Antes del lodo
Narrador:
Vaya… jamás pensé que todo terminaría así.
Cuarenta y seis años como hechicero…
y aún recuerdo el olor de aquella mañana en el Barrio La Estrella, en Bogotá.
Ahí fue donde todo comenzó.
Varios años atrás…
La luz del amanecer se colaba por la ventana rota.
Bryan:
—Ya es de mañana… quisiera quedarme aquí sentado… pero nada me ata a este lugar.
Se levanta lentamente.
Enciende un porro.
Da una calada profunda.
Camina por la casa.
En las paredes, fotos viejas: él y su madre sonriendo… cuando aún sonreían.
—¿Mamá?
—¿Mamá?
Silencio.
Bryan suspira al ver las botellas de whisky tiradas en el suelo.
—Otra vez bebiste hasta quedarte inconsciente…
Nunca aprendes.
Bryan da otra calada a su porro mientras rompe un par de huevos en la sartén.
El aceite chisporrotea en el silencio de la casa.
Sirve dos platos. Uno lo deja en la mesa. El otro lo guarda, como siempre.
Una costumbre absurda… pero no la puede romper.
Desayuna sin ganas.
Sin hambre.
Sin prisa.
Cuando termina, apaga el cigarrillo contra el fregadero y camina hacia el baño.
Se desviste mientras avanza por el pasillo.
No le importa.
En esa casa solo existen dos personas.
Él…
Y su madre, que duerme como si el mundo no estuviera cayéndose a pedazos.
Bryan se ducha.
Se cepilla los dientes.
Se pone la misma ropa de siempre.
Antes de salir, se detiene frente a la puerta del cuarto de su madre.
—Me voy.
Silencio.
Como siempre.
Sale de la casa y comienza a bajar la loma.
El frío de la mañana le entumece los dedos.
La gente camina rápido, todos rumbo a ganarse la vida.
Entonces algo pasa.
—Lo siento, voy pasando.
Un hombre de traje y corbata baja a toda velocidad… rodando.
Bryan ni siquiera se inmuta.
Hace años que dejó de sorprenderse.
Desde el Gran Despertar, casi un tercio del mundo cambió.
Algunos desarrollaron habilidades.
Otros… mutaron.
Algunos eligieron convertirse en hechiceros.
Otros solo buscaron una vida distinta.
El hombre-llanta desaparece calle abajo.
Bryan sigue caminando.
Para él, eso no es extraño.
Lo extraño sería que nadie tuviera poderes.
Bryan llega a su lugar de trabajo.
Un supermercado viejo, de esos que llevan décadas sobreviviendo sin renovarse nunca.
El letrero está medio oxidado.
Las puertas automáticas suenan como si se quejaran al abrirse.
Camina directo a la bodega.
Pero algo lo hace detenerse.
En su casillero.
Hay una serpiente.
Enroscada.
Inmóvil.
Mirándolo fijamente.
Bryan frunce el ceño.
En el mundo de los despertados, las serpientes no son solo animales.
Son presagios.
Mal agüero.
La serpiente no sisea.
No ataca.
Solo observa.
Bryan mantiene la mirada unos segundos…
Luego suspira.
—No tengo tiempo para supersticiones.
Abre el casillero con cuidado.
Parpadea.
La serpiente ya no está.
Silencio.
Sacude la cabeza.
Su mente está en otra parte.
Hoy es día de abastecimiento.
Cajas.
Inventario.
Descargas.
Horas y horas moviendo mercancía.
No puede distraerse.
Pero mientras se pone el uniforme…
No puede evitar sentir que algo lo está mirando.
Seis horas después…
El turno está por terminar.
La bodega huele a tierra y cartón húmedo.
Bryan apila bultos de papa como si no pesaran nada.
Cincuenta kilos cada uno.
Uno encima de otro.
Sin esfuerzo.
Sus compañeros lo miran de reojo.
—¿Ese man nunca se cansa o qué? —murmura uno.
Bryan no responde.
Levanta otro bulto.
Lo acomoda con precisión.
No es solo fuerza.
Es control.
Su cuerpo está muy por encima del promedio.
Demasiado.
Para alguien que “solo” trabaja en un supermercado.
Suda… pero no jadea.
Respira estable.
Mirada fría.
Cuando termina la última pila, se limpia las manos.
Turno casi acabado.
Otro día más.
O eso parece.
Siente las miradas de los demás trabajadores.
Frías.
Susurrantes.
Siempre tiene la sensación de que hablan de él.
Pero no le importa.
Se cambia de ropa.
No se despide.
Nunca lo hace.
Sale del supermercado con la mirada fija en el celular.
Camina varias cuadras.
Pero no toma el mismo camino de la mañana.
Se detiene frente a una puerta roja.
Duda un segundo.
Toca.
Desde adentro se escucha una voz suave:
—Voy.
La puerta se abre.
Una joven de cabello rubio rizado y ojos claros aparece.
Sonríe al verlo.
Lo abraza sin pensarlo.
Bryan, por un segundo… deja de estar tenso.
—No sabía que vendrías hoy, mi vida —dice ella.
Bryan cierra los ojos apenas un instante.
Este lugar…
es el único donde el mundo deja de pesar.
Mía se separa del abrazo y lo mira con curiosidad.
—Te ves cansado.
Bryan se encoge de hombros.
—Trabajo.
Ella sonríe.
—Siempre dices lo mismo.
Lo toma de la mano y lo hace pasar.
La casa es pequeña, pero ordenada.
Cálida.
Muy diferente a la suya.
Bryan observa alrededor en silencio.
Aquí no huele a alcohol.
No hay botellas en el suelo.
No hay gritos.
Por un momento… siente paz.
Pero algo en su pecho sigue inquieto.
La imagen de la serpiente no se va.
Bryan apenas termina de entrar cuando escucha pasos desde la sala.
Dos personas aparecen.
—Bryan… no sabía que vendrías hoy.
La voz es firme, pero no hostil.
Una mujer de unos cuarenta años lo observa con atención.
Elegante. Postura recta. Mirada que analiza más de lo que aparenta.
Bryan asiente con la cabeza.
—Salí temprano.
Mía sonríe, tratando de suavizar el ambiente.
Pero Bryan siente algo extraño.
No es incomodidad.
Es… presión.
Como si el aire en la sala pesara más.
Entonces nota al segundo.
Un hombre de pie, a un costado.
Silencioso.
Observándolo sin parpadear.
Bryan sostiene la mirada.
Algo en él no encaja.
Era un hombre alto, de piel clara, algo delgado.
Bryan lo ha visto un par de veces antes.
Siempre piensa lo mismo cuando lo ve.
Hay algo en él que no le gusta.
No sabe qué es.
Pero lo siente.
—Hola, chico. ¿Cómo has estado?
El hombre sonríe mientras levanta el puño, esperando que Bryan choque el suyo.
Bryan lo mira un segundo más de lo normal.
Esa sonrisa.
Esa mirada.
Es como si lo estuviera estudiando.
Como si ya lo conociera… desde antes.
Bryan levanta el puño y lo choca.
Contacto breve.
Pero en el instante en que sus manos se tocan…
Bryan siente un escalofrío subirle por el brazo.
El hombre no reacciona.
Solo sonríe un poco más.
—Me alegra verte.
Bryan retira la mano lentamente.
Sí.
Definitivamente hay algo en él que no encaja.
A la mañana siguiente…
La luz entra suave por la ventana.
Bryan abre los ojos.
A su lado, una joven duerme profundamente, cubierta apenas por las sábanas.
Respira tranquila.
Bryan la observa unos segundos… sin expresión.
Se levanta en silencio.
Recoge su pantalón del suelo y se lo pone.
Camina por la casa descalzo.
Todo está en calma.
Demasiado en calma.
Entra al baño.
Cierra la puerta.
Se apoya en el lavamanos y levanta la mirada hacia el espejo.
Sus ojos lo devuelven la mirada.
Sabe que algo no anda bien.
Desde ayer…
Desde la serpiente.
Desde ese apretón de manos.
La sensación no se ha ido.
No es miedo.
Es advertencia.
Algo se está moviendo.
Y esta vez… no es coincidencia.
El sonido lo saca de sus pensamientos.
Toc. Toc.
Alguien golpea la puerta del baño.
Bryan no responde de inmediato.
—¿Bryan? —la voz del padrastro suena tranquila.
Bryan abre la puerta.
Ahí está él.
De pie.
Sonrisa ligera.
Mirada fija.
—Ey, chico. ¿Qué tal? ¿Cómo descansaste?
Bryan no responde.
Solo lo mira.
Lo analiza.
Ese hombre siempre le ha incomodado… pero hoy es distinto.
Hay algo más.
El padrastro ladea la cabeza.
—¿Qué pasa, niño?
Pareciera que hubieras visto un fantasma.
Bryan mantiene la mirada.
Silencio.
El aire se vuelve pesado.
Por un segundo…
Siente la misma sensación que cuando tocó su puño el día anterior.
Como si algo invisible estuviera midiendo su energía.
El padrastro sonríe apenas un poco más.
Y Bryan entiende algo.
No es paranoia.
No es cansancio.
Es instinto.
Ese hombre sabe algo.
Bryan aparta la mirada primero.
—Estoy bien… creo.
El padrastro suelta una pequeña risa.
—¿Crees?
Se apoya en el marco de la puerta, relajado.
—Oye… tal vez no seamos tan cercanos.
Y al final no soy tu suegro real…
pero sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿no?
La sonrisa es perfecta.
Demasiado perfecta.
Bryan asiente apenas.
—Sí… gracias.
Silencio.
El padrastro lo observa un segundo más de lo necesario.
Luego se da la vuelta y se aleja por el pasillo.
Bryan cierra la puerta lentamente.
Se queda mirando el espejo otra vez.
Bryan (pensamiento):
Sé bien cuándo alguien miente…
¿Quién mierda es este hombre?
La sensación vuelve.
No es miedo.
No es cansancio.
Es reconocimiento.
Como si su instinto de cuando era niño…
cuando vivía entre brujos y bandas…
estuviera despertando otra vez.
Y esta vez… no es casualidad.
Bryan intenta dejar atrás lo del baño.
Desayuna rápido.
Sale rumbo al trabajo.
Pero hoy no está presente.
Su mente no se despega de esa sensación.
En la bodega del supermercado, mueve los bultos en automático.
—¡Ey, ey, Bryan!
La voz del jefe retumba en la bodega.
—¡Maldición! Ya te he dicho cuatro veces que esos bultos van del otro lado.
¿Qué tienes hoy?
Bryan parpadea.
Se da cuenta de que está apilando mal.
—Solo es un poco… de cansancio. No es más.
El jefe chasquea la lengua.
—Pues despierta, chico. Hay otros que no están cansados como tú.
Se aleja murmurando.
Bryan aprieta la mandíbula.
Bryan (pensamiento):
Claro… porque no eres tú quien tiene que cargar todo esto, maldito…
Se contiene.
Respira profundo.
La caja en sus manos cruje un poco más de lo normal.
Demasiado.
Bryan se da cuenta.
Está aplicando más fuerza de la necesaria.
Su energía… está inestable.
Eso no pasaba desde hace años.
Bryan deja caer el bulto.
—Maldición… ¿qué es lo que me está pasando?
Va al baño de empleados.
Se encierra.
Enciende un cigarrillo con manos apenas temblorosas.
Se lava la cara.
Respira.
Se obliga a calmarse.
Termina el turno como puede.
Sale del supermercado.
Pero hoy no es igual.
Las calles están más vacías.
Demasiado silenciosas.
No hay el ruido habitual.
No hay murmullos.
No hay prisa.
Solo viento.
Bryan acelera el paso sin darse cuenta.
Llega frente a la casa de Mía.
Se detiene.
Algo no encaja.
Toca la puerta.
No hay respuesta.
Un escalofrío le baja por la espalda.
La puerta… está entreabierta.
Bryan siente el aire salir de sus pulmones.
Empuja lentamente.
La puerta se abre con un leve crujido.
El olor lo golpea primero.
Metálico.
Pesado.
Sangre.
Bryan no se da cuenta de que está temblando.
Hasta que mira la manija.
Está completamente aplastada.
Como si alguien la hubiera comprimido con una sola mano.
No rota.
No forzada.
Aplastada.
Bryan entra.
La casa está en silencio.
Demasiado.
Camina despacio por el pasillo.
El olor es insoportable.
Fétido.
Espeso.
Pesado.
Llega a la sala.
No ve nada al principio.
Las cortinas están cerradas.
Todo está en penumbra.
Se acerca.
Extiende la mano.
Corre la cortina.
La luz invade la habitación.
Y entonces lo ve.
Dos cuerpos en el suelo.
Inmóviles.
El piso está cubierto de sangre mezclada con algo oscuro… como barro.
Bryan deja de respirar.
—M-mi… Mía…
Da un paso adelante.
Sus ojos buscan desesperados una señal.
Un movimiento.
Un sonido.
Algo.
Pero no hay nada.
Solo silencio.
Su novia.
Y la mujer que lo había recibido esa misma mañana.
Sin vida.
El mundo no explota.
No hay gritos.
No hay lágrimas.
Solo un vacío.
Y en medio de ese vacío…
Algo dentro de Bryan responde.
Bryan no se mueve.
No grita.
No se arrodilla.
Solo observa.
Demasiado silencio.
Su mirada recorre la escena.
Los cortes.
Precisión quirúrgica.
Nada fue al azar.
Nada fue impulsivo.
La puerta aplastada no fue un arranque de furia.
Fue una demostración.
Un mensaje.
Bryan (pensamiento):
¿Dónde está él?