El marido de mi hermana

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Summary

Sofía llega el día de su cumpleaños con una mochila pequeña y un mensaje de corte en el teléfono. Su hermana Laura y su cuñado Marcos le abren la puerta sin preguntar demasiado. Lo que iba a ser un fin de semana se convierte en nueve días de enero en los que algo se instala en silencio: en el pasillo, en el lavadero, a través de la pared del cuarto de huéspedes. Laura lo ve. Laura siempre ve todo. Y Laura decide cuándo, cómo y a quién le presta lo que es suyo.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lo que llega con una mochila pequeña

(Viernes, noche)*

El timbre suena a las nueve y cuarto.

Marcos levanta la vista de la computadora y Laura ya está caminando hacia la puerta. Él no llega a levantarse antes de que entren las dos: primero el abrazo en el umbral, Laura cerrando los brazos alrededor de Sofía sin decir nada, y Sofía metiéndose en ese abrazo con la cara en el cuello de su hermana mayor y los hombros aflojándose de golpe, como si la tensión de todo el día se rompiera de una sola vez contra ese cuerpo conocido.

—Feliz cumple, nena —dice Laura, en voz muy baja, sin soltarla.

Sofía no responde. Respira.

Marcos las deja pasar. Sofía lo saluda con un beso en la mejilla y empieza una disculpa que él interrumpe:

—No digas boludeces. ¿Comiste?

—Creo que no. No sé.

—Sentate. Traigo algo.

Va a la cocina, abre la heladera, saca tres cervezas y arma una tabla rápida. En el living escucha el sillón que cruje, los pies de Sofía sobre las baldosas.

Cuando entra con la tabla y las botellas, Sofía está derrumbada en el sillón con esa lentitud que tiene la gente cuando el cuerpo por fin encuentra dónde soltarse. La trenza a medio deshacer. La remera arrugada. Las ojeras finas y oscuras que a la luz del velador parecen pintadas.

Laura se sienta a su lado. Sofía agarra la botella con las dos manos y toma un sorbo largo antes de hablar.

El novio de seis meses. El WhatsApp de cinco renglones. El teléfono que no sonó después.

—¿El día de tu cumpleaños —dice Laura. No como pregunta.

—Esa mañana. Me desperté con el mensaje.

Silencio. Marcos mira a Sofía y hay algo en su cara —no solo la tristeza sino algo más hondo, más viejo— que hace que él aparte los ojos y tome su cerveza.

Laura escucha con la mano en la rodilla de su hermana. En algún momento Marcos interviene con algo breve y concreto que hace que Sofía largue una carcajada corta, sorprendida. La primera desde que llegó. En un momento, mientras Sofía habla, Laura le pone la mano en la nuca a Marcos, lo atrae y lo besa: uno de esos besos despacio, con un suspiro al final, que no necesitan nada más para decir todo lo que dicen. Sofía baja la vista a la botella.

Cuando el beso termina, Laura vuelve a su hermana como si nada.

—Acá estás segura —dice—. Todo el tiempo que necesites.

Pasan dos horas. La conversación se vuelve más liviana de a poco —el novio ya no hace llorar sino indignar, que es una forma de estar mejor— y en algún momento en que Sofía está contando algo y las dos se ríen, Laura dice "un segundo" y desaparece hacia la cocina.

Vuelve dos minutos después.

Lleva una factura de manteca con una velita clavada en el centro, encendida. La pone en la mesa ratona frente a Sofía.

Sofía la mira. La llama pequeña. La cara de Laura a diez centímetros, con una sonrisa que dice *sé que es una porquería pero es lo que hay.

En la cara de Sofía algo se rompe un poco antes de componerse.

Cierra los ojos. Piensa. Sopla.

La llama se apaga.

Se ríen las dos, bajito. Marcos desde el sillón de enfrente las mira y toma su cerveza y no dice nada, pero hay algo en su cara que registra el momento: las dos hermanas con la cabeza junta sobre una velita apagada en una factura de manteca, riéndose así.

A la medianoche Sofía se queda dormida en el sillón. Se fue apagando de a poco, las respuestas más cortas, la cabeza inclinándose, hasta que quedó con los ojos cerrados y la respiración pareja.

Laura y Marcos se miran.

—Ayudame —dice Laura.

Marcos dejó la botella en la mesa. Se acercó a Sofía, la levantó en brazos con cuidado. Una mano bajo las rodillas, la otra rodeándole la espalda. Al acomodarla contra su pecho sintió el contacto: el calor inmediato de su piel a través de la tela fina, la curva suave del comienzo de sus pechos apoyada contra él, sin nada que lo separara.

La cara de Sofía descansó en su cuello como si perteneciera ahí. El pelo negro le rozó la mandíbula. Olía al mismo shampoo de Laura, pero más fresco, más juvenil. La cadera pequeña encajaba perfectamente en el hueco de su brazo; las piernas colgaban livianas. Todo su cuerpo ocupaba menos espacio del que parecía necesitar.

En el pasillo hubo un segundo sin nombre. El calor de esa piel transmitiéndose a la suya, el peso suave contra el pecho… y una corriente eléctrica le llegó a la punta de la pija. Marcos apretó la mandíbula y se concentró en caminar. Un pie delante del otro. La puerta del fondo. Nada más.

Laura ya había destapado la cama del cuarto de huéspedes. Marcos depositó a Sofía sobre las sábanas con con cuidado. Ella se acomodó sola, todavía dormida, soltando un suspiro suave sin abrir los ojos.

Laura apagó el velador. Desde el umbral miró a Marcos. Él ya estaba de espaldas, caminando hacia la habitación principal.

En el pasillo, ninguno de los dos dice nada.

En la habitación matrimonial Laura se sienta en el borde de la cama y se saca los aros.

—¿Qué tan mal está? —pregunta Marcos.

—Está rota. No solo por él. De antes. —Pausa—. La conozco desde que nació. Siempre esperó que alguien le enseñara que merece cosas buenas.

Marcos se sienta a su lado. Le pone la mano en la pierna.

Laura lo mira.

Lo besa. Primero despacio, después con más cuerpo. Sube encima de él, lo empuja hacia la cama. Le saca la remera. Marcos le baja las tiras del corpiño y los pechos de Laura quedan libres: firmes, redondos. Los toma con las manos, los trabaja con la boca. Laura echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.

El sexo esa noche es largo e intenso. Laura encima, los gemidos saliéndole sin que se esfuerce en controlarlos. A través de la pared del cuarto de huéspedes el sonido llega.

Pero Sofía duerme. Llegó tan agotada que el sueño la alcanzó antes de que la cabeza tocara la almohada y no la soltó.