UNICO
Jungkook salió del edificio de JK Group a las 23:51, con el frío de febrero clavándosele en la nuca como agujas. El viento arrastraba confeti rojo de alguna celebración callejera lejana San Valentín, claro, pero para él solo era ruido de fondo
Otro día que se había tragado entero.
El chófer abrió la puerta del Mercedes negro sin decir nada; Jungkook se dejó caer en el asiento trasero como si pesara el doble. Cerró los ojos un segundo. El cuero olía a nuevo, a dinero, a todo lo que había construido... y a nada que realmente importara esta noche.
—Directo a casa, señor —confirmó el chófer por el retrovisor.
Jungkook solo asintió. No tenía energía ni para palabras de más.
El trayecto por Seúl de noche era siempre el mismo luces borrosas, semáforos eternos, su reflejo en la ventana pareciendo un extraño. Treinta y dos años, CEO de un imperio tecnológico que valía miles de millones, y se sentía como un cascarón vacío. Las reuniones de hoy habían sido brutales negociaciones con inversores japoneses, un retraso en el lanzamiento del nuevo software, correos que no paraban de llegar ni siquiera a las once de la noche. Había firmado el último acuerdo a las 23:15, con la mano temblando de fatiga.
Y en medio de todo eso... Jimin.
Jimin, que ya no le mandaba mensajes durante el día porque sabía que no contestaría. Jimin, que se despertaba solo en una cama demasiado grande y se dormía igual. Jimin, cuyo último beso real de verdad, no un roce rápido en la mejilla había sido... ¿hace cuánto? ¿Tres meses? ¿Cuatro?
Jungkook se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos. La culpa le apretaba el pecho como una corbata mal ajustada.
Recordaba vagamente la última vez que habían hablado de verdad una cena improvisada en la cocina a las dos de la mañana, Jimin con el cabello revuelto y una camiseta suya demasiado grande, riéndose de algo tonto que Jungkook había dicho. Después, sexo lento en el sofá, sus cuerpos encajando como si nunca hubieran estado separados.
Ahora solo quedaban ecos. Un “hola” murmurado al amanecer mientras Jungkook se ponía la corbata. Un “adiós” seco cuando salía por la puerta. A veces ni eso.
El auto se detuvo frente al edificio.
Jungkook bajó, ignoró el portero que lo saludó con una inclinación y subió directo al ascensor privado. El trayecto hasta el penthouse se le hizo eterno. Apoyó la frente contra el metal frío y cerró los ojos.
Solo quiero una ducha caliente y dormir doce horas seguidas. Mañana tengo junta a las siete. No puedo permitirme...
La puerta del ascensor se abrió. El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por la luz tenue que salía de debajo de la puerta principal. Jungkook frunció el ceño. Jimin solía dejarla entreabierta cuando lo esperaba despierto, pero últimamente ni eso.
Giró la llave. Entró.
El living estaba en penumbras. Olía a vainilla y a algo más dulce, rosas quizás.
Sobre la mesa del comedor había una botella de vino tinto abierta dos copas, una llena, la otra vacía Jungkook sintió un pinchazo raro en el estómago. ¿Jimin había estado bebiendo solo?
Subió las escaleras despacio, los pasos pesados. Al llegar al segundo piso, vio la puerta de la habitación entreabierta. Luz cálida se filtraba por la rendija, como si alguien hubiera encendido velas.
Empujó la puerta.
Y el mundo se detuvo.
Allí estaba Jimin, arrodillado en el centro de la cama king size, las sábanas blancas cubiertas de pétalos rojos. Desnudo, excepto por un lazo satinado rojo enorme que le cruzaba el torso como una cinta de regalo. El nudo grueso descansaba sobre su cadera, el extremo del lazo colgando
entre sus muslos, rozando apenas la piel.
Las velas parpadeaban a su alrededor, haciendo que su cuerpo brillara suave, dorado. Sus mejillas estaban sonrojadas, los ojos brillantes, fijos en Jungkook con una mezcla de nervios y desafío.
Jimin tragó saliva. Su voz salió baja, temblorosa pero clara.
—Feliz San Valentín, señor CEO... —susurró, inclinando la cabeza apenas—. ¿O ya ni siquiera recuerdas cómo se desenvuelve un regalo?
Jungkook sintió cómo el maletín se le escapaba de la mano. Cayó al suelo con un golpe sordo.
El cansancio se evaporó como si nunca hubiera existido.
Solo quedó él. Y Jimin. Y el hambre que había estado ignorando durante meses.
Cerró la puerta detrás de sí. Echó la llave. El clic resonó en el silencio.
—Jimin... —dijo, la voz ronca, casi rota—. ¿Qué estás...?
Jimin mordió su labio inferior —ese gesto que siempre lo volvía loco— y levantó la barbilla.
—Hace meses que solo nos decimos hola y adiós —murmuró—. Que te vas antes de que despierte y llegas cuando ya estoy dormido. Que... ni siquiera me tocas.
Se movió un poco, haciendo que el lazo se deslizara apenas, revelando más piel suave.
—Hoy decidí que ya basta. —Sus ojos se oscurecieron—. Así que aquí estoy. Tu regalo envuelto, esperando.
Jungkook dio un paso adelante. Las manos le temblaban cuando se aflojó la corbata y la dejó caer.
—¿Sabes lo peligroso que es provocarme así? —preguntó, acercándose al borde de la cama, la voz baja y peligrosa—. Después de un día como hoy... después de meses sin tocarte.
Jimin lo miró directo a los ojos, valiente.
—Entonces castígame —susurró—. Pero no me ignores más. Por favor.
Jungkook se detuvo frente a él. Extendió una mano y rozó el lazo con las yemas de los dedos, siguiendo su trayectoria lenta desde el hombro hasta el nudo.
—Bebé... —murmuró, casi con reverencia—. Esta noche no vas a dormir.
Y entonces, por fin, lo besó.
Jungkook se inclinó sobre la cama, capturando los labios de Jimin en un beso que empezó desesperado, hambriento, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante meses. Jimin gimió bajito contra su boca, las manos subiendo rápido al cuello de Jungkook para mantenerlo ahí, pegado a él.
Pero entonces Jimin se apartó apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, el pecho subiendo y bajando rápido.
—No tan rápido, bebé —susurró Jimin, con esa voz suave pero firme que siempre hacía que Jungkook se derritiera—. Hoy mando yo. ¿Entendido?
Jungkook parpadeó, aturdido. La corbata ya colgaba floja alrededor de su cuello; Jimin la tomó con dos dedos y tiró despacio, obligándolo a inclinarse más.
—¿Entendido? —repitió Jimin, rozando los labios contra los de Jungkook sin besarlo del todo.
Jungkook tragó saliva. La voz le salió ronca, casi suplicante.
—Entendido… mi amor.
Jimin sonrió, pequeño y travieso. Se inclinó y le dio un beso lento, profundo, lamiendo apenas el labio inferior de Jungkook antes de apartarse de nuevo.
—Bien. Quédate quieto.
Bajó las manos al primer botón de la camisa blanca de Jungkook. Lo desabrochó con calma, besando la piel que aparecíabel hueco de la clavícula. Jungkook soltó un suspiro tembloroso.
—Jimin…
—Shh —Jimin puso un dedo en sus labios—. Te extrañé tanto… déjame demostrarte cuánto.
Segundo botón. Beso en el centro del pecho, justo donde latía el corazón de Jungkook como loco. Jimin murmuró contra la piel
—Tu corazón late tan fuerte… ¿es por mí?
Jungkook cerró los ojos, las manos apretando las sábanas a los lados para no tocarlo todavía.
—Siempre ha sido por ti —respondió, la voz quebrada—. Solo por ti.
Tercer botón. Jimin abrió la camisa un poco más, besando el pezón izquierdo con la lengua, lento, rodeándolo hasta que Jungkook arqueó la espalda y soltó un gemido bajo.
—Joder, Jimin… —jadeó.
Jimin levantó la vista, los ojos brillando.
—¿Te gusta? —preguntó inocente, aunque su sonrisa era todo menos inocente.
Jungkook asintió, sin aliento.
—Mucho… demasiado.
Jimin siguió bajando. Cuarto botón. Quinto. Besos en las costillas, en la línea del abdomen que se tensaba con cada roce. Cuando llegó al último botón, tiró de la camisa hacia afuera de los pantalones y la abrió del todo, dejando el torso de Jungkook expuesto. Se inclinó y besó el ombligo, lamiendo despacio alrededor.
—Eres tan hermoso… —susurró Jimin contra su piel—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo hacer esto? Tocarte sin prisa. Besarte entero. Recordarte que eres mío.
Jungkook abrió los ojos, mirándolo con una mezcla de adoración y rendición absoluta.
—Soy tuyo —dijo sin dudar—. Siempre lo he sido. Perdóname por… por haberte dejado solo tanto tiempo.
Jimin se enderezó un poco, subiendo para besarlo de nuevo en la boca. Esta vez fue tierno, lento, con las manos en las mejillas de Jungkook.
—No quiero perdon ahora —murmuró entre besos—. Solo quiero sentirte. Todo de ti.
Bajó las manos al cinturón. Lo desabrochó con dedos hábiles, tirando de la hebilla. El sonido del metal fue casi obsceno en el silencio de la habitación. Jimin besó la piel justo encima de la cintura del pantalón, lamiendo la línea donde empezaba el vello oscuro.
—Levántate un poco —pidió Jimin.
Jungkook obedeció al instante, apoyándose en los codos. Jimin tiró del pantalón hacia abajo junto con la ropa interior, liberándolo por completo.
Jungkook estaba ya duro, dolorosamente excitado, y Jimin lo miró con hambre pura.
—Dios… mírate —susurró Jimin, besando la cara interna del muslo—. Tan listo para mí.
Jungkook gimió cuando Jimin besó la base de su erección, subiendo despacio con besos abiertos hasta la punta.
—Jimin, por favor… —suplicó Jungkook, la voz ronca—. No me tortures.
Jimin levantó la mirada, los labios rozando la piel sensible.
—¿Tortura? —repitió con una risita suave—. Esto no es tortura, bebé. Esto es amor.
Se inclinó y lo tomó en la boca por un segundo, solo la punta, succionando suave antes de apartarse. Jungkook soltó un gemido frustrado, las caderas moviéndose por instinto.
—Jimin… —rogó.
Jimin subió de nuevo, gateando sobre él hasta quedar a horcajadas en su regazo. El lazo rojo se había deslizado un poco, dejando su pecho casi al descubierto. Jungkook lo miró como si fuera lo más precioso del universo.
—Ahora sí —susurró Jimin, besándolo profundo mientras se frotaba contra él, piel contra piel—. Ahora puedes tocarme. Pero despacio. Quiero sentir cada segundo.
Jungkook levantó las manos por fin, temblando, y las puso en las caderas de Jimin. Las deslizó por su espalda, deshaciendo el nudo del lazo con dedos torpes de deseo.
—Te amo —dijo Jungkook contra sus labios—. Te amo tanto… no vuelvas a dejar que te olvide.
Jimin sonrió, lágrimas brillando en sus ojos, pero felices.
—Nunca más —prometió—. Ahora tócame… y hazme tuyo como antes.
Jungkook lo giró con cuidado, poniéndolo debajo de él. Besó su cuello, su clavícula, bajando por el torso mientras sus manos exploraban cada curva.
—Esta noche —murmuró Jungkook, la voz oscura y posesiva por fin—, voy a recordarte por qué nunca debí dejarte esperar.
Y entonces, con besos y promesas susurradas, empezaron de verdad.
Jungkook giró a Jimin con cuidado, colocándolo boca abajo sobre las sábanas revueltas. Los pétalos rojos se pegaron a la piel sudorosa de Jimin, y el lazo satinado, ya suelto, cayó a un lado como un recuerdo olvidado.
—Date la vuelta, amor —susurró Jungkook contra su oreja, la voz ronca y cargada—. Quiero verte entero… pero primero quiero saborearte.
Jimin obedeció, temblando un poco de anticipación. Apoyó la mejilla en la almohada, arqueando la espalda instintivamente cuando sintió los labios de Jungkook posarse en su nuca. Besos suaves al principio, casi reverentes.
Bajaron despacio por la columna vertebral, uno tras otro, dejando un rastro húmedo y caliente.
—Eres tan perfecto… —murmuró Jungkook entre besos—. Cada vértebra, cada curva… todo mío.
Llegó a la parte baja de la espalda, donde la piel se volvía más sensible. Besó la pequeña depresión justo encima de la curva de las nalgas, lamiendo despacio, haciendo que Jimin se arqueara más y soltara un gemido ahogado.
—Jungkook… —suspiró Jimin, las manos apretando las sábanas—. Por favor…
Jungkook sonrió contra su piel. Colocó las manos grandes en las caderas de Jimin y las deslizó hacia abajo, abriendo sus nalgas con delicadeza pero firmeza. El anillo rosado se contrajo visiblemente bajo su mirada hambrienta.
—Mírate… —susurró Jungkook, el aliento caliente rozando justo ahí—. Tan bonito, tan apretado… esperando por mí.
Sin más preámbulos, se inclinó y pasó la lengua plana por el anillo de nervios, lento. Jimin jadeó fuerte, las caderas levantándose por instinto.
—Ah… ¡Jungkook!
Jungkook lo sujetó con más fuerza, manteniéndolo abierto mientras lamía en círculos, succionando suave, metiendo la punta de la lengua para abrirlo poco a poco. Jimin temblaba entero, los gemidos volviéndose más altos, más desesperados.
—Sabes tan rico… —gruñó Jungkook entre lamidas—. Me vuelves loco, bebé. ¿Quieres más? ¿Quieres que te abra bien para mí?
—S-sí… por favor… —rogó Jimin, la voz entrecortada—. Más profundo…
Jungkook obedeció. Metió la lengua más adentro, follándolo con ella mientras una mano subía a acariciar la espalda de Jimin, calmándolo y excitándolo al mismo tiempo. Con la otra mano, buscó el lubricante que Jimin había dejado estratégicamente en la mesita de noche.
Lo abrió con los dientes, vertió una cantidad generosa en sus dedos y reemplazó la lengua por uno, luego dos, abriéndolo con movimientos lentos y precisos, curvando los dedos para rozar ese punto que hacía que Jimin se deshiciera.
—Ahí… justo ahí… —gimió Jimin, empujando hacia atrás contra los dedos—. Jungkook… no pares…
—No voy a parar —prometió Jungkook, besando la curva de una nalga mientras seguía preparándolo—. Voy a hacer que te corras solo con esto si quieres… pero prefiero que sea conmigo dentro.
Giró a Jimin de nuevo, colocándolo boca arriba. Se inclinó sobre su pecho y capturó un pezón entre los labios, succionando fuerte mientras lamía la punta endurecida.
Jimin arqueó la espalda, las manos enredándose en el cabello de Jungkook.
—Jungkook… dios… tus labios…
Jungkook pasó al otro pezón, mordisqueando suave antes de lamer para calmarlo. Bajó por el torso, besando cada costilla, deteniéndose en la pelvis. Besó el hueso de la cadera izquierda, luego el derecho, lamiendo la línea donde la piel se volvía más sensible.
—Tan suave aquí… tan bonito —murmuró contra la piel—. Me encanta verte temblar.
Y entonces, sin aviso, bajó más y engulló el pene de Jimin de un solo movimiento, llevándoselo hasta la garganta. Jimin gritó, las caderas levantándose por instinto.
— ¡Jungkook! —jadeó, las lágrimas de placer asomando en sus ojos—. Demasiado… es demasiado…
Jungkook lo miró desde abajo, los ojos oscuros y llenos de adoración mientras succionaba lento, profundo, la lengua jugando en la cabeza cada vez que subía.
Una mano masajeaba los testículos con suavidad, la otra seguía dentro de Jimin, moviéndose al ritmo de su boca.
—Te voy a hacer venir así primero —dijo Jungkook, apartándose un segundo para hablar, la voz ronca y húmeda—. Quiero probarte entero antes de entrar en ti.
Jimin negó con la cabeza, desesperado, tirando del cabello de Jungkook.
—No… quiero correrme contigo dentro… por favor… te necesito ya…
Jungkook se detuvo, besando la punta una última vez antes de subir para mirarlo a los ojos.
—¿Estás listo, amor? —preguntó, la voz suave pero cargada de deseo—. ¿Quieres que te folle ahora?
Jimin asintió rápido, las mejillas rojas, los labios hinchados de tanto morderlos.
—S-sí… hazme tuyo… fuerte… como antes…
Jungkook sonrió, oscuro y posesivo. Se posicionó entre sus piernas, alineándose despacio.
—Entonces agárrate bien, bebé —susurró, besándolo profundo una vez más—. Porque esta noche no voy a parar hasta que grites mi nombre hasta quedarte sin voz.
Y empujó, lento al principio, llenándolo centímetro a centímetro mientras ambos gemían contra la boca del otro.
Jungkook se hundió por completo en un solo empujón lento pero firme, llenándolo hasta la base. Jimin soltó un gemido largo y roto, las uñas clavándose en los hombros anchos de Jungkook mientras su espalda se arqueaba como un arco tenso.
—Ahhh… Jungkook… tan lleno… —balbuceó Jimin, la voz temblorosa y entrecortada—. Eres… eres demasiado grande… dios…
Jungkook se quedó quieto un segundo, respirando pesado contra su cuello, dándole tiempo para ajustarse. Besó la piel sudorosa bajo la oreja.
—Respira, bebé… relájate para mí —susurró, una mano acariciando el costado de Jimin en círculos calmantes—. Te tengo… siempre te tengo.
Jimin asintió rápido, los ojos cerrados con fuerza, las lágrimas de placer resbalando por las comisuras. Jungkook empezó a moverse una embestida lenta, profunda, saliendo casi por completo antes de volver a entrar con fuerza. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó la habitación, mezclado con los jadeos de ambos.
—Ah… ah… ¡sí! —gimió Jimin en cada salida y entrada, las piernas temblando alrededor de la cintura de Jungkook—. Más… más fuerte… por favor…
Jungkook obedeció. Aceleró el ritmo, las caderas golpeando con más fuerza, cada embestida haciendo que el colchón crujiera y que Jimin se deslizara un poco hacia arriba en la cama. Jungkook lo sujetó por las caderas, manteniéndolo en su lugar mientras lo follaba profundo, rozando ese punto sensible una y otra vez.
—Joder… te sientes tan bien… tan apretado alrededor de mí —gruñó Jungkook, la voz ronca y oscura—. ¿Lo sientes? ¿Cómo te abro entero?
Jimin solo pudo balbucear incoherencias, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta en gemidos constantes.
—S-sí… sí… ahí… Jungkook… justo ahí… ahhh… voy a… voy a…
Jungkook cambió el ángulo ligeramente, embistiendo más rápido, más duro, el sonido de piel contra piel volviéndose obsceno. Una mano bajó para acariciar el pene de Jimin, masturbándolo al mismo ritmo de sus caderas.
—Vamos, amor… córrete para mí —ordenó Jungkook, besando su boca entre jadeos—. Quiero sentir cómo te aprietas cuando explotas.
Jimin se tensó de repente, todo su cuerpo temblando violentamente. Sus gemidos se volvieron agudos, casi gritos.
—Jungkook… ¡Jungkook! —gritó, las caderas empujando hacia arriba—. Me vengo… me vengo… ahhh… ¡ahhh!
El orgasmo lo atravesó como una ola su pene palpitó en la mano de Jungkook, chorros calientes salpicando su abdomen y el pecho de ambos. Jimin se contrajo alrededor de Jungkook con fuerza, apretándolo como un puño, los músculos internos pulsando sin control mientras balbuceaba el nombre de Jungkook una y otra vez.
—Jung… k-kook… amor… dios… no pares… sigue… sigue…
Jungkook perdió el control en ese instante. Las embestidas se volvieron erráticas, profundas, desesperadas. Sintió cómo el placer lo recorría entero, concentrándose en la base de su columna.
—Jimin… bebé… me voy a correr… dentro de ti… —gruñó, enterrándose hasta el fondo una última vez.
Explotó con un gemido gutural, largo y roto. Su semen caliente llenó a Jimin en pulsos fuertes, uno tras otro, mientras sus caderas seguían moviéndose en espasmos involuntarios, empujando todo lo más profundo posible. Jungkook temblaba encima de él, los brazos rodeando a Jimin con fuerza, como si temiera soltarlo.
Jimin gimió bajito al sentir el calor inundándolo, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras abrazaba a Jungkook por el cuello, pegando sus cuerpos sudorosos y temblorosos. El semen de ambos se mezclaba entre sus vientres, pegajoso y caliente, mientras los últimos espasmos los recorrían a los dos.
Se quedaron así, jadeando, pegados. Jungkook besó las lágrimas de Jimin, luego su frente, sus labios, suave, lento.
—Te amo… te amo tanto… —susurró contra su boca, aún dentro de él, sin querer salir—. Nunca más voy a dejarte esperar. Lo juro.
Jimin sonrió débil, exhausto pero feliz, las manos acariciando la espalda de Jungkook.
—Y yo a ti… siempre… —balbuceó, la voz ronca de tanto gritar—. Feliz San Valentín, mi amor.
Jungkook lo abrazó más fuerte, rodando para que quedaran de lado, cuerpos entrelazados, corazones latiendo al unísono. Los pétalos rojos pegados a su piel, el lazo olvidado en el suelo, y la promesa silenciosa de que esta noche era solo el comienzo.
La luz del amanecer se filtraba suave por las cortinas entreabiertas del penthouse, tiñendo todo de un rosa pálido. Jimin abrió los ojos despacio, el cuerpo todavía pesado y deliciosamente dolorido por la noche anterior. Estiró una mano hacia el lado de la cama donde Jungkook debería estar… y solo encontró sábanas frías y vacías.
El corazón se le cayó al estómago.
Se sentó de golpe, mirando alrededor. El lazo rojo seguía tirado en el suelo, los pétalos secos pegados a la piel. Ningún rastro de Jungkook. Ni su traje arrugado, ni su reloj en la mesita, ni el maletín. Solo silencio.
La decepción lo golpeó como una ola fría.
Otra vez, pensó, los ojos picándole. Se fue a trabajar sin decir nada. Como siempre.
Se abrazó las rodillas, la garganta apretada. Las lágrimas amenazaban con salir cuando oyó la puerta principal abrirse abajo. Pasos firmes subiendo las escaleras. Jimin contuvo la respiración.
La puerta de la habitación se abrió despacio.
Jungkook entró con un ramo enorme de rosas rojas tan grandes que casi le tapaban la cara en una mano y una bolsa de terciopelo negro en la otra. Llevaba solo unos pantalones de chándal grises bajos en las caderas, el torso desnudo, el cabello revuelto y una sonrisa tímida que Jimin no le había visto en meses.
Jimin parpadeó, atónito. Las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron sin permiso.
—Jungkook…
Jungkook dejó el ramo en la mesita de noche y se acercó rápido a la cama, arrodillándose frente a él.
—Bebé, ¿qué pasa? —preguntó preocupado, tomando la cara de Jimin con ambas manos—. ¿Por qué lloras?
Jimin sorbió por la nariz, la voz temblorosa.
—Pensé… pensé que te habías ido a trabajar. Como siempre. Me desperté y no estabas… y creí que otra vez…
Jungkook cerró los ojos un segundo, la culpa apretándole el pecho. Luego los abrió y miró a Jimin con una intensidad que le robó el aliento.
—Ya no más —dijo firme, la voz baja pero decidida—. No voy a ir a la oficina hoy. Ni mañana. Ni nunca más si eso significa dejarte solo otra vez. ¿De qué me sirve todo el dinero del mundo, Jimin? ¿De qué me sirve el imperio que construí si no puedo compartirlo contigo? Tú eres el dueño de mi vida. Mi alma. Mi corazón. Todo lo que tengo… es tuyo.
Jimin lo miró, las lágrimas cayendo más rápido, pero ahora eran de alivio, de amor puro.
—Jungkook…
Jungkook tomó la bolsa y se la entregó con manos temblorosas.
—Abre tu regalo, amor.
Jimin deshizo el lazo con dedos torpes.
Dentro había una caja pequeña de terciopelo. La abrió.
Era una esclava de oro blanco, fina pero elegante, con pequeños diamantes incrustados que brillaban como estrellas. En el reverso, grabado con letra cursiva delicada:
Tú eres yo. Yo soy tú.
Jimin se llevó una mano a la boca, los ojos muy abiertos.
—Jungkook…
Jungkook tomó la pulsera y se la puso con cuidado en la muñeca izquierda, besando el interior donde latía el pulso.
—Eres toda mi vida —susurró contra su piel—. Quiero que lo lleves siempre. Que cada vez que lo mires recuerdes que no hay nada ni nadie más importante que tú. Nunca más voy a ponerte en segundo lugar.
Jimin se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza. Jungkook lo envolvió entero, besándole la coronilla, la sien, las mejillas húmedas.
Se separaron apenas para mirarse. Jimin sonrió entre lágrimas, radiante.
Jungkook lo besó despacio, profundo, como si quisiera sellar cada palabra.
Cuando se apartaron, sus frentes se apoyaron una contra la otra.
—Feliz San Valentín, Jeon Jimin —susurró Jungkook, la voz ronca de emoción.
Jimin rió bajito, feliz, completo.
—Feliz San Valentín, Jeon Jungkook.
Y se besaron de nuevo, esta vez sin prisa, sin despedidas pendientes, solo ellos dos en una cama llena de pétalos y promesas.








