenta de lo feliz que estaba yo por tener la oportunidad de verla.
—¿Y qué hicieron después?
—¡Helados! Fuimos por unos helados. Mila y yo teníamos una obsesión por los helados de Don Giacomo.
—¿Los Gelatos?
—Exactamente, gelatos. Con ella era difícil saber cuándo estaba feliz o triste, pero nunca era difícil darse cuenta cuando estaba enojada. Como te dije antes, Mila era más una espectadora de la vida, pero si querías verla feliz de verdad, había dos cosas con las que le era imposible ocultar la alegría: una caminata a través de la naturaleza y los gelatos.
—¿Caminata?
—¡Sí! Este mismo camino que estamos recorriendo ahora era uno de sus favoritos.
—Puedo ver la razón, ¡es hermoso! ¿Qué te pasa, Karl?
—Este camino tiene muchos recuerdos: besos, abrazos, discusiones, lágrimas. Es increíble pensar en cuántos momentos de nuestra vida sucedieron aquí.
—¿Y qué más pasó con Mila? ¿Te molesta si también la llamo Mila? —Me preguntó Angela.
—Para nada, Angela. Camila siempre sonó muy serio para ser su nombre, Mila es más dulce. Fue su abuelo el que empezó a llamarle Mila. No recuerdo cómo, cuándo ni porqué, pero cuando me di cuenta, yo también terminé llamándola así.
—Bueno, pero es lógico, ¿no? Ca-mi-la, Mi-la...
—No, no lo es. Creciendo siempre le dije Camila, Cami, Pitufa o “Crema Chips”
—¿Y por qué le decías “Crema Chips”?
—¡Por las pecas! ¡Mila estaba llena de pecas! Y con el sol se ponía peor. Pero no le molestaba que le dijera así, o al menos nunca me lo dijo.
—Karl, lo que no entiendo es... si se llevaban tan bien y se querían, ¿por qué no solo se quedaron juntos?
—¿Quién te dijo que nos llevábamos bien?
—No lo sé, por cómo hablas y las cosas que vivieron juntos.
—Camila y yo éramos agua y aceite. Cuando yo quería paz, ella quería guerra, y cuando yo quería guerra, ¡ella siempre ganaba! ¡Era imposible ganarle una batalla a esa mujer!
—Pues por lo que escucho, a mí me parece una bonita historia la que construían juntos.
—Eso es porque te la cuento con el beneficio del tiempo transcurrido y la nostalgia, pero tú no tienes idea. Nuestra historia habría servido para escribir el mejor libro sobre estrategias para la guerra, no para una historia de amor, aunque amor, y solo amor, era lo que sentíamos el uno por el otro.
—¿Entonces?
—Cuando el orgullo se mete entre el amor y la persona que amas... cuando las malas decisiones superan a la conciencia, y las consecuencias llegan antes que la razón, lo único que te queda es el adiós.
—¿El adiós?
—Si! Lo único que te queda es el recuerdo de la persona que amas diciéndote adiós.
—¿Qué pasa? —me preguntó Angela, pues me había quedado en silencio. Ya estaba frente a mí otra vez… ese lugar.
—¡Ahí está! ¡Ven! Temía que hubiese desaparecido. ¿Ves ese campo de girasoles?
—¡Sí, es hermoso!
—¡Apúrate, quiero que lo veas mientras aún hay luz!
—Camila, bueno, Mila, amaba los girasoles, ¿verdad?
—¡Demasiado! ¿Ves ese tronco de allá?
—¡Sí! Recuerdo haberlo visto en una fotografía también.
—Después de ir por los helados, Mila y yo nos dirigimos hacia acá. Al llegar hizo lo de siempre: cortó unas flores para ponerlas en su casa y luego nos sentamos en el tronco.
—¿Entonces estuvo tranquila aunque no le hubieses escrito lo suficiente?
—¡Eso hasta que se le acabó el gelato! Mila me extrañaba y fueron muchas las noches en las que lloró porque no recibía noticias de mí.
1984
—¿Karl? —me preguntó Mila con una voz directa. Ya sabía yo que cuando la escuchaba hablar en ese tono, nada bueno se avecinaba.
—¿Qué?
—¿Por qué eres tan imbécil?
—¡Oa! ¿Qué te pasa, señorita? ¿Llegó el ataque bipolar?
—Soy la persona que más te quiere y no tengo ninguna duda de que me quieres porque puedo verlo en tus ojos. ¿Entonces por qué te pierdes así?
—¿Perderme cómo? ¡Aquí estoy! ¿No?
—Karl, ¡el día que me canse de esperar te vas a arrepentir!
—¡Mila! ¡Si sigues así no voy a volver!
—Eres importante para mí desde que nos conocimos, quizás más de lo que debes. No hay un solo espacio de mi corazón que no tenga un recuerdo o un sentimiento por ti.
—¿Y?
—¡Olvídalo! ¡Me haces sentir tan humillada!
—¿Por qué vas a sentirte humillada, Mila? ¡Estoy aquí! ¡Vine a este maldito lugar solo para verte!
—¡Entonces dímelo!
—¿Decirte qué?
—¡La verdad! ¡Dime la verdad! ¿Por qué viniste?
—¿Tenías algún secreto, Karl? —me preguntó Angela. No pensaba decírselo, pero las mujeres tienen ese sexto sentido que las hace darse cuenta incluso de las cosas que sería mejor dejar enterradas en el pasado.
—¡Para verte, Mila! y para celebrar tu cumpleaños contigo.
—¡No, señorito! Recuerda que te conozco mejor que nadie. Sé muy bien cuando pasa algo.
—¡Estoy con Martina! ¡Eso es lo que pasa! Estamos juntos, Mila —le dije, ya molesto por su necedad. Pudo haber aprovechado el momento que estábamos teniendo, solo disfrutar de nuestra amistad como siempre lo habíamos hecho, pero estaba empeñada en que le dijera lo que pasaba.
—¿Y qué hizo ella? Me preguntó Angela con una mezcla entre comprensión y desaprobación en su mirada.
—Se le partió el alma.
—¿Por qué le hiciste eso, Karl? ¿No te dolió?
—¿Tú también, Angela? No es excusa, pero era un niño, aunque jugaba a ser hombre aún era un niño, uno muy estúpido, por cierto.
—¿Y qué te dijo ella después?
—El silencio se hizo denso. Mila volvió su rostro hacia mi. En su mirada no había enojo, solo una herida profunda que empezaba a abrirse.
—¡Por eso nunca escribes! Estás con Martina ¿Eso es lo que pasa, no? —murmuró, como si el nombre le quemara la boca.
—Mila... yo...
—¿Me mentiste, Karl? —su voz ya no era un murmullo, sino un susurro lleno de rabia—. Me dijiste que no tenías tiempo ni cabeza para el amor... ¿Y me vienes a decir que ahora se los diste a ella?
—No me puedo imaginar lo que pudo haber sentido Camila cuando le dijiste eso, Karl.
—Yo solo me quedé en silencio, Angela. ¿Qué más podía decirle? Me dolió ver cómo se puso; no pensé que le fuera a importar tanto.
—¡Ella te estaba esperando, Karl! ¿Cómo no podías entender eso? ¡Me parece que aún no lo entiendes! —me dijo Angela, molesta por mi estupidez.
Yo me quedé en silencio, ¡las dos veces! En aquel entonces con Mila y ahora con Angela, incapaz de defenderme.
—¿Es por ella que tenías que irte tan lejos? ¿Por ella es que no podías quedarte? ¡Regresaste a este lugar, a nuestro lugar... solo para decirme que ahora estoy sola!
—No me fui por ella, Mila. ¡Me fui por mi música, por intentar hacer algo con mi vida!
—¿Y ella dónde está ahora? —me preguntó Camila, sin quitar su mirada de la mía.
—No lo sé; cuando le dije que volvía se molestó.
—¿No quería que vinieras a verme?
—No, no quería que lo hiciera.
—¿Y por qué?
—Ella sabe que eres importante para mí y se puso celosa. ¿Qué más podría ser?
Una lágrima solitaria corrió por su mejilla. La furia en sus ojos se transformó en un dolor tan puro que sentí que me golpeaba con más fuerza que la cachetada con la que me recibió.
—¡Me mentiste! Me dijiste que yo era tu mejor amiga y que no querías perderme, pero ya me habías cambiado por ella. Y ni siquiera tuviste el valor de decírmelo a la cara.
—¡Tú sigues siendo mi mejor amiga, Mila! ¡Ella es solo mi novia!
—¿Es solo tu novia? Lo peor de que lo digas así es que me has cambiado por alguien a quien ni siquiera amas...
—Mila, por favor...
—No digas nada, Karl. No tienes que decir nada.
Su voz se quebró al final de la frase. El dolor que sentía Mila era tan intenso que juro que el girasol que ahora tenía en su mano empezó a marchitarse. En ese momento me di cuenta de lo que había hecho, de lo mucho que la había herido. Sabía que ella me perdonaría, pero también sabía que lo que había hecho no debería tener perdón. Y eso... eso fue lo que me partió el alma.
—Mejor dejemos las cosas tristes. ¿Cuéntame cómo se conocieron? —me dijo Angela con lágrimas disimuladas en sus ojos.
—En un taller de música. Mila acababa de cumplir diez años, yo tenía doce así que tuvo que ser por allí del ’77. Estaba empezando a tocar la guitarra y ella llegó ese día. De seguro que nuestros padres estaban fastidiados de tenernos en casa haciendo nada durante las vacaciones y una escuela de música acababa de inaugurarse. Ese verano, casi a todos los chicos del pueblo nos inscribieron y Mila y yo coincidimos en el grupo de los martes por la tarde.
—¡No tenía idea que ella había aprendido música! —me dijo Angela sorprendida por la revelación.
—¡Nunca aprendió! ¡Tenía más ritmo una gota de agua bajando por una ventana que ella!
—¡Qué grosero, Karl!
—El profesor se llamaba Liam, también era solo un chico. Tenía dieciséis años y era el hijo del dueño. Nos enseñaba a tocar y cantar. Un chico extraño que tocaba el violín como si se le fuera la vida en cada nota, siempre sonriente y con un aura de tranquilidad que hacía que las dos horas que estábamos con él se sintieran como cinco minutos.
—¿Liam? ¡Yo lo conozco!
—Fue el primer novio de Mila.
—¿Cómo? ¿Novio? ¿Primero? ¿Liam fue novio de Mila? —me preguntó Angela realmente confundida por lo que estaba escuchando salir de mi boca.
—Sí, pero eso te lo cuento después porque si no me pierdo. Prefiero ir en orden. ¡Mi mente ya no es la de antes!
—¡Es que no puedo creerlo, son muchas más cosas de las que pensé que conocía!
—A Mila y a mí nos puso el sobrenombre de “Los Inútiles del Sonido”, y yo creo que solo lo puso para presionarnos a mejorar. Jamás logré sonar como él quería. Para mí, la música era un escape, no una disciplina. Cuando no me escuchaba, improvisaba mis propias notas, siempre un poco desafinadas, pero mías al fin. Mila se sentaba a mi lado, sin decir una sola palabra. Era la única en la clase que no se reía de mí. A veces, la miraba de reojo, esperando una sonrisa. Nunca me la dio. Solo se quedaba allí, con sus mejillas llenas de pecas, observando.
—¡Casi puedo imaginarla! —me dijo Angela con brillo en sus ojos y un poco de nostalgia.
—Una tarde, me atreví a preguntarle: “¿Por qué no hablas?“. Y ella, sin quitar su mirada de la guitarra, me dijo: “Mi abuelo dice que las personas que hablan mucho no tienen nada interesante que decir”.
—Pues sí. Suena exactamente como algo que ella diría aunque fuese tan pequeña —dijo Angela mostrando esa sonrisa que me hacía pensar tanto en Mila.
—Desde ese día me interesó la idea de que pudiese pensar de esa manera. Yo era el chico que no se quedaba quieto, que tenía que decirlo todo en voz alta. Para mí era imposible estar en silencio. Los ruidos de los autos, las conversaciones en el fondo, la música, todo lo procesaba de una manera muy diferente a ella.
—Puedo verlo claramente, quizás demasiado —agregó Angela ahora un poco triste.
—“¿Qué ves cuando miras el cielo, Karl?” —me preguntó Mila una tarde. Yo la miré extrañado, pero me atreví a responder.
—Pues nubes, un poco de azul y a veces un sol que quema.
—¡Qué simple, Karl! —me dijo Angela casi molesta por mi respuesta.
—Mila se rió de manera sutil, una risa que hizo que sus pecas bailaran en sus mejillas, como si fueran una constelación.
—¡Awww! Me parece tan linda esa frase. ¿Nunca se la dijiste?
—¡No! Pero la escribí en una canción para ella.
—¿Cuándo la escribiste?
—Hace unos meses.
—¡Entonces no la escuchó! —me dijo Angela.
—¡Lo sé! Lamentablemente lo sé.
—¿Y qué te dijo ella cuando le contestaste?
—“Yo veo el universo” —me dijo, y con esa simple frase me di cuenta de que ella siempre había estado viendo cosas que yo no. Era la primera vez que escuchaba a alguien que me hacía pensar.
Desde ese día, me interesé en la forma en que ella veía el mundo. Y así fue como, entre el ruido de las guitarras, el silencio de Mila y los secretos de mis canciones desafinadas, nos hicimos inseparables.
—Pero entonces no entiendo cómo dos personas que se aman pueden hacerse tanto daño. ¡Ustedes eran almas gemelas! ¿Tú crees en las almas gemelas, Karl?
—¡No solo lo creo, estoy seguro de ello! Yo tengo mi teoría sobre las almas gemelas.
—¡Vamos, dímela!
—La energía nunca se pierde, nunca muere, solo se transforma. Somos un grupo de átomos unidos que una vez tuvieron que ser parte de algo más. ¿Me entiendes?
—¡Ajá! Pero, no veo la relación con las almas gemelas.
—Quizás algún día, los átomos de Mila y los míos, al principio de los tiempos, fuimos parte de la misma cosa, no sé, una estrella, un cometa, y llegamos a la Tierra.
—¡Sigo sin ver la relación!
—Imagina esto. Supongamos que al inicio fuimos parte de la misma estrella y que un día explotó. Las partículas con átomos de esa misma estrella que una vez fueron uno solo se separaron al llegar a la Tierra. Unos empezaron a formar parte de... de... no sé, un dinosaurio, y otros parte de las plantas. Cuando el dinosaurio comió de esas plantas y absorbió los átomos en los nutrientes, esos átomos, esa energía que una vez estuvo unida y se separó ahora estaban juntos de nuevo, parte del mismo ser.
—¡Creo que lo veo más claro! Pero ustedes no eran uno solo, eran dos almas separadas.
—No separadas, gemelas, éramos almas gemelas.
—Pero, ¿cómo según tu teoría pasa eso?
—Bueno, ese dinosaurio murió en algún momento y sus átomos, su energía se separó de nuevo e iniciaron un viaje de muchos miles de años. No dudo que a través del tiempo esa energía pudo reencontrarse y separarse de nuevo una y otra vez. Hasta que ocurre el milagro.
—¿El milagro?
—¡Sí! Llega un momento en que esos átomos se encuentran en dos seres diferentes, pero se reconocen inmediatamente. Ese lazo, eterno, se empieza a sentir con fuerza. No puedes explicarlo y ya después no quieres entenderlo, solo disfrutarlo.
—¡Ahora entiendo! Mila y tú fueron parte de un todo en algún momento y después fueron parte de cada uno de ustedes y se reconocieron.
—¡Así es! Mila y yo alguna vez en la historia del tiempo fuimos uno solo y el destino nos reunió de nuevo, esta vez con conciencias diferentes pero con la misma energía.
—¡Pero eso no explica por qué se lastimaron tanto!
—Sí lo explica. Está oculto en las leyes de la física: los polos opuestos se atraen y los iguales se repelen. Y Mila y yo no éramos polos opuestos, éramos la misma energía.
—¿Entonces por qué falló el amor? —me preguntó Angela con curiosidad y un poco de dolor por lo que había pasado con Mila y conmigo.
—¡El amor nunca falló! El amor de verdad nunca falla; fue nuestra parte humana la que lo hizo.
—Pero ¿estás seguro de que te perdonó, verdad?
—Pues espero que así fue, espero que ella sabe que siempre la amé aunque no pude mostrárselo de la mejor manera.
—Ahora tenemos que esperar a que anochezca, ¿verdad?
—¡Si, Angela! ¡Espero que tengamos suerte!