Último invierno sin ti

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Aiichiro no podía olvidar ese último día de invierno de la preparatoria que lo había marcado para siempre, pero en su corazón siempre seguía viva la esperanza de poder superarlo. Hasta que fue inevitable.

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Capítulo 1

El último día de invierno era, por mucho, su peor día.

Y tal vez lo exageraba un poco, quizá le daba demasiada importancia a un hecho que había marcado su adolescencia y que continuaba recordandolo día tras día al final del invierno.

Aún si habían pasado más de ocho” últimos días” de invierno desde ese instante.

Dieciséis si lo razonaba un poco y recordaba que el planeta se dividía en dos hemisferios y cada uno tenía su propia cuenta de estaciones por separado...

Pero en realidad él solo había vivido ocho de ellos, ocho finales de invierno en los cuales veía algunas de las pequeñas flores abriendo antes que todas sus compañeras y caer con la poca presencia que podían tener, sin lograr crear más que un escuálido charco de apenas algunas flores en el piso, en ese piso que aún se veía frío, más gris que el mismo concreto con el cual estaba construido.

Y ese día había llegado.

Para fortuna de muchos y un poco de desgracia para él.

Aiichiro soltó un suspiro mientras caminaba por el patio de la Academia Samezuka, con las manos en sus bolsillos de su abrigo color camello, su mochila al hombro de un café aún más deprimente y la nariz escondida aún por una bufanda roja, bufanda mucho más pequeña de la que había estado usando durante todo enero, pero se veía obligado a utilizarla pues el viento frío parecía no querer desaparecer incluso en ese día...

Cómo el propio recuerdo nostálgico que parecía doler demasiado.

Aiichiro ya no era un estudiante, se podía notar en su falta de uniforme escolar y ese pequeño paso del tiempo en sus facciones, ahora era el profesor de literatura y encargado del equipo de natación dentro de la misma escuela que lo había visto crecer, hacer amigos entrañables, enamorarse y tener que dejar ir a ese amor que tanto le había marcado.

Un día a finales del invierno como ese.

Soltó un suspiró mientras veía a los jóvenes de equipos varios hacer sus últimos entrenamientos, entrenamientos que solo eran un pretexto más para pasar un momento extra con las personas con quienes habían crecido en esos años, para mirar la cara de los chicos con quienes habían tenido éxitos y derrotas y llevarlas siempre en el corazón.

Cómo él lo había hecho durante sus tres años dentro de la academia.

También observó algunos comités terminando con las preparaciones para la ceremonia del próximo día, otros tantos terminando por limpiar sus dormitorios para regresar a casa y descansar un poco.

Y aunque llevara varios años mirando la misma escena que parecía solo cambiar el rostro de los chicos dentro de ella pero jamás ni un solo movimiento o actividad aparte, sabía que para todos esos chicos era un día especial, uno que iban a recordar o hacer todo para olvidarlo, y cada uno tendría un final diferente.

Continuó su camino, saludando a aquellos chicos quienes le veían y se detenían para gentilmente reverenciar frente de él, antes de salir huyendo hacia donde fuera que debieron estar desde hace tiempo.

Aii saludaba con una sonrisa suave, aunque en sus ojos había otro sentimiento, sentimiento que no era visible para ninguno de sus alumnos.

Dio una mirada hacia el jardín, debajo de ese enorme sakura que se mantenía orgulloso casi a la mitad del mismo, un par de adolescentes parecían conversar, no podía reconocerlos desde esa distancia pero no era necesario para saber de qué estaban hablando.

Y los labios del profesor Nitori se separaron suavemente para soltar un breve suspiro, uno para calmar su propio corazón y darse valor a seguir adelante, sin querer entrometerse, sin querer profundizar en lo que estaba pensando.

Pues, hacía ocho inviernos, el corazón de Aiichiro Nitori fue roto justo debajo de aquel árbol, justo a una hora similar, justo con un par de flores prematuras cayendo a un lado.

“Volveré el próximo año” —fue la promesa que ese chico a quien tanto amaba le dio, aquel chico a quien había visto como lo más grande y hermoso que podía existir en su vida, su Senpai, su ejemplo a seguir, ese joven a quien seguía y apoyaba incondicionalmente.

Pero ahora luchaba internamente consigo mismo y esos sentimientos que eran tan fuertes, tan intensos peleando dentro de él, sin llegar a un acuerdo, contra la emoción de escuchar que su senpai estaba dando un gran paso, que después de tanto tiempo había logrado algo tan importante como volver al entrenamiento de alto rendimiento para volverse el nadador olímpico que había estado trabajando por tanto tiempo.

Y ese sentimiento de no quererlo lejos, de separarse de él y sentir como si le arrancaran una parte muy importante de él, una parte que le dolía pero no podía simplemente esperar que se quedará con él, que lo prefiriera por sobre todo.

“Prometo buscarte cuando regrese”— Rin Matsuoka, ese hombre de quien se hablaba, prometió mientras su mano acariciaba la mejilla de su lindo novio, mismo novio a quien ahora debía soltar y dejar ir.

Esa mano fue sujetada por la más pequeña que pertenecía a Aiichiro, mientras con una sonrisa triste curvaba sus labios, los cuales temblaban ligeramente gracias al llanto que quería escapar de él, gracias a la impotencia de no poder decirle que se quedará, que renunciará a todo por él.

Pero eso solo sería un sueño, uno bastante tonto y sumamente egoísta.

“Estaré esperando por ti, Senpai”— fueron las últimas palabras que habían salido de él pues después de eso sólo pudo dar un paso hacia adelante y dejar un beso sobre los labios del otro, beso que fue fugazmente correspondido.

Pues estaba seguro que aquella separación era igual de difícil para Rin como para él.

Y como era esperado, durante todo el día siguiente no lo volvió a ver, incluso si suponía ser su graduación. Tampoco sus amigos de la preparatoria Iwatobi sabían nada de él, más que una breve noticia una semana antes sobre volver a Australia durante las vacaciones, pero incluso Haruka sabía que Rin no había solicitado ninguna universidad, así que suponía que no volvería.

Aún así, con el corazón en una mano y demasiada tristeza reemplazando incluso el aire en sus pulmones, Nitori se dispuso a continuar, con un poco de ilusión de volver a verlo, aunque tuviera que pasar un año más.

Sin embargo, ese tiempo no solo fue un año, sino lentamente cada año se acumulaba y Rin Matsuoka no volvía a su lado, sabía de él, claro que lo hacía...

Pero la comunicación jamás fue buena y lentamente las pequeñas conversaciones que podían existir entre ellos se iban diluyendo con el tiempo.

Hasta el momento en que Aii simplemente no volvió a buscarlo, no porque no quisiera hacerlo, más bien porque creía que sujetarse a las pocas cosas que lo mantenían cercano al otro simplemente le lastimaban más de lo necesario.

Pero dejar de intentar hablar con él por algún servicio de correspondencia digital no había sido suficiente para evitar que cada año, durante la misma fecha y en el mismo lugar los recuerdos de esa conversación volvieran.

Y como cada año, estos recuerdos se sintieran como mil cuchillos volviendo a abrir una herida haciéndola cada vez más grande y profunda.

No sé dio cuenta en qué momento había llegado a la oficina de los profesores, simplemente saludó al aire a todos y tomó lugar en su pequeño cubículo, demasiado cerca de cualquier otro profesor a quién podía importarle menos lo que estaba pasando en la memoria del joven profesor de literatura.

Y sin pensarlo demasiado, motivado por no tener nada más que hacer que cumplir sus horas ese día, abrió la computadora, creando un documento nuevo y sin nada que pudiera detenerlo escribió

Carta de renuncia

Miró fijamente el cursor parpadeando después de la última vocal escrita, tomando aire suficiente hasta llenar sus pulmones completamente y poder tomar fuerzas para seguir redactando.

Quizá renunciar a su trabajo estable, que le gustaba y parecía ser bueno en él para comenzar una nueva vida en cualquier otro lugar, tal vez mudarse a Hokkaido donde la primavera llegaba un par de días después que en Iwatobi era la mejor idea de todas...

Tal vez irse a vivir en una montaña también era una buena idea .

En cambio no continuó y no porque no quisiera pues el impulso de seguir escribiendo sus razones por las cuales abandonaba la estabilidad que existía en su vida estaba latente.

Cerró la computadora y se levantó, soltando un suspiro.

—Iré a supervisar si el equipo de natación ya terminó su entrenamiento de despedida —anunció, una vez más hacia la absoluta nada, pues ninguno de esos otros profesores ahí dentro parecían prestarle demasiada importancia.

Tal vez por eso podía mentir descaradamente en lo que estaba por hacer pues él sabía mejor que nadie que su equipo prefería entrenar por última vez durante las tardes, después de ese flojo día de últimas lecciones innecesarias.

Solo quería caminar una vez más, mirar desde el patio principal a la academia, ya no era la misma academia en la cual él había estudiado, la fachada había sido re-modelada quizá dos veces desde su graduación, habían más bancas y el circuito de carreras había cambiado para volverse más amplio, pues la escuela seguía manteniéndose como una de las mejores en cuanto a deportes.

Pero realmente nada de lo que recordaba ahí seguía, inmóvil como le hubiera gustado, como si de una foto se tratara.

En realidad todas las personas que recordaba habían encontrado sus propios caminos, muchos de ellos habían emigrado a otros lugares y pocos habían decidido volver, como él en realidad.

Sabía que Momo continuaba en Iwatobi pero la mayor parte del tiempo se encontraba en Kioto, lugar donde Sousuke radicaba a tiempo completo, también sabía que los amigos de Rin habían buscado vivir en Tokio más tiempo y sabía perfectamente que volverían tal vez cada fin de año para visitar a las personas que dejaron atrás.

Y recordó una vez más que él había sido una de esas personas dejadas atrás por alguien que alguna vez le importó tanto, volviendo a doler una y otra vez.

Terminó debajo del árbol de sakura que seguía ahí, inamovible, siendo de las pocas cosas que aún se mantenían como lo recordaba, quizá un poco más alto y con más ramas, por supuesto que más viejo...

Miró sus flores que recién parecían abrirse, algunas habían empezado a caer y otras se aferraban a su lugar, sosteniéndose con algún tipo de fuerza incomprensible que el viento no podía vulnerar aún...

Aiichiro soltó un suspiro, cerrando los ojos por un segundo cuando sintió una ráfaga de viento delicada soplar contra de él, sintiendo también como algunas de esas flores eran arrastradas por el mismo en contra de su voluntad y como el viento parecía apretar su brazo con suavidad para llamar su atención...

Abrió los ojos lentamente, pensando que el viento no podía hacer eso, no había explicación lógica para que lo hiciera y...

—Te dije que volvería —escucho, seguido de haber sentido una mano cerrarse alrededor suyo, un tono de voz reconocible a pesar de ser algo mayor.

Lentamente volteó, pidiendo en su interior que eso no fuera un engaño de mal gusto, que no fuera simplemente.su mente volviendo a jugarle una broma.

Más no fue así, ahí a su lado estaba aquel tipo a quien había amado demasiado, quien le había dejado ocho años atrás y ahora estaba ahí, frente de él, con una sonrisa que tanto le gustaba, aquellos dientes de singular forma que le habían parecido tan lindos y atractivos tiempo atrás.

Dio un paso hacia atrás, no con la intención de alejarse, sino para mirarlo y darse cuenta que en efecto era él, se trataba de Rin.

Rin Matsuoka.

Su Rin.

Aii abrió la boca para decir algo más, ningún sonido salió con su voz, solo estaba ahí contemplando.

—Tú... —murmuró por lo bajo, cuando pudo reaccionar un segundo.

Ahí estaba y no era un sueño, en el mismo lugar de hacía algunos años, en el mismo sitio donde todo había comenzado dónde las cosas tuvieron una pausa que se sentía como un final.

Volvió a dar el paso que retrocedió, antes de simplemente dejarse llevar y sin pensarlo demasiado abrazarlo.

Un abrazo fuerte, deseoso de tenerlo cerca por siempre y no dejarlo irse jamás, no de nuevo.

Las manos del pelirrojo se sostuvieron detrás del cuerpo del ahora profesor de Samezuka, apretandolo con suavidad pero con firmeza, aferrándose a él con ansias.

—Volviste, volviste —Nitori exclamó, pegando su frente sobre el hombro del más alto, mientras suspiraba e intentaba no llorar, no debía hacerlo o sino nada podría calmarlo.

—Si, lo siento —Rin soltó en un mismo tono, mientras lo separaba con cuidado y ponía ambas manos sobre el rostro del peligris, quien parecía mantener algunas de sus facciones aniñadas incluso si estaba tan cerca de los treinta. —lamento haber extendido el tiempo, pasaron demasiadas cosas y...

Detuvo su conversación, mientras veía como los enormes y brillantes ojos azules ajenos se llenaban de lágrimas y como esa nariz pequeña que tanto parecía adorar se volvía un diminuto y brillante botón rojizo.

Sabía que Aii iba a llorar y estaba haciendo todo lo posible para no hacerlo y Rin solo pudo sonreír, al verse bendecido por volver a grabarse aquellos pequeños mohínes que intentó por todos los medios jamás olvidar.

—N-no... No importa —Aiichiro soltó, mientras arrugaba la nariz para sostener el llanto y seguía mirando al hombre que en verdad seguía frente de él, contemplando con cariño y el mismo semblante amable y tranquilo como en el pasado, notando que poco había cambiado.

Rin acariciaba las mejillas aún redondas del otro chico con los pulgares, deseando recordar la textura de su piel y lo nuevo que podía encontrar en él.

Y sin pensarlo mucho Aiichiro se alejó de nuevo de la forma en que lo sostenía, únicamente para lanzarse sobre él y ser quien lo besara por primera vez, con la intensidad que había querido hacerlo tanto tiempo atrás y ahora podía.

No le importaba ser visto por alguien, sabía que sus alumnos estaban mirando desde el pasillo interior del edificio principal, supo que muchos de los chicos que aún entrenaban fuera habían detenido su trote para intentar entender algo de lo ocurrido.

Pero ahora no era su prioridad.

No importaba nada, si debía renunciar después o pedir disculpas, dejaría que el momento pasará, que las manos de Rin se sujetaran de su cintura con firmeza y las propias jugaran con el cabello aún largo del más alto, ese suave cabello magenta que iba peinado en una media coleta, haciéndole recordar un poco más del pasado.

Ya no sentía que Hokkaido era la solución de sus problemas, ni siquiera había un pensamiento sobre eso en su cabeza ahora mismo, solo el deseo de recordar ese momento, esos labios y el calor de ese cuerpo que continuaba abrazándolo y sujetándolo con la misma firmeza de antes.

—Veo que tiene una manera peculiar de saludar al nuevo profesor, Nitori-sensei —la voz madura del director apareció detrás de él, mirando la escena de un reencuentro que no entendía ni quería hacerlo.

Logrando separar lentamente al par de recién reunidos, como si un par de adolescentes hubieran sido descubiertos infraganti por sus padres o cualquier autoridad haciendo algo realmente malo.

—¡L-lo lamento, director! —Nitori se apuró a pedir disculpas, con una reverencia profunda y un sonrojo igual de profundo en sus mejillas, no producido por la pena.

Acción que hizo a Rin sonreír, luego de recordar a su dulce kohai actuando de la misma forma desde siempre.

—No, yo me disculpo profesor —Rin soltó para interrumpir la cascada de disculpas y recordatorios de honor de Aiichiro que estaban saliendo sin cesar del joven profesor —Olvidé un poco de la decencia cultural que hay en este país, demasiado tiempo viviendo en el extranjero moldeó algunas de mis acciones.

Una reverencia rápida y sencilla para pedir perdón y un toque en el hombro del más bajo de los tres para que esté volviera a regresar a su posición normal y dejara de disculparse.

—Bien, aún así Matsuoka-san debe entender que está es una escuela respetable y no puede dar este ejemplo a sus próximos alumnos —el director mencionó, a lo que pequeñas palabras de afirmación salían de la boca del pelirrojo, quien parecía no tomar muy en serio lo que le decían pero lo actuaba de maravilla.

El peligris miró a su Senpai de nuevo, parpadeando un par de veces, antes de atreverse a preguntar.

—¿Alumnos? ¿Matsuoka-sen...san vas a trabajar aquí? —sus ojos nuevamente se abrieron y brillaron con ilusión, sonriendo de oreja a oreja mientras trataba de disimularlo, aunque no estaba lograndolo.

—Si, vengo como el entrenador del equipo de natación de la Academia, así que trabajaremos muy de la.mano profesor encargado —Rin volteó hacia donde el más bajo estaba, dando una reverencia respetuosa como cualquier compañero que estaba bajo la supervisión de otro, sonriéndole coqueto en cuanto regresó a su lugar.

Aiichiro dio un brinquito de felicidad que fue mal mirado por el director, así que tuvo que toser fingidamente y mantener la compostura, asintiendo y saludando respetuosamente al nuevo profesor.

Ese tipo quien había sido el responsable de hacerlo sufrir durante tantos inviernos, quien le había quitado la paz por tanto tiempo y quién ahora estaría a su lado, una vez más y ahora realmente no le iba a permitir alejarse de él tan fácilmente.

Ahora no volverían a existir los inviernos fríos, melancólicos y terriblemente infelices, por qué Rin había cumplido su promesa y para Aii tenerlo en su vida era simplemente lo único que necesitaba.

Ahora cuando las clases iniciaran de nuevo lo tendría con él, aún si sus horarios eran diferentes y lo pudiera ver durante las últimas horas de la jornada, sería suficiente para él.

En verdad lo sería.

—Entonces... ¿Quieres ir por un café después del trabajo? —Rin esperó que el director se adelantará unos cuantos metros para tener unos pocos segundos de privacidad antes de tener.que seguir para ir a su despacho —me quedaré fuera de la escuela para esperarte ¿Ok?

Y antes de que Aii pudiera haber dicho algo, el ex-nadador olímpico asintió por él y corrió detrás del hombre a quien debía darle cuentas sobre su nuevo trabajo, no sin antes guiñar un ojo en dirección de su chico de lunar debajo del ojo quien tenía una sonrisa mal disimulada en sus labios y tanta felicidad que no podía simplemente dejarla desbordar.

Esa felicidad que había hecho desaparecer cualquier sentimiento negativo y le recordaba cuánto había estado esperando ese instante.

Y cuánto más lo hubiera seguido esperando, incluso toda la vida de ser necesario.