una aventura mistica

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Summary

En un mundo donde la luz y la oscuridad luchan por el control, templarios y Sagrados Corazones esconden secretos que podrían cambiarlo todo. Entre castillos en llamas, ángeles y demonios, y un libro ardiendo con poder prohibido, se libra una batalla épica que definirá el destino de la humanidad.

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Capítulo sin título 1

LA CRUZADA DE LA LUZ

PRÓLOGO

Antes de que los hombres escribieran la historia…

la guerra ya existía.

No era una guerra de reinos.

Ni de oro.

Ni de poder.

Era una guerra invisible.

Una guerra entre la luz y la oscuridad.

Entre la verdad…

y aquello que debía permanecer oculto.

Los ángeles observaban.

Los demonios esperaban.

Y la humanidad…

ignoraba todo.

Pero hubo un momento en que el equilibrio se rompió.

Cuando antiguos textos prohibidos comenzaron a reaparecer.

Evangelios olvidados.

Palabras que podían cambiar la fe del mundo.

Y junto a ellos…

un libro.

Un libro que nunca debió existir.

El Codex Gigas.

Escrito con sangre.

Protegido por la condena.

Deseado por la oscuridad.

Fue entonces…

cuando la Orden del Temple fue enviada.

No para conquistar tierras.

Sino para proteger la verdad.

Y entre ellos…

había uno distinto.

Un hombre sin pasado.

Sin nombre.

Pero con un destino que cambiaría todo.

Su nombre…

aún no debía ser revelado.

Y esta…

es su historia.

ÍNDICE

PARTE I — EL ORIGEN

Capítulo 1 — El Huérfano

Un niño sin nombre sobrevive robando en las noches de Roma.

Capítulo 2 — La Mirada Diferente

Los templarios descubren algo extraño en el muchacho.

Capítulo 3 — El Elegido

La Orden decide entrenarlo.

PARTE II — EL CAMINO DEL TEMPLARIO

Capítulo 4 — El Entrenamiento

Disciplina, fe y combate.

Capítulo 5 — El Aprendiz de la Luz

Aprende a controlar su espíritu y la luz interior.

Capítulo 6 — El Respeto de los Caballeros

Los templarios comienzan a confiar en él.

PARTE III — LA PRUEBA

Capítulo 7 — La Primera Batalla

El joven demuestra su talento en combate.

Capítulo 8 — La Bestia del Bosque

Un enemigo sobrenatural aparece.

Capítulo 9 — El Lobo que no Mató

El encuentro con el líder de la manada cambia todo.

PARTE IV — LA MISIÓN SECRETA

Capítulo 10 — La Orden del Vaticano

Los templarios reciben una misión peligrosa.

Capítulo 11 — Los Evangelios Perdidos

Textos prohibidos que pueden cambiar la religión.

Capítulo 12 — Rumbo al Desierto

La expedición parte hacia Egipto.

PARTE V — LOS FALSOS DIOSES

Capítulo 13 — La Gran Pirámide

Un antiguo secreto se oculta bajo Giza.

Capítulo 14 — Los Dioses de Egipto

Osiris, Isis y los otros revelan su verdadera naturaleza.

Capítulo 15 — Después de la Tormenta

Los templarios sobreviven a la batalla y sellan la pirámide.

PARTE VI — LA COSTA MALDITA

Capítulo 16 — La Costa de Malabar

Un pueblo vacío y una presencia oscura esperan a los templarios.

PARTE VII — EL LIBRO PROHIBIDO

Capítulo 17 — La Caída del Maestro

El guardián del Codex Gigas revela la verdad y siembra la duda.

PARTE VIII — LA GUERRA FINAL

Capítulo 18 — El Anillo de la Luz

El Arcángel entrega el Anillo de Salomón y comienza la batalla final.

CAPÍTULO 1 — EL HUÉRFANO

Roma.

La ciudad eterna estaba llena de ruido durante el día, pero por la noche pertenecía a otros.

A los guardias.

A los borrachos.

Y a los ladrones.

Entre esos ladrones había uno que nadie lograba atrapar.

Un niño.

Nadie sabía su nombre.

Nadie sabía de dónde había venido.

Solo sabían que aparecía entre las sombras, robaba con rapidez… y desaparecía como si la ciudad misma lo protegiera.

Había aprendido todo solo.

Cómo correr por los tejados.

Cómo caminar sin hacer ruido.

Cómo observar a la gente antes de actuar.

Roma lo había criado.

El hambre había sido su maestro.

Pero mientras el niño crecía, alguien comenzó a observarlo.

Un hombre.

Un hombre que caminaba por la ciudad con capa oscura y mirada silenciosa.

Había escuchado rumores.

Rumores de un niño ladrón que parecía moverse como una sombra.

Al principio no creyó las historias.

Hasta que una noche lo vio con sus propios ojos.

El niño corría por los tejados después de robar una bolsa de monedas. Saltaba entre los edificios con una agilidad que pocos adultos podrían igualar.

El hombre lo observó desde la calle.

No intentó detenerlo.

Solo lo miró.

Desde aquella noche comenzó a aparecer muchas veces en la ciudad.

A veces en los mercados.

A veces en los callejones.

A veces cerca de los tejados.

Siempre en silencio.

Siempre mirando.

El niño lo veía algunas veces.

Una silueta.

Una presencia.

Pero nunca lograba acercarse lo suficiente para hablar con él.

Pasaron los años.

El niño creció.

Se volvió más rápido.

Más fuerte.

Más inteligente.

A los doce años, ya era conocido entre algunos mercaderes como el pequeño fantasma de Roma.

Y una noche, finalmente, el hombre decidió hablar con él.

El encuentro ocurrió cerca de un viejo callejón que miraba hacia una fortaleza de piedra en lo alto de una colina.

El niño estaba observando las murallas, calculando las rutas de los guardias.

—Sigues mirando ese castillo.

La voz salió desde la oscuridad.

El niño se giró rápidamente.

El hombre estaba allí otra vez.

Capa negra.

Mirada tranquila.

—Te he visto muchas veces —dijo el hombre.

El niño lo miró con desconfianza.

—¿Quién eres?

El hombre ignoró la pregunta.

—He oído muchos rumores sobre ti.

Se acercó un paso.

—Dicen que eres el mejor ladrón que ha tenido Roma en mucho tiempo.

El niño sonrió levemente.

—Solo dicen eso los que no me han atrapado.

El hombre soltó una pequeña risa.

Luego miró hacia el castillo.

—Dentro de ese lugar hay algo muy antiguo.

Un cáliz.

El niño siguió su mirada.

—¿Y?

El hombre volvió a mirarlo.

—Cuando estés preparado… entra ahí.

Y róbalo.

El niño lo observó sorprendido.

—¿Estás loco?

El hombre negó lentamente.

—No todavía.

Guardó silencio unos segundos.

Luego añadió:

—Pero algún día lo estarás.

El niño frunció el ceño.

—¿Por qué yo?

El hombre no respondió.

Simplemente comenzó a caminar hacia la oscuridad del callejón.

Antes de desaparecer, dijo:

—Cuando llegue el momento… lo sabrás.

El niño lo miró alejarse.

—¡Oye!

Pero el hombre ya se había ido.

El niño nunca supo quién era.

Pero aquel hombre tenía un nombre que muchos temían y respetaban en Europa.

Jacques de Molay.

Los años pasaron.

El niño continuó viviendo en las calles.

Se volvió más fuerte.

Más rápido.

Más peligroso.

A los dieciséis años, ya no era solo un niño ladrón.

Era alguien capaz de entrar en lugares donde otros ni siquiera intentarían acercarse.

Una noche volvió a caminar hasta la colina donde se encontraba el castillo.

Las murallas seguían siendo altas.

Los guardias seguían vigilando.

Nada parecía haber cambiado.

Pero él sí.

Observó las torres.

Los caminos.

Las rutas de los guardias.

Los puntos ciegos.

Todo.

Y entonces recordó las palabras de aquel extraño hombre.

“Cuando estés preparado…”

El joven miró el castillo una última vez.

Y por primera vez en su vida…

sonrió.

Porque ahora sabía algo.

Estaba listo.

Capítulo II

La prueba del cáliz

La noche había caído completamente sobre el castillo.

Las torres se levantaban oscuras contra el cielo y las antorchas iluminaban las murallas con un brillo rojizo. Los guardias caminaban lentamente por sus rutas de vigilancia.

Pero alguien los observaba.

Desde las sombras de un tejado cercano, el joven estudiaba el castillo con paciencia.

Había aprendido algo en las calles de Roma:

la prisa era el enemigo del ladrón.

Sacó de su bolsa un arpón con cuerda que había preparado durante meses.

Lo giró una vez en su mano.

Apuntó hacia la muralla.

Y lo lanzó.

El arpón se enganchó entre las piedras con un sonido seco.

El joven tiró de la cuerda.

Firme.

Comenzó a escalar.

Subía rápido, silencioso, usando cada grieta de la piedra para impulsarse. El viento nocturno golpeaba su rostro, pero no lo distraía.

Cuando llegó arriba, se pegó al suelo inmediatamente.

Un guardia caminaba a pocos pasos con una antorcha.

La luz pasó cerca de su rostro.

Pero el guardia siguió caminando.

Cuando dobló la torre, el joven saltó dentro del castillo.

Cayó sobre la sombra de una carreta.

Tres guardias vigilaban el patio.

Uno en la puerta principal.

Otro caminando cerca de las escaleras.

El tercero patrullaba el borde del patio.

El joven esperó.

Observó su ritmo.

Uno…

Dos…

Tres…

Cuando dos de ellos se cruzaron, el tercero quedó mirando hacia el lado opuesto.

El joven corrió.

Se deslizó pegado a la pared.

Se escondió detrás de unas barricas.

Un guardia pasó tan cerca que pudo escuchar el metal de su armadura moverse.

Pero no lo vio.

Cuando el guardia siguió su camino, el joven avanzó hacia una pequeña puerta lateral.

La abrió lentamente.

Entró al castillo.

Los pasillos estaban silenciosos.

Se movió entre columnas, sombras y antorchas apagadas.

Evitó a dos guardias más escondiéndose en los rincones oscuros del corredor.

Subió una escalera de piedra.

Luego otra.

Hasta llegar a un pasillo más antiguo que los demás.

Al final del corredor había una puerta pesada.

El joven la empujó lentamente.

Entró.

La sala estaba iluminada por velas.

En el centro, sobre una mesa de piedra…

estaba el cáliz.

Antiguo.

Cubierto de símbolos grabados.

El joven caminó hacia él.

Extendió la mano.

Y lo tomó.

En ese mismo momento, un guardia corría hacia Jacques de Molay.

—¡Mi señor!

Jacques levantó la mirada con calma.

—¿Qué ocurre?

—Encontramos un arpón en la muralla. Alguien entró al castillo.

—Debemos activar la alarma.

Jacques miró la cuerda colgando de la muralla.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—No.

El guardia se sorprendió.

—¿No, mi señor?

Jacques respondió con tranquilidad.

—No actives la alarma.

Luego dijo con calma absoluta:

—Yo me encargaré de él.

El guardia asintió.

Jacques caminó entonces hacia uno de los pasadizos secretos del castillo, corredores antiguos conocidos solo por algunos templarios.

Avanzó por el túnel de piedra iluminado por antorchas.

Sabía exactamente a dónde ir.

Si el ladrón había venido por el cáliz…

terminaría en la sala sagrada.

Jacques llegó primero.

Se ocultó entre las sombras.

Esperó.

Momentos después escuchó la puerta abrirse.

El joven entró.

Caminó hacia la mesa.

Tomó el cáliz.

Y entonces…

una fuerte carcajada rompió el silencio.

—¡JAJAJAJA!

El joven giró rápidamente.

Jacques de Molay salió de la oscuridad.

—Pensé que nunca vendrías.

El joven lo reconoció de inmediato.

Era el mismo hombre que lo había observado durante años.

Jacques caminó lentamente alrededor de la mesa.

—Te observé desde que eras un niño.

Sabía que algún día intentarías esto.

Se detuvo frente a él.

Luego sonrió.

—Así que te daré una oportunidad.

Señaló la puerta.

—Puedes irte ahora mismo.

O…

Sus ojos se clavaron en los del joven.

—Puedes quedarte con nosotros.

El joven frunció el ceño.

—¿Con ustedes?

Jacques respondió con calma.

—Con los templarios.

El silencio llenó la sala.

El joven miró el cáliz en sus manos.

Recordó las noches en las calles.

El frío.

El hambre.

La vida sin rumbo.

Luego volvió a mirar a Jacques de Molay.

Por primera vez en su vida alguien le ofrecía algo más que sobrevivir.

Le ofrecían un propósito.

El joven dejó el cáliz nuevamente sobre la mesa de piedra.

Miró directamente a Jacques.

Y dijo con voz firme:

—Me quedo.

Jacques de Molay sonrió lentamente.

Como si hubiera esperado escuchar esas palabras durante muchos años.

—Entonces… —dijo— bienvenido.

El gran maestro de los templarios extendió la mano hacia el joven.

—Tu vida acaba de cambiar para siempre.

Y en el silencio de aquella sala antigua…

comenzaba el camino de alguien que algún día caminaría entre secretos, guerras y verdades que el mundo había olvidado.

Capítulo III

El comienzo del entrenamiento

Los primeros días en el castillo fueron más duros de lo que el joven había imaginado.

Las calles de Roma le habían enseñado a sobrevivir.

Pero el entrenamiento templario era otra cosa.

El día comenzaba antes del amanecer.

Cuando el cielo todavía estaba oscuro, las campanas del castillo despertaban a todos los hombres.

Los caballeros salían al patio en silencio.

No había quejas.

No había excusas.

Solo disciplina.

El joven aprendió rápidamente que allí nadie era especial.

Ni siquiera él.

El primer entrenamiento era resistencia.

Correr por los campos alrededor del castillo con armadura ligera.

Subir las colinas.

Volver a bajar.

Una y otra vez.

Los primeros días terminó en el suelo, respirando con dificultad.

Sus piernas temblaban.

Sus manos estaban llenas de ampollas por la espada.

Pero cada vez que caía…

se levantaba otra vez.

Sir Guillaume lo observaba.

—Las calles te hicieron rápido —decía—.

Nosotros te haremos fuerte.

Después del entrenamiento físico venía el combate.

Horas de práctica con espada de madera.

Aprender a bloquear.

Aprender a atacar.

Aprender a esperar.

Muchas veces Guillaume lo derribó en segundos.

El joven caía al suelo una y otra vez.

Pero cada caída le enseñaba algo.

Cómo mover los pies.

Cómo leer al oponente.

Cómo usar la mente antes que la fuerza.

Poco a poco empezó a mejorar.

No era el más fuerte del patio.

Pero sí era el más rápido para aprender.

Las tardes eran diferentes.

Después del entrenamiento físico, Jacques de Molay lo enviaba a una sala tranquila del castillo.

Una biblioteca antigua llena de manuscritos.

Allí no había espadas.

Solo libros.

Un monje templario le enseñaba a leer mejor el latín de los textos.

Estudiaba los evangelios de la Iglesia.

Leía sobre la vida de Cristo.

Sobre humildad.

Sobre sacrificio.

Sobre servir a algo más grande que uno mismo.

Aquellas palabras comenzaron a cambiarlo.

Las calles de Roma le habían enseñado a pensar solo en sobrevivir.

Pero los evangelios hablaban de algo distinto.

De humildad.

De no dejar que el orgullo gobierne el corazón.

Con el tiempo comenzó a entender algo que Jacques de Molay repetía muchas veces:

—Un gran guerrero sin humildad… termina destruyéndose a sí mismo.

El joven escuchaba esas palabras con atención.

Jacques no hablaba mucho.

Pero cuando lo hacía, cada frase tenía peso.

Por las noches venía otra lección.

La estrategia militar.

Jacques lo llevaba a una sala donde había mapas sobre una mesa grande de madera.

Mapas de ciudades.

Montañas.

Rutas de ejércitos.

—Una batalla no se gana con la espada —decía Jacques—.

Se gana con la mente.

Le enseñó cómo mover ejércitos.

Cómo usar el terreno.

Cómo anticipar los movimientos del enemigo.

Cómo convertir una desventaja en una oportunidad.

El joven se sorprendía al descubrir cuánto podía cambiar una batalla con solo mover unas pocas piezas en el mapa.

Jacques observaba en silencio mientras él pensaba.

A veces el joven encontraba soluciones que sorprendían incluso a algunos caballeros.

Sir Guillaume comenzó a notarlo.

—No es el más fuerte —dijo un día—.

Pero piensa rápido.

Jacques respondió con calma:

—Eso lo hace peligroso en el campo de batalla.

Los meses pasaron.

El entrenamiento seguía siendo duro.

Hubo días en que el joven terminó cubierto de polvo y dolor.

Hubo noches en que se quedó dormido sobre los libros.

Pero nunca abandonó.

Cada día aprendía algo nuevo.

Cada día se volvía más fuerte.

Más disciplinado.

Más sabio.

Y algo más comenzó a cambiar dentro de él.

El orgullo del ladrón de las calles fue desapareciendo.

En su lugar creció algo diferente.

Humildad.

Como la que veía en Jacques de Molay.

El Gran Maestro nunca presumía de su poder.

Nunca hablaba de sus victorias.

Solo servía a la orden.

Y esperaba lo mismo de los demás.

Una noche, mientras estudiaban un mapa, Jacques observó al joven en silencio.

—Has cambiado mucho.

El joven levantó la mirada.

—El entrenamiento cambia a cualquiera.

Jacques negó lentamente.

—No.

Muchos hombres entrenan durante años y siguen siendo los mismos.

Señaló los libros sobre la mesa.

—Pero tú aprendiste algo más.

El joven guardó silencio.

Jacques continuó:

—La espada te hizo fuerte.

Los evangelios te hicieron humilde.

Y la estrategia te enseñó a pensar.

Luego añadió:

—Eso es lo que forma a un verdadero líder.

El joven no respondió.

Pero en su interior comprendía que su vida ya no era la de un ladrón de Roma.

Estaba convirtiéndose en algo mucho más grande.

Un guerrero.

Un pensador.

Y quizás algún día…

un gran estratega.

Como Jacques de Molay.

Capítulo IV

La primera prueba templaria y la urgencia del Vaticano

El joven que había entrado al castillo como un niño, ya contaba veintiún años.

Veintiún años de aprendizaje, disciplina y esfuerzo que lo habían transformado. Su entrenamiento templario estaba por terminar. Cada día lo acercaba a ser un hombre completo: fuerte, ágil, disciplinado, estratega y humilde, como Jacques de Molay lo había formado.

Cuatro días antes de su último entrenamiento, un mensajero llegó al Vaticano con noticias urgentes.

—Su Santidad —jadeó—, la Iglesia de Malabar está en grave peligro.

Un forastero había llegado con un libro oscuro y asesinado al sacerdote principal de la iglesia. No se sabía quién era ni qué buscaba.

El Papa, alarmado, dio la orden:

—Que esta carta llegue de inmediato a Jacques de Molay. Máxima urgencia.

El mensajero partió al amanecer y recorrió caminos peligrosos durante cuatro días, hasta llegar al enorme castillo templario, con sus torres imponentes y muros que ocultaban secretos centenarios.

Al entregar la carta a Jacques de Molay, el Gran Maestro no dudó ni un instante.

—Hugues de Payens —llamó inmediatamente—. Prepara la cuadrilla que nos acompañará.

Hugues, veterano templario, se acercó con respeto.

—Elegiremos solo a los mejores —dijo Jacques mientras revisaba los nombres de los caballeros—.

—Primero, sir Guillaume, por su habilidad en combate y disciplina.

—Sir Bertrand, por su rapidez y astucia.

—Sir Alaric, por su experiencia en infiltraciones y conocimiento del terreno enemigo.

—Sir Roland, por su fuerza y lealtad absoluta.

Jacques continuó nombrando templarios, uno por uno, cada uno seleccionado cuidadosamente.

Finalmente, se detuvo y miró al joven templario, que todavía sostenía su espada de entrenamiento en el patio.

—Y tú —dijo Jacques—, joven, ¿aún quieres acompañarnos en esta misión?

El joven asintió sin dudarlo. Por primera vez, no se trataba solo de demostrar su valor. Se trataba de aplicar todo lo que había aprendido: disciplina, estrategia, astucia y humildad.

—Entonces —dijo Jacques con voz firme—, prepárate. Nuestra misión comienza de inmediato.

Los templarios reunieron sus espadas, armaduras y suministros. Cada detalle estaba cuidadosamente preparado: provisiones, mapas, pergaminos con información de la Iglesia de Malabar y rutas marítimas seguras.

Antes de marcharse, Jacques se acercó al joven y, con un gesto solemne, le puso la mano sobre el hombro:

—Recuerda todo lo que aprendiste —dijo en voz baja—. Aprende, observa y actúa solo cuando sea necesario.

El joven asintió, sintiendo la gravedad de las palabras del Gran Maestro. Sabía que esta misión era más que un entrenamiento: era el inicio de su verdadero destino.

Los templarios se dirigieron hacia el puerto de Roma. Allí los esperaba un barco que los llevaría hacia Nápoles, el primer punto de su travesía.

La misión era clara: recuperar los evangelios de Tomás, el discípulo de Jesús, antes de que cayeran en manos del forastero y su libro oscuro.

El viento del mar golpeaba sus rostros mientras el barco comenzaba a alejarse del puerto. Cada templario, incluido el joven, sentía que el viaje que empezaban marcaría sus vidas para siempre.

Jacques de Molay observó la línea del horizonte, confiando en que su discípulo aplicaría todo lo aprendido: mente, cuerpo y espíritu, en la peligrosa misión que estaba por comenzar.

Capítulo V

La batalla contra el kraken

El joven templario partió desde Roma, llevando consigo la misión que su maestro le había confiado: recuperar los evangelios de Tomás antes de que cayeran en manos del forastero y su libro oscuro.

Su camino lo llevó hacia el sur, hasta el puerto de Nápoles, una ciudad llena de barcos mercantes, pescadores y viajeros. Entre el bullicio, circulaban rumores inquietantes: un monstruo había hundido un barco hacía apenas tres noches, algo tan enorme que los marineros lo llamaban kraken.

En una taberna cercana, algunos marineros hablaban en voz baja:

—Dicen que algo enorme se ha visto en el mar.

—Un monstruo. Hundió un barco.

—Lo llaman kraken.

El joven templario escuchó en silencio. Jacques de Molay le había enseñado: los rumores a veces esconden verdades.

Esa noche, el barco partió hacia Palermo. El mar estaba oscuro, demasiado tranquilo, y la luna apenas iluminaba la superficie.

Horas después, un marinero gritó desde la proa:

—¡Movimiento en el agua!

Una sombra gigantesca emergió bajo la embarcación. Tentáculos enormes golpeaban el casco, levantando olas que amenazaban con volcar el barco. Los marineros entraron en pánico.

El joven templario apretó la empuñadura de su espada, recordando las enseñanzas de Jacques: observar, anticipar, actuar solo cuando sea necesario.

Cuando se preparaba para lanzarse al agua, Hugues de Payens lo vio y gritó con voz alta y preocupada:

—¡No saltes! ¡Tu vida es importante para la misión!

Pero el joven no dudó. Saltó al agua, sumergiéndose entre los tentáculos que se agitaban como serpientes gigantes.

Pelea bajo el agua

Bajo la superficie, la oscuridad y la presión del agua añadían dificultad a cada movimiento. El kraken lo atacaba desde todos los ángulos, golpeando con fuerza y arrastrando el joven.

El templario se movía con agilidad, esquivando los tentáculos y usando su espada para cortar las extremidades más cercanas. Recordó cada lección de estrategia de Jacques: aprovechar la fuerza del enemigo en su contra y atacar solo los puntos débiles.

Finalmente, encontró la oportunidad: el ojo del kraken y la base de la cabeza, los puntos más vulnerables. Con un grito de esfuerzo, hundió la espada profundamente, haciendo un agujero enorme en la cabeza de la criatura.

El kraken chilló y lo empujó violentamente hacia abajo. El joven perdió el conocimiento y comenzó a hundirse. El agua entró en sus pulmones y todo se volvió negro.

Rescate por Hugues

—¡Alto! ¡No lo dejéis ahogarse! —gritó Hugues, saltando sin dudarlo al agua.

Agarró al joven por el brazo y lo arrastró hacia la superficie, mientras otros marineros ayudaban a sacarlo del agua. El joven tosió, tosiendo agua y recuperando lentamente la conciencia.

El kraken, herido y frustrado, desapareció en las profundidades. El mar volvió al silencio, solo roto por los jadeos de los templarios.

Hugues miró al joven templario con seriedad y orgullo:

—Has sido valiente, pero recuerda: un templario no solo pelea con la espada. Debe cuidar su vida y confiar en los demás.

El joven asintió, comprendiendo que la verdadera fuerza estaba en la estrategia, la disciplina y la cooperación.

Viaje y reflexión

El barco continuó su travesía hacia Palermo. El joven templario recuperaba fuerzas, consciente de que, si un monstruo como aquel existía en el mar, lo que les esperaba en tierra sería mucho más peligroso y oscuro.

Mientras observaba el horizonte, recordó las palabras de Jacques de Molay:

“Aprende, observa, actúa solo cuando sea necesario.”

Había sobrevivido a su primera prueba real, y sabía que la misión estaba apenas comenzando.

Capítulo VI

Sombras en las colinas

Después del terrible encuentro con el monstruo del mar, el barco finalmente llegó al puerto de Palermo.

Las velas estaban rasgadas, el mástil principal había sufrido daños y gran parte de la tripulación aún estaba agotada por la batalla contra el kraken.

El general templario tomó una decisión inmediata:

—Nos quedaremos aquí unos días —dijo—. El barco necesita reparaciones y debemos recuperar provisiones.

Carpinteros y marineros comenzaron a trabajar de inmediato: arreglaban el casco, revisaban el mástil y descargaban barriles de agua, comida y madera para reforzar la nave.

Por primera vez en días, el joven templario pudo caminar sobre tierra firme. El puerto de Palermo estaba lleno de vida:

Mercaderes gritaban, ofreciendo sus productos.

Pescadores traían redes repletas de peces.

Viajeros llegaban desde todas las partes del Mediterráneo, mezclando acentos y aromas desconocidos.

Pero algo llamó su atención. En un rincón del mercado, un anciano con capucha hablaba en voz baja con algunos habitantes del lugar:

—Les digo que es verdad —decía—. Las he visto con mis propios ojos.

Algunos hombres se reían:

—Otra historia de borrachos.

Pero el anciano insistió:

—Bestias salvajes… en las colinas cerca de la ciudad.

El joven templario se detuvo. Su entrenamiento con Jacques de Molay le había enseñado que los rumores muchas veces escondían pistas importantes. Se acercó con cautela:

—¿Qué clase de bestias? —preguntó con voz calmada pero firme.

El viejo levantó la mirada lentamente desde debajo de la capucha. Sus ojos, cansados pero llenos de miedo, lo penetraron con intensidad.

—Criaturas que no deberían existir —susurró—.

El templario cruzó los brazos, evaluando la situación:

—¿Dónde?

El anciano señaló hacia las montañas oscuras que se alzaban en el horizonte, bordeadas por bosques densos:

—En los bosques cerca de las colinas de Palermo.

El joven templario pensó unos segundos. Su misión principal era recuperar el antiguo manuscrito, pero algo en aquellas palabras despertó su curiosidad. Si criaturas extrañas estaban apareciendo en la región, tal vez estaban relacionadas con algo más grande, algo que aún no entendía.

Esa misma noche, armado con su espada y su capa, decidió investigar. Caminó por senderos oscuros, guiado por la luz de la luna y su instinto templario. Cada crujido de ramas, cada sombra entre los árboles, hacía que su corazón se acelerara, pero no perdió la calma.

El bosque estaba silencioso, denso, casi vivo. La brisa traía aromas desconocidos y un extraño murmullo, como si la propia tierra respirara a su alrededor.

Lo que no sabía era que aquellas bestias no eran simples animales salvajes. Y que detrás de su aparición… alguien o algo más estaba moviendo los hilos, vigilando cada movimiento del templario, esperando el momento perfecto para atacar.

La misión estaba a punto de tomar un giro inesperado, y lo que el joven templario descubriría esa noche cambiaría para siempre la forma en que veía su mundo y la verdadera amenaza que se cernía sobre los evangelios de Tomás.

Capítulo VII

El Guardián de la Espada

El joven templario tomó su espada y miró al lobo alfa.

—¿En qué dirección se encuentra?

El lobo levantó la cabeza y señaló hacia las montañas oscuras.

—Al noroeste. Cerca de un bosque donde crecen fresas salvajes.

El templario asintió.

Sabía que no podía ir como un soldado normal.

Estaba cazando a una bestia.

Se acercó a un árbol, arrancó varias hojas y las trituró entre sus manos. Luego tomó tierra húmeda y barro del suelo.

Con paciencia comenzó a cubrir su capa y su capucha.

El olor del bosque impregnó la tela.

Sabía algo importante:

Una criatura como el Vákner podía detectar cualquier olor extraño.

Si detectaba olor humano… lo atacaría de inmediato.

Luego tomó otra decisión.

Se quitó gran parte de su armadura.

Solo dejó protección en las zonas más vulnerables: el pecho, los brazos y el cuello.

—Un hombre lobo es rápido —murmuró—. Si voy pesado, moriré.

Preparado, comenzó a caminar hacia el noroeste.

Horas después encontró el lugar que el lobo había mencionado.

Un pequeño claro del bosque lleno de fresas silvestres.

Y detrás de ellas…

una cueva enorme.

La entrada descendía hacia la oscuridad como si condujera al centro de la tierra.

El templario respiró profundo.

Luego entró en silencio.

Cada paso era cuidadoso.

Cada sonido del eco de la cueva parecía amplificarse en la oscuridad.

Finalmente llegó a una gran cámara subterránea.

Allí la vio.

Clavada en una roca antigua…

la espada legendaria.

Excalibur.

El templario se acercó lentamente.

Extendió la mano.

Tomó la empuñadura.

Y en el momento en que la espada salió de la piedra…

un rugido estremeció toda la cueva.

Desde la oscuridad apareció la criatura.

El Vákner.

Era más grande que cualquier hombre lobo que hubiera visto.

Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices.

Sus ojos brillaban con una furia salvaje.

La criatura atacó con una velocidad brutal.

El templario levantó la espada y golpeó con todas sus fuerzas.

El acero chocó contra la piel del monstruo.

Pero no pasó nada.

El golpe no le hizo daño.

El templario entendió de inmediato.

—Eres el original…

El Vákner rugió y lo lanzó contra una pared de la cueva.

La batalla comenzó.

El monstruo atacaba con garras enormes.

El templario rodaba por el suelo esquivando cada golpe.

Sabía que no podía vencerlo con fuerza.

Recordó las palabras del lobo alfa.

Solo había una forma de matarlo.

Cortarle la cabeza con la misma espada.

La pelea continuó durante varios minutos.

El templario esperaba el momento correcto.

Finalmente, el Vákner saltó hacia él con las garras extendidas.

Ese fue el error.

El guerrero giró sobre sí mismo.

Y con toda su fuerza levantó la espada legendaria.

Un solo golpe.

La hoja de Excalibur atravesó el aire.

La cabeza del Vákner cayó al suelo.

El cuerpo del monstruo se desplomó lentamente.

El silencio volvió a la cueva.

El templario respiraba con dificultad.

Había ganado.

Había derrotado a una de las criaturas más antiguas del mundo.

Tomó la espada.

Ahora tenía el poder de romper la maldición de los hombres lobo.

Pero también sabía algo más.

Ese acto…

no solo lo había convertido en el portador de Excalibur.

También lo había marcado.

Porque desde ese momento…

las criaturas oscuras del mundo sabrían una cosa.

Un nuevo guerrero había despertado.

Y su nombre…

aún estaba por ser revelado.

Capítulo VIII

El guerrero sin nombre

La cueva quedó en silencio después de la batalla.

El cuerpo del Vákner yacía inmóvil en el suelo mientras el joven templario sostenía la espada legendaria entre sus manos.

Excalibur.

Durante unos segundos observó la hoja brillante, todavía marcada por la sangre de la criatura.

Sabía que esa espada tenía el poder de romper la maldición de los hombres lobo.

Pero también sabía algo más.

Su misión principal aún no había terminado.

Debía continuar su viaje.

El joven templario salió de la cueva y regresó rápidamente hacia el bosque.

Las montañas estaban envueltas por la noche cuando llegó nuevamente al campamento de los hombres lobo.

El lobo alfa lo vio aparecer entre los árboles.

Pero esta vez el templario llevaba algo en las manos.

La espada.

Los hombres lobo guardaron silencio.

El joven caminó hasta el líder de la manada y le extendió el arma.

—Tómala.

El alfa sostuvo la espada con respeto.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

—La espada…

El templario asintió.

—Salva a tu pueblo.

Miró a los demás hombres lobo que observaban alrededor del fuego.

—Libera a todos los que quieran volver a ser humanos.

El lobo alfa levantó la mirada, aún sorprendido.

—¿Y tú?

El templario comenzó a retroceder lentamente hacia la oscuridad del bosque.

—Mi camino continúa.

El líder de la manada inclinó la cabeza con respeto.

—Nunca olvidaremos lo que hiciste.

Pero el joven ya se alejaba entre los árboles.

No buscaba gloria.

No buscaba reconocimiento.

Solo cumplir su misión.

Horas más tarde llegó nuevamente a Palermo.

El barco templario estaba casi listo para partir.

Los marineros terminaban de cargar provisiones y los carpinteros habían reparado el mástil dañado por el ataque del kraken.

El templario subió a bordo rápidamente.

El general lo vio llegar.

—Llegas agitado —dijo cruzando los brazos—. ¿Dónde estabas?

El joven respiraba con dificultad por la larga carrera, pero respondió con calma.

—Celebrando, señor.

El general levantó una ceja.

—¿Celebrando?

El templario sonrió levemente.

—Por haber sobrevivido al kraken.

—Creo que celebré… demasiado.

El general soltó una pequeña risa.

—Mientras estés listo para continuar la misión, no me importa cómo celebres.

Las velas comenzaron a desplegarse mientras el barco se preparaba para partir.

El templario caminó hacia la cubierta.

Miró el horizonte.

Su siguiente destino era Athens.

Allí esperaba encontrar nuevas pistas sobre el antiguo manuscrito que su maestro, Jacques de Molay, le había enviado a recuperar.

El barco abandonó lentamente el puerto.

Las costas de Sicilia comenzaron a desaparecer en la distancia.

El joven apoyó las manos sobre la baranda del barco.

Había derrotado un monstruo antiguo.

Había salvado a un pueblo maldito.

Pero nadie en el barco sabía nada de eso.

Y tal vez era mejor así.

Porque su verdadera misión…

aún estaba lejos de terminar.

Capítulo IX

La montaña de los dioses

El viaje por mar fue tranquilo.

Después de los peligros del kraken, el mar parecía casi en paz.

Días más tarde, el barco finalmente llegó a Atenas.

El joven templario quedó impresionado al ver la ciudad.

Grandes templos de piedra blanca dominaban el paisaje.

Estatuas gigantes observaban la ciudad desde lo alto de las colinas.

Templos dedicados a antiguos dioses:

Zeus.

Atenea.

Ares.

Poseidón.

Y muchos otros.

El templario observaba todo con una mezcla de curiosidad y duda.

Para él, aquellos no eran dioses.

Eran historias antiguas.

O tal vez…

algo diferente.

Mientras caminaba por la ciudad escuchó a unos guerreros discutiendo cerca de un patio de entrenamiento.

—Te digo que Zeus es el más poderoso —dijo uno golpeando su lanza contra el suelo.

—¡No! —respondió otro—. Poseidón controla los mares. Ningún dios tiene más poder que él.

El templario se acercó en silencio y escuchó la conversación.

Finalmente habló.

—Si esos dioses existen… ¿dónde viven?

Los guerreros lo miraron con molestia.

—¿Cómo que si existen?

Uno de ellos dio un paso hacia él.

—¿Te burlas de nuestros dioses?

El templario negó con calma.

—Solo pregunto.

Uno de los guerreros señaló hacia el horizonte.

—En el Monte Olimpo.

—La montaña más alta.

—Ahí viven los dioses.

El templario levantó la mirada.

A lo lejos, la enorme montaña se elevaba por encima de las nubes.

Sus ojos se llenaron de determinación.

—Entonces iré a comprobarlo.

Los guerreros soltaron una carcajada.

Pero él no estaba bromeando.

Regresó al puerto para hablar con el general templario.

—Señor —dijo con respeto—. Necesito pedirle algo.

El general lo miró con curiosidad.

—Habla.

—Necesito quedarme una semana en Atenas.

El general frunció el ceño.

—¿Para qué?

El templario dudó un segundo ante de responder.

—Para investigar algo… que podría ir contra nuestras creencias.

El general lo observó en silencio.

Recordaba lo que aquel joven había hecho contra el kraken.

Recordaba la valentía con la que había enfrentado el peligro.

Finalmente habló.

—Ve con algunos soldados.

Pero el templario negó con la cabeza.

—Con tres hombres más sería demasiado visible.

—Necesito moverme en silencio.

—Solo buscaré información.

—Cuando tenga algo claro… volveré a informarle.

El general suspiró.

Recordó el monstruo del mar.

Recordó la determinación del joven.

—Está bien.

Luego agregó con voz seria:

—Pero cuídate.

—No quiero perderte.

El templario inclinó la cabeza.

—Sí, señor.

Sin perder tiempo comenzó su camino.

Frente a él se levantaba la montaña más alta de Grecia.

El Monte Olimpo.

El lugar donde, según las historias, vivían los dioses.

El joven caminó hacia las montañas con un solo pensamiento en la mente.

Si esos dioses existían…

él los encontraría.

Y descubriría si realmente eran dioses…

o algo mucho más antiguo.

Algo que podría cambiar todo lo que el mundo creía saber.

Capítulo X

El Olimpo

El ascenso fue brutal.

El joven templario y sus tres hombres comenzaron a escalar las montañas del Monte Olimpo desde las primeras horas del día.

La subida duró tres días completos.

Las rocas eran afiladas.

El aire se volvía cada vez más frío.

Y mientras avanzaban, las nubes comenzaron a rodearlos hasta quedar completamente envueltos por ellas.

Durante horas caminaron dentro de aquella niebla blanca.

Hasta que finalmente la atravesaron.

Cuando emergieron por encima de las nubes, el paisaje parecía de otro mundo.

El cielo era claro.

El sol iluminaba las montañas como si estuvieran flotando sobre el mundo.

Y allí arriba volaban aves extrañas.

Eran enormes.

Sus alas oscuras cortaban el aire lentamente.

Pero no atacaban.

Solo observaban.

El templario avanzaba con cautela.

Después de algunas horas explorando la zona, ocurrió algo inesperado.

Frente a ellos apareció algo imposible.

Un pueblo entero de gigantes.

Criaturas enormes caminaban entre construcciones de piedra gigantesca.

Casas del tamaño de torres.

Escaleras talladas directamente en la montaña.

Columnas colosales.

El joven templario sintió un escalofrío.

Recordó algo que había estudiado durante su entrenamiento con los templarios.

Un antiguo concepto de la Biblia.

Los Nephilim.

Seres gigantes que, según los textos antiguos, existieron antes del diluvio.

El templario miró a sus soldados.

—Debemos informar esto.

Se acercó a uno de ellos.

—Baja de inmediato y lleva esta información al general.

El soldado asintió sin discutir.

Giró y comenzó a descender la montaña tan rápido como pudo.

Mientras tanto, el templario y los otros dos hombres continuaron investigando el lugar.

Caminaron durante horas, escondiéndose entre las rocas, evitando ser vistos por los gigantes.

Hasta que finalmente encontraron algo aún más inquietante.

Un templo gigantesco.

Tallado directamente en la roca de la montaña.

En la entrada había dos enormes estatuas.

Un hombre.

Y una mujer.

Sus rostros tenían rasgos casi demoníacos.

Sus ojos de piedra parecían observar a cualquiera que se acercara.

Los tres hombres se miraron en silencio.

Luego entraron.

El interior del templo era oscuro.

Gigantescas columnas sostenían el techo.

En el centro del lugar había un altar antiguo.

Y sobre él…

un libro.

Un libro oscuro que emitía una extraña luz negra.

El templario lo reconoció inmediatamente.

Un texto prohibido.

Relacionado con Lilith.

Sabía que aquel libro era peligroso.

Si caía en las manos equivocadas, podría traer grandes problemas al mundo.

Se acercó lentamente.

Extendió la mano.

Y tomó el libro.

En ese instante…

una sombra enorme cubrió el templo.

Los tres templarios se giraron.

Un gigante estaba detrás de ellos.

La criatura tenía una presencia imponente.

Sus ojos brillaban con furia.

—¿Quién eres tú… —dijo con voz poderosa— que te atreves a desafiar a tu dios?

El templario lo miró fijamente.

El gigante levantó los brazos con orgullo.

—Yo soy Zeus.

—Dios de toda Grecia.

El templario soltó una pequeña risa.

—Tú no eres un dios.

El gigante frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

El templario levantó el libro oscuro.

—Eres un Nephilim.

—Uno de los gigantes que sobrevivieron escondidos después del diluvio.

El gigante rugió con furia.

Pero en ese instante el templario levantó el libro.

Una luz brillante emergió de él.

La luz llenó todo el templo.

El gigante quedó cegado.

Cayó de rodillas.

—¡Perdón! —gritó.

—¡Perdón!

El templario sostuvo el libro con firmeza.

Su mirada era fría.

—Escúchame bien.

El gigante levantó la cabeza lentamente.

—No quiero volver a escuchar que ustedes visitan a los humanos.

—No quiero volver a escuchar que se hacen pasar por dioses.

El templario comenzó a caminar hacia la salida del templo.

—Vivan aquí arriba.

—En su pequeño mundo.

—Hasta que la humanidad los olvide.

Se detuvo un momento antes de salir.

—Pero si vuelvo a escuchar rumores de que se hacen pasar por dioses…

Giró la cabeza lentamente.

—Volveré.

—Y traeré conmigo toda la ira de Dios.

El gigante bajó la cabeza en silencio.

El templario salió del templo con el libro oscuro en sus manos.

Había descubierto el secreto del Olimpo.

Y ahora tenía en su poder un objeto que muchos matarían por obtener.

Pero su misión aún no había terminado.

Debía regresar.

Debía llevar ese secreto lejos de aquella montaña.

Capítulo XI

La Luz de la Esperanza

Cuando el joven templario descendió del Monte Olimpo, encontró algo inesperado.

En las faldas de la montaña lo esperaba el general templario con varios soldados preparados para la guerra.

Escudos levantados.

Espadas listas.

Como si esperaran enfrentar a un ejército.

—¡Señor! —gritó uno de los soldados al verlo—. ¡Está vivo!

El general caminó hacia él con paso firme y mirada seria.

—Pensamos que algo había salido mal.

El joven respiró profundamente.

Su cuerpo estaba agotado después de todo lo ocurrido en la montaña.

Aun así, comenzó a explicar.

Les habló del pueblo de gigantes.

Les habló de los Nephilim.

Les habló del templo.

Y del libro oscuro relacionado con Lilith.

Cuando terminó, el silencio entre los templarios era absoluto.

Nadie decía una palabra.

Finalmente, el general habló.

—Esto debe ser investigado por la Iglesia.

Se cruzó de brazos mientras observaba la montaña.

—Necesitaremos un sacerdote enviado directamente por el Papa para revisar todo lo que existe en Atenas y sus templos.

El joven templario asintió.

Pero ahora que la tensión había terminado, su cuerpo comenzó a sentir el verdadero cansancio.

Mucho cansancio.

Se sentó sobre una roca en silencio.

En su mente solo había una pregunta.

¿Dios me protegió hoy?

Recordó la luz que había cegado al gigante.

Recordó cómo logró salir vivo de aquel templo.

Levantó la mirada hacia el cielo.

Y murmuró en voz baja.

—Gracias.

Aun así, sabía que aquel libro era demasiado peligroso para permanecer cerca de los hombres.

Tomó una decisión.

Preparó un mensaje urgente dirigido a su maestro.

Jacques de Molay.

En el mensaje explicaba todo lo ocurrido.

Y advertía que el libro debía guardarse con extremo cuidado.

Que jamás debía caer en manos equivocadas.

El libro fue enviado en una pequeña embarcación de encomienda rumbo a Roma.

Pero el general observaba todo en silencio.

Sus ojos seguían el barco mientras se alejaba lentamente del puerto.

Cuando la embarcación estuvo lo suficientemente lejos…

tomó una decisión.

Reunió a un solo soldado.

Ambos subieron a una pequeña balsa.

Remaron en silencio hasta alcanzar la embarcación.

El general tomó el libro.

Lo abrió por última vez.

Las páginas parecían respirar oscuridad.

Una presencia extraña parecía salir de ellas.

El general sacó una antorcha.

Y prendió fuego al libro.

Las llamas comenzaron a devorar lentamente las páginas negras.

El soldado lo miró sorprendido.

—¿Por qué hizo eso, señor?

El general observó el fuego hasta que el libro se convirtió en cenizas.

Luego respondió con calma.

—Porque era demasiado tentador para que existiera en este mundo.

Las últimas páginas se consumieron en el fuego.

—Incluso el mejor de los hombres podría corromperse con algo así.

El soldado permaneció en silencio unos segundos.

Luego hizo otra pregunta.

—Entonces… ¿por qué a él no le pasó?

El general sonrió levemente.

—Porque él ya me demostró que no es un hombre común.

Miró hacia el horizonte.

—Es algo más.

Cuando regresaron a la costa, el joven templario los esperaba.

El general caminó hacia él.

Se detuvo frente al muchacho.

—A partir de hoy… tendrás un nombre.

El joven lo miró sorprendido.

Había vivido toda su vida sin uno.

El general habló con voz firme.

—Lux Spei.

Hizo una pequeña pausa.

—La Luz de la Esperanza.

El templario quedó en silencio.

Nunca había tenido un nombre.

Finalmente sonrió.

—Es un honor que venga de usted.

El general extendió su mano.

—Yo soy Hugues de Payens.

—Y pocas veces he visto a un hombre hacer lo que tú hiciste.

Lux Spei inclinó la cabeza con respeto.

Aquella noche ambos se reunieron en una pequeña taberna de la ciudad.

La luz de las velas iluminaba las mesas de madera.

Mientras bebían en silencio, el general habló nuevamente.

—Ahora quiero que me cuentes algo.

Lux Spei levantó la mirada.

—¿Qué cosa, señor?

El general apoyó el vaso sobre la mesa.

—Lo que realmente pasó en Palermo.

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

—Porque estoy seguro…

hizo una pausa.

—de que el kraken no fue lo único que ocurrió allí.

Lux Spei sonrió levemente.

Y comenzó a contar la historia de los hombres lobo, la espada legendaria, y la batalla contra el Vákner.

La noche recién comenzaba.

Y con ella…

una historia aún más oscura.

El mensaje del general

Antes de que el barco partiera de Atenas, el general Hugues de Payens se retiró a un rincón del puerto.

Sacó un pequeño pergamino.

Y comenzó a escribir.

Cada palabra era precisa.

Cada línea, importante.

En el mensaje relataba todo lo ocurrido:

El kraken en el mar.

La batalla en Palermo.

Los hombres lobo.

El Vákner.

El ascenso al Olimpo.

Y el secreto de los gigantes.

Pero lo más importante…

no era el peligro.

Era el hombre.

Hugues se detuvo un momento.

Pensó en el joven templario.

En su valentía.

En su fe.

En cómo había enfrentado cosas que ningún hombre común podría soportar.

Entonces escribió una última línea:

—He encontrado a alguien diferente.

—Un guerrero… que no lucha por gloria, sino por fe.

—Creo que Dios lo ha elegido.

El general cerró el pergamino.

Lo ató con firmeza.

Y lo colocó en la pata de una paloma mensajera.

Antes de soltarla, la miró por un instante.

—Lleva esto al Gran Maestro.

La paloma alzó vuelo.

Desapareciendo en el cielo.

Muy lejos de allí, en tierras templarias…

Jacques de Molay recibió el mensaje.

Lo abrió lentamente.

Leyó cada palabra.

Cada batalla.

Cada descubrimiento.

Pero cuando llegó a la última parte…

se detuvo.

Sus ojos cambiaron.

Cerró el pergamino con calma.

Se dirigió hacia la lista oficial de caballeros templarios.

Tomó una pluma.

Y escribió un nuevo nombre.

Lux Spei.

La Luz de la Esperanza.

El Gran Maestro sonrió levemente.

—Entonces es cierto…

Miró hacia el cielo.

—La luz aún camina entre nosotros.

Capítulo XII

La sombra del océano

El viaje hacia Egipto había sido tranquilo durante varios días.

El mar estaba en calma.

El viento empujaba suavemente las velas del barco templario mientras avanzaban por las aguas del Mediterráneo.

Los marineros trabajaban con normalidad.

Algunos templarios vigilaban el horizonte.

Otros descansaban después de las largas jornadas en el mar.

Pero aquella noche…

algo cambió.

El barco se sacudió de repente.

Un golpe fuerte sacudió toda la estructura de madera.

Los marineros corrieron hacia la borda.

—¿Qué fue eso? —preguntó uno de ellos.

Otro golpe.

Esta vez más fuerte.

Las tablas del barco crujieron.

Lux Spei salió rápidamente a cubierta.

El general Hugues de Payens ya estaba allí.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lux Spei.

Uno de los marineros señaló el agua.

—Algo está debajo de nosotros.

Todos miraron al mar oscuro.

Entonces lo vieron.

Una sombra gigantesca moviéndose bajo el agua.

Era más grande que el propio barco.

El silencio cayó sobre la tripulación.

De pronto el océano explotó en una ola enorme.

Una criatura colosal emergió del agua.

Un tiburón monstruoso.

El legendario Megalodón.

Su cabeza era tan grande como la proa del barco.

Su mandíbula se abrió mostrando filas interminables de dientes gigantes.

Cada uno del tamaño de una espada.

El monstruo golpeó el barco con su enorme cuerpo.

La nave se inclinó violentamente.

—¡Defiendan el barco! —gritó el general.

Los templarios tomaron arpones, lanzas y cuerdas.

Los marineros comenzaron a lanzar los arpones hacia la criatura.

Algunos se clavaron en su piel.

Pero parecían simples agujas contra aquella bestia.

El Megalodón se sumergió nuevamente.

El agua quedó en silencio.

Demasiado silencio.

Lux Spei sabía que volvería a atacar.

—Prepárense —dijo.

Entonces el mar explotó otra vez.

La criatura emergió directamente frente al barco.

Abrió su enorme mandíbula para partir la nave en dos.

Lux Spei tomó un arpón.

Respiró profundamente.

Esperó el momento exacto.

El monstruo avanzaba directo hacia ellos.

Un segundo más.

Un segundo perfecto.

Lux Spei lanzó el arpón con todas sus fuerzas.

El arma voló por el aire.

Y se clavó directamente en el ojo del Megalodón.

La criatura rugió con una furia aterradora.

El océano entero parecía temblar con su grito.

La cuerda del arpón se tensó violentamente.

Los marineros intentaron sujetarla.

Pero la fuerza del monstruo era imposible de contener.

La cuerda se rompió.

El Megalodón se agitó violentamente.

Golpeó el agua con su enorme cola.

Luego comenzó a hundirse lentamente.

Desapareciendo en la oscuridad del océano.

El mar volvió a quedar en silencio.

Solo se escuchaba el viento golpeando las velas.

Nadie habló durante varios segundos.

Finalmente, uno de los marineros susurró:

—Sobrevivimos…

El general observó a Lux Spei.

—Otra vez nos salvaste.

Lux Spei miró el océano.

Sabía que el monstruo no estaba muerto.

Pero al menos…

habían sobrevivido.

Y el viaje hacia Egipto continuaba.

Capítulo XIII

La fe y el desierto (Parte 1)

Después de varios días de viaje por el mar, el barco templario finalmente llegó a las costas de Egipto.

El sol comenzaba a levantarse cuando los marineros divisaron tierra.

A lo lejos podían verse pequeñas construcciones de piedra, muelles de madera y barcos de comerciantes que iban y venían cargados de mercancías.

—¡Tierra a la vista! —gritó uno de los marineros.

Los templarios se acercaron a la borda.

El general Hugues de Payens observó el horizonte con atención.

—Ese es el puerto de Alejandría.

El barco entró lentamente al puerto.

El lugar estaba lleno de movimiento.

Mercaderes griegos.

Comerciantes árabes.

Caravanas preparándose para cruzar el desierto.

Especias, telas y oro cambiaban de manos en cada rincón del muelle.

Cuando el barco finalmente se detuvo, los templarios descendieron.

Lux Spei pisó la tierra de Egipto por primera vez.

El aire era diferente.

Caliente.

Seco.

Lleno de arena.

Mientras caminaban por el puerto escuchaban muchos idiomas diferentes.

El mundo parecía reunirse en aquel lugar.

El general reunió a los soldados.

—Nuestro viaje por mar termina aquí.

Señaló hacia el interior del país.

—A partir de ahora viajaremos por tierra.

—Nuestro destino es la meseta de Giza.

Prepararon provisiones, agua y animales de carga para cruzar el desierto.

El viaje por Egipto comenzó bajo el sol ardiente.

Durante varios días avanzaron lentamente sobre la arena caliente, guiados por comerciantes que conocían las rutas antiguas.

Finalmente llegaron a un lugar que parecía sacado de las historias más antiguas del mundo.

La meseta de Giza.

Allí se levantaban las gigantescas pirámides.

Colosales.

Silenciosas.

Las estructuras parecían desafiar al tiempo mismo.

Cerca de ellas existía un pequeño pueblo religioso.

Un lugar lleno de sacerdotes, brujos y hechiceros que hablaban de antiguos dioses con cabezas de animales.

Los nombres resonaban entre los templos y mercados:

Amón.

Osiris.

Isis.

Horus.

Anubis.

Set.

Thoth.

Cuando Lux Spei escuchó aquellos nombres, sus ojos brillaron con curiosidad.

Miró al general.

—¿Puedo ir a investigar?

El general Hugues de Payens lo observó durante unos segundos.

—Sí.

Luego agregó con firmeza:

—Pero no irás solo.

—Iré contigo.

Ambos caminaron por el pueblo observando templos, esculturas y símbolos grabados en piedra.

Finalmente encontraron una pequeña biblioteca llena de pergaminos antiguos.

Hablaron con el bibliotecario.

—Buscamos información sobre sus dioses —dijo el general.

El hombre trajo varios libros.

Historias.

Leyendas.

Relatos de poderes extraordinarios.

Pero después de un rato el bibliotecario bajó la voz.

—Si realmente quieren entender esto…

—deberían hablar con alguien más.

Lux Spei levantó la mirada.

—¿Quién?

El hombre miró hacia el desierto.

—Un hombre que vive en las afueras del pueblo.

—Es uno de los pocos que cree en un solo Dios.

—Dice ser descendiente de uno de los tres reyes magos.

—Del rey Baltasar.

Los templarios se miraron entre sí.

La curiosidad pudo más.

Decidieron ir a buscarlo.

La fe y el desierto (Parte 2)

Después de caminar por el desierto durante un largo rato, encontraron una pequeña casa humilde hecha de piedra y barro.

Lux Spei golpeó la puerta.

Un hombre abrió lentamente.

—Soy Berniz, descendiente de Baltasar.

Al ver a los templarios abrió los ojos con sorpresa.

—Pasen… a mi humilde morada.

Ambos entraron y tomaron asiento.

El general habló primero.

—Buscamos información sobre los dioses de Egipto.

Berniz los observó con curiosidad.

—Es extraño que caballeros templarios busquen ese tipo de conocimiento.

Luego suspiró.

—Pero si eso quieren escuchar… les contaré.

El hombre explicó que esos dioses poseían poderes enormes.

Magia capaz de destruir pueblos enteros.

Magia que mantenía al pueblo bajo miedo y devoción.

—Nadie ha logrado derrotarlos —dijo.

Lux Spei lo interrumpió.

—¿Y si existiera una forma de matarlos?

Berniz lo miró fijamente.

—Sí.

—Pero no con espadas.

—Ni con fuerza.

—Solo con magia.

Lux Spei se inclinó hacia adelante.

—¿Qué tipo de magia?

Berniz respondió con calma.

—La magia del Señor eterno… creador de todo.

—La magia que nace de la fe.

El corazón de Lux Spei comenzó a latir más rápido.

—¿Puedes enseñarme?

Berniz sonrió levemente.

—Sí.

—Puedo enseñarte.

Lux Spei miró al general.

—¿Cuándo empezamos?

El general suspiró y se tomó la cabeza.

—Esto tomará demasiado tiempo.

—Deberíamos continuar la misión.

Pero Lux Spei respondió con determinación.

—No quiero que un país entero viva en ignorancia.

—Si esos falsos dioses usan el miedo para dominar al pueblo…

—entonces quiero liberar Egipto.

El general lo observó en silencio.

Finalmente habló.

—Está bien.

—Pero no tardes demasiado.

—Volveré con los soldados.

—Tú quédate aquí y aprende.

A la mañana siguiente el entrenamiento comenzó.

Muy temprano.

El sol apenas aparecía sobre el desierto.

Berniz habló con calma.

—La magia verdadera no se aprende con palabras.

—Se aprende con fe.

Lux Spei se sentó en la arena.

Cerró los ojos.

Berniz continuó hablando.

—Debes creer en el poder que Dios puso dentro de ti.

—Recordar la humildad de Jesucristo.

—Y confiar en tu espíritu.

—Solo así despertarás la luz interior.

Lux Spei comenzó a meditar.

Respiró lentamente.

El silencio del desierto lo rodeó.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba luchando contra monstruos.

Estaba luchando contra algo más difícil.

Dominar su propio espíritu.

Y en lo profundo de su mente…

algo comenzó a despertar.

Una luz.

Pequeña.

Pero poderosa.

La misma luz que algún día haría honor a su nombre.

Lux Spei.

La Luz de la Esperanza.

Capítulo XIV

La batalla de los falsos dioses

Había pasado un mes completo.

Durante ese tiempo, Lux Spei entrenó cada día con Berniz, el descendiente del rey Baltasar.

Como Lux Spei ya conocía muchos textos religiosos gracias a su entrenamiento templario, el aprendizaje fue más rápido de lo que Berniz imaginaba.

Aprendió a meditar.

Aprendió a sentir la luz interior.

Aprendió a invocar la magia divina.

Cada día su espíritu se volvía más fuerte.

Mientras tanto, el general Hugues de Payens enviaba informes constantes mediante palomas mensajeras.

Muy lejos de allí, al leer esas noticias, el Gran Maestro Jacques de Molay comenzó a preocuparse.

Si lo que decían los mensajes era cierto…

se acercaba una batalla enorme.

Entonces tomó una decisión.

Iría personalmente.

Cuando Lux Spei terminó su entrenamiento, se despidió de Berniz.

—Gracias por todo lo que me enseñaste.

Berniz lo miró con orgullo.

—No.

—Gracias a ti por permitirme entrenar a un hombre tan devoto.

Se abrazaron.

—Que Dios te acompañe.

Lux Spei regresó al campamento templario.

Pero cuando llegó ocurrió algo inesperado.

Alguien lo estaba esperando.

Su maestro.

Jacques de Molay.

Lux Spei corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Maestro…

Jacques de Molay sonrió.

—Estoy aquí para ayudarte en esta cruzada.

Lux Spei miró a los soldados templarios reunidos.

Pidió sus espadas y escudos.

Uno por uno los bendijo.

—Que esta batalla nos recuerde que la esperanza nunca muere.

Frente a ellos se levantaba la más grande de las pirámides.

La Gran Pirámide de Giza.

El supuesto hogar de los dioses.

Lux Spei habló con determinación.

—Entraré primero.

—Intentaré evitar la batalla.

Jacques de Molay negó con la cabeza.

—No seas soberbio, mi aprendiz.

Lux Spei lo miró sorprendido.

—Esa mentalidad la tienen los enemigos más peligrosos del mundo.

Luego puso una mano en su hombro.

—Confía en nosotros, como nosotros confiamos en ti.

Lux Spei bajó la cabeza.

—Tiene razón, maestro.

Los tres entraron juntos.

Lux Spei.

Jacques de Molay.

Hugues de Payens.

Descendieron por los túneles de la pirámide.

La oscuridad se volvía cada vez más pesada.

El aire era denso.

Difícil de respirar.

No sabían si caminaban hacia arriba…

o hacia abajo.

Hasta que finalmente vieron una luz.

Una enorme cámara secreta.

Y allí estaban.

Los supuestos dioses de Egipto.

Osiris.

Isis.

Horus.

Set.

Thoth.

Pero lo que vieron no era divino.

Era oscuridad pura.

Lux Spei intentó hablar.

—Esto no tiene que terminar en guerra.

Pero Osiris lo interrumpió.

—Deja de hablar.

Con una sonrisa cruel lanzó varias espadas al suelo.

—Tus soldados ya están muertos.

Lux Spei giró rápidamente.

Miró a Jacques de Molay.

El maestro lo observó con calma.

—Yo estoy vivo.

—Y si llegamos hasta aquí…

—ellos también estarán luchando por sobrevivir.

Esas palabras devolvieron la esperanza a Lux Spei.

Se giró nuevamente hacia los falsos dioses.

Y atacó.

La batalla comenzó.

La magia oscura llenó la sala.

Sombras vivas se movían por las paredes de la pirámide.

Pero Lux Spei comenzó a notar algo importante.

Su magia de luz debilitaba a las criaturas.

Ellos necesitaban oscuridad para ser fuertes.

Entonces tomó una decisión.

Concentró toda su energía.

Recordó las palabras de Berniz.

Recordó la fe.

Recordó la luz.

Y liberó una explosión gigantesca de luz.

La cámara entera se iluminó como si hubiera nacido un nuevo sol dentro de la pirámide.

Los falsos dioses gritaron de dolor.

Sus cuerpos comenzaron a debilitarse.

Ese fue el momento.

Jacques de Molay y Hugues de Payens levantaron sus espadas.

En un movimiento rápido…

derrotaron a Set y Thoth.

Los otros dioses cayeron de rodillas.

No se rendían ante Dios.

Se rendían ante el poder que acababan de presenciar.

Lux Spei levantó la voz.

—Nunca más saldrán de esta pirámide.

—Nunca más gobernarán a los humanos.

—Nunca más se harán pasar por dioses.

Las criaturas bajaron la cabeza.

Sus cuerpos comenzaron a endurecerse.

Piedra.

Se convirtieron en estatuas eternas.

El silencio volvió a la cámara.

Jacques de Molay y Hugues de Payens se miraron.

—Debemos sellar esta entrada —dijo el general.

Lux Spei asintió.

—Que este lugar quede cerrado para siempre.

Mientras salían de la pirámide, Jacques de Molay habló con calma.

—Que este lugar quede como recuerdo.

—Un recordatorio de que solo existe un verdadero Dios.

Lux Spei miró el cielo del desierto.

Recordó las palabras de su maestro.

Y pensó en aquel hombre que enseñó humildad al mundo.

Jesucristo.

La batalla había terminado.

Pero la leyenda de Lux Spei

apenas comenzaba.

Capítulo 15

Después de la tormenta

Cuando Lux Spei, Jacques de Molay y Hugues de Payens salieron de la Gran Pirámide de Giza, el aire del desierto volvió a llenar sus pulmones.

Estaban agotados.

Pero la batalla había terminado.

De pronto escucharon gritos.

Los soldados templarios que estaban fuera corrieron hacia ellos.

El falso dios había mentido.

Ninguno de los soldados estaba muerto.

Muchos estaban heridos y apenas podían mantenerse de pie, apoyándose unos en otros, pero seguían vivos.

Lux Spei sonrió al verlos.

Los templarios ayudaron a los heridos y los llevaron de regreso al campamento.

Esa noche nadie habló demasiado.

El fuego iluminaba las tiendas mientras algunos soldados curaban heridas y otros simplemente dormían.

Todos estaban cansados.

Pero sabían que habían sobrevivido a algo que muy pocos hombres en la historia habrían enfrentado.

Habían entrado en la pirámide.

Habían visto a los falsos dioses.

Y habían sobrevivido.

A la mañana siguiente, después de descansar, los templarios decidieron ir al pueblo cercano a la meseta de Giza para comprar provisiones.

Pero cuando estaban a punto de partir…

una voz resonó en el aire.

—¡Deténganse!

Los templarios miraron a su alrededor.

No había nadie.

La voz volvió a escucharse.

—No vayan al pueblo.

Lux Spei reconoció la voz de inmediato.

—Berniz…

La voz continuó, suave pero clara.

Era Berniz, el descendiente de Baltasar, usando la magia de la luz para comunicarse con ellos desde la distancia.

—Los aldeanos ya saben lo que pasó en la pirámide.

—Están muy enojados.

—Creen que ustedes destruyeron a sus dioses.

Jacques de Molay frunció el ceño.

—Pero necesitamos provisiones.

—¿Cómo podremos abastecernos si no podemos entrar al pueblo?

Hubo unos segundos de silencio.

Luego la voz de Berniz respondió.

—Yo les llevaré lo que necesiten.

—Comida.

—Agua.

—Medicinas.

—Pero por favor…

—No vayan al pueblo.

—Necesitan tiempo para calmarse.

Lux Spei miró a su maestro.

Jacques de Molay suspiró.

—Está bien.

Luego habló hacia el viento del desierto.

—Agradecemos tu ayuda, Berniz.

La voz respondió con calma.

—Dios los acompaña.

El silencio volvió al desierto.

Los templarios se quedaron en el campamento esperando.

Sabían que la batalla había terminado.

Pero también sabían algo más.

Cuando los hombres destruyen las creencias de un pueblo…

las heridas no desaparecen fácilmente.

Lux Spei miró hacia las pirámides que se alzaban en el horizonte.

Aquellas piedras gigantes ahora guardaban un secreto que nadie más debía descubrir.

Pero en su interior sentía que algo nuevo había comenzado.

Había aprendido el poder de la luz.

Había derrotado a falsos dioses.

Y ahora el mundo empezaba a cambiar.

Porque donde antes había oscuridad…

ahora comenzaba a nacer la luz.

Lux Spei.

La Luz de la Esperanza.

Capítulo XVI

La costa maldita

Después de recibir los suministros en Egipto, los templarios retomaron su misión principal.

Debían encontrar el antiguo Evangelio de Tomás.

Su nuevo destino era la lejana Costa de Malabar.

El viaje fue largo.

Semanas enteras navegando por mares desconocidos.

Tormentas.

Silencios.

Noches donde el océano parecía esconder algo más que agua.

Finalmente, el barco llegó a las costas tropicales del sur de la India.

El aire era húmedo.

El calor, intenso.

Y la vegetación… completamente distinta a todo lo que habían visto antes.

Pero apenas desembarcaron…

ocurrió algo extraño.

Lux Spei se detuvo.

Había visto algo.

Una figura.

Parada junto a un hombre del puerto.

La figura sonreía.

Como si los estuviera esperando.

—Ya llegaron… —dijo la sombra con una risa suave.

Y entonces…

desapareció.

Lux Spei se giró rápidamente.

—¿Vieron eso?

Jacques de Molay respondió primero.

—Sí.

Luego entrecerró los ojos.

—Lo más extraño…

—es que parecía saber que veníamos.

Los templarios continuaron su camino hacia el pueblo cercano.

Pero el lugar tenía algo inquietante.

Las calles estaban vacías.

Las casas abiertas.

Puertas que se movían lentamente con el viento.

Como si todos hubieran desaparecido de un momento a otro.

Un pueblo muerto.

Decidieron entrar a una pequeña posada abandonada.

Pasarían la noche allí.

Investigarían al amanecer.

Pero cuando llegó la mañana…

algo estaba mal.

Muchos soldados despertaron con ojeras profundas.

Dolor de cabeza.

Sin energía.

Como si algo los hubiera drenado durante la noche.

Jacques de Molay miró a Hugues de Payens.

—Ya vimos esto antes.

Hugues asintió con gravedad.

—Sí.

—Son demonios.

Lux Spei abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo lo saben?

Ambos maestros intercambiaron una mirada.

Hugues habló con voz firme.

—Hace muchos años enfrentamos algo parecido.

—En Transilvania.

—Una guerra contra vampiros.

—Una batalla tan brutal…

—que nos ganamos nuestro lugar como caballeros templarios.

Jacques levantó una mano.

—Esa historia te la contaremos otro día.

—Ahora debemos concentrarnos.

Lux Spei pensó por un momento.

—Maestro…

—¿Cuál es la diferencia entre un vampiro y un demonio?

Jacques suspiró, algo cansado.

—Eso estaba en los textos que te di.

Luego respondió con calma.

—Un vampiro se alimenta de la sangre humana.

—Un demonio se alimenta de la energía vital.

—El efecto puede parecer el mismo…

—pero el origen es diferente.

Lux Spei inclinó la cabeza.

—Perdón, maestro.

Jacques lo miró.

—No te preocupes.

—Solo estamos cansados.

Hugues intervino:

—Primero debemos encontrar el Evangelio de Tomás.

Pero Lux Spei negó lentamente.

—Primero salvaremos este pueblo.

Los tres caminaron hacia la iglesia del lugar.

La puerta estaba entreabierta.

Cuando entraron…

el aire cambió.

Frío.

Pesado.

Oscuro.

Lo que vieron fue terrible.

Altares destruidos.

Símbolos oscuros dibujados en las paredes.

Marcas de sacrificios rituales.

Señales claras de corrupción.

De algo… no humano.

En el centro del altar había un libro.

Un libro enorme.

Cubierto con lo que parecía piel humana.

La portada tenía un nombre grabado.

Codex Gigas.

El aire a su alrededor era insoportable.

Tristeza.

Ansiedad.

Desesperanza.

Era como si el libro absorbiera la energía de todos los que se acercaban.

Lux Spei dio un paso hacia él.

Entonces lo sintió.

Una presencia.

Alguien…

o algo…

los observaba desde la oscuridad.

Antiguo.

Condenado.

Vivo… de una forma que no debería existir.

Las sombras comenzaron a moverse.

Y de entre ellas…

apareció.

Una figura espectral.

Sus ojos brillaban con un odio profundo.

Su forma era inestable.

Como si estuviera hecha de humo y dolor.

El guardián del libro.

Los templarios sintieron cómo su energía comenzaba a drenarse.

Sus fuerzas desaparecían poco a poco.

Incluso respirar se volvía difícil.

Lux Spei apretó los dientes.

Sabía lo que era.

Un demonio.

Y no uno cualquiera.

Uno antiguo.

Uno fuerte.

Uno que había estado esperando.

La figura habló con una voz que no parecía humana.

—Este lugar…

—ya no pertenece a los vivos.

El silencio cayó como una sentencia.

Y entonces…

Lux Spei dio un paso al frente.

La luz comenzó a despertar dentro de él.

La verdadera batalla de la Costa de Malabar

Capítulo XVII

La caída del maestro

El alma en pena avanzó lentamente desde la oscuridad de la iglesia.

Su presencia hacía que el aire se volviera pesado.

Difícil de respirar.

Entonces habló…

con una voz que parecía venir de muchos lugares al mismo tiempo.

—Jacques de Molay…

—Hugues de Payens…

—y Lux Spei…

—Sé por qué han venido a la Costa de Malabar.

Los tres templarios se tensaron.

—Han venido por el Evangelio de Tomás.

Lux Spei dio un paso adelante.

Pero el espectro continuó:

—Pero no solo está ese evangelio…

—Aquí hay otros evangelios ocultos.

—Evangelios que cambiarían la religión del Vaticano.

—Verdades que la humanidad no está preparada para conocer.

El espíritu bajó la mirada.

Su voz se volvió más humana.

Más triste.

—Yo fui un hombre alguna vez…

—Un monje que permitió que el diablo lo poseyera…

—para escribir ese libro.

Señaló el altar.

El Codex Gigas parecía latir con una oscuridad viva.

—Ahora estoy condenado…

—Condenado a protegerlo por toda la eternidad.

Luego levantó la cabeza.

Sus ojos ardían.

—Abandonen su cruzada.

—Únanse a nosotros.

—Gobernemos juntos lo que Dios abandonó.

El silencio fue absoluto.

Entonces Lux Spei avanzó.

—¡Nunca!

Su voz resonó en toda la iglesia.

—Nunca nos uniremos a una herejía como esa.

—Dios jamás nos abandona.

—Ni siquiera en los momentos más oscuros.

—Sus manos son como grandes alas que nos protegen del mal.

Hugues de Payens habló también.

—Lux Spei tiene razón.

Pero Jacques de Molay

guardó silencio.

Lux Spei lo miró.

Algo no estaba bien.

Entonces Jacques habló en voz baja.

—Vamos.

—Debemos crear un plan.

—Esto no será fácil.

Hugues asintió.

—Reagrupémonos.

Los tres salieron de la iglesia y entraron en una caverna cercana.

Pero Jacques se quedó un momento afuera.

Observó a los soldados.

Muchos estaban débiles.

Algunos apenas conscientes.

Otros… al borde de la posesión.

La oscuridad ya los estaba consumiendo.

Finalmente entró en la cueva.

Lux Spei y Hugues discutían estrategias.

Pero Jacques los interrumpió.

—¿Por qué no pensamos en aceptar su oferta?

El silencio cayó como una espada.

Lux Spei levantó la mirada lentamente.

Sus ojos llenos de incredulidad.

—Voy a pensar…

—que nunca dijiste eso.

—Sigamos con el plan.

Hugues tenía lágrimas en los ojos.

No quería creer lo que escuchaba.

Intentó ignorarlo.

Pero Jacques insistió.

—El Vaticano nos traicionará.

—Lo vi en un sueño.

—Estos evangelios jamás saldrán a la luz.

—No entiendo cuál es el objetivo de esta misión.

Hugues se levantó lentamente.

No dijo nada.

Salió de la cueva con la cabeza baja.

Afuera, vio a los soldados debilitados.

Levantó la mirada al cielo.

—Dios…

—¿Este será el fin de nuestra aventura?

Dentro de la cueva…

Lux Spei enfrentó a su maestro.

—¿De verdad quieres terminar con la esperanza de este mundo?

—La luz es lo que nos mantiene vivos.

—La luz es lo que nos hace amar.

—Tener hijos.

—Luchar cada día.

—Eso es Dios.

—Dios vive en cada uno de nosotros.

Lux Spei respiró profundo.

—Será mejor que te vayas.

—Yo continuaré con la misión.

Jacques salió de la cueva.

Desesperado.

Afuera encontró a Hugues.

—¿Y tú qué piensas?

Hugues giró el rostro.

Luego le entregó su espada.

—Si voy a morir aquí…

—que sea con honor.

—Y con amor por las personas.

—Como lo hizo Jesucristo.

Jacques no respondió.

Se subió a su caballo.

Pero en ese momento…

algo terrible ocurrió.

El caballo cambió.

Su pelaje se volvió negro como la noche.

Sus ojos ardieron en rojo.

Una oscuridad lo envolvió todo.

Jacques de Molay no miró atrás.

Cabalgó hacia la sombra.

Hacia algo que ya no era humano.

Dentro de la cueva, Hugues regresó con Lux Spei.

—¿Cuál es el plan?

Lux Spei respondió con calma.

—Primero debemos orar.

—Para que Dios perdone a Jacques.

Hugues suspiró.

—Pero él conoce todas nuestras estrategias.

—Todos nuestros movimientos.

Lux Spei lo miró a los ojos.

—Lo sé.

—Pero tenemos al soldado más poderoso de todos.

Hugues frunció el ceño.

—¿Cuál?

Lux Spei respondió con serenidad:

—Dios.

—Él nos guió hasta aquí.

—Nos dio la fuerza en cada batalla.

—Y la sabiduría en cada decisión.

—Sin Él…

—jamás habríamos llegado tan lejos.

Lux Spei apagó la última vela.

La cueva quedó en oscuridad.

—Descansaremos ahora.

—Mañana…

—decidiremos cómo enfrentar esta batalla.

Porque ahora todo había cambiado.

Ya no solo lucharían contra demonios.

Ahora…

deberían enfrentarse a su propio maestro.

Jacques de Molay.

Capítulo XVIII

El anillo de la luz

Las oraciones de Lux Spei y Hugues de Payens llenaron la noche.

Los templarios rezaban con una fe tan intensa…

que la oscuridad comenzó a retroceder.

Uno a uno, los soldados recuperaron sus fuerzas.

La energía demoníaca que los consumía desapareció.

El aire volvió a ser respirable.

La esperanza… regresaba.

Lux Spei se levantó lentamente.

Tomó su espada.

No tenía un plan.

Solo tenía fe.

—Hermanos… —dijo con voz firme—

—Acompáñenme en esta batalla por la esperanza de este mundo.

Los templarios montaron sus caballos.

Estaban listos.

Entonces…

el cielo se abrió.

Una luz gigantesca descendió desde las nubes.

El mundo quedó en silencio.

De esa luz apareció…

el Arcángel Uriel.

Nadie se movió.

Nadie habló.

Uriel descendió frente a Lux Spei.

En su mano llevaba un anillo antiguo.

—Este es el anillo entregado al rey Salomón

—para dominar demonios.

Colocó el anillo en la mano de Lux Spei.

—Te ayudará en esta batalla.

Luego su expresión cambió.

Se volvió grave.

—Pero esta vez no podremos acompañarte.

Lux Spei lo miró confundido.

—¿Por qué?

Uriel respondió:

—Lucifer está preparando un ataque contra el Reino de Dios.

—Debemos defender los cielos.

—Este anillo te dará poder…

—pero su fuerza dependerá de tu fe, amor y esperanza.

En ese instante…

una grieta se abrió en la iglesia.

Oscura.

Profunda.

De ella comenzaron a caer demonios.

Habían venido por el libro.

Uriel levantó su mano por última vez.

—Que Dios te acompañe…

—y a todos tus hermanos.

Y desapareció.

Lux Spei miró el anillo.

Brillaba con una luz dorada.

Cuando lo activó…

algo cambió.

Todas las espadas templarias comenzaron a brillar.

Una luz pura.

Divina.

La esperanza recorrió a cada soldado.

Incluso en el pueblo…

las personas comenzaron a liberarse de la oscuridad.

Entonces cabalgaron hacia la batalla.

La guerra fue brutal.

Sin piedad.

Templarios contra demonios.

Espadas de luz contra garras oscuras.

Gritos.

Fuego.

Sangre.

Lux Spei avanzaba como un rayo.

Cada golpe suyo era preciso.

Cada movimiento, inevitable.

Cada vez que levantaba su espada…

un demonio caía.

Finalmente llegó frente al altar.

Frente al Codex Gigas.

Lux Spei gritó:

—¡Jacques de Molay!

—¡Enfréntate a mí!

Silencio.

Entonces…

una figura emergió de las sombras.

La misma sombra del puerto.

—Él no está aquí.

Lux Spei frunció el ceño.

—¿Dónde está?

La sombra respondió lentamente:

—Está…

—donde debe estar.

Lux Spei comprendió.

No había tiempo.

Levantó su espada.

—Entonces destruiré ese libro.

Pero el guardián apareció.

Atacó con violencia.

De un solo golpe…

mató al caballo de Lux Spei.

El templario cayó al suelo.

La batalla comenzó.

El guardián era rápido.

Impredecible.

Se movía entre las sombras.

Atacaba desde la espalda.

Desaparecía.

Aparecía.

Sus golpes caían como latigazos.

Pero Lux Spei no retrocedía.

Observaba.

Esperaba.

Aprendía.

Sabía que todo enemigo repite un patrón.

Y cuando lo hiciera…

sería su oportunidad.

Entonces ocurrió.

El guardián atacó de la misma forma.

Lux Spei reaccionó.

Levantó su espada.

Y atacó con todo.

El golpe fue definitivo.

La hoja atravesó su cuerpo…

desde la costilla hasta el cuello.

Partiéndolo en dos.

El guardián cayó.

Lux Spei levantó su espada.

Golpeó el libro.

Nada.

Volvió a golpear.

Nada.

El libro no podía destruirse.

Entonces recordó.

El anillo.

Colocó el Anillo de Salomón sobre el Codex Gigas.

Luego lo rodeó con cadenas sagradas.

La luz comenzó a expandirse.

El libro gritó.

Sí.

Gritó.

Como si estuviera vivo.

Y finalmente…

quedó sellado.

Para siempre.

En ese instante…

todo terminó.

Los demonios desaparecieron.

La maldición del pueblo se rompió.

Las personas volvieron a la normalidad.

El silencio regresó.

Lux Spei salió de la iglesia.

Los templarios que sobrevivieron…

celebraron.

Habían ganado.

Pero a un costo alto.

Más tarde, en la cabaña…

Hugues habló en voz baja.

—¿Fue difícil matar a Jacques?

Lux Spei negó lentamente.

—No peleé con él.

—El guardián luchó conmigo.

—Solo dijo una cosa…

—“Él está donde debe estar”.

Hugues levantó la mirada.

—Entonces…

—la batalla está en los cielos.

Lux Spei abrió los ojos.

Comprendió.

—Debí detenerlo…

—no dejarlo ir.

Un sacerdote se acercó lentamente.

Sus manos temblaban.

Sus ojos estaban llenos de duda.

Se detuvo frente a Lux Spei.

—¿Qué hago con los evangelios?

El silencio se apoderó del lugar.

Los templarios observaron a Lux Spei.

Ahora…

todos esperaban su decisión.

Hugues de Payens también lo miró.

Sabía que ese momento…

definiría el rumbo de todo.

Lux Spei sostuvo su mirada.

Luego habló con calma.

—Tú viste el peligro de ese libro.

—Ocúltalo.

—No le digas a nadie dónde está.

Hizo una pausa.

Su voz se volvió más profunda.

—Y los evangelios…

—léelos.

—Predica esa palabra.

—Porque si llegan al Vaticano…

—los destruirán.

El sacerdote bajó la cabeza.

—Nunca quise entregarlos.

—Los tengo conmigo.

—Los llevaré a Etiopía.

—Allí aún siguen la verdadera fe.

Lux Spei asintió.

—Eso me sirve.

Hugues preguntó:

—¿Qué le diremos al Vaticano?

Lux Spei respondió con calma:

—Que llegamos tarde.

—Que los demonios destruyeron los evangelios.

—Y que nosotros destruimos el libro.

Así terminó la misión en la Costa de Malabar.

Pero la historia…

no había terminado.

Porque en los cielos…

se libraba una guerra mucho más grande.

Y en ella…

Jacques de Molay ya había tomado una decisión.

EPÍLOGO — EL SECRETO

Los evangelios son enviados lejos del Vaticano.

La verdad queda oculta.

Pero en los cielos…

una guerra mayor acaba de comenzar.

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