Capítulo 1
Capítulo 1
Hace muchos años, lo que ahora conocemos como San carmelo no era mas que un asador humano. Nadie con los pantalones bien puestos se atrevía a cruzar ahí; los rayos de el son eran tan ardientes como llamas, cualquiera que ponía un pie hay estaba destinado a comprender el famoso dicho “de la curiosidad murió el gato”, pues lo que le esperaría seria exponerse a la fulminante insolación del sol.
Tal vez por obra del destino— o quizás planes de Dios—un joven llego a aquel desierto.
—Aquí nacerá Hogueño— susurro el joven, su sonrisa se tornó enigmática mientras miraba aquel desierto la ambición en sus ojos haciendo dudar sobre cualquier intensión que tuviera.
En la agencia nacional de tierras se burlaron de él, “¿para qué quiere un terreno en que ni siguiera la peor de las plagas podría sobrevivir?” le preguntaron en un tono burlón y ofensivo. Al joven no le importo e insistió hasta obtener un acuerdo por una suma que hoy en día seria una miseria, pero para ese tiempo representaba una gran fortuna. En ese momento ocurrió un milagro la tierra se volvió fértil y el calor bajo: era como si el mismo dios estuviera del lado del joven.
—Parece que a la señorita Ana y compañía les interesa más “comadrear” que prestar atención a mi clase— voz de la profesora era sarcástica.
Ana y rosa, que estaban sumergidas en sus relatos informativos (chismes), sintieron que se les había subido el muerto cuando la profesora puso su mirada sobre ellas.
—Ya que están tan entretenidas, chicos, mañana tendremos una evaluación sobre la fundación del pueblo—informo la maestra justo cuando el timbre sonó.
Entre el ruido de las sillas arrastrándose y las mochilas cerrándose, Ana se inclino hacia Rosa, la chica nueva para remontar la venenosa conversación.
—¿En qué quedamos antes de que la vieja amargada nos interrumpiera? Ah, si… estábamos hablando de la “rarita”.
—¿Por qué le dicen así? —pregunto rosa, dejándose llevar por su curiodad.
—Porque es una bastarda— dijo Ana con su respectiva expresión de malicia mientras caminaba a la salida— dicen los chismosos del pueblo que don Alfonso tuvo una aventura con una joven mientras su esposa estaba embarazada de su cuarto hijo. Fue algo pasajero, pero un día la joven llego con una niña en brazos a la entra de la finca de don Alfonso y simplemente se fue. Don Alfonso no le quedo de otra que entrar con la niña en brazos y decirle lo que había pasado a su mujer. Ella no le quedo de otra que aceptar a la niña pues donde iría con 4 hijos y sin dinero, y tiempo después tuvieron 3 hijos más. Imagínate vivir en una casa donde ni siguiera tu sombra te quiere.
Rosa se quedo pensativa. La historia de aquella chica la llenaba de preguntas mientras caminaba bajo el sol ardiente de la tarde, el sudor le empapaba la nuca y su animo no era el mejor.
—Llegas tarde— la recibió Yamileth, su madre, desde el sofá—. Y ya sabes: reglas son reglas. Te toca lavar los platos de la comida.
—¡Mami, pero si siempre me toca a mi!— protesto Rosa, dando un zapatazo.
—Reglas son reglas— repitió Yamileth con una sonrisa que Rosa le parecía una burla hacia ella.
—Maldito sol… —rezongó apretando los dientes, mientras frotaba los platos con fuerza—. Yo debí nacer en una cuna de oro, rodeada de lujos, con quince empleadas y un mayordomo que me trajera limonada fría en un baño de burbujas. En lugar de eso, estoy aquí, pudriéndome en este pueblo olvidado de Dios y lavando platos mugrientos.
Su fantasía interrumpida por un estruendo. La puerta del patio se abrió de par en par. Kenner entró a la casa como un animal enjaulado , la respiración agitada.
—¿Dónde está Antonio José? —preguntó, moviéndose de un lado a otro nervioso.
—No lo sé, supongo que jugando por ahí con los demás —respondió ella, con desden.
—¡hijueputa! ¡Les he dicho mil veces que no pueden estar fuera de casa los días 7 por la noche! —gritó Kenner, golpeando la pared de madera.
—Cálmate, papa. En cuanto termine aquí saldré a buscarlo —dijo Rosa, tratando de calmar a Kenner. —¡Claro que no! —Kenner se detuvo en seco y la miró con una mezcla de terror y desesperación—. Tú no vas a ninguna parte. A ellos les gustan las chicas lindas… serías una presa demasiado fá…
Kenner se tapó la boca de golpe, como si sus propias palabras lo hubieran delatado. El silencio que siguió fue incomodo.