La Mancha en la Seda

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Summary

"-No acepté su oferta, porque en la corte solo sería una curiosidad. Y aquí... aquí soy la única que sabe que usted, con toda su seda y sus títulos, sangra con el mismo color que cualquier hombre nacido en el fango-." Elara no es una dama, aunque sepa latín. No es una sirvienta, aunque viva en las sombras. Es la guardiana de la heredera Valois, una superviviente entrenada para ser el escudo invisible en un mundo de lobos con piel de cordero. El Conde Adhemar de Gramont, el "Carnicero de Seda", es un hombre que solo entiende de poder, leyes y control. Está acostumbrado a que el mundo se incline ante su apellido, hasta que se cruza con los ojos desafiantes de una mujer que no le teme a su leyenda... porque ha visto su sangre. ¿Qué pasa cuando la seda se encuentra con el barro? Alguien siempre termina manchado...

Genre
Romance
Author
Juliana
Status
Ongoing
Chapters
19
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: La Naturaleza del Barro.

El castillo de los Valois no celebraba el solsticio; lo devoraba. Desde la ventana de la biblioteca, el eco de la fiesta llegaba como un latido sordo y vulgar: el retumbar de los tambores de piel de cabra, el tintineo constante de las copas de plata y las risas estentóreas de una aristocracia que se creía eterna.

La familia Valois, una de las más antiguas y acaudaladas de la región, mantenía su poder no solo por su linaje, sino por una astuta neutralidad que les permitía prosperar mientras otras casas caían en desgracia; y sus banquetes eran la prueba de su éxito.

Sus banquetes eran leyendas de excesos: el estruendo de los laúdes, el olor a carne asada con especias de Oriente y el brillo de mil antorchas se filtraban por las paredes de piedra como un veneno festivo. En el gran salón, las máscaras ocultan rostros marcados por la complacencia de una clase que se creía elegida por Dios para gobernar.

En la aristocracia de este siglo, el estatus no era solo una cuestión de dinero, sino de sangre. Se creía que el linaje determinaba la fibra misma del alma; un noble nacía con la ''gracia'', mientras que el resto del mundo era considerado poco más que el andamiaje que sostenía su gloria. Allí, en el gran salón, el aire estaba saturado de perfume de rosas y sudor, pero en la biblioteca, el aire era frío, seco; olía a la sabiduría paciente del papel viejo y a una soledad que era buscada.

Elara se encontraba sentada en el profundo alféizar de una ventana gótica. La luz de la luna llena de junio caía sobre las páginas de una edición en latín de Virgilio, bañando sus manos en un resplandor plateado. Llevaba un vestido de seda gris humo, un regalo de Lady Elena, que aunque elegante, carecía de los bordados de oro que distinguían a las damas de cuna.

Mientras leía, el dedo de Elara acarició el borde de la página. Recordó la voz de su padre, el fiel escudero del Barón: "El latín es un arma tan útil como una daga, Elara, pero mucho más difícil de detectar. Aprende a usarla y nadie podrá decirte nunca qué pensar". Tras la muerte de sus padres, el Barón la había dejado bajo su protección, permitiéndole crecer a la sombra de su hija, Elena. Pero Elara sabía que, en ese mundo de castas, ella era un error en el sistema; no debía olvidar o negar su origen, vivía en un limbo, educada como a una princesa pero consciente de que, para el mundo, era ella solo una pieza de mobiliario especialmente refinada.

Además de Valois, lo que nadie en ese castillo sospechaba - ni siquiera la propia Elena- era que el padre de Elara le habia dejado un legado mucho mas peligroso que el latin. En las madrugadas de su infancia, entre los establos y el bosque, él le había enseñado a mover los pies con equilibrio, a leer las intenciones en los hombros del oponente y a entender que un cuchillo no entiende de títulos nobles. Elara tenía la mente de una erudita, pero el instinto de una superviviente.

- Es fascinante cómo el servicio cree que al cerrar la puerta de un salón, las leyes del mundo también se cierran tras ellos.

La voz surgió de las sombras. Era como el acero deslizándose sobre el terciopelo. Fría y cargada de un desprecio educado.

Elara no se sobresaltó, cerró el libro sin prisas y levantó la mirada.

Apoyado contra una estantería de roble estaba el Conde Adhemar. No llevaba máscara, ni joyas, ni las pesadas cadenas de oro que tanto gustaban a los nobles mediocres. No era un hombre de lujos vulgares, su elegancia era austera: un jubón de terciopelo negro noche que absorbía la luz de las velas, cortado con una precisión que resaltaba su figura dominante. Era conocido como ''el carnicero de seda'', un hombre cuya crueldad en el campo de batalla era igualada sólo por su frialdad en la política. Sus ojos eran de un marrón oscuro, tan profundos y opacos como la madera de un ataúd, y en ellos no se reflejaba la menor calidez. Su sola presencia parecía absorber la poca luz que habíaen la sala.

- La biblioteca está abierta para los invitados del barón, Milord -respondió Elara, bajando las piernas del alféizar con una gracia que él no esperaba-. No sabía que leer fuera una actividad regulada por las leyes de casta.

Adhemar se separó de la estanteria y avanzó. Cada paso era medido. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligandola a inclinar la cabeza hacia atras para sostenerle la mirada. El olor a sándalo y a vino seco la envolvió.

- No es el acto de leer lo que resulta ofensivo, muchacha, sino la pretensión -dijo él, bajando la voz hasta un susurro letal-. Miras esas letras como si pudieras poseer el mundo que describen. Pero el latín en los labios de una sirvienta suena... como el balbuceo de un niño que intenta imitar a un hombre. Es una parodia.

Elara sintió el aguijón del insulto pero no bajó la mirada. Al contrario, le devolvió una sonrisa afilada que hizo que Adhemar apretara imperceptiblemente la copa de cristal que sostenía en la mano izquierda, hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

- Si mi latín es una parodia, milord, me pregunto qué será su presencia aquí. Un hombre de su estatus, escondido en la oscuridad mientras sus iguales se emborrachan... ¿Acaso busca aquí el ingenio que no encuentra en el salón principal? ¿O es que incluso usted necesita un respiro de su propia leyenda?

Adhemar sintió una punzada de furia fascinada. Aquella insolencia era magnífica. Era como encontrar un diamante en un lodazal. Extendió una mano y, con una lentitud que pretendía humillarla, tomó la barbilla de Elara. Sus dedos estaban fríos como el mármol.

Esperaba ver un temblor, el parpadeo de la duda. Pero ella permaneció inmóvil, sus ojos verdes sosteniendo el duelo con una ferocidad que lo dejó sin aliento por un instante.

- Tienes una lengua que debería ser cortada por el bien de tu supervivencia -dijo él, su mirada recorriendo el rostro de ella con una curiosidad cruel-. El hecho de que sepas leer los clásicos no limpia el barro de tus pies. Sigues siendo nada. Una sombra que sostiene la capa de una verdadera dama.

- Prefiero ser una sombra con pensamientos propios que un Conde que necesita humillar a una mujer para convencerse de que es una montaña -respondió ella, su voz sin un solo rastro de miedo.

Adhemar soltó su barbilla con un gesto brusco, como si hubiera tocado algo que lo contaminaba. Estaba a punto de decir algo definitivo, algo que probablemente habría cambiado el curso de sus vidas en ese mismo instante, cuando la puerta se abrió de golpe.

- ¡Elara! ¡Dios mío, aquí estás! -Elena entró corriendo, su máscara de oro ladeada y el rostro encendido por el baile.

Adhemar no se giró de inmediato. Su atención permaneció clavada en Elara un segundo más de lo necesario, ignorando por completo la presencia de la noble que acababa de entrar. El protocolo dictaba que debía saludar a la heredera, pero el Conde parecía haber olvidado que Elena existía. Solo cuando Elena llegó a su lado, él recuperó su máscara de hierro.

- ¿Conde... Adhemar? -preguntó Elena, desconcertada por la tensión que casi se podía cortar en el aire.

- Lady Elena -dijo él finalmente, con una inclinación de cabeza perfecta-. Estaba comentando con su... acompañante... la curiosa selección de textos de esta casa.

- Elara es la mente más brillante de este castillo, milord -dijo Elena con orgullo leal, entrelazando su brazo con el de su amiga-. No hay libro en esta sala que ella no haya desentrañado.

- Elara... -repitió él en un susurro casi inaudible, como si estuviera memorizando el nombre de un enemigo-. Sin duda es una posesión peculiar. Es una lástima que el brillo no cambie la naturaleza del metal. Disfruten de su fiesta. El solsticio es corto... y la realidad siempre amanece.

Se giró y salió de la biblioteca sin mirar atrás. Pero mientras caminaba por el pasillo desierto, Adhemar sintió que su pulso no lograba calmarse. Aquella muchacha de barro lo había herido sin tocarlo, y eso era algo que el "Carnicero de Seda" no podía permitir.