Capítulo 1:De sangre y paginas rotas
MUNDO ACTUAL (Siglo XXI)
El sabor a cobre me lena la boca. Mi camiseta blanca ahora es un mapa de rojo oscuro y cada respiración raspa en mi pecho como si hubiera vidrios rotos dentro. Estoy en el piso de mi habitación, bueno a lo que puedes llamar habitación, un pequeño cubículo con algunas cosas que no son de valor, la madera está fría contra mi mejilla ensangrentada, mientras trato de desenfocar la mirada veo hacia la esquina debajo de la cama - allí, entre polvo y sombras, yace un libro con la cubierta desgastada hasta dejarlo irreconocible.
''Las gemelas de Aeloria''
Lo recuerdo como si fuera ayer: tenía siete años cuando mi madre me lo regaló, antes de que se fuera de casa y me abandonara con el monstruo de padre que tengo. Pasaba horas entre sus páginas, leyendo y releyendo la historia de las dos hermanas que nacieron bajo astros opuestos- una de luz, bendecida por el sol;la otra de sombra, marcada por la luna. Siempre odié cómo terminaba: con la hermana de la sombra sola, derrotada por la que nunca la buscó, clavada contra un árbol de hielo mientras el protagonista masculino la miraba con desprecio, como si matarla arreglará todos sus problemas.
Ahora, con los dedos temblando, trato de estirarme hacia él, pero el dolor me atraviesa hasta los huesos. Escucho sus pasos en el pasillo —pesados, seguros, como siempre. Sé que está a punto de abrir la puerta por el chirrido del hierro viejo de la bisagra. Ya no tengo fuerzas para luchar, ni ganas de seguir resistiendo, ojala muera de una vez así el paga con las consecuencias de sus acciones . -Estoy cansada de esta vida. Son mis últimas palabras, susurradas al suelo frío. Los ojos se me cierran como cortinas pesadas, y la última cosa que veo es la cubierta del libro, donde una sombra negra se arrastra hacia una luz dorada que nunca la alcanzará.
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El frío es lo primero que siento. No es el frío del suelo de mi casa, sino un escalofrío húmedo que se mete por los agujeros de una túnica de lana rasgada. Mi cuerpo es más pequeño, más delgado —los dedos que muevo frente a mis ojos son pequeños, con uñas rotas y piel raspada por callosidades que no deberían tener ocho años. Estoy en un callejón estrecho, entre muros de piedra húmeda cubiertos de musgo y grafitis indecifrables. El cielo es un techo de color brea, y el único sonido es el goteo de agua de los aleros y el crujir de madera en alguna parte lejana. Mi cabeza da vueltas como una piedra en un cubo, y cuando toco mi costado, siento un dolor agudo que me hace gemir —hay un vendaje sucio allí, empapado de algo cálido que no me atrevo a revisar. En mi mano izquierda, apretada con fuerza como si fuera un amuleto, hay una hoja de papel amarillento. Las letras están escritas con tinta negra que parece bailar cuando la miro:
Tienes una segunda oportunidad. Vive por mí.
En ese instante, el mundo se rompe en mil pedazos y se vuelve a armar. Imágenes que no son mías invaden mi mente: un bebé envuelto en una manta negra, arrojado por encima de los muros del castillo; manos callosas que me levantan del barro de un callejón; la sensación de mover la sombra de un barranco para esconderme de un guardia; el sabor de pan duro y agua sucia; el llanto silencioso en una noche de luna llena mientras miro hacia las torres doradas de un palacio que nunca podré tocar.
Nyx.
Ese es mi nombre ahora. Nyx, la hermana olvidada de Lumen, la hada de la sombra que está destinada a morir sola en las páginas de un libro que ya conozco de memoria. Me siento contra el muro, la cabeza entre las manos, y una risa irónica se escapa de mi garganta seca. -Claro. Claro que tenía que reencarnar en ella. En la villana del cuento, en la que todos odian, en la que está condenada a ser el sacrificio necesario para que la princesa de la luz viva feliz.
¡Qué mierda de suerte! pienso, mordiéndome el labio hasta sentir sabor a sangre —esta vez, sangre que es mía, o que ahora lo es. Pero entonces recuerdo la carta, las palabras que quemaron mi piel al leerlas: Vive por mí. Y la voz de la niña que fue Nyx suena en mi cabeza, débil pero firme: No quiero morir sola.
Bueno, pues ni muerta.
Me apoyo en el muro para levantarme, y cada músculo protesta. Mi estómago ruge con una furia que me hace marear —no sé cuánto tiempo ha pasado desde que comió algo la última vez. Hay un olor a pan recién hecho que viene de la calle principal, mezclado con humo de leña y el amargo aroma de las cervezas de algún tabernero.
Misión número uno: encontrar algo para comer. Misión número dos: no dejar que esta segunda vida sea tan de mierda como la primera.
Con los ojos bien abiertos y las manos listas para mover cualquier sombra que esté a mi alcance, salgo del callejón hacia la luz tenue de la calle.
Mientras camino entre las calles adoquinadas de los barrios bajos, los recuerdos del libro vuelven a mí como un río que se desborda. Cierro los ojos por un instante y veo las palabras como si estuvieran escritas en el aire:
…Y así nació Lumen, hija del sol, con piel de oro y alas de cristal. Todo el reino de Aeloria celebró su llegada, pues los augures habían dicho que ella traería la paz eterna. Pero su hermana gemela, Nyx, nació envuelta en sombras, y el Rey Solaris, temiendo que la maldición de las antiguas tinieblas la consumiera, ordenó que la llevaran lejos del palacio y abandonaran en los barrios más bajos de la ciudad…
¡Claro, claro! pienso, esquivando un charco de agua sucia. El padre modelo que arroja a su propia hija a la basura porque le da miedo el color de su magia. Qué original.
Las páginas siguen pasándose en mi mente:
…Años pasaron, y Nyx creció entre criminales y mercenarios, aprendiendo a usar su magia negra para robar y matar. Mientras tanto, Lumen se entrenaba para ser la reina perfecta, amada por todos. Cuando Nyx volvió al palacio para vengarse de los que la abandonaron, fue derrotada por la magia de su hermana y el amor de un protagonista masculino, quien la clavó contra el Árbol de Hielo para que su sombra nunca más amenazara a Aeloria…
Me detengo en medio de la calle y me río a carcajadas, aunque la risa se me queda en la garganta por el hambre. Matar? Robar? Con lo que he visto en los recuerdos de Nyx, la única cosa que ha robado en su vida es un pan duro para no morir de hambre, y la única vez que usó su magia contra alguien fue para proteger a una niña más pequeña que ella de un mercenario borracho.
Pues bien, señor escritor del libro, te tengo una noticia —esta villana no va a seguir tu guión.
Continuo caminando, buscando la fuente del olor a pan. Al final de la calle, hay una plaza pequeña donde unos mercaderes han puesto sus puestos de madera. Uno de ellos tiene cestas llenas de panecillos dorados, y el vendedor está distraído hablando con una mujer de vestido oscuro.
Perfecto, pienso, agachándome para moverme entre la gente como una sombra más. He visto a Nyx hacerlo mil veces en sus recuerdos: agarrar lo necesario y desaparecer antes de que nadie note. Me acerco sigilosamente al puesto, extiendo la mano hacia una cesta…
Pero algo se mueve en la esquina de mi ojo. Un grupo de figuras imponentes ha entrado en la plaza, montadas en caballos de pelaje oscuro y armaduras que brillan con reflejos cobrizos. Sus capas son de color rojo fuego, y en sus pechos llevan un emblema de un fénix que parece estar a punto de despegarse de la tela.
La nobleza del Reino del Fuego, la familia Fenix.
En el libro, se los describe como bárbaros crueles, que usan su magia de fuego para quemar aldeas y someter pueblos. Son los enemigos naturales de Aeloria, los que ayudarán a la princesa Lumen a consolidar su poder cuando los derrote junto a su amado.
Miro hacia el puesto de pan —el vendedor ya ha visto al grupo y se está recogiendo sus cosas con prisa. No tengo más tiempo. Decido arriesgarme y me dirijo hacia la figura más alta del grupo: una mujer de espaldas anchas, con cabello como cascadas de cobre y ojos que brillan como brasas cuando se gira hacia mí.
Es la jefa de la familia, la que en el libro se llama Reina Ember del Reino del Fuego.
Mientras ella habla con uno de sus hombres, extiendo la mano hacia la bolsa de cuero que lleva a la cintura —seguro que tiene algo de comida ahí. Pero mis dedos apenas rozan la tela cuando una mano grande y caliente me agarra el brazo, no con fuerza, sino con una firmeza que me hace temblar.
Ember me mira a los ojos, y en su mirada no hay odio ni desprecio —sino curiosidad. Su rostro está marcado por cicatrices que cruzan su mejilla derecha, y sus labios se curvan en una sonrisa que no parece amistosa, pero tampoco malvada.
“¿Y quién es esta pequeña sombra que quiere meterse en mis cosas?”, pregunta, y su voz es como el crujir de leña en una hoguera.
Mis manos tiemblan, pero mi mente ya está creando planes: puedo usar la sombra de su caballo para escapar, puedo desvanecerme entre las sombras de los edificios, puedo decirle que me confundí de persona…Pero ella hace un gesto con la cabeza, y dos de sus hombres se acercan y me ayudan a subir al carruaje que está detrás de los caballos. El interior es cálido, tapizado de cuero oscuro y adornado con pieles de animales que no reconozco. Me siento en un rincón, tensando todos los músculos, lista para escapar en el primer momento que se presente.
Prisionera, pienso, mientras el carruaje comienza a moverse con un crujir de ruedas sobre el adoquín. Claro, ahora soy prisionera de los bárbaros del Fuego. ¿Qué sigue? Que me lleven a su castillo para sacrificarme en algún altar de lavas. El carruaje gira hacia la salida de la ciudad, alejándose de las torres doradas del palacio y hacia las montañas humeantes del horizonte. Mientras miro por la rendija de la cortina, veo cómo los barrios bajos se alejan, y en mi pecho siento dos cosas a la vez: miedo a lo que vendrá, y una chispa de esperanza que nunca antes había sentido.
Bueno, pienso, apretando las manos hasta que los nudillos se ponen blancos. Al menos esta vida no será aburrida...