Una vida mágica entre el tiempo y espacio

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Summary

De la pobreza al lujo, Ezio lo consiguió todo. Dinero. Respeto. Poder. Pero el destino no estaba interesado en su éxito. Un evento imposible, presenciado por todos, lo arranca de su realidad y lo lanza hacia un pasado que guarda respuestas... y peligros. Porque algunos llamados no se pueden ignorar. Y algunos destinos ya estaban escritos antes de nacer.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

El llamado

Desde que llegó al mundo, Ezio conocio el amargo sabor de vivir en la pobreza, una herencia que se aferró a su piel, como el polvo del camino. Cada mirada con desprecio que recibía y cada mal comentario, era un recordatorio de su posición en la sociedad y de las puertas que nunca se abrirían para el. Nacer en aquel pueblo era una muestra de que las oportunidades no estaban destinadas a el, que ya pertenecían a otros apellidos y linajes. Pero el espíritu luchador que ya hacia dentro de el, no dejaría que eso fuera un obstáculo. Aquello no lo frenaría a triunfar en esta vida, su terquedad era más fuerte que cualquier otra cosa.

Ezio estudio lo más que pudo en su país, se esforzó tanto por aprender, para poder superarse a si mismo.

Cuando tenía 12 años, el y su familia viajaron de Honduras a Estados Unidos, buscando nuevas oportunidades. Se ubicaron en el estado de Carolina del Sur, ahí Ezio siguió con sus estudios. Año y medio después, se le ocurrió una idea que lo llevaría al exito en menos de lo que pudo imaginar.

En el transcurso del tiempo, se convirtió en una persona de mucho dinero, saliendo por completo de eso que lo tenía atado. Su vida cambio repentinamente, compro carros, casa, todo lo necesario, hasta lo que nunca imagino que llegaría a conseguir. Con su ayuda sus hermanos lograron emprender sus propios negocios. En dos años y medio, sus sueños se habían cumplido.


Un día, se encontraba tranquilamente relajado en su habitación, cuando de repente su madre tocó a la puerta y le dijo: "Ezio, vístete, recuerda que tenemos que ir al cumpleaños de Liego." Ese día se celebraba el aniversario de uno de sus sobrinos. "Está bien, mamá, en seguida voy", respondió él. Se levantó y entró a la ducha.


Tras unos minutos, terminó de asearse y comenzó a vestirse. Estaba frente al espejo de su baño, con el grifo abierto; el agua fluía mientras él intentaba acomodar su cabello largo y desordenado. Notó algo muy extraño en el lavamanos. De repente el agua no se movía como debería; seguía el ritmo de sus manos, como si respondiera a su voluntad. La sensación fue tan mágica como inquietante. Por un instante, el miedo lo paralizó, aunque la curiosidad pronto se abrió paso. Pensó en decírselo a su familia, pero la idea de que lo tomaran por loco lo hizo guardar silencio.


Su mirada se enfocó en el espejo. Observaba cómo algunos objetos detrás de él se movían de forma irregular, como si algo intentara llamar su atención desde otra realidad. Sintió una extraña presencia, una fuerza que parecía susurrarle sin emitir sonido alguno. Entonces, imágenes desconocidas atravesaron su mente: recuerdos que no eran suyos, momentos que jamás había vivido pero en los que, claramente, él estaba presente. Voces lejanas pronunciaban su nombre, pidiendo ayuda, desesperadas... y de pronto, todo desapareció. El baño volvió a la normalidad, pero no su interior. Ahora había preguntas sin respuesta. ¿Qué fue eso? ¿Realmente sucedió? Lo único que tenía claro era que él no había vivido aquellos eventos... pero, de alguna forma, sí había estado allí.


Su respiración se volvió pesada. Sentía un peso en el pecho, como si una fuerza invisible tratara de arrastrarlo hacia algo desconocido. Cerró los ojos con fuerza y se sostuvo del lavamanos, intentando convencerse de que solo era producto del cansancio... pero sabía que no lo era. Aquello no era una ilusión. Había algo dentro de él que estaba despertando, algo que siempre estuvo ahí, oculto, esperando el momento adecuado para mostrarse.


Un leve temblor recorrió sus manos. Se observó nuevamente en el espejo y por un segundo su reflejo no se movió al mismo tiempo que él. Fue apenas un instante, pero suficiente para que su corazón se acelerara aún más. No entendía qué estaba pasando, pero una cosa era segura: su vida ya no volvería a ser la misma desde ese momento.


Ezio respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Cerró el grifo, se terminó de arreglar y decidió actuar como si nada hubiese ocurrido. No podía permitir que el miedo tomara control. "Después pensaré en esto", se dijo, aunque sabía que no sería tan fácil olvidar algo así. Salió del baño con la sensación de que alguien —o algo— aún lo observaba desde el otro lado del espejo.


Salió de su habitación ya vestido, con su estilo ligero y sencillo, como siempre lo hacía. Bajó las escaleras y, al llegar a la sala, vio a sus dos hermanas: Bali y Cristi, esperando pacientemente. Ambas estaban impecables, elegantes como de costumbre; su madre también, mostrando la serenidad y distinción que la caracterizaba. La diferencia entre ellos era evidente: Ezio, aunque ahora parte de ese estatus, seguía siendo simple, relajado, seguro de sí mismo, sin necesidad de ostentar.


Su madre, con una sonrisa cálida y un leve gesto de impaciencia, le dijo rápidamente:


—Ezio, mira, tus hermanas pasaron para ir juntos al cumpleaños. Te estábamos esperando.


Bali lo evaluó de pies a cabeza, sin ocultar su desaprobación:


—¿En serio vas a salir así? —dijo, con una mezcla de decepción y crítica.


Ezio la miró y dejó escapar una pequeña sonrisa:


—También es un gusto verlas, querida hermana.


Bali blanqueó los ojos y, sin perder tiempo, agregó:

—Al menos ya tienes listo el regalo de Liego...


Cristi, con un gesto de paciencia y suavidad, intervino:


—Sí, eso es importante. Recuerden que es su cumpleaños.


La madre de Ezio, firme pero cariñosa, agregó:


—No se preocupen, ya se lo compré hace una semana. Espero que le guste; se lo llevé con mucho amor.


Ezio asintió con calma:


—Le va a gustar, mamá. Liego siempre ha sido agradecido, no importa lo que reciba.


Bali cruzó los brazos, todavía escéptica:


—Sí, pero no podemos darle cualquier cosa, ¿verdad? Es su cumpleaños, merece algo bueno.

Cristi suspiró con suavidad:

—Lo importante es la intención. El regalo es para Liego, no para ustedes, así que dejen de discutir.

—No es dramatizar —replicó Bali—, solo digo que conocemos a Ezio, a veces puede ser bien tacaño.

Ezio soltó una leve risa, tranquilo:

—Que no te haya dado algo que querías antes no significa que ahora sea lo mismo. Liego merece cosas buenas... y créanme, no lo voy a decepcionar.

La madre suspiró, poniendo fin a la discusión:

—Ya basta, dejen de pelear. Hoy es un día para disfrutar, no para discutir por regalos.


Cristi dio un pequeño golpecito en el brazo de Bali, recordándole que era mejor dejarlo pasar.

Ezio se quedó en silencio, observando la escena con una serenidad que nadie podía ignorar. Nadie sabía cuál sería el regalo de Liego, y él no planeaba revelarlo aún. La sorpresa que había preparado cambiaría mucho más que solo el cumpleaños de su sobrino.

Comenzaron a salir de la mansión y, una vez afuera, Ezio hizo un sutil gesto con la mano al mayordomo, indicándole que avisara al chofer que era hora de partir hacia la fiesta. Minutos después, una limusina elegante se detuvo frente a ellos. El chofer descendió y abrió la puerta permitiendo que Ezio subiera primero.

El vehículo arrancó con suavidad. A través de las ventanas, el sol brillaba con intensidad y bañaba la ciudad con su luz clara, mientras el viento mecía los árboles, dando al momento una sensación de movimiento y anticipación.

Tras unos minutos de viaje, llegaron al lugar: un bello jardín, decorado con tonos suaves pero elegantes y llamativos al mismo tiempo. Al entrar, se encontraron con la familia reunida; una familia numerosa que había aprendido a celebrar después de haber conocido la escasez. En el centro de todo estaba Liego, el cumpleañero, recibiendo la atención que merecía.

Bali, Cristi y la madre de Ezio colocaron sus regalos sobre la mesa. Ezio no lo hizo.

Bali lo miró con desagrado.

—Ja, sabía que no traías nada para Liego. Era de esperarse.

Ezio soltó una pequeña risa burlona.

—Mi regalo llegará en un momento. Ten paciencia.

—Yo sé que no conseguiste nada. Vas a decepcionar a Liego —añadió Bali.

Ezio estaba por responder cuando su madre intervino con firmeza:

—Ustedes dos, silencio. No quiero discusiones aquí. Si Ezio dice que tiene algo preparado, es porque así es. Ya tranquilícense.

Ambos guardaron silencio. Uno a uno caminaron hacia Liego para felicitarlo. La fiesta transcurría entre risas, música y una felicidad evidente. Para Liego, aquello era especial: su primer cumpleaños rodeado de tantos lujos, algo que años atrás habría sido impensable.

Después de unos minutos, Ezio llamó la atención de todos.

—¡Liego! Feliz cumpleaños, querido sobrino. Sé que aún no te he entregado mi regalo... pero mira, ahí viene.

Señaló hacia la entrada. Un hombre cubierto con una capa que ocultaba completamente su identidad avanzaba hacia ellos. La intriga se apoderó del lugar.

El hombre se detuvo frente a Liego y, de repente, dejó caer la capa al suelo.

Frente a todos estaba Lionel Messi, el futbolista favorito de Liego, su ídolo, a quien siempre había soñado conocer.

El silencio duró apenas un segundo antes de romperse con un grito de alegría. Liego corrió directo hacia Ezio.

—¡Gracias, gracias, muchas gracias, tío! —dijo lleno de emoción.

Ezio dirigió una mirada de satisfacción hacia Bali, quien apartó la vista con evidente incomodidad.

El resto de la tarde continuó entre fotografías, juegos y risas. Finalmente, llegó el momento en que Messi se despidió y se marchó, dejando atrás una felicidad difícil de describir.

Los niños se dirigieron a una sala de juegos ubicada en el jardín. Ezio los acompañó; aunque ya no era un niño, disfrutaba compartir esos momentos con su sobrino.

Entre risas, uno de los niños propuso:


—Juguemos a cumplir retos.

Todos aceptaron. Uno tras otro se desafiaban entre sí, hasta que Liego miró a Ezio con picardía.

—Tío, es tu turno. Y me aseguraré de que sea un reto imposible.

Ezio se estiró con confianza.


—Adelante. No hay reto que no pueda cumplir.

Liego sonrió.


—Te reto... a que flotes.

Ezio rió al principio, pensando en dar un simple salto y fingir el cumplimiento. Levantó las manos, dispuesto a bromear.

Pero en ese instante, una sensación fría recorrió la sala.

El ambiente cambió.

Sus ojos comenzaron a oscurecerse desde el centro, como si una sombra líquida se expandiera dentro de sus pupilas. No brillaban con luz... brillaban con ausencia de ella. Una energía negra y densa parecía envolverlos.

Su cuerpo se elevó lentamente del suelo.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué... qué es eso? —susurró uno de los niños, temblando.

De su espalda emergieron de golpe un par de alas negras, desplegándose con un sonido seco, casi antinatural. Al mismo tiempo, dos cuernos oscuros comenzaron a formarse en su cabeza, creciendo con una naturalidad aterradora.

—¡Es un demonio! —gritó alguien con la voz quebrada por el terror.

Una presencia pesada invadió la habitación. El aire se volvió denso, difícil de respirar. Entonces, un destello de luz morada apareció detrás de Ezio, formando un portal que giraba con energía inquietante.

En un segundo, la fuerza del portal lo envolvió.

Y desapareció.

El portal se cerró con un estruendo que sacudió el jardín entero.

Los adultos irrumpieron en la sala alarmados.

—¿Qué pasó aquí? ¿Y Ezio? ¿No estaba con ustedes? —preguntó su madre, con la voz cargada de preocupación.

Liego apenas podía hablar. Las lágrimas corrían por su rostro.

—Yo... yo no sé... él estaba aquí y... algo se lo llevó... un portal... no lo sé...

La madre de Ezio quiso pensar que era una broma. Pero al ver los rostros pálidos, el miedo real en los ojos de todos, sintió un dolor profundo en el pecho.

—Esto no puede estar pasando... esto no es una película... —susurró, quebrándose. Por primera vez desde que lo vio salir adelante, sintió el mismo miedo que había sentido cuando era niño y no tenía nada... pero esta vez no podía protegerlo.

Nadie entendía nada.


No sabían qué hacer.


No sabían qué había ocurrido.


Y lo peor...

No sabían si Ezio volvería.


Y aunque nadie lo sabía aún, aquel no era el final de Ezio... era el inicio de algo que llevaba siglos esperando.



✧ Elvin Ramírez