Hasta que deje de doler

All Rights Reserved ©

Summary

Nicolás nunca imaginó que un simple día escolar lo llevaría a conocer a Pablo, alguien que pondría su mundo de cabeza. Entre miradas, silencios y secretos, descubrirá sentimientos que no sabía cómo nombrar y emociones que lo harán cuestionar todo lo que creía de sí mismo. Una historia sobre el primer amor, la confusión, el miedo y la belleza de encontrarse -aunque sea en el momento menos esperado.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

El inicio

A las 6:00 a.m. suena el despertador del celular, programado unas 5 horas y 31 minutos antes. Es curioso, pero siempre me obsesioné con calcular el tiempo exacto que dedicaría a dormir, como si ese número tuviera algún tipo de poder sobre cómo me sentiría al despertar. En fin, la mañana estaba cálida, algo muy habitual en la primavera del pueblo donde vivo. Es uno de esos pueblos típicos: pequeños, tranquilos, pero con ciertos aires de ciudad que intentan disimular su sencillez.

Me levanté con una extraña sensación; supongo que era por los sueños tan raros que venía teniendo desde hacía varias semanas, de esos que te dejan pensando todo el día, como si algo en ellos intentara decirte cosas que aún no comprendés del todo.

En casa no se acostumbraba a desayunar. Creo que es común que, en una familia donde mamá y papá trabajan temprano y con tres hijos que apenas se cruzan en la mañana, no haya espacio para ese tipo de rituales. Soy el hermano del medio, nada más que agregar. El que pasa desapercibido entre la multitud. No tengo músculos ni cabello rubio ni nada que llame la atención. Soy más bien delgado, de ojos negros intensos como mi cabello y de estatura promedio. Supongo que mi aspecto, en este punto, no tiene demasiada importancia.

Entraba a clases a las 7:00 a.m. y, como de costumbre, daba vueltas en la cama hasta que faltaba apenas media hora para las siete. Entonces me levantaba apurado, me lavaba los dientes, acomodaba un poco mi cabello —solo un poco, pues ese era mi aspecto natural— y me vestía. Vale destacar que asistía a una escuela privada, una de las dos que había en el pueblo. Era de esas con uniforme ridículo e innecesario, verde y blanco, por lo que en broma entre los alumnos nos decíamos "loros". La escuela era como te la imaginás: sencilla, sin lujos, pero con ese aire monótono que solo un pueblo chico puede dar.

Tenía amigos; era de esos chicos típicos, divertidos y jodones. Pero siempre estaba con mi grupo, amigos que conocí en la escuela y que elegía fuera de ella. En primer lugar, pongo a Lupe —obvio, abreviado de Guadalupe—. La conozco desde la primaria y siempre fuimos incondicionales: siempre presentes el uno para el otro y sin miedo a decirnos lo que pensábamos. Era de esas chicas que no le temen a nada ni sienten prejuicios por nadie, algo que siempre admiré de ella.

En segundo lugar, está Joaquín, a quien podíamos llamar Joaco, Joaqui dependiendo según el día y su aspecto, y por último Martina, que se sumó al grupo prácticamente en tercer año de la secundaria. Era introvertida con el resto, pero dentro del grupo era quien más hablaba y acotaba. Los cuatro nos complementábamos y hacíamos que la vida en la secundaria fuera más llevadera.

Llegué a clases como siempre: desfachatado y sin ganas. Me sentaba pegado a la ventana y al lado de Lupe; eran mis dos distracciones favoritas. Todos pensaban que entre ella y yo pasaba algo, o que éramos novios, pero siempre tuve intereses distintos o nulos hacia cualquier persona; Es un tema complejo para decirlo con tanta liviandad, por eso prefiero no profundizar.

Ese día no fue como cualquier otro. Llegando a las 8:30 a la primera clase, que era filosofía —quién se levanta con ganas de filosofar o hablar de filósofos muertos—, escuchamos que golpeaban la puerta del aula y entró la directora. Una mujer con buena presencia, de carácter fuerte pero a la vez dulce, una combinación casi perfecta. A su lado venía un chico que no conocía: alto, con facciones marcadas como nunca antes había visto en mis compañeros y me atrevería a decir que ni siquiera en el pueblo. Tenía el cabello rubio oscuro, casi castaño, y una presencia que parecía desinteresada de todo. Un arito en la oreja derecha y una pulsera de hilo rojo en la muñeca izquierda. Nunca me había fijado en tantos detalles en alguien; algo en él me llamaba la atención.

La directora aclaró su voz y dijo:

—Buenos días, alumnos. Hoy se incorpora un nuevo compañero; viene de Buenos Aires —sonaba prácticamente como otro país de lo lejos que estaba—. Su nombre es Pablo Urriaga.

Pablo: un nombre común, pero que rebotaba en cada rincón de mi cabeza. Su rostro y su nombre encajaban a la perfección. La directora se fue y lo dejó; se sentía tanta tranquilidad en él, que no parecía ser alguien nuevo, sino como si lo conociéramos de toda la vida. La profesora le pidió que se presentara ante la clase:

—Hola, mi nombre es Pablo y soy de otra provincia... no sé qué más decirles —acotó.

—Con eso es suficiente —respondió la profesora.

Se sentó al fondo, en un pupitre libre. Se escuchaban los susurros muy al descubierto de mis compañeras, pero era obvio: un chico nuevo y, encima, lindo, ameritaba susurros. Si hubieran gritado también habría sido acorde.

Todo el día solo se hablaba de él, pero nadie hablaba con él. En el recreo, solo se sentaba y comía un sándwich: de esos que venden en los kioscos de las escuelas, con pan cortado al medio, sin saber de qué fecha era, una feta de jamón y otra de queso tan finas que se podrían confundir con una hoja de papel, y con mayonesa que tenía más pinta de cualquier cosa menos de mayonesa.

Yo estaba con mi grupo, hablando de pavadas, pero no podía quitarle la vista de encima. Algo en él me parecía atractivo y misterioso a la vez. En un momento cruzamos miradas y él soltó una media sonrisa; yo, por otra parte, traté de disimular mirando a cualquier lado, porque soy tímido en ciertas ocasiones.

La mañana continuó igual que todos los días, pero con el comentario del chico nuevo rondando en mi cabeza. Al salir de clases, observé que lo buscaba una mujer de unos treinta y tantos años, de buen físico, cabello rubio pero que no parecía natural, y que manejaba una camioneta gris.

Él subió y pasaron frente a mí; me sonrió otra vez. Mientras caminaba a casa, no podía sacar su sonrisa de mi mente. Pensaba que solo era cortesía, pero otra parte de mí creía lo contrario. No tenía mucho tiempo para pensar: mi casa estaba a solo una cuadra de la escuela.

Esa noche soñé con él. Fue uno de esos sueños que no tienen sentido; solo recuerdo que entraba al aula y él estaba sentado en mi asiento, mirando por la ventana y cantando una canción que me gustaba.

—"Pones canciones tristes para sentirte mejor, tu ausencia es más visible..." —cantaba Pablo, con su voz suave y un tono de balada, haciendo un cover de Cerati acompañado por una guitarra.

Yo solo me senté a escucharlo entonar esa melodía. El momento fue fugaz, casi un pestañeo, pero en mi cabeza duró por mucho tiempo.

Llevaba semanas experimentando sueños surrealistas, vívidos y casi significativos, como si me avisaran de algo que todavía no entendía. Eran tan reales que despertaba con el corazón acelerado, tratando de encontrarles sentido. Y aunque no podía explicarlo, sabía que Pablo tenía algo que ver con ellos. Como si su llegada al pueblo y a mi vida no fuera una casualidad, sino una pieza más de un sueño que apenas comenzaba.

Los días en la escuela fueron retomando su ritmo normal. Pablo empezó a juntarse con el grupo de los varones, esos que parecían simios de circo: ruidosos, bromistas, siempre buscando hacer reír y llamar la atención de las chicas. No los consideraba amigos, al menos no en el sentido real de la palabra. A pesar de llevarme bien con ellos, nunca me sentí parte de ese grupo.

Él se integró rápido; creo que encajaba perfecto en ese papel. Sin embargo, a veces cruzábamos miradas. Era raro, pero constante. No hablábamos mucho: él con su grupo, yo con el mío, pero en mi mente solo sonaba su nombre... Pablo.

Un viernes, día en que salíamos más tarde, me tocó volver caminando solo. Éramos pocos los que vivíamos cerca de la escuela. Escuché una voz detrás de mí:

—Nico...

Me di vuelta. Era él. Llevaba la mochila colgada de un hombro, la corbata aflojada y la camisa fuera del pantalón.

—¡Hey! —le respondí.

—¿Vivís cerca? —me preguntó.

—Sí, a una cuadra. ¿Vos? ¿Por qué volvés caminando?

—Es que los viernes mi vieja no me puede venir a buscar.

—Ah —respondí, sin saber muy bien qué más decir.

Hubo un silencio incómodo, de esos que parecen durar una eternidad. Yo no perdía oportunidad de observarlo con detalle, como si quisiera guardar cada rasgo suyo en mi memoria. Me preguntó un par de cosas más sobre mi vida hasta que llegamos a mi casa.

—Yo vivo acá —le dije.

—Okey, nos vemos el lunes —respondió con su media sonrisa habitual.

Me di vuelta, caminé unos pasos y escuché su voz de nuevo:

—¿Qué hacés mañana?

Al oír eso, un escalofrío me recorrió el cuerpo desde los talones hasta las orejas.

—Nada... o al menos no tengo planes todavía —dije, intentando sonar relajado, aunque ni yo me lo creía.

—Bueno, nos juntamos con los chicos en casa a tomar algo. Si querés, venite.

Por dentro no sabía qué responder. Era una invitación inesperada, y no quería hacerme ilusiones. Pero sin pensarlo demasiado, le dije:

—Dale, pero no sé dónde vivís.

—Pasame tu número y te mando la ubicación.

Le di mi número y se despidió con esa media sonrisa que ya conocía de memoria.

Apenas entré a casa, revisé el celular. Tenía un mensaje suyo: "Hola, soy Pablo", acompañado del emoji de media sonrisa —esa que parece simple, pero dice tanto—. Debajo, la ubicación de su casa con un mensaje corto: "Te espero."

Pensé durante horas si debía ir o no. No tenía suficiente confianza para estar con él y los "simios", y tampoco podía invitar a mi grupo. No sabía qué me pasaba con Pablo, ni mucho menos qué pasaba por su cabeza. Pero finalmente decidí ir; no quería fallarle.

El sábado llegó más rápido de lo habitual. No sabía qué ponerme. No soy de los que tardan en elegir ropa, pero esa ocasión era distinta: no quería ir demasiado casual si los demás estaban bien vestidos, ni exagerar. Al final elegí una camisa de mezclilla, unos jeans claros y me puse el perfume que solo usaba para fiestas.

La cita era a las 22:00. Le pedí prestada la motocicleta a mi papá para no llegar tarde. Era una de esas motos grandes, con embrague; nunca entendí mucho de marcas, pero arriba de ella me veía aún más delgado.

Llegué puntual —siempre lo soy, no tolero la impuntualidad, y menos en mí mismo—. La ubicación me llevó hasta una casa enorme, moderna, de tonos claros. Parecía una mansión sacada de una película. Toqué el timbre y Pablo me abrió la puerta.

—Nico, viniste —dijo, dándome un abrazo de camaradería. Fue raro, la verdad.

—Sí... ¿no querías que viniera? —pregunté, medio irónico.

—No, no es eso. Es que como no me escribiste más, pensé que te habías arrepentido.

—¿Arrepentirme? Nunca —respondí, y al instante me di cuenta de lo tonto que había sonado.

Dios sabe cuánto dudé antes de ir.

Entramos, y me dio un recorrido por la casa. Fui el primero en llegar, así que tenía tiempo para jugar al anfitrión. Me mostró la cocina, el living, y terminamos en su habitación. No encajaba con su estilo: era amplia, de paredes blancas con detalles en gris y negro, y un escritorio en forma de "L" que me llamó la atención.

—Sentate —me dijo, señalando la cama. Hablamos un rato. Yo estaba algo inquieto, preocupado porque no llegaba nadie.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien... por lo menos —respondí, con mi frase automática de siempre.

—¿Estás solo? —pregunté sin pensar, y me di cuenta de que la pregunta no venía al caso.

—Sí —contestó—. Mi mamá viaja por trabajo los fines de semana, así que suelo quedarme solo.

—Genial —dije, sin saber qué más agregar.

—No sos de muchas palabras, ¿no? —me dijo, con una sonrisa fulminante. No podía dejar de mirar sus hoyuelos, su nariz respingada y esos labios rojos carmesí, como si los tuviera pintados.

—Depende. A veces me suelto y no paro —dije, intentando sonar casual.

Él rió y me dio una palmada en la espalda. Sentí un calor subir por mis mejillas; seguro ya estaban rojas.

Sonó el timbre y corrió a atender. Eran los "simios": Gonzalo, Santiago, Ezequiel, Juan Manuel, Toto y Martín. Entraron cantando, gritando, como si acabaran de escapar del zoológico. Cada uno traía un pack de cervezas.

Subieron a la habitación y se tiraron sobre la cama, riendo, gritando, sin siquiera notar mi presencia.

Santiago miró hacia donde estaba yo y se levantó para saludarme.

—¡Nico! ¿Qué onda? ¡No sabía que venías! A partir de ahora sos uno de nosotros —dijo, soltando una carcajada antes de abrazarme.

Todos comenzaron a abrazarme y a gritar mi nombre. Fue raro, pero poco a poco dejé de sentir esa desconfianza inicial. Pablo miraba desde la puerta con una sonrisa; yo solo atiné a mirarlo.

—Ya déjenlo, que lo van a asustar —dijo mientras me guiñaba un ojo.

Salimos al jardín, que era inmenso. Había una parrilla, una mesa grande para unas veinte personas, luces decorativas colgando entre las plantas y una pileta que brillaba con el reflejo de las luces. Nos sentamos cerca del agua y comenzamos a tomar cerveza.

Amaba la cerveza. Era, sin duda, mi bebida favorita por entonces. Me gustaba sentir las burbujas explotando sobre mi lengua y el sabor amargo recorriendo mi garganta. Para las cuatro de la mañana ya estábamos algo tomados. Toto —que era quien más había bebido— se tiró a la pileta con un salto que él creyó profesional, aunque parecía cualquier cosa menos eso. Los simios comenzaron a saltar detrás de él, casi sincronizados, entre risas y gritos.

Pablo me miró y, con una seña, me invitó a saltar también. Dudé unos segundos, pero mientras lo hacía, él ya se había lanzado con una bomba que salpicó a todos. Los demás comenzaron a gritar mi nombre, alentándome, y terminé por hacerlo también, intentando imitar su salto, aunque sin tanta fuerza.

Estuvimos un buen rato jugando y riendo dentro del agua. Sentía su mirada constante, ese brillo que me desarmaba, y su media sonrisa —esa que ya era su marca registrada— cada vez que cruzábamos miradas.

En un momento, Toto fue hasta su mochila y nos llamó. Los simios salieron enseguida, como si les hubieran prometido un premio. Pablo me miró, bajó la cabeza y, sin decir palabra, lo siguió. Cuando llegamos, vi que estaban sacando unas pastillas color magenta o morado, no recuerdo bien. Al principio no entendí qué era, pero pronto comprendí. Me sentí incómodo.

Martín me ofreció una, y no supe qué responder. Nunca había probado nada de eso. Decidí que no. Todos tomaron, incluso Pablo. La fiesta cambió de ritmo; ya no era lo mismo. Sentí que no quería estar más ahí.

Le dije a Pablo que me iba. Insistió en que me quedara, pero le repetí que no. Fui a buscar mi moto y salí.

Él vino detrás mío y me preguntó:

—¿Te enojaste? No sabía que Toto iba a traer eso... les dije que hoy no.

—No, no me enojé. Solo estoy cansado y quiero irme. Nos vemos el lunes.

Encendí la moto y me fui. Durante todo el camino a casa, esas palabras resonaban en mi cabeza: "Les dije que hoy no." No sabía qué pensar sobre Pablo.

Llegué, me acosté y me quedé mirando el techo, con su sonrisa grabada en mi mente y esa frase repitiéndose una y otra vez: "Les dije que hoy no..."