EFECTO AGAVE

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Summary

Laura (30) es una romántica empedernida, fan de los K-dramas y experta en atraer a los hombres más desastrosos de la ciudad. Su vida es un despliegue de drama digno de una heroína de anime, con mocos incluidos. Daniel (32) es su polo opuesto: un hombre de negocios pelinegro, serio, impecable y... gay. O eso creía él hasta que el alcohol y la desesperación amorosa de ambos los encerraron en un ático de lujo con una botella de Don Junio. ¿Qué pasa cuando dos mejores amigos que lo saben TODO el uno del otro deciden que ya han fracasado demasiado en el amor? Una noche de confesiones ebrias, una regadera abierta y un beso que rompe todas las leyes de la física y la lógica, los llevará a descubrir que quizás el amor de sus vidas no estaba en una app de citas, sino sirviendo el siguiente trago.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Se acabó el vino, pero... ¡Hay tequila!

Se acabó el vino, pero... ¡Hay tequila!

El apartamento de Daniel no era un hogar, era una declaración de principios: minimalista, pulcro, olía a sándalo y a éxito financiero. Él, Daniel (32), estaba de pie junto al ventanal, luciendo un suéter de cachemira que costaba más que el alquiler de la mayoría de la gente. Su perfil era afilado, su mirada intensa, y su cabello negro caía con una perfección calculada, sus rasgos asiaticos lo hacian parecer recién salido de una portada de revista... o de un manhwa de oficina donde el jefe es un témpano de hielo.

—¡Es que no lo entiendo! —El grito desgarrador rompió la estética minimalista del lugar.

Daniel suspiró, pero no se movió.

En su sofá de cuero italiano estaba Laura (30). Pero no la Laura elegante que iba a trabajar. No. Esta era la versión “fin del mundo”. Llevaba una pijama de ositos gastada, una manta por los hombros y su cabello era un nido de pájaros. Pero lo peor era su cara.

—¡Me dijo... me dijo...! —Laura intentó hablar, pero un sollozo gutural se lo impidió. Un moco, brillante y traicionero, comenzó a descender a una velocidad alarmante desde su fosa nasal izquierda hacia su labio superior.

Daniel finalmente se giró. Su expresión facial no cambió, pero sus ojos se entrecerraron.

—Laura. El moco.

—¡¿A quién le importa el moco, Daniel?! —chilló ella, gesticulando salvajemente, lo que provocó que el moco hiciera un pequeño baile acrobático—. ¡Me dijo que soy “demasiado intensa”! ¡Y que mi obsesión con los finales felices de los K-dramas es “infantil”!

—Bueno, técnicamente, ver “Aterrizaje de Emergencia en tu Corazón” por décima vez en una semana podría considerarse un patrón —dijo Daniel, caminando hacia ella con la gracia de un depredador. Se detuvo justo enfrente y, sin previo aviso, sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y, con una firmeza que no admitía réplicas, le limpió la nariz.

—¡Oye! —protestó ella, con la voz gangosa por el llanto y el pañuelo—. ¡Déjame sufrir en paz! Soy una trágica heroína de romance shojo que ha sido abandonada en la lluvia.

Daniel soltó una carcajada seca, un sonido que era a la vez irritante y reconfortante. Se sentó a su lado, la cercanía de sus cuerpos haciendo que el sofá de cuero chirriara. Él era todo ángulos rectos y control; ella era un caos de emociones y extremidades enredadas.

—No eres una heroína de shojo, Lau. Eres Laura. La mujer que una vez intentó “arreglar” un enchufe con un tenedor porque “quería tostadas y el destino se oponía”. Eres divertida, eres inteligente y, desafortunadamente para mí, tienes un corazón que es básicamente un malvavisco gigante esperando ser asado. El tipo era un idiota con miedo al compromiso. Su pérdida.

Laura lo miró a través de sus pestañas pegajosas por el llanto. La forma en que él la defendía, con esa voz profunda y autoritaria, siempre le subía el autoestima. Él era su roca, su caballero de armadura plateada (y de diseñador).

—¿Tú crees? —preguntó ella, con un hilo de voz, sus ojos grandes y redondos, llenos de una esperanza ingenua que a Daniel siempre le resultaba enternecedora.

—Lo sé —dijo él, y por un microsegundo, su expresión seria se suavizó—. Ahora, levántate. Vamos a pedir esa pizza gigante que te gusta, la que tiene piña y que yo odio visceralmente, y vamos a ver esa película cursi donde el protagonista corre por el aeropuerto. Es lo que necesitas.

Laura sonrió, un destello genuino en medio de la devastación facial. Se lanzó hacia él en un abrazo asfixiante, derribándolo en el sofá.

—¡Ayyy Dani! ¡Eres el mejor! ¡No sé qué haría sin ti!- dijo viendolo a los ojos mientras hacia pucheros.

Daniel se quedó rígido por un momento, el olor a sándalo de su perfume mezclándose con el olor a desesperación y lágrimas de ella. Su cuerpo, (que sino fuera gay), reaccionaba a la cercanía física de ella con una intensidad que siempre ignoraba. Sentía su calor, la suavidad de su cuerpo bajo la pijama de ositos, y un impulso irracional de protegerla de todo el dolor del mundo.

—Sí, sí... me estás arrugando el suéter —gruñó él, pero sus manos rodearon su espalda, apretándola un poco más de lo necesario.

Se quedaron así, un momento demasiado largo para ser “solo amigos”, un contacto físico vibrante que ambos sentían en la punta de los dedos, pero que ninguno se atrevía a nombrar. Porque eran amigos desde la adolescencia. Y los amigos no se miraban de la forma en que Daniel miraba a Laura cuando ella no se daba cuenta.

El abrazo duró exactamente tres segundos más de lo que la “Guía de Conducta para Mejores Amigos” dictaba. El cuerpo de Laura, suave y cálido bajo la pijama de ositos, encajaba con una perfección aterradora contra el pecho firme y musculoso de Daniel. Él podía sentir los latidos desbocados del corazón de ella, y ella podía sentir el aroma a sándalo y la seguridad que emanaba de él como un campo de fuerza.

Un cosquilleo eléctrico, una mezcla de excitación y pánico, recorrió la columna de ambos al unísono.

De repente, como si hubieran tocado un cable de alta tensión, se separaron de golpe. Daniel se aclaró la garganta, ajustándose el suéter innecesariamente, con el rostro inexpresivo pero con las orejas ardiendo en un rojo traicionero. Laura se frotó la nariz con el dorso de la mano (afortunadamente ya limpia), mirando al suelo como si buscara un portal para escapar.

—Ehh... sí —dijo Daniel, su voz una octava más grave de lo normal—. Quédate. La pizza ya viene. Y hay vino. Mucho vino.

—Vale —susurró Laura, roja como un tomate, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

Dos horas y tres botellas de vino tinto después, el ambiente era... diferente. El minimalismo del apartamento de Daniel había sido derrotado por cajas de pizza vacías, servilletas usadas y dos personas “alegres” (léase: bastante borrachas) tiradas en la alfombra persa.

Laura estaba en pleno auge de su fase “filosófica-ebria”.

—¿Sabes qué, Dani? —dijo, gesticulando con una rebanada de pizza fría—. El amor es como la pizza con piña. A algunos les encanta, otros la odian, pero al final... a todos nos da acidez. ¡Soy una maldita genia, lo sé! ¡Debería escribir galletas de la fortuna!

Daniel, que estaba reclinado sobre un codo, mirándola con una sonrisa indulgente que rara vez mostraba al mundo, soltó una carcajada. El vino había suavizado sus facciones de seriedad coorporativa haciéndolo parecer peligrosamente guapo.

—Eres una filósofa de pacotilla, Lau. Pero tienes razón en algo: el amor apesta. Brindemos por eso.

Chocaron sus copas, ya casi vacías. El alcohol había disuelto la incomodidad del abrazo anterior, pero había encendido algo más peligroso: una confianza desmedida y una falta total de filtros.

Fue entonces cuando Laura, buscando más vino detrás del sofá, soltó un grito de victoria.

—¡Ajá! ¡Mira lo que encontré! —exclamó, emergiendo con una botella de tequila Don Junio reposado, casi llena—. Se acabó el vino, pero hay tequila y... ¡Regalo de tu ex, el deportista! ¡Dijo que era para “ocasiones especiales”! ¡Ju,ju,ju!

Daniel frunció el ceño. Odiaba a ese ex, pero odiaba aún más desperdiciar un buen tequila. Y si había una ocasión especial, era celebrar que ambos eran unos fracasados en el amor, pero al menos se tenían el uno al otro.

—Trae los caballitos, "babosa" —dijo Daniel, usando el apodo que solo usaba cuando estaba muy relajado o muy ebrio.

-¡Sííí, adelante comandate!- Dijo ella alzando la botella de tequila por encima de su cabeza y dirigiendose a la cocina.

Laura trajo los vasos y la sal. El ritual comenzó. Limón, sal, shot. El líquido ardiente bajó por sus gargantas, dejando un rastro de calor que se extendió rápidamente por sus cuerpos.

Un shot. Dos shots.

El tequila, a diferencia del vino, no los puso tristes ni filosóficos. Los puso... eléctricos. Fogosos.

—Uff... —Laura se abanicó la cara con la mano—. Hace calor aquí, ¿no? ¿O soy yo?

Se quitó la camiseta de la pijama, quedando en una pequeña blusa de tirantes, que era un poco traslúcida y se le pegaba al cuerpo. Daniel clavó la mirada en ella. No quería hacerlo, su cerebro le gritaba: “¡Es tu mejor amiga! ¡Eres gay!“, pero su cuerpo, traidor y lleno de tequila, solo veía las curvas suaves, la piel sonrosada por el alcohol y los labios entreabiertos de la mujer que mejor lo conocía.

—Eres tú —dijo Daniel, su voz sonando extrañamente ronca—. Aunque... el aire acondicionado podría estar fallando.

Él se desabrochó los primeros dos botones de su camisa. El movimiento fue lento, casi hipnótico para Laura. Ella siempre había sabido que Daniel era atractivo, pero nunca se había permitido admirar la clavícula pronunciada, la línea del cuello, la fuerza sutil en sus manos.

—Tercer shot —anunció Laura, su voz temblando un poco, no por el alcohol, sino por la mirada intensa que Daniel le estaba dedicando. Esa mirada no era de “amigo aconsejando”, era la mirada de un depredador que acababa de darse cuenta de que su presa favorita siempre había estado en su cueva.

Hicieron el tercer shot. Esta vez, al bajar el vaso, sus miradas se encontraron y no se soltaron. El silencio en el apartamento era ensordecedor, solo roto por sus respiraciones, que se habían vuelto pesadas y acompasadas. El humor y las bromas habían desaparecido, reemplazados por una tensión sexual tan densa que se podría cortar con un cuchillo.

Estaban borrachos, sí. Fogosos, definitivamente. Y por primera vez en quince años, el límite entre la amistad y el deseo estaba a punto de borrarse por completo.

La atmósfera en el ático de Daniel se había vuelto densa, cargada de vapores de tequila y una electricidad que hacía que el vello de los brazos de Laura se erizara. Al fondo, no me pregunten como, pero habia una pantalla gigante de 80 pulgadas, con un protagonista de un K-drama histórico —un pelinegro de mandíbula tallada por los mismos dioses— acorralaba a la heroína contra un cerezo en flor, dándole un beso tan intenso que parecía que se estaban consumiendo el uno al otro.

Laura, apoyada al otro lado de la barra y frente a Daniel, con los ojos entrecerrados por el alcohol, suspiró con un dramatismo digno de un Oscar.

—Qué envidia... —balbuceó ella, estirando la mano hacia la pantalla como si quisiera tocar la perfección—. Lástima que sea mentira, ¿sabes? En la vida real... los besos no tienen esa luz, ni esa música... y los hombres no te miran como si fueras su última comida.

Daniel no apartó la vista de ella. Su perfil, iluminado por el resplandor azulado del televisor, se veía más afilado que nunca. Su seriedad habitual se había transformado en algo mucho más oscuro y primitivo... deseo contenido.

--Crees que es mentira? —su voz bajó dos octavas, vibrando directamente en el pecho de Laura.

Ella se giró para mirarlo, con una sonrisa boba y las mejillas encendidas por el tequila.

—Bueno, tú eres el experto en hombres guapos, Dani. ¿Alguna vez alguien te ha mirado así? Porque a mí... solo me miran como si fuera el postre que se van a saltar para ir al gimnasio.

Daniel dejó el caballito de tequila sobre la mesa con una firmeza que hizo que el cristal tintineara. Se inclinó hacia ella, por encima de la barra, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron.

—Yo puedo ayudarte a cumplir ese anhelo, Lau —sentenció él.

Antes de que las neuronas de Laura, ya bastante ralentizadas por el alcohol, pudieran procesar la frase, Daniel pasó de la inmovilidad de una estatua a la acción de un depredador. Con una mano grande y firme, le tomó el rostro, hundiendo sus dedos en su cabello revuelto, y la besó.

No fue un beso de amigos.

No hubo duda, no hubo torpeza de “comedia romántica”. Fue un beso de Manhwa para adultos. Daniel la besó con una urgencia que decía: “Llevo diez años guardando esto”. Sus labios eran cálidos, sabían a agave y a una posesividad que Laura jamás habría imaginado en su mejor amigo “serio y de negocios”.

Al principio, Laura se quedó congelada, con los ojos abiertos de par en par como dos lunas. Su cerebro gritaba: ¡Error de sistema! ¡Daniel es gay! ¡Daniel usa pañuelos de seda!. Pero entonces, sintió la lengua de él reclamando la suya, sintió el calor de su cuerpo presionando contra su pijama de ositos, y algo dentro de ella, esa protagonista romántica y apasionada, despertó con un rugido.

—Mmm... —soltó ella en un gemido ahogado contra sus labios.

Laura cerró los ojos y se dejó llevar por la marea. Sus manos, que antes sostenían una rebanada de pizza, subieron desesperadas hasta el cuello de la camisa de Daniel, tirando de él para pegarlo más a ella. Respondió al beso con una voracidad que dejó a Daniel sin aliento, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura mientras se hundían en la alfombra persa.

El mundo exterior, los fracasos amorosos, el moco de hace una hora y las etiquetas de género se desvanecieron. Solo quedaba el sabor del tequila, el sonido de sus respiraciones entrecortadas y la sorprendente revelación de que el estirado "hombre de negocios" no solo sabía dar consejos de autoestima... también sabía cómo incendiarle el alma.

Daniel se separó apenas unos milímetros, sus frentes pegadas, su mirada negra y brillante fija en los ojos nublados de ella.

—¿Sigue pareciéndote mentira? —susurró él, con una sonrisa peligrosa que hizo que a Laura se le aflojaran hasta las rodillas.

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