Donde las deudas no se olvidan
El autobús turístico avanzaba lentamente por una carretera larga de tierra que atravesaba el desierto.
El paisaje parecía interminable: arena, arbustos secos y montañas lejanas que se perdían en el horizonte.
De pronto, el motor comenzó a fallar.
Primero fue un ruido metálico.
Luego un temblor fuerte.
El conductor frunció el ceño y redujo la velocidad hasta detenerse frente a un pequeño pueblo casi abandonado.
Un viejo letrero de madera, clavado a dos postes torcidos, decía:
San Perdido
El conductor bajó del autobús, levantó la tapa del motor y comenzó a revisar.
—El radiador se calentó demasiado —dijo después de unos minutos—. Me tomará un rato arreglar esto.
Los turistas miraron alrededor.
El lugar parecía detenido en el tiempo: casas de madera envejecidas, calles de tierra y algunos caballos atados a postes.
Uno de los pasajeros señaló un edificio al otro lado de la calle.
Sobre la puerta colgaba un letrero viejo sostenido por cadenas oxidadas. La pintura estaba desgastada, pero todavía se alcanzaba a leer:
El Último Trago
Debajo del nombre había un dibujo sencillo de un vaso de whisky y un revólver cruzado.
—Bueno… al menos podremos esperar ahí —dijo alguien.
Los turistas bajaron del autobús y caminaron hacia la cantina.
Al abrir la puerta, una pequeña campana sonó.
El interior estaba iluminado apenas por unas lámparas amarillentas. El aire olía a madera vieja, café y polvo del desierto.
Las mesas eran pocas y estaban gastadas por los años.
Detrás de la barra había un hombre mayor, de barba corta y sombrero viejo.
Los observó entrar.
—Supongo que el autobús se descompuso —dijo con calma.
Uno de los turistas asintió.
—Sí… ¿cómo lo supo?
El hombre sonrió levemente.
—Aquí siempre pasa lo mismo.
Los turistas tomaron asiento y pidieron agua y café.
Mientras esperaban, uno de ellos miró la pared detrás de la barra.
Ahí colgaban varios objetos antiguos del oeste.
Un sombrero viejo.
Un revólver oxidado.
Y algo más.
Una bufanda gris muy gastada, manchada con marcas oscuras que el tiempo no había podido borrar.
—Oiga… —preguntó uno de los turistas— ¿de quién era esa bufanda?
El cantinero levantó la mirada hacia la pared.
Guardó silencio unos segundos.
Luego volvió a mirar a los visitantes.
—Esa bufanda pertenecía a un hombre del que casi nadie habla ya.
Se acomodó el sombrero.
—Un hombre llamado Dorian.
Hizo una pausa.
—Si tienen tiempo… puedo contarles la historia.
Nadie dijo que no.
El lugar quedó en silencio.
El hombre respiró hondo.
Y entonces comenzó.
Hace muchos años, en los tiempos del viejo oeste, Dorian era un hombre común.
No tenía nada especial.
Estatura promedio.
Complexión delgada.
Cabello oscuro.
Un rostro serio marcado por el cansancio del desierto.
Vivía en una pequeña casa de madera junto a su madre, a las afueras de un pueblo.
Ella era todo lo que tenía.
La bufanda gris que vieron colgada en esta cantina…
la había tejido su madre muchos años antes de enfermar.
Decía que el desierto tenía noches más frías que la muerte.
Así que la hizo para que su hijo la llevara cuando saliera a trabajar.
Dorian nunca se la quitaba.
Era su recuerdo más querido.
Pero su madre enfermó repentinamente.
La enfermedad comenzó con fiebre constante y una debilidad que la obligó a permanecer en cama.
Dorian buscó ayuda en pueblos cercanos.
Trajo médicos.
Compró medicinas.
Vendió casi todo lo que tenía.
Nada funcionó.
Hasta que una noche, sentado junto a la cama de su madre, escuchó una voz en la habitación.
—Puedo salvarla.
Dorian levantó la mirada.
En la esquina de la habitación había un hombre sentado en una silla que antes estaba vacía.
Vestía completamente de negro.
Su sonrisa era tranquila… demasiado tranquila.
—¿Quién eres? —preguntó Dorian.
El hombre ignoró la pregunta.
—Tu madre no tiene por qué morir —dijo—. Yo puedo quitar esa enfermedad.
Dorian sintió esperanza por primera vez en semanas.
—¿Qué quieres a cambio?
El extraño cruzó las manos.
—Cuando llegue el momento… trabajarás para mí.
—¿Trabajar cómo?
—Cobrarás deudas.
Harás lo que te pida.
Sin preguntas.
Dorian miró a su madre.
Su respiración era débil.
La desesperación pudo más que el miedo.
—Acepto.
El extraño se levantó.
Antes de salir dijo:
—Cuando se hace un trato conmigo… siempre es todo o nada.
Y desapareció en la noche.
Durante algunos días la enfermedad pareció desaparecer.
Su madre incluso logró levantarse.
Pero una madrugada, Dorian despertó con un silencio que jamás olvidaría.
Su madre había muerto.
La enfermedad nunca se había ido.
El trato había sido una mentira.
Esa misma noche el hombre regresó.
—Un trato es un trato.
Desde ese momento, Dorian entendió que su vida ya no le pertenecía.
El primer duelo ocurrió en un pequeño pueblo minero.
Un hombre borracho lo insultó en medio de la calle y lo retó frente a todos.
Dorian aceptó.
Los dos hombres se colocaron frente a frente bajo el sol del desierto.
El viento levantaba el polvo.
—¡Ahora! —gritó el hombre.
Pero antes de que pudiera sacar su arma…
Dorian ya había disparado.
El otro hombre cayó al suelo sin siquiera haber reaccionado.
Nadie entendió lo que había pasado.
Pero alguien notó algo peor.
El sol estaba justo detrás de Dorian.
Y en el suelo…
no había ninguna sombra frente a él.
Después de cada duelo, la sangre manchaba la bufanda que su madre le había tejido.
Dorian intentó limpiarla muchas veces.
Con agua.
Con alcohol.
Incluso quemando partes de la tela.
Pero las manchas siempre regresaban.
Con el tiempo, la bufanda dejó de ser un recuerdo.
Se convirtió en un recordatorio.
Durante el día, Dorian parecía un hombre frío.
Pero por las noches llegaba el verdadero castigo.
Cada vez que intentaba dormir, escuchaba una voz en la oscuridad.
La voz de su madre.
—Dorian…
No gritaba.
No lo acusaba.
Solo decía su nombre.
Y él pasaba horas despierto… esperando que saliera el sol.
Con el tiempo, el hombre que controlaba su destino le dio un compañero.
Un caballo negro como la noche del desierto.
Más rápido que cualquier otro.
Y cuando corría…
no hacía ningún sonido.
Pero no siempre estaba ahí.
Dorian solo tenía que silbar.
Y desde algún lugar del desierto…
el caballo aparecía.
La gente comenzó a llamarlo:
Belcebú
Para cumplir su trato, Dorian comenzó a atacar trenes, bancos y caravanas.
Pero nunca se quedaba con el dinero.
Todo lo llevaba a una cueva escondida entre las montañas.
Con los años, el lugar se llenó de riquezas.
Oro.
Joyas.
Monedas.
Más de lo que cualquier hombre podría cargar.
—¿Por qué la cueva dice eso? —preguntó un turista.
El viejo respondió:
—Porque ese fue el trato.
El diablo no quiere mitades.
Cuando Dorian aceptó…
entregó todo.
Su vida.
Su descanso.
Su alma.
—Eso significa “Todo… o Nada”.
El conductor entró.
—¡Listo! Ya quedó el motor.
Los turistas se levantaron.
—Gracias por la historia.
El viejo asintió.
Salieron.
Subieron al autobús.
El vehículo arrancó.
Uno de los turistas miró hacia atrás.
El hombre estaba de pie bajo el sol.
Pero en el suelo…
no había ninguna sombra detrás de él.
Entonces lo escuchó.
Un silbido.
Corto.
Seco.
Lejano.
Y en algún punto del desierto…
algo comenzó a galopar.
Sin hacer ruido.
“En el desierto hay algo que los viejos nunca olvidan…
Si escuchas un silbido en la oscuridad…
no mires atrás.
No corras.
No hables.
No respires fuerte.
Porque cuando ese silbido se acerca…
ya no es que lo hayas escuchado tú…
es que él ya te encontró.”