Nada que perder
—¡Eres un bueno para nada!
—Tus hermanos se mudaron, ¿no te da vergüenza?
—Das pena. Siempre encerrado, viendo películas, quién sabe qué más haces en esa computadora.
—Ni siquiera estudias. Eres un fracasado.
—Nunca llegarás a nada.
Así es. Ese soy yo.
Probablemente sea verdad todo lo que mi familia dice, pero ¿qué más da? Lo importante es que vivo como me place… o al menos eso me repito para no pensar demasiado.
Desde que mi novia me dejó, todo se vino abajo. Caí en una depresión enorme.
Bueno, en realidad no era mi novia. Yo era su acosador.
Estaba perdidamente enamorado de ella. Sabía que le gustaban las joyas, los chocolates, los perfumes. Su color favorito era el rojo. Siempre me ignoró. Hasta que pensé que regalarle todo lo que le gustaba el día de San Valentín sería lo correcto, que así por fin se fijaría en mí.
Grave error.
Me rechazó frente a toda la clase en la universidad. Desde entonces vivo como un ermitaño.
Antes me conocían como alguien generoso, benevolente. Ahora soy, según ellos, un miserable. Todo lo contrario a lo que solía ser. No puedo volver a la universidad por la vergüenza que sentiría. Tampoco he pensado seriamente en trabajar, lo que enfurece a mi familia.
Soy el menor de tres hermanos. Los otros llevan una vida plena fuera de casa: tienen trabajo, esposas. Aún no son padres, pero parecen adultos completos. Mi padre, un hombre de unos sesenta años ya retirado, me obligó a buscar empleo para aportar en la casa.
—Supe que estás pasando por un momento complicado —me dijo mi hermano mayor—. Ven, te conseguiré trabajo en una factoría mientras decides si vuelves a estudiar o buscas algo mejor.
Guardé silencio y asentí con la cabeza. No me quedaba otra opción más que aceptar.
Era un trabajo “simple”, entre comillas. Cuarenta horas a la semana. Frío constante. Un olor fuerte que se impregnaba en la ropa. Cada día me preguntaba cómo había pasado de ser un joven universitario a estar ahí, contando horas.
Fue allí donde la conocí.
Una chica latina, dominicana, de unos diecinueve años. Había llegado a Estados Unidos por su padre. Yo estudiaba historia; ella, comunicación en su país. Y vaya que sabía comunicar. Era habladora, abierta, generosa. Todo lo contrario a mí, que ahora apenas pronunciaba palabras.
Tenía el cabello rizado, largo y negro. Sus ojos verdes llamaban la atención de cualquiera. Lo sabía, y aun así no jugaba con eso. Era temerosa de Dios y respondía a los piropos con dignidad, sin exagerar ni alimentar intenciones ajenas.
¿Cómo habla un ermitaño con alguien así?
—Es increíble que no haya ningún sitio para comer aquí —dijo en inglés, sentándose frente a mí.
Yo comía en silencio, incómodo. Ella hablaba sin parar. Sus amigos pasaban, la saludaban; ella respondía con naturalidad.
—Eres el nuevo, el hermano de Dave, ¿verdad? —preguntó—. ¿Te gusta el trabajo? Yo llevo casi un año aquí y ya no aguanto. No sé cómo pasé de querer estudiar en la universidad a terminar en este lugar.
Levanté la mirada y la miré a los ojos. Me quedé en silencio un segundo.
—Lo mismo digo —respondí.
—¿Estudias?
—Solía hacerlo.
—¿Y por qué no continúas?
—¿Y tú por qué no continúas? —le devolví la pregunta.
—Estoy viviendo con mi padre —dijo—. Necesito un ingreso para luego entrar a la universidad. ¿Y tú?
—Yo la dejé…
Me quedé mudo. Me puse de pie y me fui sin decir nada más. El recuerdo de aquella chica, de la vergüenza que pasé ese día, me atravesó como un golpe seco. No supe cómo quedarme.
Ella me siguió con la mirada. No se rió. Su rostro solo decía: ¿por qué?
Llegué a casa y me encerré en mi habitación. Pensé durante horas. En cómo había llegado hasta ahí. En cómo salir de ese agujero que yo mismo había cavado.
Tal vez debería ir a otra universidad. Sí, eso haré.
Aún amo a Lisa. No puedo dejar de pensar en ella. Quisiera llamar su atención otra vez.
¿Estoy buscando validación?
El día pasó y me preparé para ir al trabajo. A una cuadra de la factoría ocurrió algo que me dejó inmóvil: un hombre, sin razón aparente, lanzó un cachorro por la ventana de un automóvil en movimiento.
El animal cayó al pavimento con un quejido breve.
Corrí hacia donde había caído el cachorro. No entendía cómo alguien podía ser capaz de cometer algo así. Era un animal indefenso. No lo dudé: lo tomé entre mis brazos con cuidado. Temblaba.
Por un instante no supe qué hacer. Podía llevarlo a casa o seguir hasta el trabajo. Mi casa quedaba relativamente cerca, así que podría volver después, llegar más tarde. Tomé la decisión sin pensarlo demasiado.
Me incorporé con el cachorro aún en brazos y, al girarme, me llevé una sorpresa.
Allí estaba ella.
La latina de ojos verdes.
No tengo idea de cómo llegó hasta ahí sin que yo lo notara. Me miraba en silencio. Yo la miré a ella. Luego bajó la vista hacia mis brazos, hacia el cachorro.
Durante unos segundos no dijo nada.