La traición de dixie (el comienzo)
En los rincones más oscuros del océano, donde el agua se tiñe de azabache y los barcos navegan entre susurros de fantasmas, nació una leyenda que el tiempo no ha podido borrar: la historia de la Rosa Negra y su Pirata Leal.
Esta es una escena cargada de tensión y traición emocional. El contraste entre la crueldad de Dixie y la devoción de Gonner va a doler.
EL CALLEJÓN DE LOS HUMANOS
Contexto: Un grupo de chicos tiene a Gonner acorralado y amarrado en un rincón oscuro, oculto tras unos contenedores. Dixie llega con Ray, rodeada de sus amigos humanos.
Chico 1: (Riendo, señalando hacia el rincón) ¡Mírenla, ahí llega la novia del fenómeno! ¡Hey, Dixie! Mira lo que te trajimos.
Dixie: (Arrugando la nariz con fastidio) ¿De qué demonios están hablando? ¿Qué trajeron ahora?
Chico 2: (Saca su teléfono y le muestra unas fotos borrosas pero claras de Gonner) No te hagas la tonta. Lo vimos anoche, Dixie. Estaba trepado en tu balcón, mirándote como un perrito faldero. Es el tipo este, el raro. ¡Confiesa que es tu novio!
Dixie: (Suelta una carcajada seca, llena de desprecio) ¿Ese? ¿Mi novio? ¡Están locos! ¿De verdad creen que yo tendría algo que ver con esa cosa?
Ray : (Rodea a Dixie con el brazo, atrayéndola hacia él de forma posesiva) Déjenla en paz. Dixie tiene clase, no se mezclaría con basura.
Dixie: (Mirando a los chicos con asco) Exacto, Ray. Por favor, chicos, dense cuenta. Yo solo me junto con chicas como Briana y Liliana Ese... ese tal Gonner no es más que un zombie mal apestoso que ni siquiera sabe dónde está parado. Me da náuseas solo de pensar que estuvo cerca de mi ventana.
Ray : (abrazando con Dixie) Ya lo oyeron. Ella está conmigo. No vuelvan a insultarla comparándola con ese muerto viviente.
La oscuridad en aquel rincón de la celda improvisada no era solo falta de luz, era un sudario de humillación que se pegaba a la piel muerta de Gonner como el salitre a la madera podrida. Permanecía inmóvil, con la cabeza gacha, intentando ignorar el murmullo de las voces que llegaban desde el otro lado de los maderos. Eran las voces de Dixie y los humanos, aquellos que una vez fueron su norte, su única brújula en un mundo de sombras.
Pero entonces, el aire se detuvo. Una frase cruzó el umbral, cargada de un asco que no conocía la piedad.
“Ese zombie mal apestoso”.
El término no se desvaneció con el viento; se quedó incrustado en su cráneo como un clavo al rojo vivo, retumbando en el hueco de su pecho donde antes solía latir un corazón. Ese insulto golpeó más fuerte que cualquier bala de cañón de gran calibre impactando de lleno contra el casco de un barco; dolió más que el acero bendito desgarrando su carne. Fue un hachazo invisible que cortó, de un solo golpe seco, la última fibra de seda que lo mantenía unido emocionalmente al mundo de los vivos.
Sintió cómo algo se rompía definitivamente dentro de su pecho frío. No fue un crujido de hueso, sino el colapso de un santuario interno que ya no tenía razón de existir. La imagen de Dixie, la niña por la que habría caminado sobre brasas, se distorsionó en su mente, manchada por el desprecio que ella misma acababa de profesar. La humillación le subió por la garganta como hiel, quemando más que la propia marca de traidor que palpitaba en su muñeca.
En ese instante, las advertencias de Pirozka regresaron a él con la fuerza de un huracán. Recordó su rostro curtido, su sonrisa de acero y sus palabras cargadas de una verdad que él se había negado a aceptar: “Te ven como un monstruo , gonner. Un hedor que ofende sus narices de carne. Si tu humana te cambia por un humano... búscame”.
Gonner: (Susurrando para sí mismo mientras corre con los ojos llenos de una tristeza oscura) Tenías razón, Pirozka... Soy solo un monstruo para ella.
RUMBO A REINO ZOMBIE
La ciudad de los vivos quedó atrás como una mancha de luz hipócrita en el horizonte. Gonner corría, pero no huía de sus captores; huía de la última pizca de humanidad que todavía le quemaba en el pecho como un ascua agonizante. Cada zancada lo alejaba de los faroles de gas, de las risas juveniles y de la voz de Dixie, que ahora resonaba en su memoria no como una melodía, sino como el crujido de un cristal rompiéndose bajo una bota.
El territorio prohibido lo recibió con un abrazo de niebla gélida y un silencio que no juzga. Ya no buscaba amor; el amor era una moneda que no circulaba en las venas de un cadáver. Buscaba pertenencia. Buscaba un lugar donde su existencia no fuera un error de la naturaleza, sino una constante. Se dirigía al corazón palpitante de la oscuridad: el trono de la Reina Nigreda.
Al cruzar las puertas de hierro colado del Reino Zombie, el aire cambió. Ya no olía a pan fresco ni a flores de jardín; olía a tierra húmeda, a hierro oxidado y a la dulce pesadez de la eternidad. Para el mundo exterior, era un hedor insoportable; para Gonner, en ese preciso instante, era el aroma del hogar. Aquí, el rastro de la muerte no era un insulto que se lanzaba desde la seguridad de un balcón; era una corona invisible, un uniforme de guerra que todos vestían con una dignidad sombría.
Gonner avanzó por el pasillo central de la fortaleza subterránea. Sus botas, cubiertas de barro y polvo de la ciudad, resonaban contra las baldosas de piedra negra. Los guardias, seres de ojos vacíos y armaduras corroídas, no lo detuvieron; olían la devastación en su espíritu, una marca más profunda que cualquier herida física.
Al fondo, sobre una elevación de escalones tallados en obsidiana, se alzaba el imponente trono de la Reina Nigreda. La soberana permanecía inmóvil, una figura de elegancia cadavérica cuya mera presencia parecía absorber la poca luz que se filtraba desde el techo. A un lateral, recostada contra una columna de hueso tallado, Pirozka observaba la escena. Sus ojos, afilados como el filo de su hacha, se fijaron en él con una mezcla de triunfo y una extraña forma de respeto vikingo. Ella se lo había advertido, y ahora veía cómo el lobo regresaba a la manada con la cola entre las piernas, pero los colmillos al descubierto.
Gonner llegó a la base del trono. Sus rodillas golpearon el suelo de piedra con un sonido seco. Tenía la ropa sucia, jirones de su antigua vida colgando de sus hombros, y el corazón... el corazón estaba más muerto que su propio cuerpo. La devastación emocional lo había vaciado por completo, dejando espacio solo para una lealtad ciega y oscura.
Gonner: (Con voz rota, sin levantar la vista) Mi Reina... He vuelto. Mi lealtad es vuestra. Mi vida es vuestra. Haced conmigo lo que deseéis, pero permitidme servir de nuevo.
Reina Nigreda: (Su voz retumba como un trueno) ¿Servir? ¿Después de haberme dado la espalda por esa... humana? La traición no se limpia con palabras, Gonner. Tu olor a “vivo” me da náuseas. No hay perdón para los que olvidan quiénes son sus verdaderos hermanos.
Pirozka: (Dando un paso al frente, suplicante) ¡Mi Reina, por favor! Su corazón estaba nublado, pero ha regresado a la oscuridad que le pertenece. Perdonadlo... os lo ruego. Sus habilidades son necesarias.
Reina Nigreda: (Silencio gélido) ¿Quieres perdón, Gonner? Entonces tráeme algo que me pertenece. Hay una chica que navega en un barco llamado el Espina de Ébano. Lleva una espada con el resplandor de la luna de sangre, una hoja que ella llama Pétalo de Rosa.
Gonner: (Frunciendo el ceño, confundido) ¿Espina de Ébano? ¿Pétalo de Rosa? Mi Reina... esas son leyendas de alta mar. Los marineros hablan de una capitana egocéntrica, una mujer que no tiene piedad ni por su propia sombra. La llaman la Rosa Negra. ¿Es de esa pirata cruel de la que habláis?
Reina Nigreda: (Se inclina hacia adelante, sus ojos brillan con una luz siniestra) Hablo de ella... porque esa chica es mi hija.
Gonner y Pirozka: (Al unísono, impactados) ¡¿Vuestra hija?!
Reina Nigreda: (Señala a Gonner con una garra afilada) ¡Silencio! Ni una palabra de esto a nadie, o vuestras almas serán borradas antes de que el sol se ponga. Tráela ante mí, Gonner. Y escúchame bien: si no me la traes, no te molestes en volver jamás. Te desterraré al vacío eterno.
EL PESO DE LA LEYENDA
Los pasos de Gonner y Pirozka resonaban con una cadencia metálica y monótona sobre las losas de piedra negra, alejándose de la presencia gélida de la Reina Nigreda. El eco de sus botas parecía perseguirlos por los pasillos abovedados, donde las antorchas de fuego fatuo proyectaban sombras alargadas que se retorcían como espíritus en las paredes de roca viva.
Gonner: (Negando con la cabeza) Una hija... la Reina de los Muertos tiene una hija viva que gobierna los mares. Pirozka, no sé en qué me he metido. Las historias dicen que la Rosa Negra es hermosa pero letal. Dicen que cualquier pirata, vivo o zombie, terminaría enamorado de una rosa como ella con solo verla una vez.
Pirozka: (Suelta una carcajada amarga, llena de celos ocultos) Oh, por favor, Gonner. ¿Ya estás soñando con flores? No olvides que las rosas no son solo pétalos.
Gonner: ¿A qué te refieres?
Pirozka: (Se detiene y lo mira con una sonrisa burlona) Que para sostener a una rosa, primero tienes que sangrar por sus espinas. Y esa “Rosa Negra” tiene espinas que podrían arrancarte el corazón... si es que te queda algo de él después de lo de Dixie.
Gonner: (Apretando el puño) Pues que sangren mis manos. No tengo nada más que perder.
Continuará..........